Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

―No solo lo pretendo. Tendré éxito. ―Ah, sí. Él podía ser engreído, Maggie debía admitirlo. Otra en su lugar estaría con las rodillas temblando y a punto de rezar a Dios dando gracias.

No. Ella no, debido a lo que sucedió, porque…

La hermana de Ryan Cross dejó de andar y recibió un pequeño tirón por parte de lord Bergen, quien no había esperado que la dama se detuviese abruptamente.

―¿He sido demasiado directo en mi aseveración, milady ?

―¿Qué le ha prometido mi hermano? Qué pregunta más obvia he hecho ―musitó―. ¡Árabes! ―exclamó―. Albemarle le habrá prometido un par de sus mejores corceles con tal de que me… ¿Salve?

Lord Albemarle era conocido en el reino por ser un excepcional criador de caballos. Esos animales no tenían secretos para él y los árabes que había logrado traer al reino eran muy codiciados. Podía ver a su hermano haciendo un trato para salvarla de la situación en la que se encontraba.

Lo vio sonreírle más ampliamente.

―Ahí está… Feroz, tal y como dijo lord Albemarle que sería.

―Soy consciente de mi situación ―alegó con suavidad.

―Me temo que no lo es, milady . ―La contradijo con firmeza, pero sin llegar a ser desagradable.

―No soy la primera mujer a la que…

―Él ha vuelto.

Él. Bien. Al fin sus rodillas comenzaron a temblarle y no fue porque su acompañante fuese un dechado de virtudes y hubiese hablado de un cortejo y de matrimonio.

No hacía falta desvelar la identidad de la persona a la que, con toda seguridad, se había referido Bergen.

―Sigo en la ciudad, no me doy por vencida. Es cierto que no soy la misma que una vez fui, y que después de que todo el mundo se volcase en mí porque un duque mostró su interés por…

―Ocurrió mucho más que eso. Usted lo sabe. ―Usó un tono neutro, casi paternal, que ella odió, pero agradeció.

Timothy le cogió la mano que ella había quitado de su antebrazo, la volvió a colocar en ese lugar y la invitó a seguir dando un paseo.

―Lord Bergen, yo debo mostrarme agradecida por su atención, pero…

―No se niegue todavía a lo que me gustaría plantearle ―la interrumpió, sabiendo que iba a despacharlo.

―Mi reputación pende de un hilo, como intuyo que sabe. Solo porque mi madre es obstinada, no he acabado en el campo, disfrutando de la tranquilidad y anonimato que ofrece estar alejada de la sociedad.

―Hubiera sido una pérdida terrible, milady .

―Estoy segura de que hay damas más adecuadas en Londres que aceptarían su… ―No supo cómo continuar la frase.

―No he ofrecido nada todavía, porque es usted especial y no quiero dar un paso en falso.

―Especial… ¿entendido como un eufemismo para alegar que soy difícil? ―preguntó con humor.

Él le sonrió otra vez.

―Su difunto hermano mayor, Albert ―precisó―, fue un amigo muy querido para mi difunto hermano, el anterior conde de Bergen.

Albert. Nadie hablaba de ese hermano o de su padre en la familia. Demasiado doloroso para todos, y sospechaba que haber sacado a colación el fallecimiento de su familiar, tampoco sería algo agradable para su acompañante.

―Siento lo que ha vivido ―se vio en la obligación de decir, al percibir una tristeza inmensa en su voz.

―Usted ha pasado por lo mismo que yo, salvo porque la condesa viuda de Albemarle permanece a su lado y eso debe de ser un consuelo para usted y su hermano.

Su madre, Vivian, fue un pilar para ella cuando la desgracia se cernió sobre la familia.

Ryan, siendo un soldado, estuvo demasiados años fuera, y cuando regresó para hacerse cargo de las cuestiones del título, tuvo que darle gracias a la condesa viuda por ser una mujer cabal, que hizo posible que el título no acabase en la ruina, aunque su hermano regresó con una buena fortuna en oro español y esos caballos de los que estaba tan orgulloso.

―Es cierto que la historia de Ryan es muy semejante a la suya, Bergen. ―La joven optó por llamarlo del modo en el que él le sugirió, y el conde le hizo un pequeño gesto con la cabeza en señal de agradecimiento.

―Su hermano y yo coincidimos hace unos meses en una fiesta de un amigo común, lord Monty. ¿Lo conoce usted?

―Sí. Los condes de Monty tienen una gran amistad con Albemarle. ―Samuel, el hombre del que hablaban, era íntimo amigo de Ryan.

―Al principio no había reconocido a su hermano.

―¿Por qué? A mí me parece que no ha cambiado en nada. ―Era verdad. Ryan se comportaba como su molesto hermano mayor.

―No exactamente igual.

―¿Lo dice porque le falta la mano izquierda?

―No. Sé de buena tinta que incluso con una sola mano, él es peligroso.

Se humedeció los labios y le sonrió.

―Debe de serlo, si ha hecho que el mejor partido de todo Londres se presente hoy para dar un paseo conmigo ―opinó.

―Oh, no. Eso no tiene nada que ver con mi cortejo. No en gran parte ―aclaró.

―Así que ya hemos establecido que me está cortejando.

―Sí ―dijo sin dudar.

Bergen había escuchado con mucha atención las cosas que Albemarle le había narrado acerca de su hermana.

Tenía que conocerla. Y fue por ello por lo que, después de haber preguntado aquí y allá sobre la dama, decidió hacer su intervención.

Le gustaba lo que tenía frente a él. Realmente ella era una muchacha diferente a la que conoció tiempo atrás.

―¿No se supone que los caballeros deben agasajar a las frágiles damiselas? ¿Dónde están los dulces, las flores y otras banalidades que harían que me derritiese? ―dijo en tono jovial para aligerar lo que le pareció una conversación muy seria.

Timothy supo que ella no creía lo que le acababa de decir sobre querer conocerla mejor.

―No a una que sea feroz y difícil ―sentenció con el mismo humor que ella.

Maggie se rio con ligereza.

―Trato de sobreponerme a los baches que encuentro en el camino, milord. No hay tanto mérito en mantenerse serena.

―Yo la había observado, milady . No solo en nuestra presentación ―desveló.

Lo miró de soslayo, con la jovialidad bailando en su mirada.

―¿Debo suponer que estaba secretamente enamorado de mí, Bergen? ―bromeó, sabiendo que estaba siendo osada.

―En absoluto. Me pareció usted una joven como todas las demás.

―Gracias ―le dijo, no estando segura de qué más podría alegar.

―No era un cumplido.

―Debo confesar que debido a su tono no me lo pareció, pero me vi en la necesidad de agradecérselo de igual modo.

―Usted es bonita.

―¿Es un cumplido ahora? ―preguntó con media sonrisa.

―Sí. Pero antes, usted, no era como la percibo en estos momentos. Y no me refiero a su aspecto ―le aclaró.

―Habla usted con acertijos, Bergen, y no sé todavía a lo que atenerme ―le dijo, porque había captado su curiosidad.

―La joven que observé hace algún que otro año, y por la que no consideré interesante propiciar un acercamiento, ya no está. Ha cambiado. Ahora mismo, me resulta refrescante, lady Margaret.

―Mis circunstancias le resultan… ¿refrescantes? ―cuestionó, frunciendo el ceño.

―Ha madurado desde que… ―No quiso continuar la frase.

―Desde que el duque Canalla me abandonó ―terminó ella por él.

Ya estaba. Habían pasado de puntillas sobre esa cuestión demasiadas veces desde que iniciaron el paseo.

Imperaba el hecho de llamar a las cosas por su nombre.

Margaret era una mujer abandonada por el hombre que publicó un anuncio en el periódico y desapareció dos días después sin dar ninguna explicación.

Ni una sola carta. Eso sí. Las noticias llegaban desde Francia y sabía de buena tinta que el duque de Phenton se había divertido a lo grande en el país galo.

―Usted no tiene la culpa de nada ―razonó él muy calmado.

Margaret se había hecho un breve retrato del carácter del hombre que la acompañaba. Le gustaba, aunque la ponía algo nerviosa, por su tranquilidad y el modo tan pausado y coherente que tenía de hablar.

―Han pasado diez meses desde aquello. Acabar plantada por un duque hace que una muchacha despierte y salga de su cálida y esponjosa nube para pisar el duro y frío mármol de la realidad.

―Su hermano me aseguró que el compromiso está roto, pero necesitaba averiguarlo por mí mismo. El duque de Phenton no es un rival contra el que quisiera pelear si el corazón de la dama no estuviese libre.

―Las mujeres tenemos poco que opinar al respecto.

Un hombre habla, nosotras obedecemos ―alegó con naturalidad, porque ese era el mundo en el que vivía―.

Yo no accedí en ningún momento a casarme con él.

Poco importó, pues hizo lo que consideró oportuno.

En cuanto a mi corazón… No hubo tiempo para implicarse en nada.

―Evitó añadir la palabra «afortunadamente», aunque sí fue una suerte no haberse enamorado de un hombre que era un…

un… No encontraba la palabra, pero era algo muy malo, incluso soez.

―Albemarle no mentía cuando dijo que si lo que buscaba era un reto debía conocerla, milady .

―¿Qué debo esperar de esta pequeña salida, Bergen?

―Margaret decidió no jugar a la damisela ingenua que se callaba para evitar que su compañero se diera cuenta de que bajo su apariencia había una persona inteligente y que pensaba.

Los años en los que debía ser de ese modo, habían quedado atrás a la fuerza.

Volvieron a hacer un alto en el camino. Su doncella también cesó su andar a una distancia prudencial para darles cierta intimidad.

―No soy el único de mi estirpe. Tengo varios primos repartidos por Inglaterra, pero el patrimonio de mi familia, al igual que mi título, debe seguir bajo mi cuidado, y de los hijos que lleguen.

Ella jadeó. Lo que acababa de decir no debía tomarse a la ligera. Era una declaración de intenciones.

―No puede estar insinuando que…

―Comencemos por una amistad, lady Margaret. No le pediré más de lo que está dispuesta a ofrecer.

―No lo entiendo. Estoy en la lista negra, si es que hay alguna. Y alguna debe haber, pues las invitaciones menguaron en cuanto el duque Canalla se marchó sin ninguna explicación.

―Es la segunda vez que usa ese apelativo sobre Phenton. Me parece curioso.