Prefacio #3
―Madre. Te recuerdo que fuiste tú la que me pediste ayuda para casarla. Así que aceptarás mis decisiones o te las arreglarás con ella sin mí.
―¡Albemarle! ―Cuando lo regañaba usaba el título.
―Si me disculpas, iré a tomar una copa ―dijo, dejando a su progenitora tras de sí.
Solo logró dar medio paso, la condesa le agarró el brazo.
―Si me permites el atrevimiento, te diré que estás imposible.
Sea lo que sea que te pase deberías solucionarlo.
Tal vez sería provechoso que además de buscar un esposo para Maggie, tratases de agenciarte una buena mujer para ti.
Tienes deberes hacia el título ―le recordó su trabajo más esencial. Un heredero era primordial.
―Olvidas que te prometí que me casaría cuando estuviera preparado.
―Es necesario que sientes la cabeza. La guerra ha acabado y es tu deber hacia el condado dar un heredero. Tienes obligaciones.
―Lo sé, madre, lo sé. Por favor, no lo repitas más. ―Estaba hastiado con los reproches de la condesa viuda. La mujer a la que amaba y que parecía no poder alcanzar, era un tormento que dolía noche y día. Olivia. Olivia, si solo ella…
―Entonces baila, sonríe, diviértete y deja de tratar de echarle una maldición al hombre que danza con tu hermana.
Los ojos de él abandonaron a los de su madre y buscó a la pareja. Apretó los dientes tanto, que bien se hubiera podido saltar todos y cada uno de ellos por la fuerza ante lo que observó.
Phenton la sostenía pegado a su cuerpo cuando los giros se iniciaban.
Eso no estaba bien. El duque era un libertino que acabaría con la reputación de su hermana en un chasqueo de dedos si se lo proponía.
Seguramente a la mañana siguiente los tabloides ya llevarían impresas en sus páginas algunas suspicacias sobre Maggie y Phenton.
No debió haberle permitido al maldito llevarse a su dulce hermana del brazo.
―La está manteniendo demasiado cerca ―observó con molestia.
―Es un baile animado, no es el indecoroso vals.
Lo hacen correctamente. Vamos, ve a conversar con algún caballero y diviértete un poco.
―Los últimos días habían sido un infierno.
Su hijo estaba de un humor de perros y todos en la casa estaban al borde de la desesperación.
¿Sería por una mujer?, se preguntó lady Albemarle.
―Me quedaré vigilando al duque. No quisiera que arrastrase a Maggie a cometer una locura. ―Tenía un mal pálpito. Su hermana era sagrada para él.
Mientras una madre y un hijo debatían sobre la pareja de baile de Maggie, Lucien se enorgullecía de haberle dado duro al conde de Albemarle.
Phenton sentía la atenta mirada de Ryan Cross.
Vio la oportunidad de importunarlo mientras danzaba y comenzó a hacer sutiles movimientos que pusieron nerviosa a la dama.
No estaba seguro de si se la habían presentado hacía algún tiempo, esos ojos le eran muy familiares, pero no podía situarla con exactitud.
No la recordaba bien. Se llamaba Margaret, pero Albemarle había usado un sobrenombre cariñoso para referirse a ella… Eso era la guerra.
―¿Nos conocemos? ―preguntó curiosa. No podía callar más. La miraba con tanta indiscreción, de una forma que ella no era capaz de identificar, que la estaba poniendo nerviosa.
―Siento que nos hemos conocido desde los primeros tiempos ―dijo ingenioso.
Ella le sonrió. Ah, un truhan igual que Ryan. Interesante.
―¿Acaso sabe quién soy, excelencia? ―preguntó ella mientras bailaban. Los pretendientes que había tenido hasta el momento sabían que su hermano había sido un militar de lo más bravo, e iban con mucho cuidado cuando se acercaban a ella.
Su compañero de baile no parecía impresionado por las malas formas que le había mostrado Albemarle. Estaba intrigada.
―Una mujer hermosa.
―Ah, lisonjas ―dijo despectivamente. No pudo seguir bajo la fachada de coquetería. Él era un calavera. Se lo figuraba.
―Y aun así, una gran verdad ―rebatió.
―Supongo que eso le funciona habitualmente.
Él entendió que se refería a sus grandes dotes para llamar la atención de una mujer.
―Mi sonrisa es más efectiva que cualquier palabra ―le dijo, dándole una muestra de su punto. Así que Maggie vio sus preciosos dientes y sus labios carnosos y pecaminosos extendiéndose.
―Seguro que su sonrisa es lo que hace que las mujeres se metan en problemas ―dijo más para sí que para su compañero.
―¿Cómo ha dicho? ―Él la había escuchado, pero deseaba ponerla en un aprieto.
Ella carraspeó.
―¿Es capaz de recordar mi nombre siquiera? ―Le gustó el reto que escondían las palabras de la joven.
―Maggie ―repitió lo que había escuchado de boca de Albemarle. Sentía un gran impulso de apropiarse de ese sobrenombre y que jamás nadie la llamase así. La fuerza que le impelía a batirse con Albemarle llegaba hasta ese punto, supuso Lucien.
―Veo que no le importa tomarse confianzas que no le han sido otorgadas ―lo regañó.
Le gustó sentirse reprendido. Adoró el modo en el que ella lo miró con desdén para meterlo en cintura. Tenía espíritu.
―Veo ―repitió la fórmula que ella acababa de usar― que tienes una lengua afilada ―prescindió de la formalidad en su tono.
Margaret decidió no perder el tiempo para llamarlo al orden por la nueva confianza que se acababa de tomar a la hora de dirigirse a ella.
Estaba segura de que él disfrutaría si hiciese algo así.
Lo veía… ¿subversivo? Sí, creía que se trataba de uno de esos duques que tenía a mil mujeres a sus pies y disfrutaba saltándose las normas sin recibir ningún castigo por sus actos.
Phenton. Un título que Margaret haría bien en dejar de lado… También sería conveniente olvidarlo a él.
―Será mejor que nos limitemos a bailar ―opinó ella.
―Sí, disfruta de mi… compañía. Te aseguro que… gozarás mucho.
Margaret rodó los ojos. Sabía que pretendía escandalizarla con sus palabras mordaces. Sus jóvenes pretendientes no eran tan osados. Este duque era arrogante. El muy desgraciado era plenamente consciente de su apariencia y de lo que provocaba en las damas y se enorgullecía de ello.
¡Ella no iba a caer en la tentación!, se juró.
Un juramento que recordó durante unos pocos segundos, dado que cuando el baile terminó y él vio la oportunidad, se llevó a la joven hacia el jardín. Había sido reacia unos pocos instantes. El duque lo notó, pero estaba satisfecho con que ella no armase una escena y se dejase llevar.
El bobo de Ryan se había quedado hablando con, la que suponía, era la madre de la dama. «Aficionado», pensó. Antes de ganarse a la matrona uno debía esforzarse por contar con el visto bueno de la propia mujer. Si el teniente tenía interés en esta joven, él averiguaría el motivo.
Mientras Phenton se anotaba un tanto, Maggie estaba seducida por el aura tan salvaje que él tenía a su alrededor. Era un misterio para sí misma saber el motivo por el que había estado bailando con él y le había consentido todas esas caricias privadas que le dispensó mientras sucedía la contradanza.
Margaret había escuchado, en multitud de ocasiones, la imprudencia de no ponerse en alerta cuando un hombre apuesto e interesante comenzaba a hacer cosas inapropiadas.
Hasta el momento no lo había vivido, así que entendía lo difícil que era no dejarse llevar.
Y hacer precisamente eso, echar la preocupación al viento, la había colocado en un lugar en el que una joven virtuosa no debería encontrarse.
―No es conveniente dejarse arrastrar hacia la tentación de la oscuridad por un hombre, milady. ―Él pareció haberle leído la mente.
No iba a acobardarla. Él estaba jugando con ella. Margaret se sentía extrañamente intrépida con la luna sobre sus cabezas y el frescor nocturno acariciando las partes que su vestido no cubría.
―Tampoco es como si pudiese haberlo remediado, ¿verdad, excelencia? ―Intuía que cuando él deseaba algo, no cesaba en su empeño hasta conseguirlo. Seguramente, en eso se parecía a su hermano.
Lucien se sonrió. Ella le estaba plantando cara. Le gustaba saber que no le temía a su estatus social. Poca gente se atrevía a hablarle con libertad. La joven tímida había desaparecido, tenía ante sí a una dama que se asemejaba a una mujer mundana.
Si ella pretendía jugar, él jamás perdía. Se propuso ver si era tan feroz como trataba de aparentar. Se acercó a su oreja y le susurró:
―Dígame, lady Margaret, ¿alguna vez la han besado a la luz de la luna, bajo el manto de un cielo estrellado? ―Si hubiese habido más claridad, él habría visto el rubor que cubrió sus mejillas.
Maggie agachó los ojos en señal de vergüenza, volvía a ser la muchacha inexperta que era, se enfadó consigo misma por no tener más experiencia tratando a réprobos pícaros.
Lucien vio el momento de intervenir. Paseó sus labios de modo tierno sobre los femeninos. No quería asustarla. Era más que evidente que la muchacha no había sido besada. Su falta de experiencia lo abrumó, pero no dejó su ataque a medias.
No podía. Desde que la había visto desde el otro lado del salón de baile le había causado curiosidad.
No solo por su belleza, sino porque la había pescado mirando con fijación a Albemarle.
Y luego, cuando la escuchó referirse a su archienemigo de ese modo, supo que tenía que conocerla más.
Y después de la danza, se dio cuenta de que quería besarla. Ardía por lograrlo.
El beso era casto y él necesitaba más. Tanteó con la lengua y ella no permitió el paso hacia el interior de su caliente cavidad.
―Separa los labios. Deja que te saboree, dulzura ―le recomendó con informalidad.
El tono tan seductor de él hizo que sus rodillas temblasen. Ella obedeció sumisa e hipnótica, rendida a las nuevas sensaciones que estaba sintiendo. Maggie gimió. Él estuvo perdido. Demasiados días sin una mujer.