Capítulo 10 #2
―No te había dado mi regalo de Navidad. ―Él le sonrió.
Regina examinó la pulsera. Era de oro blanco y tenía pequeños diamantes engarzados. Un trabajo muy artesano, excepcional, y sabía que sería algo realmente único y muy caro.
―No puedo aceptarlo.
―Era de mi madre. El albacea me la legó a mí según los deseos de la anterior duquesa de York. Quiero que la tengas tú.
―Liam… Esto…
―No discutas. He aceptado tu decisión y tú aprobarás mi obsequio.
―Pero…
―Sin discusión. Me harás este pequeño favor. ―Le colocó el dedo sobre los labios para acallarla. Ella cabeceó afirmativamente. Él no pudo evitar darse el capricho de pasar su pulgar sobre los labios de ella en un gesto muy seductor que lo llevó a suspirar.
―Gracias ―señaló ella, cuando le liberó la boca del dedo. La respiración de ella estaba alterada.
―Me muero por besarte cada vez que estás cerca.
―Liam… ―dijo con desespero, sintiendo que su corazón volvía a romperse.
―Lo siento. No pensaba… No me di cuenta. Siento haberlo dicho en alto. Olvídalo. Somos amigos. Solo… amistad para nosotros. Te lo prometí y lo cumpliré.
―Es una pulsera preciosa. ―Hablar de eso parecía más sensato que lo otro.
―Dile que York te la regaló ―sostuvo, en cuanto se dio cuenta de que el esposo de ella la vería.
―York me ha pedido que me quede a vivir un tiempo aquí.
Esa misma mañana habían estado hablando en la salita de la duquesa. Isobel no estuvo. Regina supo que el duque no le había contado todo lo que intuía que sucedía en su matrimonio para no preocupar a su madre, y se lo agradeció sinceramente.
―¿Vas a aceptar?
―Sí, York pide, pero en verdad está ordenando. Además, necesito un poco de tranquilidad. Disfrutar de mi hijo sin temor a que él lo use en mi contra estará bien.
―Siento todo lo que te está pasando.
―No te preocupes. York dice que esto me hará más fuerte.
―¿Más de lo que ya eres? ―Él le sonrió.
―Está convencido de que así será. Quiero pensar que tiene razón.
―¿Cuánto tiempo vas a quedarte?
―No lo he decidido. Tengo que pensar en qué haré cuando mi esposo venga a buscarme.
―Mi hermano no dejará que se imponga.
―Lo sé. Lo ofendí cuando dudé de su capacidad para sacarme de las garras de mi esposo. Lo que me recordó que es un duque inteligente, capaz, rico, poderoso, sublime… No me hagas mucho caso, pero creo que lo escuché susurrar algo así como que era un semental grandioso.
Liam comenzó a reírse.
―Suena como algo que él diría.
―¿Qué vas a hacer tú? ¿Regresarás a Londres y partirás unos cuantos corazones más? ―bromeó.
―Viajar. Me apetece ver mundo. El señor Wilson…
―¿Tu niñera? ―preguntó con una sonrisa. Era un comentario que había oído muchas veces cuando se hablaba de la función que tenía ese empleado del duque con su hermano.
―Ese mismo, sugiere que un cambio de aires podría venirme bien para despejar la mente. Creo que es una excusa porque quiere ver Italia.
―Te lo llevarás contigo.
―York no me permitirá marcharme si no llevo a mi guardián detrás ―le explicó.
―Es algo que el duque haría.
Unos segundos de silencio incómodo se cernieron sobre la pareja.
―Cuando me dijiste que tú me deseabas… en la posada ―precisó―. Te aseguro que quise luchar como un león. No. He comprendido que siempre me replegaré a tus deseos y los respetaré, pese a que no quiero, ¡no quiero hacerlo! ―repitió con mayor énfasis.
―Lo siento. Tal vez debí callar…
―No. Necesitaba saberlo. Pero tengo que despedirme de ti, ahora y para siempre.
La tristeza que veía en los ojos de Liam le devanaba el alma.
―Lo comprendo.
―Es lo más difícil que haré, pero debo dejarte atrás. No te obligaré a huir conmigo por más que sienta que es lo correcto. Debo olvidarme de ti y de Ranfield para poder…
―Lo sé. Debes seguir adelante y buscar tu lugar… A la mujer correcta ―apostilló en un susurro.
Lo escuchó suspirar.
―Mi hermano una vez tuvo el corazón hecho trizas ―le dijo.
―¿Es así? ―preguntó con el ceño fruncido.
―Sí. Isobel lo reparó. Curó a mi hermano y necesito saber que lograré encontrar eso.
―No te sientas mal. Lo nuestro… no podía ser. No puede ser.
―No debe ser ―concluyó él también.
―Prométeme que no te conformarás con menos de lo que te mereces.
Eres un hombre fantástico, Liam Banstorn, y quiero con todo mi corazón que seas feliz y que el amor te encuentre.
Cásate con quien crea en ti, a quien no necesites, pero sin quien no puedas vivir.
Sé feliz… por los dos. Jura que lo harás.
―Te lo prometo, Regina ―le susurró, mientras se acercaba a ella, para sostenerle ambas manos con las suyas. Le dio un beso sobre los guantes.
Regina estaba pasando por un infierno para evitar que el llanto saliese. Él estaba también notablemente emocionado.
―Bien. Salgamos con los trineos y divirtámonos. ―Liam le limpió los ojos, dado que algunas lágrimas rebeldes habían hecho acto de presencia. Sorbió por la nariz, mientras él le colocaba mejor la bufanda para cobijarla del frío.
―Nunca te olvidaré ―concluyó, apoyando su frente sobre la de ella.
―Hazlo. Te lo suplico. Es la única forma. Entiérrame aquí y sigue tu vida.
―Regina…
―Salgamos con los trineos.
―Ve tú, necesito un momento a solas. Los buscaré y los llevaré.
―Sí. ―Antes de que se echase a sus brazos, y su fuerza de voluntad claudicase, la dama se dio la vuelta y salió a toda velocidad.
Una vez fuera, vio a toda la familia quieta, mirando al Oeste. Un jinete se acercaba a lomos de un caballo negro que se veía fiero.
Se aproximó hasta donde Eve tenía a Kyle y cogió con rapidez a su hijo en brazos. El padre de la criatura acababa de llegar a York Park.
Malcom se colocó al lado de la condesa rápidamente, mostrando su pose más ducal, tranquila y altiva.
Lo que hizo el conde nada más bajó del caballo dejó a todos completamente desubicados.
Ranfield se colocó frente a su esposa y cayó de rodillas, se agarró a su regazo.
―Lo siento, perdóname. Te quiero, querida mía ―le dijo con la más sentida humildad.
Regina miró a York. El duque suspiró. Malcom tenía que admitir que no estaba frente a un rival insignificante.
Era de lo más inteligente, casi tanto como él mismo.
¡Mentira! Nadie era como él ni de cerca.
A Ranfield no le tembló el pulso al mostrarse sumiso y manso, humillado incluso, a los pies de su condesa.
En ese momento Liam salió del establo con dos trineos y dejó de sonreír en cuanto vio lo que tenía ante sí. La mirada de Regina buscó a Banstorn y lo vio negar con la cabeza mientras dejaba lo que llevaba en la mano en el suelo y se daba la vuelta.
Regina sintió la necesidad de llamarlo para que no se marchase.
―Bueno… creo que hemos tenido suficiente… No sé ni cómo calificar lo que estamos presenciando ―observó York.
―Amor. Solo es amor y arrepentimiento. Soy un hombre que se ha dado cuenta de lo equivocado que ha estado. Un hombre enamorado y suplicante. ―Lawrence miró a su esposa con intensidad―. Me dijiste que me querías. Que me salvarías. ¡Hazlo, Regina!
―¡Un prodigio navideño! ―exclamó incrédulo York―. Familia… somos testigos de un milagro en el día de Navidad. Precioso. ―York comenzó a aplaudir para acompañar la ironía de sus palabras.
Ranfield se puso de pie.
―Todavía hay más ―señaló el conde sin dejarse perturbar.
―¿Más? Estoy en éxtasis. Ilústranos, por favor. ―York gruñó. Eso se estaba convirtiendo en un hábito muy cuestionable. Wilson lo llamaría al orden por semejante descortesía.
―Pido perdón a toda la familia. Me presento humilde, sin nada que perder, pues sé que mi esposa planea abandonarme, no sin un buen motivo ―reconoció con pesar.
Regina se tensó al ver que los ojos de su esposo se quedaron fijos en los de Avery Sullivan.
―Debiste ser actor, Ranfield ―le espetó con dureza el duque. No iba a convencerlo. No a él.
―No actúo ―le señaló a Malcom―. Vengo a confesar mi mayor crimen contra… mi hermano. ―La esposa de Lawrence gimió sobrecogida con la revelación.
Era un secreto que solo ella conocía. El vínculo que dos hombres de allí compartían.
York se cuadró. Si ese maldito se atrevía a señalar que era hermano de él y de Liam… le daría el puñetazo que deseaba haberle dado desde que lo divisó a lo lejos montando a caballo.
―Lawrence… ―Regina musitó el nombre de su esposo, dado que no estaba segura de que fuese un buen momento para que se desvelase un secreto de tal calibre.
―Avery Sullivan, te pido perdón a ti también, hermano.
Mi padre me contó los lazos de sangre que nos unían ―prosiguió Ranfield―.
Te entregó a una buena pareja que te crio como suyo y me pidió que no lo desvelase jamás porque no deseaba hacerte daño.
No puedo seguir callando durante más tiempo.
No cuando sé que eres mi hermano y que estás casado con una de las personas que más ama mi adorada esposa.
―¿Estás diciendo que somos hermanos? ―cuestionó con asombro Avery Sullivan.
El padre de Evangeline le había desvelado, años atrás y antes de echarlo a patadas de su propiedad, que él era un hijo ilegítimo de un noble.
Así que lo dicho no era una completa sorpresa pero…
¿El anterior lord Ranfield fue su padre?
―Es hora de confesar mis crímenes. Todos ellos ―dijo, sin abandonar la mirada de Regina―.
Aunque duelan. ¿Verdad, esposa? ― Lady Ranfield supo que estaba a punto de explicar cómo se interpuso entre el amor de juventud de Evangeline y Sullivan.
Un amor verdadero que se vio interrumpido cuando su esposo le desveló al anterior conde de Snow que Avery era un hijo bastardo del padre de Ranfield.
Regina no deseaba que su hermana sufriese a causa de esa confesión en concreto.
―York… ―susurró el título de Malcom para que terminase con todo lo que estaba ocurriendo.
―A mi despacho… ¡Ahora mismo! ―rugió el duque.
―No puedo hacer esto ahora… ―Sullivan se dio la vuelta y se marchó mientras Eve lo llamaba para que no se fuese de su lado. La señora Sullivan sostenía a su hijo y sus piernas no eran capaces de seguir el ritmo con el que andaba Avery.