Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Prefacio #2
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Prefacio #2

Tragó saliva en cuanto se dio cuenta de que su madre pretendía hacer una presentación oficial con un hombre del que solo imaginaba que era duque ―dado el tratamiento que él le había hecho ver que debía usar―, que la había escuchado llamar tonto a su hermano, y del que había tratado de huir dos veces de su compañía.

Casi entró en pánico. Casi… hasta que recordó que ella era una de las incomparables de la temporada, cuyos pretendientes caían desolados a sus pies cuando los pasaba por alto. Aferrarse a su vanidad femenina le pareció un buen acierto para capear el temporal.

Pudo respirar en paz, cuando se dio cuenta de que la anfitriona se paraba ante una pareja y dejaba sola a su madre. Con un poco de suerte, podría escapar… No habría presentación y todo quedaría en nada.

No hubo tal fortuna. La condesa viuda de Albemarle llegó hasta ellos y les sonrió. Ese fue el momento en el que Maggie supo que se avecinaba una catástrofe. Su madre tenía esa mirada tan particular, como cuando un gato atrapa a un ratón, la que ponía cuando deseaba salirse con la suya.

―¿Por qué no comprueba la destreza de lady Margaret en la pista de baile, Phenton?

Él se quedó helado al ver que esa mujer madura, que todavía conservaba una buena parte de su belleza de juventud, le hacía semejante pregunta desenfadada.

No era capaz de recordar si la conocía previamente.

Consideraba que sí, dado que lo había llamado por su título.

¿Sería una de sus anteriores conquistas?

El duque de Phenton sacudió la cabeza. La bebida y la seducción eran una muy mala combinación dado que luego no recordaba a las damas.

No fue el único que se quedó asombrado con la sugerencia tan fuera de lugar de la condesa viuda de Albemarle.

No obstante, Maggie hizo lo único que podía hacer: asintió, sonrió, batió sus largas y rubias pestañas, desplegó su abanico y ahuecó el aire hasta su rostro con gran elegancia.

Necesitaba aire para poder bajar la temperatura de sus mofletes.

Su madre, la correcta condesa, se había saltado las normas sociales más elementales, empezando por las presentaciones oportunas y pasando por ponerla en ridículo.

¡Lo mínimo que podía haber hecho su bendita madre hubiese sido ponerla al corriente de la identidad del caballero!

¿Phenton? ¿Quién era él? Necesitaba más datos.

Gimió por lo bajo al observar lo complacida que se veía lady Albemarle con su cuestionable actuación. Se imaginaba a su progenitora desanudándole el lazo crema que llevaba bajo el pecho, para empezar a desenvolverla para el duque como si fuese un presente…

Sí, ¡inaceptable!

Maggie quería que la tierra bajo sus pies se abriese y la tragase.

Poco importaba si el infierno mismo estaba oculto en el centro del mundo, o que Lucifer la fuese a azotar sin cesar durante el resto de sus días.

Su madre la acababa de convertir en… en…

en… No encontraba la palabra, pero se sentía minúscula y llena de vergüenza ante la invitación de la condesa viuda.

¡Eran los hombres quienes debían ofrecerse por sí mismos a danzar con las damas!

Se había convertido en una niña de nueve años que todavía jugaba en la guardería con las muñecas de trapo gracias a su querida mamá.

―Era lo que me disponía a hacer en estos mismos momentos ―le dijo él a su madre, para después girarse y mirarla a ella y preguntarle con suma elegancia―: Milady , ¿me concedería el próximo baile?

―Phenton, quien fuese él, pues no lo conocía, le tendió la mano y le mostró una sonrisa que ella catalogó como perfecta.

Se imaginaba que él fundiría los casquetes polares con solo una de sus sonrisas.

No iba a caer en el embrujo de un hombre, un duque, por mucho que fuese grande, apuesto, y con unos ojos pícaros que parecían estar desnudándola.

Oh, sí, Maggie se sentía en cueros ante la mirada tan mordaz que le estaba dando.

¡Un pícaro! Seguro que era un libertino como Ryan… ¡Un momento! Nunca antes había estado con un varón que no pudiese ser considerado como un dechado de virtudes… ¿Y si…?

Le tendió la mano y se dispuso a conocer la otra vertiente del Londres más pintoresco, donde los hombres, en especial los del más alto rango, tenían la capacidad de obrar a su santa voluntad. ¿Qué mal habría en nutrirse con un poco de emoción?

No llegaron demasiado lejos, dado que nada más dejaron atrás a su madre, quien estaba hablando felizmente con otra dama, ella escuchó a alguien llamarla muy enérgicamente por su apelativo.

―Maggie.

La pareja dejó de caminar hacia la pista de baile y se giró para observar al conde de Albemarle. Ver a su hermano con cara de pocos amigos le confirmó que el hombre que la llevaba del brazo no era una compañía recomendable.

Eso la hizo estremecerse. Margaret comenzó a sentirse como una mujer audaz que acababa de coquetear con el peligro. El riesgo se llamaba Phenton. Era lo único que sabía de él.

―Ryan, te creía en el salón de los caballeros.

―Esperaba que no fuese del todo evidente que quería desembarazarse de la vigilancia de su guardián, dado que en cuanto colocó su fina mano sobre el antebrazo del denominado Phenton, sintió algo…

No sabía cómo definirlo, pero era un sentimiento del todo emocionante.

¡Emoción! Sí. Había sido justo eso y no estaba dispuesta a no explorar más sobre la cuestión.

Por su parte, Ryan Cross no estaba nada contento con el giro de los acontecimientos.

Su cara así lo expresaba. El maldito y perfecto duque de Phenton, Lucien Maldith, era su enemigo declarado.

El conde de Albemarle tenía una disputa con él por una mujer, lady Olivia Carrington, quien era la dama a la que ambos aspiraban a conquistar y por lo que tenía entendido Ryan, el maldito duque había ganado la partida…

¡Lo odiaba a muerte! Así que no iba a dejar a su dulce hermana con semejante montón putrefacto de músculos.

¿Por qué se tenía que ver tan amenazante su rival?

Le gustaría que fuese un enclenque falto de cualquier atractivo.

―Teniente ―lo saludó el duque, sorprendido, al verlo tan sumamente enfadado ante él.

―Phenton, si no te importa, soy lord Albemarle. ―No sería un puñetero duque, pero tenía un buen título. Un conde no era poca cosa, por lo que le exigió respeto y que primase su nobleza sobre su anterior grado en el ejército.

―Como gustes ―señaló apretando los dientes, pues Lucien Maldith no iba a protagonizar una pelea frente a una dama, más cuando el conde de Albemarle se veía muy interesado en su próxima compañera de baile.

Vio a su rival mirar con severidad a la mujer que llevaba de su brazo. Por un instante tuvo ganas de cargársela al hombro y salir corriendo de allí con ella.

Aún le dolía el rechazo de la que le hubiese gustado que fuese su prometida, a la que le había declarado su amor hacía poco.

Lady Olivia Carrington lo había dejado atrás en favor del teniente Ryan Cross, y Lucien deseaba despedazarlo.

No iba a consentir que tratase de quitarle también a esta bonita muchacha.

Efectivamente, cada uno de los dos hombres creía que lady Olivia estaba con el otro.

Así de patanes eran ambos, pues cada cual la había defraudado de diferente manera.

Lo que todavía no había conseguido averiguar el conde de Albemarle eran unos hechos cruciales para su destino más próximo, aunque esa era otra historia la mar de interesante que no venía al caso.

Lo primordial era ver qué ocurría con la hermana de lord Albemarle.

―Maggie, ¿podrías dejarnos un momento a solas, por favor? ―inquirió su hermano.

Phenton hirvió al ver que el tonto Albemarle ―le gustaba el mote tan acertado con el que lo había bautizado su bonita compañera―, se tomaba tales libertades con la dama al usar lo que suponía que era un apelativo cariñoso.

Dado que era un duque, no uno cualquiera, sino un espía al servicio de la Corona que había hecho cosas que harían temblar al mismísimo Creador, se irguió, cuan alto era, alzó una ceja ducal y le espetó con firmeza:

―Tendrá que esperar. Sea lo que sea que quieras aguardarás a que finalice mi baile con la dama. ―«¡Esto ya era el colmo!», pensó Lucien tratando de contenerse.

Phenton y Albemarle se conocían muchísimo.

Los dos trabajaban en el mismo campo: espías.

Y su animadversión había comenzado siendo unos colegiales en Eton.

El duque no podía creerse lo que tenía delante.

El maldito conde no se contentaba con haberle quitado a Olivia, ¿además tenía que venir a apartarlo de su pareja de baile?

Desde luego, su afán competitivo era único.

Lucien no le permitió contestar. Se marchó en dirección a la pista donde iba a comenzar una contradanza. Lástima que no fuese un vals, porque le iba a demostrar alguna cosita al conducho ese que se había atrevido a intentar evitar que él danzase con esa florecilla.

Ryan permaneció en su lugar, rígido y tragándose las ganas de intervenir. No podía dar un espectáculo por el bien de su hermana.

―Hijo mío ―la condesa viuda se acercó a él―, cualquiera que te vea pensará que la pareja de baile de Margaret es poco apropiada.

―Es que es así, madre ―explicó furioso.

―Pamplinas. Es un buen hombre, un duque.

―Lo conocía, en especial porque su hijo se había pasado parte de su juventud soltando improperios sobre Phenton.

Tonterías de muchachos, a buen seguro. Su hija tenía la oportunidad de tener la atención de un noble de alto rango y esa cuestión no debería ser pasada por alto, dado que ella misma había estado observando a Phenton y no le había quitado los ojos de encima a su preciosa niña.

Tal vez los juegos que se trajesen entre manos los dos hombres fuesen una gran ventaja para Margaret, y lady Albemarle jamás desaprovechaba una ocasión, en especial la que implicaba que su hija pudiese cazar a un duque.