Capítulo 2 #3
Margaret supo que no acababa de creerse toda la farsa.
Bueno, no importaba. Su madre lo solía arreglar todo.
Lo primordial era salir de las garras de un hombre que no era capaz de reconocerla ―gracias a Dios― y que la había dejado atrás sin pestañear.
Así que el canalla no podía sencillamente llegar a la ciudad y exigir que se casase con él, dado que en ningún momento lo había aceptado…
¿no? Seguro que no. Un beso en un jardín oscuro no implicaba que ella estuviese condenada al matrimonio.
No, porque nadie la había descubierto en un momento del todo indecoroso y no había necesidad de atarse a él.
Aunque sí que Phenton fue el responsable de dañar su reputación, cuando comenzaron los chismes sobre que la había abandonado en la ciudad para disfrutar de su soltería en París.
No. No se casaría con un hombre que la depositaría en su casa de campo para que engendrara y criase a un heredero y a un repuesto, mientras él disfrutaba de otras mujeres y sus demás vicios…
En efecto. Estaba segura de que ese sería el uso que tenía preparado para ella si le permitía salirse con la suya.
No. No se casaría con él, pese a que su afán por contrariar a su hermano mayor la abocase a hacer lo contrario. No lo haría.
Las afrentas del duque de Phenton eran tantas y producidas en tan corto periodo de tiempo, que no sabía con cuál comenzar a enfurecerse primero.
Y la más humillante era que había conseguido convencerlo de que ella no era Margaret Cross…
Al final lord Bergen sí había tenido razón cuando sostuvo que no la reconoció en Hyde Park.
¿Qué decía eso de la situación? Nada bueno, eso era seguro.
El duque Canalla iba a arrepentirse de haberse topado con ella. No tenía la menor idea de cómo lograría semejante proeza, pero algo se le ocurriría y esperaba que fuese pronto.
―Jamás olvido un beso ―señaló, harto de mantener el silencio en el carruaje mientras llegaban a la casa familiar de Albemarle.
―Lo felicito por ello.
―Si te besase sabría en un momento si mientes.
―Los besos que tengo que otorgar le corresponden a mi prometido ―razonó ella, tratando de no perder la calma.
―Ese podría ser yo.
―¿No le parece que si yo fuese su futura esposa, usted me recordaría perfectamente? ¿Qué clase de hombre confunde a una mujer con otra y luego duda sobre la identidad de ambas?
―Si no eres Margaret, ¿por qué te molesta tanto? ―El duque había percibido un enfado extremo en sus palabras.
―Porque yo estoy enamorada de lord Bergen ―mintió― y usted amenaza con privarme de lo que más deseo, excelencia.
Algo extraño ocurrió cuando la imagen de la muchacha acompañada por ese mequetrefe se cruzó por su mente. Fuese la hermana de Albemarle o no, sentía… algo que no deseaba sentir. ¡Y no eran celos!
―Así que has asumido que en verdad soy un duque.
―Uno canalla, si me permite la expresión.
―No, no te la permito. Es una descortesía brutal lo que acabas de decirme. ―Estaba enfurruñado porque la imagen de ella casándose con aquel otro… ¿Qué demonios le estaba pasando? ¡Si él detestaba a las señoritingas que lo sermoneaban!
―¿Y no lo es secuestrarme? ―preguntó con enfado, al tiempo que emitía un bufido.
―Siempre tengo un motivo de peso para hacer todo lo que hago ―señaló a modo de excusa, que a ella no le convenció en absoluto.
―Por supuesto… Una mujer no es nada, si un hombre no decide que sea algo.
―¿Eres una de esas progresistas que opinan que las mujeres deben ser equiparadas a los hombres?
―Nos hacemos llamar Wollstonegistas ―le aclaró.
Se trataba de una especie de club creado al amparo de la obra de Mary Wollstonecraft.
Varias mujeres que habían leído su libro Vindicación de los derechos de las mujeres ―a escondidas―, en especial jóvenes de buena cuna inconformistas con lo que se esperaba de ellas socialmente, se reunían para debatir y hablar sobre lo que Wollstonecraft proponía en sus liberales escritos.
―Así que lo eres… Entonces rezaré una plegaria para que en verdad no estés mintiendo.
―Soy muchas cosas y creo que censuraría cada una de ellas. No me agradaría ser mi prima, pese a que ella acabe siendo una duquesa. Sospecho que será extremadamente infeliz.
―Tienes una lengua igual de afilada que la de ella… si es que no eres lady Margaret, por supuesto, en cuyo caso, será mejor que te prepares para aceptar las consecuencias de enfadar a un duque.
―Usted no es Dios… ¿se lo han dicho alguna vez?
―¿Y ese mequetrefe con el que ibas sí lo es?
―Bergen es perfecto ―dijo con una brillante sonrisa, mientras suspiraba llena de amor. Si perdía por completo su reputación pediría trabajo en una compañía de teatro.
En comparación con el zoquete que tenía delante, Timothy sí era un sueño de conde, así que resultaba fácil cumplir con el papel.
―Ah, te atreves a usar su título sin la debida distinción. ―La fórmula era: lord Bergen, por lo que no usar la partícula era algo demasiado familiar.
―Es mi prometido. Puedo llamarlo Timothy si se me antoja.
―No en público, eso sería desastroso para tu honra.
Ahora se preocupaba él por su reputación. Tenía ganas de atizarle con fuerza… con algo metálico que le hiciese un gran chichón en su ducal sesera.
―Mis asuntos con Timothy ―dijo con retintín― no son de su incumbencia.
―Lo serán si mientes. Soy terriblemente posesivo. ―Ella sintió que el vello de la nuca se erizaba ante la convicción que sintió.
―¡Dios misericordioso! ¿Es consciente de que las mujeres pensamos por nosotras mismas y que no hemos nacido para estar al servicio de un duque? La esclavitud está a un paso de ser abolida en Inglaterra.
―Sí, eres una agitadora liberal… ―musitó sorprendido.
―Wollstonegista ―lo volvió a corregir.
―Si mientes, y descubro que finalmente eres la dama con la que pretendía casarme, te dejaré en la puerta de tu casa y me iré antes de que te des cuenta.
―¿De verdad? ―preguntó con esperanza.
Él levantó una ceja acusadora.
―¿Esperas que sea eso lo que ocurra? ―Era evidente que él estaba deseando que ella confesase su falsedad. No caería en esa trampa.
―Lo que espero ―repitió su fórmula― es poder casarme con el hombre que elija. No con uno que por ser un duque se crea con derecho a tratarme peor que a un perro.
―Un perro da menos problemas que tú ―señaló jocoso.
―¿¡Se da cuenta de que lo que dice es muy ofensivo para las mujeres!? ―Estaba indignadísima y con ganas de quitarse un zapato y atizarle.
―Es divertido verte fruncir el ceño y apretar los labios en una fina línea llena de irritabilidad. Además, solo te he comparado a ti con un…
―¡No lo repita! ―exclamó indignada.
―… perro ―él no le hizo caso―, no a todas las mujeres.
La respuesta de ella fue ladear el rostro, con un gesto duro y seco, y mirar por la ventana.
―Será mejor que el resto del trayecto lo pasemos en silencio. No quiero que me acusen por agredir a un duque… Si es que en verdad ostenta ese título, por supuesto. ―No pudo pasar por alto las ganas de molestarlo.
―En otras circunstancias me gustaría domesticarte.
―¿Vuelvo a ser un perro?
―No. Me gusta seducir a las mujeres para que supliquen por mis…
―Lo que está diciendo es muy… ―comenzó a decir con disgusto.
―¿Divertido y excitante? ―dijo con la finalidad de verla todavía más enfurruñada, interrumpiéndola.
Le gustaba molestarla. Le gustaba demasiado. No debería ser ameno entretenerse con una mujer que tal vez no fuese la que iba a casarse con él. No lo era, ¿verdad? No sabía a qué atenerse.
―Canalla. Sí. El duque Canalla, lo llamaré así.
―Oh, sentaba de maravilla poder soltarle a la cara el apelativo que le dio aquella noche en la que se dejó corromper.
Lo escuchó resoplar con enfado y la joven le sonrió―.
Alégrese, hombre, sea o no en verdad un par del reino, yo misma le he dado un título.
Así que puede presumir de eso. Si tiene a mano una espada puedo improvisar una pequeña ceremonia para nombrarle oficialmente y que…
―¿No ibas a callarte? ―inquirió despectivo.
―Es un título que le sienta muy bien. Le hace justicia.
―¿Quieres que te silencie con un beso?
―¿Y usted quiere tener que pegarle a una mujer?
―Jamás le he puesto la mano a una dama si no era para…
―Conmigo lo hará ―lo interrumpió, sabiendo que iba a decir algo escandaloso de índole carnal―, y no será porque acepte sus avances, sino porque si me besa, a mí, a la prima de su prometida, yo misma comenzaré a defenderme con todo lo que esté a mi alcance y la única forma de pararme será si me lastima.
La mirada de uno y otro se midió como si de un duelo de voluntades se tratase.
―Tengo mis dudas sobre el hecho de que digas la verdad.
―Y yo tengo las mías sobre si es buena idea que mi prima lo acepte como esposo. Margaret será una devota esposa. Recitará sus votos ante Dios y los cumplirá. Así que exigirá que su esposo haga lo mismo, incluso tal vez más.
―Ningún marido se contenta solo con una mujer.
Te lo habrá contado tu madre. Ya sabes que a una esposa no se la debe molestar con las peticiones de su marido en la cama, para eso están las amantes.
No es posible que una única dama complazca a un hombre.
Soy de los que piensa que el amor es para quienes no logran alcanzar la dicha de la plenitud cuando dan rienda suelta a sus instintos más primitivos.
―Su planteamiento es arcaico, pero no debería sorprenderme, dada su actitud con respecto a mi prima. No somos como los animales, hay mucho más que la posible satisfacción en un enlace legítimo ―apuntó, tratando de evitar ponerse nerviosa por el rumbo de la conversación.
―¿Qué sabes tú de la satisfacción? ―indagó curioso y algo… No le gustaba que ella estuviese al tanto de algunos asuntos. ¡No eran celos!
―¿Y usted? ―rebatió con altanería.
Él se quedó mirándola con fijación. Agitó los hombros. Tal vez no fuese su prometida, así que…
―Sé cosas que ni imaginas que se puedan hacer. Tengo un amigo que me abrió los ojos. El duque de York sostiene…