Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 1 #3
55%

Capítulo 1 #3

―Me gusta hablar sin tapujos cuando alguien merece que mi lengua lo fustigue.

Mi hermano es «el tonto Albemarle» en alguna que otra ocasión cuando me saca de mis casillas ―expuso satisfecha por admitir en voz alta ese hecho.

Ryan le armaría un consejo de guerra por tal traición, pero ella necesitaba exponer su punto con esa afirmación.

Sospechaba que tras la actuación de lord Bergen había mucho más de lo que suponía y su hermano apestaba a culpabilidad.

Si en verdad el duque Canalla había regresado, estaba más que segura de que Albemarle movería cielo y tierra para protegerla.

Lo cual no era algo terrible, pero sí humillante.

Ella no era una niña que debiera ser salvada por su hermano mayor.

Cierto que tampoco era una rival para Phenton, pero estaba tan segura de que él ni se acordaba de ella, que no tenía motivos para estar preocupada.

―Entiendo que le gusta poner apelativos a sus amistades.

―No todos son malos. Mi hermano está considerado un titán, sin embargo, llamarlo «Albemarle el héroe» no lo hubiese hecho fruncir el ceño con enojo.

Bergen entendió que a ella le gustaba molestar a Albemarle y lo encontró… peculiar.

―¿Cómo me llamaba a mí? ―se interesó.

―¿Qué le hace pensar que tenía un sobrenombre para usted?

―Dígalo. Ya he comprobado que la hermana de Albemarle es feroz y difícil. ―Margaret sonrió. Le gustaba que tuviese esa consideración sobre ella―. Le prometo no ponerme a patalear cuando me lo desvele.

―¿Y si lo ofendo?

―Creo que le daría igual. Dígalo ―reiteró.

―Está bien, privadamente lo llamo «Zorro Bergen».

―¿Porque soy astuto? ―Le gustaría que esa fuese la razón y ella lo sabía.

―No. Porque cuando usted estaba cerca, la cacería empezaba ―señaló, en una clara alusión a que no solo las damas casaderas lo habían asediado, sino también sus duras mamás.

Lord Bergen se rio al comprender la comparación y a ella le pareció el sonido de una risa fresca y muy natural. Se sumó a la carcajada masculina hasta que lo vio ponerse muy serio. Siguió con la mirada el punto que Timothy estaba contemplando y tragó saliva. ¡Dios misericordioso!

El Altísimo tenía un sentido del humor de lo más cruel. ¡Esto no podía estar pasándole a ella! No, en esos momentos en los que al fin veía un poco de luz al final del oscuro pasadizo.

―Será mejor que regresemos a casa. ―Se quedó pensativo un instante―.

O mejor… Alguien me ha recordado mi falta de pericia en asuntos de galantería, y sería conveniente que nos detuviésemos en Gunter’s para disfrutar de un helado.

Le prometo que si pasamos por un puesto de flores, tendrá las que usted misma elija.

―¿Comienza el cortejo? ―preguntó, tratando de controlar el nudo que sentía en la boca del estómago por lo que ella había visto segundos antes.

―Me gustaría mucho que mis atenciones fuesen tomadas en consideración ―le desveló.

―¿Por qué yo? No soy popular, ni una sombra de lo que fui meses atrás. ―Parecía que hubiese pasado una eternidad.

―Por eso mismo.

―No le creo.

―Solo debe tener paciencia y conocerme mejor. ¿Ahora…? ―Le ofreció su brazo de nuevo para dar la vuelta y seguir con el paseo en otra parte.

―No.

Él dio un pequeño respingo ante la fuerza de su negativa. ¿El juego del cortejo ya había terminado?, se preguntó Timothy. Tal vez hubiese perdido facultades, y su atractivo y título no resultaban tan infalibles para la mujer que tenía a su lado.

―He decidido que nunca más retrocederé si puedo evitarlo y las fuerzas me acompañan. ―Maggie le ofreció una sonrisa y le agarró el brazo, pero no dieron media vuelta.

La joven dio un paso al frente. Su hermano había luchado en las trincheras y visto en primera persona los horrores de la guerra.

Esta batalla no la ganaría porque estaba perdida desde el mismo momento en el que empezó la lucha, pero al menos tendría una pequeña victoria para cuando llegase la noche y maldijese su suerte.

―Intrépida.

―¿Se lo dijo también mi hermano?

―No. Lo acabo de descubrir por mí mismo. Y espero conocer más de una mujer a la que no debí haber pasado por alto.

―Las adversidades nos curten. Eso era lo que decía mi hermano cada vez que regresaba del frente.

Ella le dedicó una sonrisa y se dispusieron a seguir el camino, para pasar frente a la pareja que tenían muy cerca de ellos.

Margaret decidió no hacer del asunto algo exagerado, así que se comportó con naturalidad.

Cuando el duque de Phenton transitó por su lado, excelentemente acompañado por una mujer alta y que veía muy bonita y adinerada…

ella no lo miró, solo pasó por su lado como si no se conociesen, con la cabeza bien en alto y el orgullo exhibiéndose.

Pisó una piedra justo cuando él quedó a su misma altura y fue una gran suerte que su acompañante estuviera muy pendiente de ella y la sostuviese por la cintura en cuanto trastabilló.

Bueno. La jugada no le había salido tan bien como había imaginado.

Entre otras cosas, porque además de casi darse de bruces contra el suelo, el duque Canalla ni se había fijado en ella.

Nada. Ni un simple vistazo. Tampoco dio muestras de remordimiento o de…

¡de lo que fuese! El apelativo que le otorgó le iba como el sello ducal a su dedo de canalla.

Cuando la tempestad pasó, Maggie tuvo el impulso de ladear el rostro.

Se contuvo, no le daría esa satisfacción.

Sin embargo sus ojos tenían vida propia y lo siguieron por el rabillo todo el recorrido hasta que él terminó de desvanecerse.

Nada de nada. Por un instante le pareció como si él fuese a detenerse, pero no ocurrió así, por lo que debió ser su orgullo femenino dando un grito para llamar la atención de un hombre que se había burlado de ella sin contemplaciones.

―Lo peor ha pasado. No la ha reconocido ―señaló con satisfacción Bergen.

Lo que fue sentenciado como algo trivial, esperanzador incluso, se convirtió en una agonía que la hundió en la miseria más cruel.

No la había reconocido. Por supuesto. Ella solo fue para el duque Canalla…

¿Qué fue? ¿Un beso furtivo buscado para provocar a su hermano?

Phenton se había marchado poco después y no la vio más que aquella infernal noche donde toda su vida se desmoronó.

Su venganza sobre Albemarle fue completa cuando proclamó a la sociedad que la había elegido como su esposa y desapareció, destruyendo a la hermana de su rival.

Su hermano se lo había advertido. Le dijo que él no era bueno para ella.

No fue que Margaret hiciese oídos sordos.

Ella no había aceptado la proposición del canalla en ningún momento y él no tenía derecho a emitir aquel anuncio en el Times , y sin embargo lo hizo, sin recibir una respuesta positiva por parte de la dama, y sin informarle de sus planes de largarse a Francia.

No se podía caer más bajo que en el agujero en el que ella se encontraba.

No solo no lo había aceptado cuando le dijo que sería su duquesa, sino que él tuvo la desfachatez de convertirla en un esperpento al que buena parte del mundo le había dado la espalda.

Solo unos pocos amigos de su madre habían seguido enviando invitaciones para tomar el té e ir a algunas de las fiestas más discretas de la temporada.

La alta sociedad le cerró la puerta en las narices gracias al hombre que había pasado por su lado sin reconocerla.

Gimió por lo bajo en cuanto vio llegar por delante a otra pareja a la que no le apetecía ver mientras viviese.

Samantha y Darla, las que consideró como su torre defensiva y su alfil de carga, la dejaron tan sola y apartada cuando la gente comenzó a murmurar sobre que el duque de Phenton la había abandonado, que la traición fue por partida triple.

―¡Maggie! ―saltaron las dos a la vez.

Ella se quedó petrificada. Diez meses huyendo de ella y de pronto la saludaban como si hubiesen acabado de tomar el té.

―Es un placer veros ―dijo escuetamente.

―Lord Bergen ―saludó Samantha.

―Milord ―dijo la otra joven.

―Queridas damas. ―El caballero correspondió a los saludos de rigor quitándose ligeramente el sombrero de la cabeza.

―¡Lo hemos visto todo! ―exclamó Darla impaciente.

―Sí. Has sido muy valiente al enfrentarte a él. Yo en tu lugar me hubiese desmayado, y no habría tenido miedo, pues hay un conde que seguro que te hubiese socorrido para sujetarte entre sus brazos. ―Samantha terminó su exposición con un ligero coqueteo. Bueno. No fue tan liviano.

Ah, así que era por eso por lo que sus dos amistades del pasado se habían detenido para saludarla. No había nada más apetecible que un jugoso rumor visto de primera mano y un caballero de lo más apuesto con el que flirtear. ¿Ella había sido así antaño? Sí. Lo fue, recordó con pesar.

Quizás sí salió algo bueno de toda la tortura que supuso ser la comidilla de la buena gente de Londres. Se sentía diferente. Como si hubiera despertado de un sueño muy dulce en el que jamás correría peligro alguno, para vivir una vida más excitante, aunque también exigía mayor ferocidad.

―Si nos disculpáis, tenemos que seguir con el paseo. Ha sido un placer saber de vosotras después de diez meses sin que nuestros caminos se cruzasen. ―Les ofreció una brillante sonrisa y se dispuso a dar un paso al frente para ir a tomar un helado.

Acababa de superar dos pruebas de lo más complejas con mayor o menor éxito.

El conde de Bergen se despidió también, y las dos jóvenes se quedaron pensando en qué podrían hacer para mantener a la pareja a su lado. A Samantha y a Darla no se les ocurrió nada que decir para retenerles.

Margaret y Timothy continuaron su camino.

―¿Sus amigas?

―Ahora son simplemente conocidas.

―¿Tan malo fue todo? ―Él se dio cuenta de lo sola que la joven había estado.

―Mi madre sostiene que únicamente la muerte es el fin. Así que… aprendemos de los errores. Phenton fue uno muy grande que costará dejar atrás.

―Es un buen consejo el que le dio la condesa viuda.