Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 10
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Capítulo 10

La familia es lo primer o

La duquesa se movió inquieta por la cama. Buscaba el calor de su esposo y no lo encontraba. Era el día de Navidad.

Se incorporó en el lecho y vio claridad. El sol alumbraba tibiamente.

―¿Mi amor? ―lo llamó, al darse cuenta de que no estaba junto a ella.

―Ah, mi bella esposa se ha despertado justo para poder disfrutar de su regalo navideño. ―Él estaba apostado junto a la ventana y se giró de inmediato cuando la escuchó hablar.

―¿No me digas que compraste los diamantes?

―No. Me dijiste que era algo vulgar.

―¿Entonces qué me darás?

―Lo que te prometí que te traería.

―¿Y qué es eso? ¿Se trata de alguna perversión que quieras experimentar conmigo? ―indagó juguetona.

―Eso lo probaremos más tarde. Ven a ver tu regalo, duquesa. ―Le tendió la mano al aire.

Isobel se levantó, llena de curiosidad, y al poner un pie descalzo en el suelo sintió el frío atravesarla. Estaba desnuda. Los dos dormían piel con piel cada una de las noches.

York observó cómo los preciosos pezones de su esposa se erguían y se le hizo la boca agua. Nunca tendría suficiente de esa mujer. Desvió los pensamientos carnales y se concentró en la sonrisa que ella le estaba ofreciendo.

―¿Qué intriga te traes entre manos, duque?

―Una que te gustará.

York le tomó la mano y la colocó cerca de la ventana. El día comenzaba a despuntar. Se puso tras ella y la envolvió en un abrazo para darle calor con su cuerpo desnudo.

―¡Está nevando!

―Lo señalas como si dudases de mis dones. La he traído especialmente para ti, como te prometí que haría.

―¿Tú no tienes poder para hacer que nieve? ―Se rio.

―¿No?

―No.

―¿Te he comentado alguna vez que hay quien dice que desciendo del mismísimo Zeus?

―Entonces hubieras traído rayos ―conjeturó.

―Ah, mi duquesa no me cree ―apuntó, falsamente dolido.

Se dio la vuelta y pasó los brazos por el cuello de su marido.

―Yo sabía que nevaría. Del mismo modo que supe que traerías a la familia para hacerme feliz. No te conviene que crea que eres una especie de dios griego, tu caprichosa esposa podría comenzar a pedir imposibles.

―Lo que sea, lo tendrás ―le dijo, antes de darle un beso cargado de emoción, de esperanza.

Él sabía lo que ella deseaba pedirle. La sombra de un bebé propio siempre estaría ahí. No sabía cómo, no sabía cuándo, ni si estaba en sus manos darle lo que Isobel más deseaba, pero pactaría con Lucifer si tuviese ocasión de hacerlo, con tal de lograrlo.

Se separaron y ella le sonrió.

―Te tomo la palabra. ―No lo diría en alto. No hacía falta hacerlo. Él asintió porque la había entendido. La duquesa de York estaba segura.

―¿Tenemos tiempo de hacer el amor antes de que todos se despierten y busquen lo regalos?

―¿Serás rápido?

York se carcajeó.

―Tendrás toda la rapidez que puedas exigirle a tu semental cuando lo montes con fuerza. ―Se quedó pensativo―. ¿Crees que debería añadir en mi presentación que además de inteligente, apuesto, rico, educado y que obro milagros, soy un semental de pura raza, mi amor?

Le tocó a ella reírse por sus locuras.

―Llévame a la cama para que… te monte como deseo hacerlo.

No necesitó más incentivo. York la sostuvo entre sus brazos y regresaron al lecho. Isobel Banstorn demostró ser una brillante y experta amazona.

El duque de York supo que acababa de recibir el primer regalo del día de Navidad. ¡Cuán dulce y agradable era disfrutar de la vida con el ser amado!

***

Los regalos que la familia se repartió fueron los protagonistas esa mañana.

Entre los presentes se contaban un par de pendientes de perlas para las dos hermanas, una caja de cigarros puros de la mejor calidad y varias botellas del mejor whisky escocés para los caballeros, incluyendo al señor Wilson, así como demasiados juguetes para los dos niños de la casa.

Incluso la pequeña arpía recibió en ejemplar de Jane Austen que Isobel había envuelto para ella.

En la chimenea, como era costumbre, ardían unos excelentes troncos del árbol que York y Wilson habían talado especialmente para la ocasión.

Poco duró el calor familiar en el interior de la edificación, pues, la familia decidió salir a disfrutar de la diversión, todos bien abrigados.

Había varios centímetros de blanca nieve y el cielo había dado una tregua para ir afuera.

Los hermanos Pharma, junto con Theodore, se dirigieron hacia otro lado para disfrutar a su antojo del bello paisaje, mientras que el resto se quedó más cerca de la casa. Aunque se veían los unos a los otros.

Lady Ranfield tenía su viejo guardarropa en York Park y su hermana le prestó varias prendas de Niall para Kyle, dado que los niños eran de edad similar. Así todo estuvo solucionado por el momento.

Regina se encontraba paseando por la nieve con cierta dificultad cuando, de pronto, algo le estalló en la cara.

―¡Aaaaah! ―gritó la condesa, al tiempo que se limpiaba los restos de la bola de nieve que alguien le había lanzado.

Comenzó a mirar a su alrededor y divisó a Evangeline muerta de risa.

Se dio cuenta de que Niall estaba con York, y que Isobel sujetaba a Kyle, así que no se lo pensó ni un instante.

Empezó a correr hacia su hermana y cuando llegó a ella, la abrazó con fuerza, por lo que en el forcejeo cayeron las dos al suelo entre risas.

Una vez allí, ambas hermanas comenzaron a pelear de modo amistoso y se tiraron varias bolas de nieve la una a la otra. Cuando se cansaron de divertirse de ese modo Evangeline tuvo una idea:

―¿Un ángel en la nieve como cuando éramos pequeñas?

―¡Sí! ―confirmó Regina.

Se quedaron tumbadas en el suelo y comenzaron a mover los brazos y las piernas para empezar con las improvisadas obras de arte. Más risas sucedieron, hasta que una figura masculina les proyectó una sombra. Era Avery Sullivan, sostenía un par de bolas de nieve en sus manos.

―No tenía la menor idea de que las correctas hijas de un conde pudieran mostrarse tan descaradas en público.

―¡Estamos con la familia! ―se escudó Regina.

―Ni se te ocurra hacer lo que estás pensando ―lo amenazó Eve, al darse cuenta de lo que su marido se proponía.

Avery sencillamente dejó caer la nieve sobre los rostros de ambas y echó a correr. Las damas se incorporaron de inmediato dispuestas a darle su merecido al abusón.

De pronto, se quedaron quietas observando una escena increíble.

Su hermano estaba corriendo tras Liberty mientras ella también iba a la caza de Bruce.

En un momento, Theodore alcanzó a la señorita Pharma mientras su amigo le pedía que lo liberase de la bruja que lo quería derribar.

El conde de Snow se abalanzó sobre la joven y ambos cayeron al suelo entre jolgorios y carcajadas.

―Esa muchacha necesita nuestra ayuda ―apuntó Eve, decidida a ir en su rescate.

―Sí… aunque es interesante ver en semejante tesitura a nuestro hermano pequeño ―señaló Regina con diversión.

―Es demasiado joven para casarse ―opinó la señora Sullivan.

―Por el momento demostrémosle a Theodore que las mujeres nos ayudamos las unas a las otras.

Eve y Regina cogieron en las manos dos bolas de nieve cada una y se dirigieron a plantarle cara a su hermano. No llegaron lejos. Dos proyectiles les dieron en la nuca.

―¡Au!

―¡Aaaau! ―gritó también Eve.

Al girarse, vieron a Sullivan junto a Liam mirándolas de modo desafiante.

―¡A por ellos! ―Se lanzó a la carrera Eve, seguida de cerca por su hermana.

Lanzaron las bolas, pero los caballeros las esquivaron con presteza. Las damas volvieron a recargar y esta vez Avery se llevó su merecido en el gaznate, mientras que Regina le dio a Liam en el pecho.

Los duques estaban observando la diversión en compañía de los niños, quienes también se entretenían jugando con la nieve, pero de modo más tranquilo.

―Lo has hecho, Malcom ―le señaló Isobel conmovida por lo que estaba viendo.

―¿El qué de todo? Porque tengo muchos méritos que deberían ser reconocidos ―dijo con una sonrisa.

―Todo, esposo mío… todo.

―Es Navidad, los buenos deseos deben estar presentes. Es la única época en la que la felicidad tiene que estar garantizada.

―A veces no es así. Yo perdí a mi padre y a mi hermano durante ese periodo. Mi madre se quitó la vida con la llegada del Año Nuevo. Por eso era tan importante que por una vez algo saliese bien en Navidad.

―Y lo has tenido, mi amor. A tu familia junta y disfrutando. ―York se acercó a ella y le dio un tierno beso en los labios. Nada obsceno, solo una muestra de su devoción.

Isobel lo miró con todo el amor que era capaz de reflejar.

―¿Nos sumamos a la batalla? ―propuso la duquesa. Él la miró con pánico ante la sugerencia.

―Por supuesto que no. Llevo mi mejor abrigo puesto. Si hago algo que lo arruine, tendré que vérmelas con Wilson.

―¡Vamos, York! ―lo animó.

―Ah, el título. Pero esta vez no me convencerás. Ve tú a divertirte con tus hijos, yo seré el guardián de los niños.

―Está bien. ―Ella se alejó de su esposo, dispuesta a disfrutar de la familia.

Se sumó a las batallas, y durante una de ellas, Isobel, Evangeline, Regina y Theodore acabaron en el suelo, los unos apilados sobre los otros, mientras reían sin poder parar.

Las luchas se extendieron durante un buen rato, hasta que alguien recordó que podían hacer uso de unos artilugios muy entretenidos. Liam le pidió a Regina que lo acompañase al establo para sacar un par de trineos y divertirse colina abajo desde un lugar estratégico que había en el jardín norte.

Ella lo acompañó sin dudarlo un instante. Habían alcanzado un pacto, silencioso, de amistad.

―¿Los ves? ―le preguntó lady Ranfield, mientras examinaba el lugar.

―Deben de estar arriba. ―Señaló el altillo―. Siempre hay escaleras cuando buscas algo que necesitas urgentemente.

―No creo que estén ahí. Deben de estar en otra parte.

Regina se movió para ir hacia el fondo y Liam le tomó la mano.

―Espera…

―¿Qué…? ―Se quedó muda.

El hermano de York la mantenía agarrada de una mano y, usando la otra, había sacado una pulsera que se veía muy brillante. Se la colocó en la muñeca bajo la atenta mirada de la condesa.