Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 1 #4
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Capítulo 1 #4

―No sé si lo dice en ese sentido, en el de que debo aprender la lección, pero sí insiste en que no hay que rendirse.

―Usted no lo hace. ―Ella percibió su admiración.

―Mi hermano es quien no lo hace.

―¿Por qué dice eso, Margaret? ¿Le importa que prescinda de su título? ―Timothy quería propiciar un acercamiento.

―Supongo que puede hacerlo, dado que se empeña en iniciar un cortejo.

―Todavía no estaba segura de nada. No volvería a caer en una trampa dos veces.

Sería cauta, aunque Bergen le agradaba muchísimo.

¡El mejor partido de toda la ciudad le había dicho que deseaba cortejarla!

Trataría de que algo así no se le subiese a la cabeza, pero…

¡Era tan apuesto!, y ella había estado tan apartada y abandonada por sus amigos, por sus conocidos y la sociedad en general que…

―Lo dice como si fuese una penitencia. Mi orgullo se resiente, querida Margaret. ―Él le sonrió y supo que estaba bromeando.

―Está paseando conmigo porque mi hermano así lo quiere. ―Ryan estaba implicado en todo esto y no sabía en cuánta medida.

―No hago nada que no desee, se lo aseguro. No importa quién lo sugiera o lo ordene ―le aclaró.

―Albemarle es muy convincente con las palabras y los hechos. Le aseguro que no se daría cuenta si él quisiera venderle un vaso de agua dulce junto a un manantial.

―Es usted desconfiada.

―¿Por qué siento que está haciendo una lista sobre mí?

―Es del todo lógico que lo haga, dado que tengo la intención de convertirla en mi condesa.

Ella se rio con ligereza.

―¿Comprende que podría decirle que sí ahora mismo, y que su honor como caballero lo ataría a una dama a la que solo conoce porque su hermano se ha propuesto que así sea?

―Al menos he conseguido que se ría. Lo demás no importa ―dijo él satisfecho.

―Acabo de cruzarme con el último hombre que aseguró que yo sería su duquesa, no debería reírme, Bergen, porque aquello no acabó bien. Si fuese una mujer precavida me iría derecha a casa, porque no deseo cometer dos veces un error fatal. Mi madre no lo merece ―apostilló con suavidad.

―Pero en lugar de hacer eso, vamos a tomar un helado y a comprar flores ―señaló, con ese tono que a ella le estaba afectando. Su calma la envolvía en un manto cálido. Él no la censuraba y eso era muy importante para Maggie.

―No entiendo el motivo por el que está haciendo esto. Lo siento, sé que estoy siendo desconfiada, pero…

―Y tiene todo el derecho a serlo ―señaló, cortando su explicación.

―Lord Bergen, hay un problema en su casa, debe ir de inmediato. ―Un hombre, vestido de modo humilde se había acercado hasta la pareja a toda carrera. Parecía que traía noticias urgentes y los molestó sin ninguna ceremonia.

―¿Cómo sabe mi identidad y de qué problema se trata? ―preguntó el acompañante de Maggie con nerviosismo.

―Un robo, me manda su mayordomo. Debe ir de inmediato ―le recomendó, antes de echarse a correr como si él mismo fuese el ladrón del que había hablado.

Lady Margaret observó a Timothy cuadrar la espalda y supo que tenía ganas de perseguir al desconocido que los había interrumpido sin ceremonias y hacerle un sinfín de preguntas.

Él tenía la expresión que solía poner su hermano cuando jugaba al ajedrez y se disponía a tenderle una trampa a su adversario.

―Vaya a ver lo que ha ocurrido ―le señaló la joven, al darse cuenta de que él miraba a su derecha e izquierda sin saber qué hacer.

―Esto es poco convencional. No conozco a ese hombre que nos ha abordado.

―Pero él sí parecía conocerle a usted.

―No pienso dejarla aquí, Margaret.

―No estoy sola, mi doncella nos sigue, regresaré a mi casa en su compañía. Debe ir y comprobar si lo que le han dicho es cierto. Dejaremos el helado para otro momento.

―No es así como había previsto que siguiese la mañana.

―Lo comprendo. Por favor, vaya. Me sentiría muy mal conmigo misma si hubiese un problema serio en su casa y no lo atendiese por mi causa.

―Está bien, solo si me promete que la veré dentro de un par de noches.

―¿Verme?

―Tengo amistad con el duque de Kensington, su esposa organiza una fiesta. Será nuestra segunda salida oficial. Le prometí a su hermano que no le daría problemas, así que puede confiar en mí ―le dijo, por si estaba valorando que él no fuese de fiar.

Ella se quedó pensativa. Esto iba muy rápido.

―Pero no pensaba asistir… ―Hacía mucho tiempo que no acudía a una fiesta multitudinaria y no estaba preparada para enfrentarse a lo que podría suceder cuando tratase de incursionar de nuevo en sociedad. Pese a que el duque de Kensington era íntimo amigo de su hermano, no deseaba ir.

―Será mi acompañante. La recogeré en su casa. ―Se mostró tajante.

―Pero… yo… ―No esperaba una invitación de esa índole.

―Informaré a su madre con una misiva que escribiré en cuanto averigüe lo sucedido. ―No le dio opción a réplica, le tomó la mano enguatada y depositó un beso allí antes de marcharse a paso ligero.

―¿Has visto eso, Marian? ―Se giró para preguntarle a su doncella. La observó atendiendo a un corrillo de cuatro niños que le pedían limosna. La estaban asediando de una manera tan atroz que parecía que más bien la asaltaban.

Buscó en su retículo ―que llevaba anudado en la cinta que tenía sobre la cintura del vestido de mañana, bajo su capa de terciopelo azul cielo― unas monedas con las que acallar a los pequeños, y de súbito, alguien la estaba levantando con un brazo por debajo de los pechos y le tapaba la boca para impedir que gritase con la otra mano.

No veía a su captor, solo sentía un duro pecho sobre su espalda, observaba unos grandes brazos que la inmovilizaban y sostenían, y olía a bergamota.

El pánico comenzó a adueñarse de ella. Su corta vida pasó por su mente.

Se dio cuenta de que apenas había vivido.

Su lápida pondría lady Abandonada , e iría acompañada de una frase recordando lo insulsa que fue su existencia.

Podía ver a todo Londres reunido en su sepelio, recordando cómo un duque la dejó sola, a su suerte y desamparada, y se malogró, dado que era la prometedora hija de un conde que había descartado a un buen número de pretendientes antes de sufrir lo peor que le podía suceder a una mujer: ser apartada y casi repudiada por el resto.

―Cálmate, no pienso hacerte daño ―le susurró una voz en la oreja.

No importó. En cuanto se sintió libre, ella usó sus finos zapatos de paseo para darle, con el pie derecho, un buen pisotón y tratar de huir. Escapó de sus garras, pero no llegó lejos.

―¡Au! ―gritó el desconocido antes de volver a apresarla con un brazo.

―No me haga daño, se lo ruego ―imploró, con el corazón dándole brincos, temiendo por si él tomaba represalias ante su atrevimiento.

La sujetó con mayor firmeza y la encerró entre sus brazos. Con la acción, el rostro de Maggie se quedó sobre el pecho del maldito que la había secuestrado. Oh, cielos, estaba en verdaderos problemas.

Volvió a pensar en su entierro. Solo Ryan y su madre llorarían su pérdida. Los demás que se congregasen para darle el último adiós, cotorrearían sobre cómo decidió prescindir de la compañía del mejor partido de la ciudad para acabar muerta… o peor, agredida de modo infame por un desconocido.

Se quedó quieta y pensó incluso en desmayarse. ¡Sí! Todos sabían que las damas necesitaban las sales cerca porque sus delicados nervios se crispaban con suma facilidad. ¡Esa era una ocasión para desfallecer!

―¡Ooooh! ―exclamó Maggie, antes de dejarse caer, simulando que sufría un desvanecimiento.

En cuanto sintió que el desgraciado criminal aflojaba su agarre, y sin saber bien cómo actuar, volvió a pisotear con fuerza su pie y una vez más trató de correr.

Lo logró, se vio libre una fracción de segundo, hasta que una fuerte mano sin guante le agarró la muñeca y le dio un tirón para volver a capturarla.

―¡Quieres estarte quieta de una vez antes de que me dejes cojo! ―ordenó el desgraciado con enfado.

Ella se quedó parada un momento. Petrificada más bien.

Tanto que se le olvidó el motivo por el que tenía que escapar.

Esa voz… Se giró para observarlo sin que pudiese evitarlo.

Entonces todo se volvió negro, y en esa ocasión no fue un subterfugio pensado para dejar atrás a quien se había atrevido a ponerle las manos encima… por segunda vez.