Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

―Sí… lo suponía. Demasiado fácil que decidieses aguantar la respiración hasta ponerte azul y morir por asfixia… ―musitó, con el volumen justo para que Ranfield lo escuchase―. ¿Qué has pensado?

―Le preguntaré a Regina si se queda aquí o parte conmigo. Aceptaré lo que mi esposa me diga.

Ranfield se preparó para una nueva negativa.

―¡Perfecto! ―exclamó pletórico el duque, al tiempo que se ponía de pie.

―Vas a llevarte una enorme decepción… ―dijo por lo bajo el conde. Malcom lo escuchó. Frenó su andar a medio camino hacia la puerta y se giró para observar al esposo de Regina.

―Dame tu palabra de que decida lo que decida ella, tu hijo permanecerá aquí. ―No se fiaba de Ranfield y su instinto le decía que haría bien en mantener la guardia en alto.

El conde le sonrió.

―Bien jugado, York. No debo subestimarte.

―No me importa cuando lo hacen ―sentenció, a la vez que agitaba los hombros―. Al menos no tú. Tu opinión sobre mi sirve para limpiarme mis ducales y perfectas posaderas.

Lo vio apretar los dientes ante su exabrupto. Ah, Ranfield no estaba tan calmado como aparentaba.

―La condición que te pongo es que si mi mujer decide permanecer aquí por un tiempo… No te negarás a que la visite. A ella y a mi hijo todas las veces que yo quiera.

―Por supuesto que serás bienvenido en mi casa mientras Regina lo estime oportuno. Amenázala, trata de volver a cortar sus alas, usa al niño como escudo o arma, y te aseguro que no volveremos a hablar de esto nunca más, porque me la llevaré tan lejos que no darás con ella ni con tu hijo.

―Ahora el que me subestimas eres tú, York.

―Sí, bueno… Puedes creer lo que te plazca. Cuento con la amistad del príncipe regente, con el rey ―se corrigió de inmediato. Para York siempre sería el príncipe canalla, debido a lo que compartieron en el pasado y que se llevaría a la tumba.

―Estás lleno de sorpresas. ¿Debo creerme eso también?

―No lo sé. Pero George me debe un favor de los grandes. Puedo cobrármelo como estime oportuno.

―A mí también me debe… algún que otro favor. ―No mentía y York, ante la seguridad que notó en su voz, supo que estaba diciendo la verdad.

―Podemos poner a prueba su lealtad si quieres. ¿O pasamos directamente a las ballestas?

―Otra amenaza más… Tu cortesía deja mucho que desear, York.

―No quieres hablar sobre lo que tú le has hecho a tu esposa.

―No le he puesto un dedo encima… salvo para complacerla.

―Y por eso sigues respirando.

―¡Déjame adivinar! ¿Me habrías matado tú mismo?

―¿Yo? No seas absurdo, Ranfield. No hubiera tenido tiempo de hacerlo.

―¿A quién habrías enviado como mi ángel negro? ¿A Phenton? He escuchado también algunas historias acerca de él. ―Ranfield no era un simple conde y tenía acceso a informaciones… muy curiosas.

―Conoces poco a tu esposa, si no comprendes que ella misma te hubiese quitado la vida.

He aprendido algo de mis mujeres, de Isobel, Evangeline y Regina, quiero decir.

Son leales, en la misma medida que letales.

Si Eve descubre que has ido en contra de su esposo, ideará la mejor manera de hacértelo pagar…

Eso si Sullivan no te da caza primero, por supuesto.

―Yo me ocuparé de mi propio hermano, no te angusties por mí.

―Ah, ¿qué te ha hecho pensar que lo hago?

―¿Por qué no le preguntamos de una vez a Regina sobre su futuro? Esta conversación es revitalizante, pero comienza a ser pesada, aburrida y simple.

―Cierto, vayamos. Y después de escuchar a tu esposa, montarás sobre tu caballo y te irás unas cuatro semanas…

O mejor incluso, te mandaré un mensaje cuando Regina decida que puedes venir a visitarla, a ella y a tu hijo.

Tu esposa necesita tiempo para pensar y lo vas a respetar.

Te dejaré visitar a tu familia porque mi corazón late gracias a mi duquesa, pero lo harás después de un tiempo prudencial.

―No pones las cosas fáciles y Dios sabe que me estoy conteniendo.

―¡Oh, por favor…!, te lo suplico, no te contengas. Ardo en deseos de volver a disparar la ballesta ―le espetó enérgico.

―Vayámonos antes de que esto se nos escape de las manos.

Cuando salieron se encontraron con Regina sentada en una silla cerca del despacho. Isobel se había llevado al niño y ella aguardaba, sabiendo que tarde o temprano la convocarían.

―Dile a tu esposo lo que deseas ―le dijo con autoridad York.

―Me conoces mejor que nadie. Has visto la oscuridad que hay en mí.

Prendiste la luz, querida mía, una que no sabía que había ―habló de inmediato Ranfield―.

No me des por perdido. No tan pronto. Las cosas no han ido como deberían.

Puedo hacerlo mejor, sé que lo lograré si volvemos a ser lo que éramos al principio.

York contuvo el aliento cuando vio que ella abrazaba a Ranfield.

Regina le dio un beso en la mejilla y se separó de él.

Ella volvía a tener lágrimas silenciosas en las mejillas.

Su esposo se las limpió y suspiró. La miró de un modo…

Ella conocía esa mirada, era la que le ofrecía cuando pedía auxilio.

―Necesito pensar. Quiero estar con mi madre. Voy a quedarme aquí, Lawrence. Preciso estar lejos de ti durante un tiempo.

Él la soltó y se apartó de ella con nerviosismo. No había esperado esa respuesta. York se colocó frente a la condesa de Ranfield en un gesto instintivo de protección.

―Siempre supe que acabarías a los pies de Banstorn. Era solo cuestión de tiempo que te dieses cuenta de que lo deseas y fueses consciente de cuánto te anhela él ―le recriminó herido.

―No es verdad. Yo siempre te he amado. Desde que era una muchacha que poco sabía del amor.

Te di mi confianza, mi lealtad, todo lo que tenía para ofrecer y tú no has sabido atesorar lo que te brindé.

Te has mostrado inseguro, duro, extremadamente posesivo.

Cruel a veces, sin motivo. Estás tan convencido de mi traición, que pese a que no llegará, me castigas.

No permites a nadie atravesar la coraza. Lo he intentado y no me dejas.

El conde se dio la vuelta y ardió al ver que el duque se interponía entre él y Regina.

―¿Crees que necesitas proteger a mi esposa de mí, York?

―preguntó con ira―. Es justo todo lo contrario.

Ella me tiene preso de un hechizo. La avisé.

―Pasó la mirada hasta los ojos azules inundados en lágrimas de Regina―.

Te dije que yo no era bueno para ti, y una y otra vez viniste a tentarme, a buscarme, te aseguré que te arrepentirías y me juraste amor, devoción y lealtad.

Sales de mi casa pese a que te dije explícitamente que debías aguardarme allí y ahora me presento ante ti, me humillo frente a todos para demostrarte que puedo cambiar.

Y tú decides abandonarme. Puedo mentirle a toda la humanidad, no a ti.

Me conoces bien y sabes cuándo no digo la verdad.

¿Hablas de mi coraza? ¿Cómo sé que Banstorn no ha disfrutado de lo que me pertenece porque tú me elegiste para dármelo?

―cuestionó más furioso que nunca, pese a que no levantó la voz.

―¡Se acabó! ―llegó la voz de la duquesa desde lo alto de la escalera―. ¡Fuera de mi casa! ―ladró Isobel.

York silbó y se presentaron ante él los lacayos más fornidos de la casa.

Ah, su señor Wilson había ideado esa parte.

Malcom debía silbar si necesitaba refuerzos.

No era que no pudiese hacerle frente él mismo.

La chaqueta que llevaba era demasiado soberbia como para arriesgarse a hacerle un rasguño.

Ranfield no valía la pérdida. Además, que le gustaba mostrarse como un todopoderoso duque al que los demás obedecían.

―No hará falta la violencia ―observó el conde, al ver lo que pretendían: echarlo de la casa.

―Mi duquesa ha hablado. Si no quieres empeorar las cosas, vete. ―Cuando Isobel ordenaba algo, él tenía la misión de cumplirlo. Fuese lo que fuese, implicase lo que implicase.

―Me marcho. ―Los sirvientes le tendieron la ropa de abrigo que se había quitado al entrar―.

Confío en que cumplas tu palabra, York. Cuando mi esposa quiera verme, avísame.

No soy de los que se rinden. Mi condesa puede que lo sea, pero yo no ―le recriminó, antes de salir por la puerta principal sin mirarla.

Regina sabía que lo había herido profundamente. Se cobijó en los fuertes brazos de York en esa ocasión y lloró lo que jamás pensó que sería capaz de sollozar.

***

Todos se marcharon pocos días después cuando la nieve se derritió para que los carruajes pudiesen transitar sin peligro. Las cosas estuvieron muy tensas y nadie se atrevía a dar el primer paso.

Su hermana y Avery no se despidieron más que de Isobel. Cuando descubrieron que Malcom también había estado en posesión de la información sobre el vínculo que unía a Ranfield y a Sullivan…

Liam, junto con el pintoresco señor Wilson, partió a Londres para comenzar una nueva vida. Italia sería el primer destino elegido.

Los hermanos Pharma también se despidieron. Theodore se marchó de regreso a la ciudad con ellos.

York Park estaba vacío. Tanto como el corazón de Regina. Su único alivio era su hijo. La condesa sonrió mientras lo observaba en la guardería apilar un rompecabezas. Sería fuerte por él. Tenía que serlo.

―Al fin una sonrisa ―le dijo Isobel, que estaba a su lado de pie.

―Sí. Me he dado cuenta de que todo puede derrumbarse a mi alrededor, pero Kyle nunca lo hará. Él debe ser lo primero.

―Tu corazón sanará, hija mía. Tu pequeño te ayudará a que así sea.

―No voy a quedarme aquí para siempre.

―¿Piensas volver con Ranfield?

―Por ahora no, pero él tuvo razón en lo que dijo sobre que yo lo perseguí y le aseguré que todo iría bien. Lo señaló antes de que lo echases sin contemplaciones. No sabía que dentro de ti había semejante duquesa.

―Sí. Yo tampoco. Creo que vivir junto a un duque tirano y vanidoso… ¡Estoy corrompida! ―Isobel se echó a reír. Regina la siguió.

―No me gusta que Evangeline esté enfadada conmigo.

―Dale tiempo. Tu hermana te quiere.

―¿Le contó todo lo que le dije a Sullivan?