Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

―No. Tú conoces bien a Ranfield y ella lo hace con respecto a Avery.

Sabe que los dos se enfrentarían y eso destruiría a esta familia.

Guardará el secreto porque, como dijiste, nada bueno traerá y ella se da cuenta de ello.

Dentro de unos meses iremos a visitarla si antes no ha venido ella.

Te aseguro que volverá a recordar pronto cuánto te ama.

―Confío en que así sea.

―Lo será.

―Sin embargo, el asunto de mi esposo me reconcome el alma.

―Él te hace infeliz.

―No es así del todo. Yo lo amaba ciegamente. Pero cuando descubrí lo que había hecho con Evangeline… Pienso que no he sido capaz de perdonarlo y eso nos lastra. Fue como si la venda se me cayese de los ojos…

―¿Lo amas?

―No lo sé. De verdad que no lo sé, aunque cada palabra que dijo ―retomó al asunto inicial― sobre que yo lo perseguí y lo quise para mí, incluso cuando él me repetía una y otra vez que no era adecuado… Yo lo quería. No veía más allá de él.

―¿Le temes?

―No ―dijo sin dudar―. Nunca ha sido ese el problema. Son sus celos, la sensación que siempre tiene de que lo voy a traicionar. Su padre lo estropeó mucho. Él no confía más que en sí mismo.

―¿Y con el niño? ¿Se comporta bien?

―No quiere ser como el anterior conde. Lo he vigilado de cerca y es cariñoso y atento con Kyle.

―Siento que estés en esta situación. Yo… ―Se calló de pronto.

Regina la miró con el ceño fruncido.

―¿Qué te preocupa?

―Liam ―musitó, como si fuese un secreto.

Regina negó con la cabeza.

―Nos hemos dicho adiós. Fue extraño, porque cuando lo escuché confesar lo que yo sabía que sentía por mí… Me di cuenta de que también era muy importante para mí. ¿Puede una mujer amar a dos hombres? ―exclamó con la mirada perdida.

―¿Lo amas? ―preguntó sorprendida.

―Yo… Deseé besarlo, quise… yo… por un instante me rendí ante lo que él me pedía.

―Fue en la posada, ¿verdad? ―Regina afirmó―. Mi esposo me aseguró que nada pasó allí.

―Oh, no. No te mintió. Liam es un hombre increíble. Aceptó mi petición sin exigirme nada. Solo… amigos.

―Disfrutemos del presente. No pensemos más allá de hoy y de mañana, hija mía. Todavía nos quedan cosas por vivir. Estoy segura de que serán buenas y nos traerán paz.

―No sé si tener tanta fe como tú, madre.

―Tengamos las dos fe, Regina ―le dijo con una brillante sonrisa―. Porque los milagros, aunque no se produzcan en Navidad, ocurren, y tengo la certeza de que de un modo u otro alcanzarás la felicidad que se te debe.

―Ojalá tú también seas feliz para siempre, madre.

―Lo soy, querida hija, lo soy ―repitió, observando a su esposo, quien estaba en la puerta de la guardería y no había osado interrumpirlas.

Regina levantó la vista y lo vio también allí.

―Creo que alguien reclama tu atención, madre.

―Ah, ya ves que soy un duque que no puede estar sin supervisión ―señaló Malcom.

―¿Es urgente? ―inquirió Isobel.

―¿Cuándo es algo nimio dejar de lado a tu amoroso esposo, duquesa? ―preguntó con una ceja alzada.

―Ve con él, Isobel ―le recomendó la joven.

―Está bien. ―La duquesa de York comenzó a caminar hacia su esposo y ambos desaparecieron de la vista de la condesa.

―¡York! ―lo llamó Regina, al tiempo que se sentaba en el suelo para jugar con su hijo. Él dio un paso atrás y su cabeza se vio flotante tras el marco.

―¿Sí?

―Gracias ―le dijo con un gran suspiro.

―Solo sirvo a mi familia ―le respondió, antes de volver a ocultarse de su vista.

Regina escuchó una risita, seguida de algo así como: «¡Cielo santo!» e intuyó que el duque sostenía en los brazos a su madre. Lady Ranfield comenzó a reírse también. Al menos había una pareja que sobrevivía a las duras pruebas que les pusiera la vida.

¿Qué haría ella con sus problemas? Luchar.

Regina lucharía hasta que no quedase esperanza alguna.

Residiría en York Park para tranquilizarse y tomar oxígeno, y llegado el caso exigiría a su esposo lo que le debía: hacerla feliz.

No tenía la menor idea de cómo lograría semejante milagro, pero algo se le ocurriría.

Si bien supo que la actuación de Ranfield pidiendo perdón a toda su familia fuese eso: un papel interpretado, sí era consciente de que él la necesitaba y de que la amaba.

Cuando volviera a tenerlo delante, él cumpliría con sus promesas aunque ella tuviera que obligarlo a punta de pistola.

Pero de eso ya se preocuparía llegado el caso.

Por su parte, los duques de York se habían encerrado en su habitación.

―Estaba consolando a mi hija ―lo regañó con sutilidad.

―Y por eso mismo he ido en tu búsqueda. Regina no necesita más sermones por el momento, no al menos de una mujer como tú, que es todo candor. Ranfield precisa mano dura.

―¿Te quejas de mi carácter, York?

―¿Te he dicho alguna vez que cuando usas el título para llamarme al orden, me pongo duro como una roca?

―Tú siempre estás listo para retozar ―dijo, mientras reía.

―Es verdad ―reconoció.

―¿Qué era eso tan urgente que no podía esperar?

―Hacer el amor, por supuesto.

―Ah, sí… eso es de vida o muerte ―ironizó―. Secuestrarme en plena mañana ante los ojos de mi hija es…

―He prometido que te daría todo lo que deseases.

―Lo recuerdo.

―¿Cómo lograré dejarte embarazada de nuevo si no practico lo suficiente, mi amor?

A ella se le llenaron los ojos de lágrimas que no llegaron a derramarse.

―Crees que lo conseguiremos. ―No estaba preguntando, sino todo lo contrario.

―¿Te he defraudado alguna vez, Isobel?

―Jamás.

―Nuestra familia está fragmentada, lo sé, y parece que todo esté en la más absoluta de las ruinas.

No es así. Tú y yo somos los pilares sobre los que volveremos a unificar el amor fraternal, y de pareja.

Todos necesitan tiempo para recomponerse.

Nosotros aprovecharemos el descanso para atender nuestros asuntos.

Regina estará aquí bien. Ranfield podrá recapacitar sobre todo lo que ha hecho mal.

Liam se divertirá por el mundo y tu hijo hará lo que sea que le venga en gana en Londres.

―Theodore no puede pasar el resto de su vida solo divirtiéndose.

―Lo sé. Pronto tendré que mandarle al señor Wilson para que lo enderece.

Aunque tal vez antes deba enviárselo a Phenton.

―York suspiró. Estaba muy preocupado por la falta de novedades que no recibía de su mejor amigo.

Suponía que Lucien Maldith estaba en terribles apuros con cierta dama y…

Ya vería cómo se ocuparía de eso, lo principal era disfrutar del momento con Isobel.

Ella se echó a reír.

―¿Tu tío maneja esa información? No es un juguete que deba ser prestado.

―Es cierto. Creo que Phenton me necesitará más a mí.

Dejemos que Wilson se ocupe de Liam y luego le pasaremos al siguiente de la lista.

Lo estoy viendo, yo mismo tendré que enseñar a tu hijo asuntos financieros, a economizar y esas cosas que tanto me aburrieron en su momento.

Es joven, permitamos que Snow disfrute, antes de colocarle la soga en el cuello.

―¿Qué sucede con tu mejor amigo? ―preguntó inquieta.

―Ocurre lo de siempre.

―¿Y eso que es?

―Mujeres, Isobel. Las mujeres lo trastocan todo.

―Hablas enigmático.

―Pensemos en nuestros problemas mañana, no hoy ―le sugirió pícaro.

―¿Y qué se te ocurre que hagamos mientras, mi amor? ―Lo veía afligido por el duque de Phenton y decidió dejar el asunto por el momento. Isobel era consciente de que eran grandes amigos.

―Un precioso bebé.

―No es seguro que yo pueda…

―Pero sí es seguro ―la frenó, repitiendo la misma fórmula que ella acababa de emplear ―que disfrutes mientras te hago el amor.

―Siempre.

Los duques de York se desvistieron poco a poco.

Entre besos, abrazos y caricias disfrutaron de las mieles de un matrimonio dichoso.

Llegarían tiempos mejores, también otros momentos amargos, pero el amor que se profesaban los haría ser capaces de sobreponerse a todos los baches que encontrasen en el largo camino que todavía les quedaba por recorrer.

Fin.