Prefacio #4
En una de sus últimas misiones en el propio territorio de Londres, Phenton se había visto cara a cara con el duque de Balzack, un traidor a la Corona al que habían desenmascarado y cuya emboscada había pagado con muchas heridas que lo dejaron al borde de la muerte.
El maldito Ryan Cross había estado en esa cruenta batalla de espionaje, también Olivia, quien no era una simple dama, sino otra espía.
Los tres tenían muchos secretos. Demasiados.
A Lucien no le gustaba que Albemarle lo hubiese salvado de aquella situación.
La recuperación de Phenton había sido angustiosa y larga, y estaba muy necesitado de compañía femenina.
Y pese a saber que le debía la vida a Albemarle, no podía tratarlo sin bravuconería.
Sus manos agarraron los senos de la joven de forma delicada, pero con firmeza.
El beso estaba convirtiéndose en un incendio y necesitaba más de ella.
No quería asustarla y por eso iba despacio, aunque no retrocedería.
Deseaba desnudarla y lamer todo su perfecto cuerpo esbelto.
Sus pechos no eran demasiado grandes, pero sí maravillosos.
Lucien estaba pletórico y eufórico. Ella era arcilla en sus manos. Inexperta, pero curiosa. Se moría por adiestrarla y convertirla en la mayor cortesana de todo Londres, a la que solo él conocería íntimamente. De su cama no saldría hasta que acabase con la muchacha.
De nuevo la oyó gemir. La estrechó completamente sobre sí mismo, porque su entrepierna necesitaba apoyarse en ella.
―Maggie, Maggie. Contéstame inmediatamente. ―Una voz cargada de ira resonaba en la oscuridad de ese jardín.
―Oh, Dios mío, es él. ―Lucien la vio entrar en pánico.
Las zancadas se oían cerca. La pareja estaba apartada en un rincón oscuro del jardín. Phenton colocó a la joven tras de él para ocultarla, en un gesto de protección, y se preparó para enfrentar lo que viniera. No pudo evitar sonreír ante lo que se avecinaba.
Ryan ardió en cuanto vio al duque parado frente a él con esa maldita sonrisa sardónica.
―¿A quién escondes? ¿Es ella? ―preguntó apretando los puños.
―Largo de aquí, teniente. ―Usó su rango militar para enfurecerlo todavía más―. Esto no le concierne.
―Maldito bastardo hijo de una bruja. Ella es mi responsabilidad. ¡Apártate! ―Lucien no se movió―. Nombra a tus padrinos, Phenton. Nos veremos al alba.
―Eres bueno, pero no eres el coronel Burns ―uno de los amigos de Albemarle muy temido― y yo tengo mejor puntería que tú. ¿Seguro que quieres un duelo?
―Maggie, sal de ahí. Sé que eres tú. Nos vamos.
La joven suspiró. La temeridad había durado poco y gracias a Dios por ello, dado que hubiese sido tan fácil sucumbir a cada una de las peticiones de ese hombre tan… ¡increíble y fiero! Dio un paso para salir de detrás de Phenton. Lucien frenó la intención de la joven.
―Quieta ahí, dulzura.
―¿Dulzura? ¿Te atreves a llamarla como si fuera una de tus vulgares amantes? ¡Olvida el duelo! Nos las veremos aquí a golpes, y en el cuerpo a cuerpo… sí soy el mejor.
Ryan comenzó a quitarse la chaqueta.
―¡Albemarle, basta! ―Su hermana también usaba el título cuando se enfadaba con él―. Su excelencia es un caballero y estoy segura de que reparará mi honor ―expuso ella, cargada de temor y esperanzada porque realmente él fuese como ella acababa de decir.
Si eso llegaba a saberse estaría acabada y no encontraría un esposo jamás.
La realidad se cernía sobre ella y las lamentaciones estrujaban su pecho lleno de angustia.
La imprudencia cometida la pagaría cara si el hombre con el que decidió jugar, a sabiendas de que jamás podría ganarlo en el campo de la burla, no se ofrecía a casarse con ella.
―¿Casarse contigo? Este malnacido está casado ―le espetó con enfado Ryan.
Margaret sintió que su corazón se paraba unos pocos instantes. ¡No podía estar casado! Su madre parecía conocerlo y la había conducido alegremente hasta él. ¡Era el fin!
―¿Eso es cierto, excelencia? ―preguntó cuando encontró la voz.
Acabaría siendo una solterona repudiada. Maggie no había cometido en sus diecinueve años ninguna falta y… ¡Era la ruina! Entró en una especie de trance donde primaba la inquietud y el pánico mientras los dos seguían peleándose, aunque sin llegar a las manos.
―Yo no estoy casado. ―Él la seguía manteniendo detrás, en una posición de protección.
―Comprometido entonces ―bufó Ryan. ¿Es que el maldito no tenía bastante con Olivia?
―Tampoco ―razonó el duque.
―Embustero ―lo calumnió Albemarle.
―Te cortaré la lengua si vuelves a acusarme de falso ―lo amenazó Lucien, con tirantez.
―¿Acaso has olvidado a Olivia? ¿Entre tus tantas mujeres no recuerdas a Olivia?
―¿Cómo te atreves a burlarte de mí, Ryan? ―Traer a colación a la única mujer a la que había amado y perdido era un golpe muy bajo, incluso para su enemigo más reconocido. Phenton estaba iracundo.
―Eres tú el que me humilla, Lucien. ―Albemarle usó su nombre de pila para recordarse a sí mismo que era solo un hombre y que por tanto podría hacerlo sangrar.
La tensión que sentían los dos hombres por Olivia, la mujer que parecía no estar en el bando de ninguno de ambos, explotó como si de un activo volcán se tratase.
―¿Y cómo diablos he hecho eso? ―preguntó el duque, tratando de mantener una calma que no sentía.
―Has besuqueado a la dama ―dijo en alusión a su hermana― para vengarte de mí. Pero has sobrepasado los límites porque Maggie es una joven inocente. Bien, haré de Olivia una bonita viuda o una joven que volverá a estar en el mercado. Como sea, estás muerto.
―¿Quieres calmarte de una vez y dejar de decir sandeces? ¡Yo no estoy ni casado ni comprometido con Olivia! Ella te eligió a ti, maldito bastardo ―le espetó con furia Lucien.
Maggie quería llorar y gritar y no precisamente por ese orden.
Mientras los dos hombres escupían fuego el uno sobre el otro, en relación a cuestiones que no entendía, ella solo deseaba esfumarse y que esa noche jamás hubiese sucedido.
No debió haberse involucrado con un duque tan sublime, ni tan siquiera para bailar.
Mucho menos tuvo que haberlo aceptado para darle su primer beso.
No dejaban de lanzarse acusaciones. Se movió para salir de detrás del duque, pero él la aferró con más fuerza y le impidió el movimiento. Ah, él era un tirano posesivo también, además de un libertino. Ella estaba segura de sus conjeturas.
Se preocupó en cuanto observó a su hermano tambaleándose de lado a lado y acabar sentado sobre el césped debido a las palabras de Phenton. Se desprendió de su captor con un tirón nada sutil, y se acercó hasta Albemarle plenamente turbada.
―¿Qué sucede, Ryan? ―le preguntó con mucho cariño y preocupación.
Las palabras y el gesto hicieron que Lucien apretase los dientes con fuerza. ¿Qué tenía el maldito Albemarle para encandilar así a las damas? Su vena posesiva palpitó con fuerza.
―Lo lamento, milady ―le decía el duque a la joven con suma etiqueta―, pero el caballero está ocupado.
Tendrá que conformarse conmigo. ―Esta no se le iba a escapar.
Le gustaba y estaba harto de las matronas que lo acechaban.
La veía refrescante. Eso y que a su rival parecía reconcomerle el alma que él se hubiera acercado a esa joven en concreto. ¡Sería suya y nadie lo evitaría!
―Es mi hermano ―le aclaró a Phenton al darse cuenta de lo que implicaban las palabras dichas.
Maggie le acarició la mejilla a Ryan―. Sea lo que sea, lo arreglaremos.
―Estaba muy preocupada por él. Su hermano podía ser un guardián de lo más molesto, un tonto, pero nadie le haría daño mientras ella tuviera algo que decir al respecto.
El teniente levantó la mirada hacia el duque. La discusión con Lucien lo había dejado muy preocupado. Ryan lo vio asimilar la información. Phenton tragó saliva sin, casi, creer lo que acababa de suceder. ¡Su hermana! La dama era su hermana.
―Vas a desposarte con ella ―lo amenazó.
―Tu hermana será mi duquesa. Sí ―dijo con solemnidad. Cuando tomaba una decisión era incuestionable. La joven había sellado su destino.
Ella se quedó con la boca abierta. Solo los hombres eran capaces de discutir sobre el futuro de una mujer sin pedir su opinión, como si ni tan siquiera estuviese presente ahí con ellos…
―¿Y yo no tengo nada que decir al respecto? ―Maggie miró a uno y a otro. «¡Menudo cuadro estaba observando!», pensó la muchacha.
Lucien se sonrió. Ella era una cosita fiera. Lo había sospechado, pero verla erguirse como una campeona ante su hermano lo llenó de orgullo.
―Maggiiiiee ―la llamó al orden Ryan.
Su hermana no tenía más opción que casarse con ese desgraciado.
Su reputación había sido comprometida y nadie la querría si sospechaban que estaba mancillada.
Aunque hubiese llegado antes de que Phenton terminase su trabajo, sabía que el temor de que algún invitado los hubiese estado espiando siempre estaría sobre la mesa.
Demasiado riesgo. La boda era inevitable.
―¡Buenas noches! ―Se dio media vuelta y se marchó indignada con ambos.
Margaret Adelaida Cross tomaría las riendas de su futuro, le pesase a quien le pesase. Ni Albemarle ni Phenton decidirían sobre lo que ella quisiera.