Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 1
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Capítulo 1

La danza del cortejo

Meses más tarde.

Margaret se giró para asegurarse de que su doncella la seguía unos pasos por detrás. Marian era muy confiable y ella no deseaba volver a cometer ningún error fatal, así que le venía muy bien contar con una carabina.

―¿Está todo bien, milady ? ―le preguntó su acompañante masculino.

―Sí, perfectamente ―le aseguró, en el momento en el que volvió a colocarse de frente.

La mirada de la joven se posó en su acompañante, de quien iba colgada de su brazo.

Conocía a Timothy Day, conde de Bergen, pero no tenía una relación estrecha, ni tan siquiera cercana con él.

Todas las damas sabían quién era lord Bergen, incluida ella.

¿A qué se debía esa circunstancia? Fácil.

Era el soltero más cotizado de todo Londres, las jóvenes desplegaban sus abanicos y agitaban con delicadeza sus largas pestañas cuando él estaba cerca.

Cuando esa mañana, el conde de Bergen se presentó en su casa, no esperaba que le propusiera salir a disfrutar de un agradable paseo.

Ahí, al aire libre, bajo un sol cálido, con el viento susurrando entre los árboles, Maggie lo examinó a conciencia para ver si encontraba el motivo por el que Timothy Day se había convertido en la sensación masculina de varias temporadas.

Poseía unos ojos bastante grandes y expresivos, de color azul, salpicados con unas motas plateadas cerca de la pupila.

El cabello lo tenía en tono cobrizo, corto y rizado, pero se lo peinaba tan a la moda que se veía magnífico.

Una nariz muy graciosa, y un hoyuelo en la marcada barbilla que le hacía querer acariciar esa rareza tan peculiar e interesante con uno de sus dedos, sin llevar guantes.

Lo único que podría ser cuestionado en esa apariencia tan perfecta, podría ser la boca.

La tenía pequeña y sus labios eran finos.

E incluso así era el joven de veintitrés años más apuesto que había visto hasta el momento.

Y lo mejor que tenía el conde, además de ser alto y estar en forma, era su bolsillo profundo, al menos a corto plazo.

Había heredado el título, debido a la muerte prematura de sus padres y su hermano mayor, junto a una considerable suma, pero el grueso de la fortuna familiar estaba reservado para cuando se casase con una dama de buena familia.

Eso era lo que decía la alta sociedad sobre él.

¿Qué hacía ese buen partido de Londres paseando del brazo de Margaret Cross?

La joven podía escuchar esa muda pregunta directamente viniendo de los ojos poco amables de los congéneres que se cruzaban con ellos por el parque. Las damas la miraban con suspicacia, mientras que los caballeros denotaban asombro.

Entendía que ella no era un heredera, pero sí la hija de un conde y hermana de otro, así que algo bueno podía ofrecer en un matrimonio.

Era molesto. Muy incómodo el hecho de soportar las miradas de los demás.

La hacían sentir pequeña e insignificante cuando ella sí había resultado popular entre los muchos pretendientes a los que había apartado sin ser ofensiva o mostrarse vanidosa.

Quizás no fuese una belleza sin parangón, pero…

¿A qué venían todas esos escrutinios que percibía en el ambiente junto a Bergen?

Los cuchicheos y exámenes estaban resultando más ofensivos que en las primeras semanas cuando sucedió aquello relacionado con cierto duque.

Margaret Adelaida Cross levantó la cabeza para no dejar que la situación la empequeñeciese, a fin de cuentas no había sido ella la que buscó la compañía de lord Bergen esa mañana.

―Me agrada que haya aceptado mi proposición de salir a dar un ligero paseo, aunque debo disculparme por no haberme anticipado lo suficiente. Odio imponer mi presencia.

Ella le sonrió.

―Confieso que ha sido una sorpresa recibirlo.

―Espero que grata ―le dijo, mostrándole él también su afable sonrisa.

Ante el gesto, ella decidió que tal vez debería replantearse la observación de que su boca no era tan excepcional como el resto, puesto que cuando él sonreía se veía apabullante.

No le gustaba estar en su compañía. Porque sabiendo que Bergen era el caballero más asediado de cuantos solteros había, ella no lo había mirado ni una sola vez como a algo que no fuese un hombre inalcanzable para la mayoría de las féminas.

No era que se estuviese haciendo ilusiones con que él… ¿Qué? ¿Qué desearía alguien que estaba en la cúspide del mundo de una joven común como ella, y cuya reputación había visto tiempos mejores?

―Muy agradable ―señaló, con una nueva sonrisa que su acompañante encontró sincera.

―Verá, me considero un hombre al que le falta experiencia en asuntos habituales de la existencia cotidiana, pero no carezco de inteligencia.

―Una reflexión que le honra ―dijo ella, sin saber a qué había venido esa explicación.

Toda la situación se sentía extraña. Y en esos momentos exactos, se lamentaba por no poder volver a preocuparse por lo que las muchachas de su edad deberían, como los bailes, vestidos, reuniones sociales, y estar al tanto de lo que se cocía en los círculos más cercanos de amistad, pues se sentía como si debiese tener la mente lista para cualquier cosa.

No se trataba de que Maggie fuese una muchacha de cabeza hueca, estaba metida en un asunto un poco delicado, que si llegase a saberse sería todavía peor que sus actuales circunstancias, dado que las mujeres no se reunían para hablar de asuntos que no fuesen ropa o cosas similares…

Eso no venía al caso, porque no quería preocuparse por nada mientras paseaba con un caballero de lo más apuesto y atento.

Lo que sucedía era que la hermana del conde de Albemarle había aprendido que era más fácil para las jóvenes cuando se dedicaban a sus cosas: tocar el piano, cantar, bordar, pintar…

Y lo más importante: buscar un esposo adecuado.

Desde luego que ella tenía las suficientes nociones sobre lo que una joven de buena cuna debía conocer de las áreas artísticas.

Le gustaba la música, el pianoforte era un instrumento con el que disfrutaba.

También cantaba, aunque no muy bien, pintaba decentemente y lo de bordar…

mejor dejarlo en que sabía lo que era, pero poco más.

Su mayor pasión era la literatura griega.

Le gustaba leer y eso fue bueno hasta que dejó de serlo, dado que se sentía como vacía, harta de que la considerasen inferior por el mero hecho de haber nacido mujer.

―¿Me ha escuchado? ―La pregunta de lord Bergen la trajo de regreso a los fastuosos jardines de Hyde Park.

―Ni una sola palabra, lo confieso. ―¿Qué más podía decir? Había estado abstraída en sus propios pensamientos.

Lady Margaret lo observó sonreírle.

―¿Sabe que las damas no se pierden ni una sola de mis explicaciones y que tampoco lo confesarían si así fuese?

―Estoy convencida de que dice la verdad. Debe de ser para usted un gran trabajo tener que sortear a todas las muchachas que están dispuestas a arrojarse a sus pies. ―No debió haber comentado eso.

―¿Cómo ha dicho? ―preguntó con los ojos como platos.

Se dio cuenta de que su frescura la podía meter en problemas.

―El día es magnífico para salir a pasear, ¿no le parece lord Bergen? ―Mejor ser lo que se esperaba de ella.

A fin de cuentas, su madre tenía razón. Una joven de su edad solo debía pensar en estar bonita y en atraer la atención de un buen partido. De acuerdo, ella tenía a alguien más que adecuado a su lado.

―Uhm… Un cambio de conversación que no había esperado de la hermana del teniente Ryan Cross. Me dijeron que podía llegar a ser tan feroz como él mismo.

Maggie lo miró interrogativa. Le parecía que la estaba acusando de haber sido cobarde debido al retroceso en la conversación.

―No es de buen gusto que una dama sea feroz, milord ―dijo con suavidad y aguardando su reacción.

―Lo es para un conde que necesita esposa ―desveló con naturalidad, como si hubiese dicho que iba a ponerse a llover.

Todo el mundo sabía que el asunto del matrimonio no se sacaba en una conversación entre un hombre y una mujer si no… ¿Qué estaba ocurriendo? Margaret se encontraba en clara desventaja.

―Milord, no… entiendo lo que… ―comenzó a balbucear.

―Su hermano me advirtió de que me rechazaría si no me mostraba tajante.

―¿Disculpe? ―Eso sí que no se lo esperaba.

―Entiendo que le haya causado sorpresa que me presentase en su casa para invitarla a pasear.

―¿Lo dice por el hecho de que en el periodo de dos años solo hablamos cuando fuimos presentados, milord? ―La pregunta terminó con un batir de pestañas y una sonrisa amplia.

Él le sonrió. Con un gesto encantador que debería estar prohibido.

―Albemarle me avisó de que no pondría las cosas fáciles.

―Difícil y feroz ―señaló, refiriéndose a sí misma según la visión de Ryan―. ¿Está seguro de que la conversación de mi hermano lo indujo a pedirme que lo acompañase por el parque? Pues, empiezo a pensar que debió haber ido en la otra dirección.

―Lord Albemarle…

―Comprendo perfectamente que mi hermano lo ha traído hasta… mi puerta, por decirlo de alguna manera, milord ―le dijo, interrumpiéndolo, en un tono más seco de lo que pretendió.

―¿Le disgusta mi compañía?

―No, en verdad me halaga. Lo que no me gusta es que Albemarle tenga que sobornar a…

―No se lleve a engaño, milady ―la frenó―. No necesito su dote, sea la que sea. No he hablado una sola palabra sobre cuestiones económicas con su hermano.

―¿Qué le ha dicho Ryan para que estemos aquí hoy, milord? ―Seguro que Ryan estaba detrás. Ella se lo olía.

―Use mi título, lady Margaret. Mis amigos me llaman solo Bergen y espero que nosotros lo seamos… para empezar.

―¿Empezar? ¿A qué se refiere? ―preguntó, esperando poder tener a su hermano cerca para asesinarlo con sus propias manos.

―El cortejo, naturalmente.

―¿Usted pretende cortejarme? ―No daba crédito a lo que escuchaba. En cuanto su hermano regresase del campo… No sabía lo que le haría a Albemarle, pero no sería agradable, no al menos para él.