Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 11
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Capítulo 11

Aclaraciones sin discusió n

―Tu familia es curiosa ―dijo Liberty después de haber visto, de modo involuntario, lo que había sucedido.

La tempestad se había desatado cuando los tres llegaban para sumarse a las actividades de la familia. Theodore no osó intervenir. Sus amigos menos todavía.

―Nada. Lo normal en estos casos ―dijo Snow―. Todo el mundo tiene secretos y miserias. Nuestros asuntos, al menos resultan entretenidos. ―¿Qué más podría decir?

―Tu hermana mayor parecía estar muy disgustada ―observó Bruce, quien recordaba la intempestiva salida de Evangeline.

―Sí. Lo he visto y escuchado. ―No había entendido ni una sola palabra de todo lo que allí se dijo porque él era un chico listo y se ocupaba solo de sus propias cosas, pero se adivinaba que la situación era… compleja―. Mis hermanas no pueden vivir la una sin la otra, pronto se pedirán disculpas.

―No lo parecía ―sostuvo el señor Pharma.

Liberty le dio un codazo a su hermano y procedió a hablar:

―¿No recuerdas cuando yo te tiré un libro a la cabeza porque tú hiciste algo muy malo que ahora mismo no sé qué fue?

―El médico me tuvo que dar un par de puntos en la ceja. Yo no hice nada para merecer ese gesto tuyo, hermana ―se quejó.

―Y sin embargo aquí estamos. Tú y yo, mi hermano más querido, pensando en la forma en la que me salvarás de la ira de nuestro padre, porque no hay nada más fuerte que el amor de un hermano ―le tuvo que recordar la pequeña arpía.

―Supongo que debo darte la razón ―concluyó Bruce.

―Como siempre haces. ―Le sonrió a Pharma de modo encantador.

Theodore se había quedado mirando el modo en el que ella tenía a su hermano bailando alrededor de su meñique. Sabía que estaban muy unidos, pero no de una forma tan… tan… No le salía la palabra adecuada para definir esa relación. Él nunca estuvo tan atado a Regina y Evangeline.

Liberty Alexandra Pharma era muy, pero que muy peligrosa. Y si Snow quería mantenerse lejos de las locuras de esa joven, haría bien en poner un océano de distancia entre ambos…

***

―Tu despacho es… un lugar interesante.

―Muy apropiado para esta ocasión.

Los ojos del conde de Ranfield vagaron por el espacio en el que se encontraba. Se acababa de sentar frente al duque, quien estaba tan tieso, sobre su silla, que parecía que acabaría con la espalda rota o algo así.

Lord Ranfield divisó sobre la mesa un par de pistolas alineadas. A la izquierda otro par más situado del mismo modo.

En la pared que había tras York figuraban como una docena de espadas, una encima de la otra. Lawrence se puso en alerta cuando observó al duque agacharse sobre el lado izquierdo para coger algo del suelo.

De pronto, una ballesta colosal estaba colocada sobre el centro del escritorio.

―Era de mi tatarabuelo. Funciona perfectamente bien, la he probado por si… necesitaba usarla en algún momento ―dijo acariciando el mecanismo que disparaba la flecha que tenía sobre sí misma.

―Estoy impresionado ―observó el conde.

―¿Y aterrado?

―¿Por cuatro pistolas y una docena de espadas?

―No olvides la ballesta.

―Te concederé que eso sí resulta… perturbador.

―El cañón que he comprado no llega hasta mañana. Pudiste haberte demorado unas horas más en venir.

York Había convencido al señor Wilson para que lo pidiese. No decoraría el despacho, pero quedaría soberbio en la entrada principal, sobre un pedestal donde todo el mundo pudiese observarlo.

―¿Debo suponer que no me esperabas tan pronto? El día de Navidad es para pasarlo con la familia.

―Me hubiera gustado terminar de pasar la festividad en paz, aunque sabía que más pronto que tarde aparecerías y que arruinarías la velada ―le espetó sin titubear.

―Es mi esposa. Es mi hijo.

―Sí… Y esa señora Pars que pusiste para controlar a Regina era tu niñera.

―La de mi hijo, y fue la mejor que pude encontrar. No todos somos como tu hermano. Yo, a diferencia de Banstorn, no necesito ninguna niñera que me vigile.

Era de dominio público que el duque de York había mandado a su secretario personal a poner orden en la vida de lord Liam. Ranfield también había escuchado ese rumor.

―Yo diría que tienes problemas más serios que los que pueda enfrentar mi hermano.

―¿Los tengo? ―preguntó con diversión.

York no dejaría que la actitud de Ranfield lo perturbase. Él había inventado la condescendencia. No caería en su juego como un principiante como lo era el conde.

―Sí. Tu esposa y tu hijo van a residir en York Park hasta que yo lo considere oportuno.

―No lo creo.

―Elegiré las ballestas en cuanto me retes a duelo, Ranfield.

Sé cómo utilizarla. ―La levantó de la mesa, apuntó hacia la derecha sin mirar y disparó.

La flecha dio sobre un retrato de un viejo familiar que había en la pared.

Justo en la frente de algún tío o abuelo o quien fuese.

Ya le diría a alguien que se ocupase de restaurarlo después de despachar al conde.

―¿Debo estar muerto de miedo?

―Yo estoy satisfecho conmigo mismo. Jamás me importó la opinión de los demás. Así que no me afecta cómo estés o dejes de estar.

―¿Qué pretendes?

―Ballestas, ya te lo he dicho. Estarás en desventaja. Dudo que tú hayas sostenido alguna en tu vida.

―¿Cuánto has estado practicando para hacer ese tiro?

―Lo creas o no, ha sido totalmente espontáneo.

―Mientes ―lo acusó sin tapujos.

―Hay alguna cosa que la buena sociedad no sabe de mí, y es que me preparé arduamente, con los mejores mercenarios y soldados muy curtidos que pude encontrar, para ir a la guerra.

―¿Estuviste en el ejército? ―preguntó intrigado. No tenía constancia de ello.

―Mis obligaciones como duque no me permitieron abandonar mi lugar. Pero te garantizo que si hubiese estado en las trincheras, la guerra habría sido más corta.

Ranfield comenzó a reírse sin contención. Al ver a York serio con una ceja alzada paró.

―No estás bromeando… ―dijo incrédulo―. Tu vanidad es colosal.

―Gracias. Estoy muy orgulloso de ella. Solo hubiera necesitado un disparo limpio y una ballesta para mandar a Napoleón a donde pertenecía.

―Voy a llevarme a mi casa a Regina y a Kyle ―regresó al asunto principal.

―No ―negó sin más explicación.

―La ley me ampara. No puedes privar a un hombre de lo que es suyo.

―Sigues sin entenderlo.

―El que no comprende la situación eres tú.

―La única manera en la que Regina saldrá de mi casa sin mi aprobación, será cuando consigas matarme. ¿He sido lo suficientemente claro para ti ya, Ranfield?

―Estás loco si crees que dejaré a mi esposa aquí para que Banstorn la seduzca y me convierta en un cornudo. ―Ranfield no lo había visto, pero sospechaba que no estaría lejos.

―Oh… si mi hermano y ella quisieran que tú te asemejases a un alce, no podrías impedirlo. Te lo aseguro. Tienes suerte de tener una esposa leal que no mereces y de que mi hermano tenga conciencia.

―Estás pisando terreno fangoso ―lo avisó.

York dejó en el suelo el arma de su tatarabuelo que había estado sosteniendo y acariciando. Cogió una pistola y la examinó.

―Has campado a tus anchas sin que yo tuviese conocimiento de lo que hacías con la hija de mi esposa desde que te casaste.

―Hijastra.

―Mi familia ―precisó con ímpetu―. Sé bien quién eres.

Mandé investigarte cuando Regina te aceptó.

Estás metido en asuntos turbios y no quisiera tener que susurrarle a mi buen amigo el duque de Phenton que yo sospecho que estás detrás de…

algunas… travesuras, por decirlo de un modo sutil, contra ciertos pares del reino.

York no percibió que su rival se encogiese o mostrase alguna debilidad ante lo sugerido. O Ranfield era inocente de la imputación que había vertido o tenía unos nervios de acero. No sabía cuál de las dos cosas sería.

―Una acusación del todo falsa. ¿Por qué un conde querría dañar a uno de su misma especie?

―Ni lo sé ni tengo interés en averiguarlo.

Me da lo mismo que sea verdadero o falso lo que acabo de decir, pero sí es interesante lo que pensará Phenton sobre la cuestión, puesto que él mismo ha sido apuñalado dos veces y ha sido objeto de accidentes…

desafortunados. ¿Te gustaría que pusiésemos a prueba mi teoría, Ranfield?

El conde empezó a aplaudir.

―Me has sorprendido. Lo admito. Primero amenazas con darme muerte. Luego me azuzas con un perro como Phenton. ―Pocos había que no conocieran el temperamento de ese noble y el servicio que había prestado a la Corona. Ranfield era uno de los que estaban al tanto sobre los asuntos del amigo de York.

―No hablo de una separación prolongada, sino prudente. Tampoco he sacado a colación el divorcio. Deberías estar agradecido por ello.

―Sería más fácil contratar a alguien para que se manchase las manos de sangre, York.

Lo creas o no, amo con locura a mi esposa.

Yo amo profundamente a Regina ―repitió― y ella lo sabe ―le dijo Ranfield.

York lo creyó―. El proceso de divorcio es costoso y ultrajante para una dama. Yo no se lo pediría.

―A veces el amor no basta, hay que demostrarlo de la mejor manera posible. Tú no estás a la altura y hasta que no me convenzas a mí de que eres merecedor de los regalos que se te concedieron, tu esposa y tu hijo estarán bajo mi protección.

―No vamos a ponernos de acuerdo sobre esto. ―Ranfield se levantó de su asiento―. Este teatro tuyo ha durado demasiado. Dile a mi esposa que se prepare. Partiremos de inmediato.

―Bien… ballestas al alba serán ―dijo York desde su asiento, con suma satisfacción.

―No.

―Sí. Porque no dejaré que te la lleves. Tú me retarás a duelo y yo elegiré las armas. ¿No me has estado escuchando?

Ambos se batieron en un enfrentamiento de miradas.

―Haremos otra cosa, York ―propuso el conde sabiendo que no estaba ante un hombre débil.

―¿Pretendes morirte sin que yo te ayude a hacerlo? Ese plan me seduce extremadamente ―señaló, empleando en mismo tono frío y austero que el mismo Mason Wilson le hubiese dado.

―No. Me quedan muchos años para disfrutar de mi esposa y los hijos que llegarán.