Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

―Me lo hubieses dado de igual modo si hubiera dicho todo lo contrario a lo que acabo de decir.

El joven Pharma agitó los hombros.

―Uhm, es verdad, tal vez sea mejor que no te guste ni un poco. No dejaría que ella terminase con un disoluto como tú mientras viva.

―¡Asunto resuelto! Ahora… si no te importa, deja que me vista. Hablaremos más tarde.

―Muy bien. ―Su amigo se dio la vuelta para marcharse.

―Pharma. ―Lo solía llamar por el apellido.

―¿Sí?

―Tu hermana está en York Park.

―¿Perdón? ―Eso sí que Bruce no se lo esperaba.

―El duque me ha dicho que está en los jardines del norte, me vestiré y te ayudaré a encontrarla. ―Mintió sobre su paradero, pero era lo mejor.

―¿Qué hace Liberty aquí?

―No sé nada más. Tendrás que hablar con ella.

―¡Liberty acabará con mi padre y luego hará que mi joven corazón explote! ―exclamó con enfado antes de marcharse.

Theodore se sentó en la cama y suspiró con fuerza. Había dicho unas cosas horribles sobre la joven que se escondía tras la cortina. No tenía ganas de enfrentarse a ella. Liberty era una joven difícil. Preferiría salir con la toalla y alejarse de allí. No podía hacer eso. No era un cobarde.

―Sal de ahí ―le ordenó.

Contuvo la respiración. Esperaba verla llena de ira y escupiendo fuego por la boca debido a lo que había argumentado en su contra.

No. No tuvo suerte. Liberty Alexandra Pharma dejó atrás su escondite con una brillante sonrisa. Se veía… ¿complacida?

―Así que… me comparas con las mujeres que conoces. ―No era una pregunta. Snow sintió que todo su vello se erizaba a verla… ¿feliz?

―¿No has escuchado la parte en la que te he llamado loca y demás cuestiones? ―preguntó, manteniendo la calma.

―Oh, por supuesto que sí. Has sido muy hábil al hacer eso. No queremos que mi hermano sospeche. ―Le guiñó un ojo para finalizar su conclusión. Le tocó a él quedarse con la boca abierta.

Ella se acercó a Snow, le dio un beso en la mejilla y salió de la habitación… ¿dando pequeños saltitos y entonando una canción?

Era definitivo. No solo Liberty estaba demente… ¡Era la reina de las locas en el país de los no cuerdos!

Varios minutos después de que ella se marchase de su habitación, Theodore Maxwell Dreyer, sexto conde de Snow, seguía con la boca abierta de par en par y perplejo.

***

Todo estaba listo y preparado para la cena familiar. Isobel había ayudado a la cocinera a que todo fuese perfecto. Lo cual resultó un milagro porque su duque estaba muy… posesivo y reclamaba su atención todo el tiempo.

En una esquina de la mesa se encontraba el duque de York. En la otra punta, su esposa. Los candelabros de plata relucían como ninguna otra noche. El muérdago era fresco e Isobel había visto cómo Liam y Regina se cuidaban mucho de no coincidir bajo él para no tener que darse un beso.

No sucedía así con la inesperada invitada, la señorita Pharma, a quien el duque había sorprendido tratando de que Snow se colocase en varios lugares para besarlo.

York reconocía que el joven Theodore sabía capear bien un temporal, porque había salido indemne de cuatro situaciones y ella era bastante inteligente.

Incluso había adornos de papel dorado colocados estratégicamente en algunas paredes. Todo estaba increíblemente armonioso.

En la mesa reposaba un faisán a la miel, acompañado de patatas. Estaba enfriándose mientras los lacayos servían una sabrosa sopa de cebolla, el plato preferido del duque.

Una cena perfecta. Cordial.

Liam era todo sonrisas como prometió.

El hermano de la pequeña arpía ya no estaba enfurruñado al descubrir que ella había sido despedida, de modo fulminante, de la escuela.

Bruce admitía en su fuero interno que era algo que se veía venir…

Pharma adoraba a Liberty. Desde que se quedaron solos con su padre, ella se había convertido en su ojito derecho.

Imposible enfadarse con ella más de una hora.

Evangeline estaba también entusiasmada. Su esposo la mimaba sin cesar.

Por su parte, Regina se sentía feliz y en paz. Estar rodeada de tantas personas que la querían y la protegerían era reconfortante.

Los niños eran los únicos que no estaban en la mesa, dado que se habían quedado dormidos y la niñera del pequeño Niall se ocuparía además de Kyle.

―No me diga, señor Wilson, que ha pedido cenar con nosotros para asegurarse de que yo no cometa ninguna tontería ―le dijo Liam a su compañero de mesa.

―Me limito a cumplir los caprichos del duque.

Su hermano me obligó a estar aquí y un sirviente no debe revelarse ante quien paga su estipendio pese a que no sea correcta su petición ―razonó con seriedad, y tratando de disimular la emoción que lo embargaba por el gesto de los duques al colocarlo en su mesa la noche antes del día de Navidad.

―¿Y eso no se aplica a mí? Soy, en cierta medida su patrón, mis deseos deberían ser tenidos en cuenta ―sentenció.

―Sus fondos no contemplan mi salario, lord Liam. Es su hermano quien me paga por… vigilarle ―dijo en tono de reprobación.

―Yo jamás me he desnudado y orinado en el ponche durante una fiesta ―refunfuñó. Aunque no estaba seguro del todo de no haber hecho una locura así, sin embargo, si hubiera ocurrido lo recordaría… ¿no?

―Había escuchado ya esa historia. Le pregunté a su hermano sobre esa cuestión que era del todo intolerable y me prometió que eso jamás ocurrió. York no cometió esa atrocidad.

Liam gruñó porque él mismo sabía que era algo falso que alguien ―jamás diría quién o quiénes eran― de la buena sociedad se había inventado y que carecía de verdad. No esperaba que Mason Wilson supiera eso.

―Si acabo desnudo esta noche y orino en el ponche… ¿Se despediría de su puesto como mi niñera, Wilson?

―No hay ponche. Además, ya escuché ese chisme sobre usted y no le di crédito ―observó.

Liam le sonrió.

―Esta noche me siento especialmente dispuesto para ejercer el mal… puedo regar el faisán ―le dijo solo para sus oídos―. ¿Hará eso que salga gritando y presente su renuncia, y se quede al servicio de mi hermano, o emigre a Rusia?

―Si lo que quiere es deshacerse de mí, lord Liam ―comenzó a decirle, con su habitual tranquilidad y tono frío―, solo necesita hacer una cosa.

―¿Cuál? ¿Cuál? ―preguntó ilusionado.

―Casarse.

Liam suspiró con fuerza.

―Y así termina el breve sueño de mi libertad ―expuso derrotado―. Me parece ―volvió a decirle a Mason mientras contemplaba a Regina―, que nos quedan muchos años juntos. Le prometo que encontraré la manera de hacerle huir despavorido.

―Puede intentarlo ―le sugirió―, pero mientras el duque de York me pague, y lo hace de modo generoso, casi excesivamente… No tiene muchas posibilidades de hacer realidad su… sueño, como usted mismo ha dicho.

―Todavía no ha visto mi lado más oscuro, Wilson. Podría idear una fechoría que pusiese a prueba toda esa rectitud que lo envuelve en ese halo suyo de molesta perfección.

―Gracias.

―No era un cumplido.

―Lo tomaré como tal.

―¿Sabe que usted y York son igual de exasperantes?

―No tiene ningún sentido. Él es un duque, mientras que yo tan solo soy… una niñera.

―Exasperante, irritante y molesto.

―Cásese pronto y los dos regresaremos a nuestra tranquila vida.

Mason lo escuchó suspirar.

―Lo tendré en cuenta, señor Wilson. No le prometo nada, pero trataré de encontrar a una mujer que me contente y me haga olvidar que… ―Se detuvo, consciente de lo que se disponía a expresar en alto. Mejor sería dejar de beber vino.

Mason lo observó con detalle al ver que interrumpía sus palabras. Lo descubrió admirando a Regina, mientras esta bromeaba con su hermana y se reía de algo gracioso que había dicho el señor Sullivan.

―¿Recuerda a lady Angela, lord Liam? ―le preguntó Mason Wilson.

―Si mal no recuerdo, así se llamaba la mujer que cambió a York por un conde. ¿Es a ella a quién se refiere?

Recordaba vagamente algunos retales del pasado de su hermano.

Pero no había olvidado las habladurías al respecto, dado que fue algo muy comentado que una dama cambiase a un duque de ensueño por un conde…

¡Monty!, eso era. Sí, lady Angela dejó plantado a su hermano por uno de menor estatus social, riqueza y contactos, alguien de quien decían que además tenía una mente relajada.

Aquella humillación llevó a Malcom a refugiarse en la lujuria más cruda.

―La misma.

―Sí, la recuerdo. Mi hermano hablaba de ella en alguna ocasión entre lágrimas ―se mofó.

―¿Ve a su hermano llorando ahora, milord? ―La vista de Liam se dirigió hasta el duque. Desde su posición, Malcom miraba y admiraba a su duquesa con una sonrisa que le llegaba a los ojos.

―Todo lo contrario.

―Fin de mi alegato ―dijo con satisfacción Mason.

Liam se sonrió y comenzó a negar con la cabeza. Wilson era todo un misterio, pero muy elocuente.

―Si dejase de desaprobarme tan concienzudamente, creo que podríamos llevarnos mejor. Para encontrar lo que tiene York debo buscar más y mejor y no sé si lo encontraré ―sostuvo.

―A su hermano lo desaprobaba, como ha señalado, mucho más que a usted, milord ―confesó.

―¿Por qué?

―Porque era un duque y no le importaba comportarse de modo tan atroz ―reconoció.

―¿Queda esperanza para mí? ¿Es eso lo que insinúa?

―Aguardé veintiocho años para ver a su hermano feliz. Usted tiene veintiséis, confío en que no me haga esperar demasiado más.

La seguridad de las palabras de Mason Wilson lo dejó atónito.

―Lo intentaré, señor Wilson, aunque solo sea por darle paz ―le dijo con una sonrisa, mientras le palmeaba alegremente la espalda.

Ese gesto hizo que York mirase a su tío y le preguntase con la cabeza, con un movimiento corto y mudo, a qué venía lo que acababa de ver. Su familiar negó por un instante para restar importancia a lo que acababa de suceder.

La cena prosiguió en armonía y con charlas de lo más pintorescas.

Los duques de York lo habían conseguido. Su familia junta, unida, feliz…

¿Qué mejor que disfrutar del amor que rezumaban todos los que allí había? Incluso los hermanos Pharma se sintieron abrazados por el calor que York Park desprendía.

Tras la cena, los invitados pasaron al salón de danza. Isobel tocó el piano para que los jóvenes se divirtiesen. Todos bailaron, incluso Liam y Regina compartieron una danza a fin de que todos pudiesen respirar con tranquilidad.

La señorita Pharma lo hizo con su hermano y con Snow, dado que el duque de York insistió en ello. Le echó una mano a la pequeña arpía y ella le devolvió el gesto cuando se sentó para tocar el piano y la duquesa pudo bailar con su esposo.

Felicidad en estado puro.