Prefacio
Todo tiene un principio
Lady Margaret Cross se encontraba en un lateral del salón de baile.
La orquesta estaba tocando un animado reel.
Las parejas, en medio de la pista, bailaban, reían y se divertían.
Desde su posición era capaz de examinar a varios compañeros danzarines que pronto se erigirían como los matrimonios de la temporada.
Le gustaba observar especialmente a dos de sus amigas, pues las miradas que prodigaban a quienes las estaban acompañando durante el baile eran muy coquetas.
Samantha se había propuesto encandilar al vizconde Pein y Darla deseaba la atención del señor Frain, un prominente banquero muy apuesto.
La temporada estaba en plena ebullición.
El mercado matrimonial, saturado, y su ánimo, alicaído.
La joven Maggie, como la llamaban sus allegados, suspiró.
Revisó su vestido con rapidez. Todo parecía estar bien.
La muselina rosa pálido se ajustaba a su cuerpo como un guante y las pequeñas rosas rojas que llevaba en su discreto escote le daban un toque un poco…
travieso. No resultaba nada indecoroso. Su madre, Vivian, la condesa viuda de Albemarle, era muy estricta en cuestiones de decoro.
A sus diecinueve años Margaret estaba disfrutando de su segunda temporada y su bendita mamá ya le había dicho que era momento de dejar la diversión a un lado y aceptar alguna oferta matrimonial de las diez que se le habían hecho.
Desde luego, toda buena madre que se preciase de serlo deseaba ver a sus vástagos asentados.
No era que la muchacha no quisiera casarse, porque sí lo deseaba, el problema residía en que ninguno de los candidatos le hacía palpitar el corazón hasta casi salirse de su pecho, ni acelerar su respiración como si corriese una larga distancia, aunque había un joven que sí que le agradaba, pero no lo suficiente como para hacerla desfallecer.
Samantha y Darla le habían dicho que esos eran los efectos que causaban sus pretendientes preferidos.
Las dos tenían sendas hermanas casadas y habían escuchado algunas cuestiones interesantes sobre el cortejo, en especial en lo tocante a asuntos oscuros y secretos que compartían un hombre y una mujer cuando la intimidad se cernía sobre ellos.
A ella ni siquiera la habían besado todavía y dudaba que consiguiera semejante proeza, dado que su guardián había irrumpido en medio de la temporada para convertirse en una sombra malhumorada y siniestra.
Margaret desvió la mirada para observar a su hermano, quien no le quitaba ojo.
Ryan Cross, actual conde de Albemarle ―quien heredó el título después de la fatídica muerte de su padre y su hermano mayor, Albert, debido a un accidente en carruaje― estaba en el otro lado con cara de malas pulgas.
Su hermano nunca fue un hombre fácil, dado que tenía un carácter fuerte que le abrió las puertas del ejército.
Años atrás su estimado Ryan, quien componía unos preciosos poemas, se marchó a la guerra con otros dos amigos, después de que sus padres le comprasen una comisión en el ejército de su majestad el rey.
¿Cómo un hombre con un talento grandioso para las dulces palabras había podido sobrevivir a la tempestad de la batalla?
Lord Albemarle era dulce, las cartas que dos de los pretendientes de Samantha y Darla les habían entregado a sus amigas eran la prueba evidente, pues era un secreto a voces que cuando un enamorado deseaba enviar una misiva apasionada y no contaba con la maestría necesaria, su hermano solía ayudarlos a componer las palabras adecuadas.
Amaba a su hermano sobre todas las cosas, pero en los últimos tiempos se había convertido en una persona huraña y dura.
Maggie sospechaba que tras la actitud hostil del que llegó a ser teniente del Regimiento 69, residía un corazón herido.
Él había regresado de la guerra manco, sin su mano izquierda, y eso no parecía un inconveniente para él, lo preocupante era su alma vacía.
No conocía a la dama que tenía a su hermano al borde del precipicio, porque siempre había una, pero le gustaría mucho saber su identidad para explicarle por qué Ryan no debería sufrir más.
Le alegraría tanto que Albemarle trajese a su condesa a casa…
Si pudiera ayudarlo de alguna manera, no vacilaría ni un instante.
Sin embargo, su madre lo había reclamado para hacer justo lo contrario.
La condesa viuda le había pedido a Ryan que le buscase un buen partido, dado que ella se negaba a aceptar a uno de sus pretendientes.
Su hermano dijo que la vería casada en un pestañeo.
Tanto su madre como su hermano se habían pasado los últimos días hablando de que con su belleza podría atrapar a un príncipe si se lo propusiera.
Era bonita y esa tal vez fuese su maldición.
Cumplía con los cánones que la sociedad dictaba que debía tener una joven.
Su larga melena rubia, con toques de pelo oscuro y algunos mechones más claros, era suave, lustrosa y preciosa.
Sus ojos azules le otorgaban una mirada limpia, jovial.
Pómulos altos, una nariz coqueta y una educación exquisita componían el resto del retrato.
Era una buena muchacha que jamás se había saltado las normas.
Tranquila, complaciente… aburrida. Samantha y Darla habían sido besadas, la primera por dos caballeros y la segunda por cuatro.
Ella no se había atrevido nunca a dar un paso en falso con un hombre.
La reputación de una dama era sagrada y una vez que se perdía era imposible restaurarla.
No le interesaban los pretendientes que se le acercaban.
Eran demasiado… insulsos. Necesitaba a un hombre que le enseñara lo que era vivir, lo que implicaba disfrutar de una existencia plena.
Por descontado el amor era necesario, pero más allá de eso quería a un esposo seguro de sí mismo, tal vez un poco tirano a veces, pero que se ablandase cuando ella le susurrase una palabra al oído o le tocase el brazo para aplacarlo.
La condesa viuda no la comprendía. Su hermano todavía menos. Esa misma tarde, antes de llegar a la fiesta, Ryan le había dicho que en un par de semanas estaría establecida y su madre lo miró con una profunda sonrisa en el rostro.
¿Qué había de su felicidad? ¿De sus aspiraciones? ¿De lo que desease? Ryan merecía que le diese con el pesado tiesto de la planta que estaba a su izquierda en su condal cabeza hueca.
―Tonto Albemarle ―susurró.
Sintió a su derecha un movimiento y se giró, rezando una breve plegaria para que no fuese el joven vizconde Allende, dado que Simon Trash había iniciado una persecución del todo molesta y ella comenzaba a sentirse enferma cada vez que lo tenía cerca.
No. Definitivamente su mirada azul no se topó con uno de sus pretendientes más obstinados. Él le era vagamente familiar, pero no recordaba ciertamente si habían sido presentados, creía que no, pero…
Lo que tenía a su lado era algo muy diferente de un muchacho a la caza de una buena dote y una mujer hermosa.
Un hombre cercano a la edad de Ryan ―de veinticuatro a veintiséis años―, con el cabello castaño claro, peinado a la moda hacia atrás, con ojos verdes profundos, un poco severos en opinión de la joven, la observaba con una tímida sonrisa en sus labios rojos y gruesos.
¡Debería ser un pecado que un hombre tuviese una boca tan carnosa y de un color tan magnífico!
Su piel pálida iba acorde con sus rasgos suaves, aunque fríos en apariencia.
De pronto, al darse cuenta de que era un adonis, no se sintió tan hermosa como cuando comenzó la noche, dado que el espécimen desconocido que tenía a su lado se veía impresionante.
―He escuchado cosas peores de él, pero tonto… ―movió un par de veces la cabeza y finalmente agregó―: me agrada. Tonto Albemarle, sí. Me gusta mucho ese título para definirlo ―repitió.
Ella se tensó al darse cuenta de que había hablado en alto al referirse a su hermano. Decidió ofrecer una sonrisa y batir sus pestañas, porque ese sencillo gesto la había sacado de algún que otro problema sin tener que hablar.
El recién llegado, al ver que la joven dama no se disponía a conversar, decidió seguir con su exposición.
―¿Puedo conocer la identidad de la mujer con la que concuerdo en cuanto a las cualidades de Albemarle?
¡Dios misericordioso!, ya tenía que alegar algo al respecto. Si su hermano se enterase de que había blasfemado sobre él…
―Oh, no. No creo que sea apropiado ―dijo en un intento para marcharse.
Posiblemente no los hubiesen presentado… podría ser. Así que percibía que huir, de lo que sentía como un gran problema, debería convertirse en su objetivo primordial. Él era peligroso, su intuición se lo estaba gritando.
Maggie dio un paso al frente y entonces le escuchó decir:
―Tenía entendido que las muchachas de estos nuevos tiempos eran más… menos… ¿Qué palabra debería usar para no herir la sensibilidad de una joven dama casadera?
―Tontas no… ―sugirió ella, en un gesto de rebeldía.
―Valientes ―terminó él, obviando su indicación, aunque sonriendo ante la audacia de la muchacha.
―¿Debo considerarme valiente o todo lo contrario? No me ha quedado claro en su exposición, milord.
―En realidad es excelencia o Su Gracia, según prefiera ―la corrigió en el uso de su título.
¡Ay, cielo santo! Un duque, él debía de ser un duque y ella había sido del todo…
incorrecta, inapropiada y temeraria. Lo mejor ante una batalla ya perdida era una retirada a tiempo.
Y justo cuando iba a largarse para encontrar un rincón apartado y lamentarse, la condesa viuda de Albemarle llegó seguida de la anfitriona de la fiesta, lady Hamphire.