Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

―¿Otro duque más? ¿Acaso crecen en los árboles? ¿O este también es una invención suya?

―Eres una descarada.

―Y usted un dechado de virtudes ―punzó con suma burla.

―Como decía, mi contraparte, que es un duque, uno que te haría verme como un hombre muy sencillo y amigable ―York era pomposo hasta decir basta―, tiene la teoría de que el amor es solo para los necios que no conocen los placeres de la carne en su máxima expresión y deben conformarse con un sucedáneo de la lujuria.

No hay más que el placer del acto físico entre hombre y mujer.

Los sentimientos son una invención. ―Estaba seguro de que de su grupo de amigos, Malcom W.

Banstorn, el depravado duque de York, sería el último en casarse.

Le gustaba demasiado el placer carnal… y mantener su libertad.

―Lo refuto tajantemente. Si hay amor es más que posible…

No, posible no es la palabra adecuada… ―Se quedó un momento pensativa―.

Es necesario y apremiante ser fiel a la persona con la que se elige compartirlo todo.

Con la que se pasará el resto de los días, hasta la muerte.

El matrimonio exige más que una alianza familiar o el dinero de una dote.

Debe haber amistad, comprensión, pasión, pero sobre todo devoción y amor a raudales.

Un hombre y una mujer yacen en la cama porque es la expresión máxima de lo que sienten, pues no hay palabras capaces de transmitir ese fuerte sentimiento que media entre ambos. Sin amor, todo lo demás está perdido.

Ella se dio cuenta de la intensidad con la que había defendido su teoría. Carraspeó con incomodidad al ver que él la miraba de un modo… ¿aterrado? No identificaba lo que le hacía sentir, pero no estaba cómoda con la situación.

Luego el duque bostezó, chasqueó la lengua y pasó a decir que:

―Y una vez más deseo que esté diciendo la verdad sobre su identidad, señorita Cross, aunque lo dudo mucho. Tiene cara de mentirosa. ¿Lo sabía? ―Se pasó a la formalidad en un intento de que ella no fuese su prometida. Era un modo efectivo de mantener la distancia cada vez que ella lo contrariaba.

No le había gustado el discurso dicho. Era innegable que era una idealista y él… En fin, muchas complicaciones que no había previsto en un principio.

―Me abstendré de decir a qué se asemeja su rostro, excelencia.

―Ah, vuelvo a ser un duque.

―El duque Canalla. ¿No me escuchó cuando se lo comuniqué hace un rato? ―se mofó de él.

―Juro por Dios que la besaré aunque solo sea para que se calle.

―Es abominable que un hombre use un beso con tal fin. Si yo fuese Margaret, en estos momentos desearía ser cualquier otra persona.

―Por supuesto, porque las mujeres que llegan a ser duquesas pasan hambre, penurias, no tienen fortuna y poder… ¡Qué fatalidad casarse con un hombre que pondrá el mundo a sus pies! ―ironizó con una burla cargada de suspicacias.

―¿Puedo preguntarle una cosa? ―inquirió con una seriedad que él odió.

―¿Se callará luego?

―Si me contesta, sí.

―Adelante.

―¿Por qué le pidió matrimonio a mi prima?

Margaret es la última mujer que debería aceptar la petición de un hombre como usted.

Mi prima es una mujer soñadora que no se conformará con un matrimonio en el que no reciba todo lo que dé.

Sospecho que usted no aportará nada más que su título y su protección.

―Soy un duque ―le recordó.

―¿Y eso implica que ella deba dar gracias al cielo? ―indagó incrédula.

―¿Sabes la horda de mujeres que me han acechado a cada paso desde que tengo uso de razón solo por mi título?

―Oh, sí… eso debió resultarle un suplicio infernal ―se burló.

―Tengo que casarme. La hermana de Albemarle, que sigo pensando que eres tú ―le dijo en tono acusador carente de etiqueta―, me parece tan buena como cualquier otra.

―Oh, ya veo a mi prima puesta de rodillas ante semejante petición de mano ―le tocó el turno a ella de satirizar―. ¿Está seguro de que está comprometido con ella? La conozco bien y sé que se arrepentirá si accede a tomar posesión del título de duquesa si el duque es usted.

―La comprometí en un jardín oscuro y me presté a reparar la reputación. Poco más hay que decir al respecto. ―Se acercó hasta ella y se quedó a pocos centímetros de su rostro―. O tal vez fue a ti, pequeña embustera agitadora.

No se lo pensó dos veces, le dio un empujón que lo dejó caer sobre el asiento. Él la miró con severidad por el atrevimiento antes de decir:

―Al final vas a recibir el castigo que tanto buscas. ―Deseaba besarla.

Ella carraspeó.

―Así que no le llegó a preguntar nunca si deseaba casarse con usted, y no recibió su respuesta. ―Siguió con el asunto que más le importaba―. Solo sentenció y esperó a que ella, dócil y sumisa, se replegase a los deseos de un hombre que se cree con más poder que Napoleón.

―Su beso dijo todo lo que necesitaba escuchar.

―Le concederé que un beso es capaz de nublar el buen juicio de cualquiera.

―Lo decía por propia experiencia. Lo vio muy satisfecho de sí mismo y decidió no finalizar ahí su expresión―.

Bergen es excepcional cuando posa sus labios sobre los míos.

―Santo Dios bendito, acababa de proclamarse una casquivana.

―Más te vale no ser quien sospecho que eres después de semejante afirmación. Mi prometida no irá comportándose como una falda ligera ―la amonestó sin la debida formalidad.

―No, por supuesto que no. Eso es cosa de hombres, de usted, concretamente.

―¿No entiendes que vivimos en una sociedad que marca las normas?

―¿Y qué tiene que ver eso con esta conversación?

―Una dama debe preservar su virtud y entregarla a su esposo, un hombre debe… disfrutar de la vida. Saber lo que implica estar entre los muslos de una mujer que se abandona a sus caprichos, que grita sin contención a lo que él le provoca, que…

―¿Falta mucho para llegar? ―lo interrumpió cansada. Sabía que la estaba provocando y se prometió que no jugaría a ese juego. No con él.

―¿Te ponen nerviosa mis insinuaciones sobre el poder de la carne, el pecado del deseo y la tentación de un hombre desnudo?

―No. Me preocupa más que usted no salga vivo de aquí. Estoy pensando muy seriamente en usar el pequeño tacón de mi zapato como un objeto punzante que le abra un boquete en su diminuto corazón.

―Antes de que inicies la acción de buscar tu zapato de cristal, Cenicienta, yo te habré besado hasta que olvides esa tontería de agredirme.

―Inmediatamente la vio agacharse con la intención de sacarse el calzado―.

Cuidado, dulzura, o pensaré que lo que ansías es que te bese hasta perder el sentido ―la avisó.

―Es usted insoportable ―masculló con fastidio, después de sentarse y olvidarse de darle su merecido.

―Te besaría solo para que comprendieses que no voy de farol ―le dijo con seriedad.

―Guarde algo para su prometida, o para quien desee que le prodigue sus atenciones. Yo no estoy en esa larga lista de mujeres que debe guardar a modo de trofeo bajo la almohada.

―Pareces celosa, dulzura.

Ella se rio en su cara.

―Sí, por supuesto que lo estoy ―ironizó, al tiempo que le ofrecía una gran y brillante sonrisa.

Él resopló. Esperaba que fuese en verdad la prima de la hermana de Albemarle, aunque por otro lado… ¡Maldita muchacha que lo había hecho desear besarla! Las damas suspiraban por sus atenciones, jamás a la inversa.