Capítulo 2
Un dilema singular
El traqueteo del camino empedrado le indicaba que estaba en el interior de un carruaje. Ese olor a bergamota la molestaba en exceso, dado que el caballero se había echado demasiada loción.
Abrió los ojos y se dio cuenta de que sus impresiones habían sido acertadas. Figuraba tumbada sobre un asiento de terciopelo, en sentido inverso a la marcha.
―Eres una luchadora ―le dijo el hombre que la miraba de frente.
―¿Es usted consciente de que ha contrariado a una dama importante cuya familia es muy peligrosa? ―preguntó con seriedad, al tiempo que se sentaba y enfocaba la mirada en su captor, sin abandonar la frialdad que deseaba aparentar.
Los recuerdos del parque habían regresado a su mente antes de despegar los párpados.
Se dio cuenta de que en verdad se había desmayado y que eligió el peor momento para haberlo hecho.
Levantó la nariz para mostrarse impasible.
Si su hermano estuviese con ella le recomendaría que tuviese la mente despejada y no se dejase llevar por el temor, el pánico o…
la ira. Sí. Margaret sentía mucha furia en esos instantes.
―Sé bien lo que hago en cada momento ―respondió él.
Por descontado que quien estaba en el interior del carruaje era él: el duque Canalla. No perdería los nervios una segunda vez. Tenía una idea y la llevaría a cabo costase lo que costase.
―¿Puedo preguntar sus motivos para este asalto? Si lo que desea es dinero por mi rescate, mi familia se lo ofrecerá para después darle caza, milord.
―Ya te lo advertí una vez, el modo adecuado de dirigirte a mí es: excelencia o Su Gracia ―la rectificó con arrogancia, huyendo de la formalidad.
¿Acaso los nobles de alto rango venían con una especie de orgullo infinito?, se preguntó la dama, tratando de evitar rodar los ojos. Su hermano era conde y también iba demasiado bien servido de eso.
―No me creo que esté en presencia de un duque. Solo se trata de un mentiroso que ataca a jóvenes decentes. ―Jugar al despiste le pareció su mejor opción.
―¿Vas a negar mi rango, ahora? ¿A negarme a mí? ―preguntó incrédulo.
―Lo hago categóricamente. Un duque jamás se vería obligado a raptar a una dama. A no ser, claro, que esté muy falto de fondos, con un pie en la cárcel de los deudores… ¿Es ese su caso? ―indagó con seriedad.
Los hombres, especialmente los nobles, cuando estaban en serios problemas económicos eran capaces de cualquier cosa…
Ella misma conocía un asunto sobre una joven dama que tuvo que casarse con su captor porque la familia la obligó a hacerlo a fin de que la joven no acabase repudiada.
Aquel malvado solo buscaba la dote para restaurar su patrimonio.
Y eso solo era la punta del iceberg de todo lo que se comentaba en sociedad sobre muchachas caídas en las garras de hombres cuestionables.
―El juego que planeas no va a salirte bien. Tú te entretenías con muñecas de trapo mientras yo ya sorteaba a criminales y auténticos desechos de la humanidad. Reconozco una mentira a mil leguas. No te sigas poniendo en evidencia ―le recomendó sardónico.
Ella frunció el ceño, trató de mostrarse muy sorprendida.
―¿Espera que me crea que es usted un duque y que además me conoce? ―preguntó, creyendo que estaba haciendo una excelente interpretación.
A Margaret no se le había ocurrido un plan mejor, y esperaba que eso funcionase. No tenía ni idea de las intenciones de Phenton, y tampoco deseaba adivinarlas. Huir era la meta de todo y lo lograría con lo que fuese.
―Te estás poniendo en evidencia ―repitió―.
Mucho más que cuando te he visto alegremente transitar por Hyde Park con un hombre sosteniendo tu cintura.
Hay algo que debes saber sobre mí. No comparto lo que es mío.
Y prefiero verte besando a alguien que riéndote junto a él.
―Eso fue un golpe más doloroso para Lucien―.
Aunque en ambos casos estarías en problemas y él muerto.
Ella no daba crédito a lo que acababa de escuchar.
Le dieron ganas de tener un abanico a mano y comenzar a darle puñetazos con fuerza…
El abanico lo usaría después para refrescarse, dado que se emplearía a fondo.
Ella se había peleado con sus dos hermanos mayores en muchas ocasiones y sabía usar los puños, aunque no muy bien.
―¿Perdone? ―Abrió los ojos como platos ante ese comentario.
―Ya me has escuchado. No me gusta repetir las cosas.
―¿Cómo voy a saber algo sobre usted, si es la primera vez que nos vemos?
Dios misericordioso, acabaría en la horca por mentirle a un par del reino o contratada en una compañía de teatro. Algo de Shakespeare le gustaría… No Romeo y Julieta , drama real ya había tenido más que suficiente.
―No mientes tan bien como te crees, dulzura.
―Mi familia le dará su merecido en cuanto sepa sobre este ultraje ―lo amenazó con un puño en alto. Él levantó una ceja y supo que se había excedido con su frase del guion.
―Soy muy consciente de quién es tu hermano. Yo diría que no he hecho nada malo, así que no podrá castigarme.
―¡Me ha metido en un carruaje contra mi voluntad! ―exclamó enfadada―. Eso sin contar que se ha propasado conmigo las veces que se atrevió a poner sus manos sobre mí.
―En el jardín, me dio la impresión de que disfrutabas… hasta que Albemarle nos interrumpió. Y debo añadir que tan solo he decidido tomar lo que ya era mío.
―¿Disculpe? ―Oh, ella podría darle un puntapié en alguna zona de su cuerpo masculino… donde más le doliese, por su engreimiento. Bueno, se conformaría con otro pisotón que lo hiciera aullar.
―Eres mi prometida, querida. ¿No leíste la noticia en el periódico? ―inquirió con mofa.
―¡Miente! ―dijo roja como la furia. En esa ocasión no tuvo que improvisar.
La ira salía con suma naturalidad―. El hombre que iba a mi lado es mi prometido.
―No era una mentira por completo, dado que él había manifestado su deseo de cortejarla―.
Además, yo no tengo hermanos. ―Se le ocurrió que era momento de contar una verdadera falsedad.
Él explotó en carcajadas.
―Lo primero que pensé cuando te vi era que parecías una cosita fiera. Veo que no me equivoqué. Te daré el mérito que te mereces, pero deja ya de fingir. No te conviene contrariar a tu futuro esposo. Soy un duque imprevisible.
―A ver… ―señaló como si estuviese conteniendo sus nervios y tratando de llevar la situación hacia un lugar más… menos… Suspiró―. Aquí hay un tremendo error, milord.
―Excelencia o Su Gracia ―le repitió con alegría―. Aunque después del beso que nos dimos hace unos pocos meses y considerando que vas a ser mi esposa, podrías llamarme Phenton.
Ella se mordió la lengua. ¡Pocos meses! Casi un año había pasado desde aquello.
Se lo imaginaba borracho de fiesta en fiesta en Francia y seguro que no eran reuniones civilizadas…
Él se veía un pícaro de primera. Ella odiaba a ese tipo de caballeros.
Estaban bien para darse un primer beso en la oscuridad, pero…
Ay, Dios del cielo, ¿qué locura la impulsó a dejarse llevar por un canalla como el que tenía enfrente cuando decidió seguirle sin rechistar?
―¡Pero yo no le conozco! Se lo juro por las Sagradas Escrituras. ―Inundó los ojos de lágrimas. No fueron falsas, eran de indignación, pero él no tenía por qué saberlo.
―No eres convincente.
―¿Qué quiere de mí? No me haga daño ―sollozó.
―El matrimonio no te traerá dolor ―expuso con fastidio. Las lágrimas no le agradaban en absoluto―. Serás mi duquesa. Deberías estar dando saltos de alegría. Llevo demasiado tiempo esperando para regresar y no quiero vivir esta farsa.
―¿Si es usted un hombre que ha huido del sanatorio de Bedlam…? ―En el lugar mencionado estaban encerradas las personas cuya mente no funcionaba bien. Le gustó verle torcer el gesto con irritación ante su sugerencia. Oh, si pudiera darle un poco de su propia medicina…
―¿Ahora me llamas loco? ―inquirió sin creerlo.
―¡No entiendo lo que sucede! Solo sé que hace un instante transitaba con la agradable compañía de lord Bergen, por el parque, hablando sobre nuestras futuras nupcias, y ahora estoy aquí apresada por un hombre que asegura que es un duque y que me conoce.
¡Se lo ruego, deje que baje! ―La ansiedad que la embargaba no era fingida.
Estaba aterrada porque el camino se sentía más adusto bajo las ruedas del carruaje, y eso indicaba que estaban saliendo de la zona civilizada de Londres.
―Es un viaje largo hasta Gretna Green, será mejor que dejes ese torpe juego y te relajes.
―¡Oh, Dios misericordioso! ¿Qué le he hecho yo para merecer esto? Le estoy diciendo la verdad. No consigo pensar en más pruebas que ofrecer. No nos conocemos. Se lo prometo por la vida de mi padre. ―Su progenitor la perdonaría allá donde estuviese. Mentía por pura supervivencia.
―No mientas más, tu padre falleció hace años ―le señaló con un bostezo perezoso.
―Tengo una familia, no falto a la verdad.
Mi buena madre, a estas horas, estará temiendo lo peor, mi padre habrá movilizado a los mejores investigadores de Bow Street, incluso mi primo vendrá de inmediato en cuanto sepa lo que ha ocurrido.
Lord Albemarle irá al infierno hasta localizar a su querida prima ―improvisó, esperando causar alguna vacilación en él.
Lo observó echar la cortina de las ventanillas que estaban cerradas, y luego inclinarse para observarla mejor. Al menos había mellado la coraza de su seguridad un poco.
―¿Una prima? ―indagó, al tiempo que le hacía un escrutinio de lo más concienzudo.
―Sí. Lady Margaret y lord Albemarle son los hijos de mis tíos. De mi tía, la condesa viuda. El anterior conde y su primogénito fallecieron debido a un accidente.
―¿Crees que me tragaré semejante tontería? Conozco bien a las mujeres a las que les pido matrimonio.
―¿Es con mi prima con quien me confunde? ―preguntó profundamente apenada. Dios la perdonaría por tantas mentiras. Él merecía eso y más.
―No te creo.