Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 3
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Capítulo 3

Una sorpresa… muy irritante

El carruaje estaba aminorando la marcha. Conocía las calles por las que transitaba. Margaret sabía que estaba llegando a casa y las ideas se le estaban acabando. Tenía que desprenderse de las garras del duque Canalla lo antes posible y sin que nadie la viese saliendo de su vehículo.

¿Cómo se había metido en semejante enredo? ¡Un momento! Ella no había hecho nada. Siempre era él el que le traía problemas. ¡Toda la culpa la tenía ese hombre de ojos verdes burlones que no paraba de examinarla!

El carruaje había parado. El lacayo bajó para abrir la portezuela.

―¡Espere! ―dijo más alto de lo que pretendió al ver que él se disponía a bajar.

―¿Algo que confesar, dulzura?

―No me gusta que me llame de ese modo.

―Acabará gustándote.

Al ver que no se movió y comenzaba a poner caras extrañas, Lucien decidió despedir al lacayo y cerró la puerta del vehículo.

―Yo… esto… Uhm… ―No sabía cómo iniciar el próximo movimiento de esa improvisada partida de ajedrez que ambos mantenían.

―¿Estás nerviosa? ―preguntó con media sonrisa.

―Aliviada ―señaló con una muestra similar a la de él.

―No lo parece. ¿Qué crees que ocurrirá cuando se desvele tu gran mentira? Si consideras que la seguridad del interior de tu casa te dará protección… tienes muchas cosas que aprender de mí.

Maggie pasó las cortinas de inmediato. Estaba atardeciendo y no deseaba que la viesen allí dentro con él… Con alguien que había estado diez meses fuera y que volvía para capturarla contra su voluntad. ¿Es que no se daba cuenta de que el medievo quedaba muy alejado de lo civilizado?

―Quiero pedirle una cosa… un poco delicada.

―¿Por qué nos has privado de las vistas del exterior? ¿Vas a sacar un puñal de algún escondite interesante para darme mi merecido? ―Ah, si ella tuviese un arma a mano, le borraría esa sonrisa pecaminosa. No solo sus ojos eran socarrones, su boca lo era todavía más.

―Usted es un pícaro de la peor clase.

―No lo he negado en ningún momento ―la cortó, porque no deseaba escuchar más recriminaciones.

―No, no. Lo que quiero pedirle está relacionado con su… reputación, la que sospecho que se queda muy corta con lo que yo pueda imaginar.

La veía nerviosa, demasiado inquieta y se retorcía las manos en el regazo de un modo que no debería encontrar encantador. De pronto, le pareció otra joven muy distinta a la que lo había desafiado y sintió curiosidad por ver qué le sucedía.

―¿Adónde quieres llegar a parar? ―la azuzó.

No estaba cómodo con esa sensación de amparo que le despertaba en su interior.

Algo iba mal. Phenton deseaba que ella… ¿qué?

Si la había sorprendido precisamente para casarse.

No le agradaba estar hecho un lío. Seguro que era por el largo tiempo que habían pasado en el carruaje.

―Quiero pedirle una cosa inusual, pero me preocupa en exceso su… discreción, la falta de ella en este caso.

Oh, Dios, él acababa de sentir un tirón entre las piernas, consecuencia de los pensamientos impuros que su mente evocó debido al tono bajo y atrevido que había detectado en ella al hacer esa afirmación.

―Un auténtico y honorable pícaro jamás traiciona la confianza de las damas con las que…

Ella rodó los ojos… Había varias cosas en su frase que eran del todo contradictorias. Él se sonrió. Sí, era definitivo, hacerla enfadar parecía ser su deporte favorito.

―¿Nunca dirá una palabra de lo que deseo… de usted? ―lo interrumpió.

¡Infierno maldito! Su virilidad se había puesto en pie de guerra. La presión contra los pantalones era molesta, incómoda. Se ladeó en el asiento para ver si podía aliviar la dolorosa opresión.

¿Por qué motivo verla cohibida, sonrojada y temerosa le provocaba todo eso, si anteriormente habían hablado de cosas más atrevidas y no sintió nada?

Tenía que deberse a ese tono de voz tan comedido e ingenuo que la muchacha componía.

¿Se habría cansado ya de las mujeres experimentadas y su cuerpo se revolucionaba ante las vírgenes?

Se horrorizó con el pensamiento. ¡Él no deseaba instruir a una joven virginal en los placeres carnales!

Ella no sabría ni cómo tocarlo para hacerlo perder el control.

Seguramente no tenía la menor idea de lo que su contorneado y tentador cuerpo era capaz de provocarle si la palpaba en esos lugares que encontraría húmedos…

¡Maldición! No tenía que estar pensando en levantarle la falda, llevar su boca hasta su feminidad y ver si era más dulce que las damas curtidas que habían desfilado por su lecho, en su carruaje, en sus establos…

Había perdido la cuenta de los lugares tan extravagantes en los que había disfrutado de un encuentro de lo más placentero.

Maldijo a Margaret Cross o a su prima, quien fuese ella, por haberlo encendido como a una cerilla con un par de frases que no tenían ni una sola palabra osada y de índole descarada.

―Están pasando por mi mente muchas ideas que si conocieras te harían desmayarte de nuevo.

―Sí es un calavera.

―Por completo. ―Y estaba muy orgulloso de serlo―. ¿Qué es lo que quieres de mí? ―le preguntó ansioso. Esperaba que la joven no hubiese notado que estaba frenético y lleno de anticipación.

―Un beso… ―musitó con la mirada baja.

Oh, su ingenuidad y frescura era un pecado que alguien debería castigar de una forma apacible y pausada. Phenton sacudió la cabeza para serenarse y puso su mejor cara de póker.

―¿Entiendes que durante todo el camino te has mostrado ofendida, justamente por lo que yo insinuaba y tú acabas de pedir?

―Sé que es una contradicción ―ella seguía sin mirarlo―, pero yo… ¿Cómo puede saber una mujer si está verdaderamente enamorada de un hombre si solo lo ha conocido a él?

―Hablas del muchacho que te acompañaba en el parque. ―Estaba afirmando.

Maggie levantó la mirada, pero siguió mostrando su nerviosismo con los hombros bajos y las manos inquietas.

―Debe de ser de su misma edad ―dijo con tirantez. No le gustaba que echase por tierra a Bergen.

―Sí, bueno… Seguro que no tiene tanta experiencia como yo en…

―Un beso ―lo cortó, sabiendo que iba a decir algo que sería del todo innecesario escuchar.

―No.

―¿Qué?

―Por alguna extraña razón, provocas cosas en mí que no esperaba que se produjesen, y no me arriesgaré a que en verdad no seas la hermana de Albemarle.

―¿Qué tiene que ver eso con un beso? ―Margaret no había entendido ni una sola palabra.

―Si te beso, y tú no eres capaz de pararme, esto se pondrá muy feo para ambos. Y lo que sospecho que será el comienzo de una prueba para ti, acabará siendo una cadena de la que no te podrás desprender.

―Así que además es uno de esos hombres que violenta a las mujeres… ―¡Vaya! Él lo tenía todo… todo malo.

Él le sonrió de un modo que… No sabía cómo calificar el gesto, pero estaba segura de que con esa sonrisa, las damas se derretirían.

Dios le había dado poder y seguro que mucha riqueza, lo mínimo que pudo haber hecho para equilibrar las cosas hubiera sido darle una verruga llena de pelos en la nariz…

o tal vez en la mejilla derecha. ¡No podía tenerlo todo!

Un hombre arrogante como él merecía una tara importante para que sus pies estuvieran en tierra firme y no en las nubes.

Y ella sabía bien de lo que hablaba, porque después de que toda la sociedad hablase de ella en malos términos por culpa del hombre que tenía enfrente, Margaret comenzó a conocer bien la realidad, dado que del cielo descendió a los infiernos.

―No, soy uno que sabe cómo seducir a las mujeres para que lo animen hasta que ambos estén felizmente saciados.

―Entonces, si nos besamos y yo le freno…

―No ha habido ninguna mujer todavía que no haya pedido más ―la avisó, con suavidad, sin vanidad, para que comprendiese que hablaba en serio y que no debería tentar a la suerte.

―Estoy dispuesta a arriesgarme.

―¿Qué buscas con todo esto? ―preguntó, porque odiaba verla tan segura de sí misma al creer que podría no sucumbir a lo que él le provocaría. Le daría una buena lección que jamás olvidaría.

―Se lo he dicho antes. Quiero saber si Timothy es el indicado. ―Era definitivo. Jamás lograría obtener el pase al cielo por toda la gran sarta de mentiras que estaba espetando, pues no sentía ni un solo remordimiento.

Phenton separó su espalda del terciopelo del asiento y se acercó para examinarla. Ella siguió interpretando su papel. La idea que tenía en mente era clave para salir de ese carruaje sin complicación alguna.

Margaret no era tonta. Cuando entrase por la puerta junto a él, y su madre supiera que había pasado buena parte del día en un carruaje con un hombre sin carabina…

Y que ese alguien era además el hombre que publicó el anuncio del compromiso…

Estaba sola y ella sola tenía que salir del enredo.

Sería la palabra de él contra la suya. Se la jugaría incluso con la apuesta tan arriesgada que había elegido.

Y no era disparatada porque acabase suplicando que la tomase sobre el asiento de un carruaje.

No. Lo era porque tenía que lograr algo muy específico para poder huir sin que la siguiese.

En su mente el plan se apreciaba sólido, pero en la práctica…

Lo veía tan soberbio y seguro de sí mismo, que la hacía dudar de si podría contenerlo.

¿Y si estaba jugando con fuego y acababa abrasada?

Se arriesgaría. Lo había creído cuando dijo que no se imponía a ninguna mujer que no estuviese dispuesta a seguir…

Aunque por otro lado la había secuestrado. ¿¡Qué haría!?

―¿De verdad eres prima de mi prometida? ―preguntó ya, no sabiendo a qué atenerse.

El deseo que le despertaba hacía que su mente estuviese adormecida y no podía discernir sobre la veracidad o la falsedad de la actuación. ¿¡Era la hermana de Albemarle o su prima!?

Margaret decidió ignorarle y siguió a lo suyo:

―Pase lo que pase, tiene que jurar que si le beso…

―¿Vas a besarme tú a mí? ―cuestionó jocoso.

―Sí.

―¿Sabes cómo hacerlo? ―le espetó incrédulo.