Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 9
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Capítulo 9

Una decisión nada fáci l

Liberty era hábil. Muchísimo. Había logrado averiguar cuál era la habitación de Theodore Dreyer, o Theo, como lo solía llamar ella.

Antes de cruzarse con el duque de York, había visto llegar a caballo a Snow, pero no había ni rastro de su hermano. Algo estaría tramando el calavera de Bruce. Así que aguardó lo que le pareció un tiempo razonable para ir a buscar a Theo a sus aposentos.

Sí. Sí… una dama joven metida en la habitación de un hombre… No la iban a pescar. ¿Qué podría salir mal si la pillaban allí? ¡Que sería condesa! Así que no resultaría ser el fin del mundo.

Para lo que no estuvo preparada fue para encontrarse con un duque tan…

tan… Tenía que reconocer que no había visto a un hombre así en su vida.

York era bastante formidable. Sacudió la cabeza para olvidar la visión de ese torso y decidió irrumpir en la estancia de Snow como si fuese algo común y lo hiciese a todas horas cada día.

―¿Dónde está mi hermano? ―Abrió la puerta sin ceremonia alguna y se topó con Theodore…

¡desnudo! Sin ropa. Sin nada de ropa. El conde estaba como llegó al mundo.

¡Estaba desnudo!―. ¡Santo cielo! ―exclamó, con la boca completamente abierta, sin poder desviar la vista de Snow.

La imagen de York pasó al olvido de inmediato.

Era delgado, muy alto, todo un músculo terso. Su piel blanca, mojada, y su… ¿cómo lo llamarían ellos? Ese apéndice extraño, de acuerdo, el del David no era tan grande como lo que él poseía.

―¡Liberty! ―gritó Theodore al darse cuenta de que la hermana de uno de sus mejores amigos estaba en su habitación.

―¿Por qué estás tan… mojado? ―Nunca sabría cómo logró hablar, puesto que el paisaje que se presentaba ante ella era del todo desconcertante y maravilloso. ¡Qué joven! Eso sí era un hombre de verdad. Ella se mordió el labio inferior sin ser consciente de lo que hacía.

Descubrir su propio cuerpo a una edad en la que su zona íntima le gritaba cuando se sentía emocional al leer un libro de esos góticos con escenas algo descaradas… Liberty conocía el placer que podía promocionarse a sí misma. Reconoció que Theo la acababa de excitar.

―¿Quieres darte la vuelta? ―le espetó con enfado, mientras corría a por la toalla que acababa de dejar sobre la silla―. Y por amor de Dios, cierra la puerta antes de que nos metamos en problemas ―le dijo.

Liberty obedeció mansa y cerró de inmediato. Vio a Theodore cubriendo su cuerpo, y tenía las mejillas sonrojadas. ¿Los caballeros también podían sentir mortificación? El duque no había dado el menor indicio de recato…

Liberty suspiró. Theo era el muchacho más espectacular que había visto y ya podría decirse que no escondía ningún secreto para ella.

―¡Deberías haber salido de mi habitación antes de cerrar la puerta, Liberty! ―le señaló con desesperación.

―Tranquilo, tu pudor está a salvo conmigo. Prometo no aprovecharme de ti ―bromeó ella.

―¡Estás loca! ¿Qué demonios haces aquí?

―Te lo he dicho, necesito ver a mi hermano y por eso he tenido que venir a York Park. Es una finca preciosa.

―Y de todos los lugares en los que podías hablar conmigo, has decidido invadir mis dominios. ¿¡Te das cuenta de los problemas que tendremos si alguien te encuentra aquí conmigo… conmigo…!?

―¿Desnudo? ―musitó ella.

―¡Tu hermano me retará a duelo o algo peor!

―Nadie sabrá nada de esta… pequeña travesura, si dejas de gritarme. Porque de lo contrario alguien pensará que lord Snow está en problemas, entrará y nos descubrirá.

―Oh, Liberty, podría retorcer tu bonito cuello con una sola de mis manos. ―Theo levantó el brazo hacia arriba. Sí, él podría hacerlo porque tenía grande la… ¡la mano!

―¿Te molestas tanto cuando la cantante de ópera te ve desnudo o solo es por mí? ―Ella batió sus bonitas y espesas pestañas.

Los ojos negros de Theodore estuvieron sobre los ojos verdes de ella en un momento.

―¡Qué puedes imaginar tú de mis asuntos con la mujer a la que aludes!

―Oh, vamos. Mi hermano y tú no sois discretos cuando os ponéis a presumir de vuestras conquistas. ¿Es tu amante?

―¿Qué demonios sabes tú de amantes, Liberty?

―¿Cómo se llama? ―se preguntó ella misma―. ¡Ah, sí! Ophelia White. ¿La amas?

―No deberías estar al corriente de eso, mocosa.

―Esa palabra de nuevo… La detesto. He crecido, por si no te has dado cuenta.

No puedes seguir llamándome así. Eres el segundo hombre que me llama de ese modo ofensivo en el corto espacio de dos días y no me gusta nada que uses de nuevo el apelativo que me pusiste cuando sí era una niña ―le indicó con fastidio.

―Liberty ―comenzó Theodore, tratando de controlar su temperamento―, no deberías espiarnos a Bruce y a mí.

―Yo no hago nada como eso.

―Lo haces porque no he hablado de la señorita White delante de ti jamás. Sí he compartido… confidencias con tu hermano, así que tú nos has espiado.

―No fue así. Sencillamente ocurrió que yo estaba en la biblioteca hojeando un libro del todo… No era un ejemplar que una muchacha debiera sostener en sus manos, y tuve que esconderme tras las cortinas porque creí que era mi padre quien entraba.

―¿Y no pudiste avisar de tu presencia cuando supiste que no era el señor Pharma? ―la regañó.

Theo recordaba el día que él le habló de las bondades de ofrecer unos pendientes de diamantes a una mujer que… Comenzó a sentirse mareado. Las cosas que le había relatado a su mejor amigo delante de su joven y virginal hermana… Iría al infierno.

―¿Qué es una orgía? No he conseguido averiguar lo que supone.

―¡Dios de los cielos! No puedes emplear esa palabra nunca. Táchala de tu vocabulario.

―Pero tú la dijiste muchas veces. No lo entendí bien… ¿Por qué te gustó ver a tu amante fornicar con otros hombres? Creía que todos los hombres erais posesivos…

―¡Liberty! ―gritó más fuerte y con enfado―. Hay en esa frase que acabas de espetar tantas palabras que no deberías conocer, y por supuesto decir, que no sé ni por dónde empezar.

―Puedes comenzar por darme una sencilla explicación sobre lo que desconozco ―sugirió ella.

―Tu hermano no está aquí. Sal de mi habitación antes de que…

―Puedo hacerlo, pero estoy escuchando pasos en el pasillo y creo que son unas botas de hombre.

Theodore gimió.

―Tiene que ser Bruce. ¡Escóndete tras las cortinas!

Se acercó a ella, la sostuvo por el codo y comenzó a llevarla hacia el lugar indicado.

Liberty empezó a tener miedo. Bruce era extremadamente protector con ella.

Pese a considerarse a sí misma una muchacha curiosa ―algunos decían que era indómita―, su hermano no comprendería su presencia en la habitación de un libertino como Theodore.

Así que siguió las recomendaciones de Snow sin debatir nada.

Llamaron a la puerta y Liberty, tras las cortinas, rezó para que Bruce no la descubriese.

Se quedó inmóvil y callada. Algo que le resultó casi imposible de llevar a cabo.

La señorita Pharma no era una muchacha que lograse estar muda y quieta durante demasiado tiempo.

Confiaba en ser capaz de lograrlo esta vez.

Theodore se veía dentro de un ataúd. Si su amigo descubriese lo que él acababa de ocultar, le daría la paliza perfecta para llevarlo a la tumba.

―Adelante ―dijo cuando llamaron.

―Snow, ¿qué haces solo ataviado con una toalla? Te advierto que no soy ese tipo de hombres.

―Claro… ¡y yo sí! ―ironizó.

―No te enfades, amigo mío, solo era una aclaración. Te ves muy… ―Bruce carraspeó y desvió la mirada de la parte masculina que sobresalía de la toalla, porque aunque tapada, su virilidad estaba en pie de guerra.

El conde maldijo por lo bajo. La culpa había sido de Liberty empleando palabras que una muchacha con su estatus y educación no debería conocer.

―¿Podemos vernos abajo en unos minutos?

―Sí, por supuesto, solo había venido a decirte que la hija del molinero no…

―Te lo dije ―lo interrumpió―. Sandy es muy reservada, una buena chica. De las que solo se dejan seducir si hay un compromiso ―lo sermoneó con enfado.

―Así ha sido, sin embargo su madre… Te juro que una mujer madura con experiencia…

―¿Te has aprovechado de una pobre viuda? ―La señora Fire llevaba como tres años de duelo. Era muy devota y firme en sus creencias.

―¡Desde luego que no! Ha sido todo lo contrario. Te lo prometo, me ha convertido en su juguete y yo no sabía cómo manejarla. Una leona sin precedentes.

Theodore gimió cuando escuchó una risita tonta proveniente de detrás de la cortina. ¡Boba! Bruce la pescaría y él tendría que huir a Francia…

―¿Snow? ―El señor Pharma también había escuchado algo sospechoso.

―Estoy ocupado. ¿Podemos hablar luego?

Vio a su amigo estrechar el ceño y se puso en lo peor. ¿Habría reconocido la fresca risa de Liberty?

―¿No será esa criada que dijiste que te recordaba a Liberty?

―¿Qué? ―preguntó con los ojos como platos.

―La doncella que se encarga de prender las velas. Señalaste que tenía el mismo tono de ojos que mi hermana. Lo cual no era así del todo, porque el verde de mi hermanita pequeña ―puntualizó― es más oscuro.

―¡Eso no es verdad! ―Estaba mortificado, dado que la muchacha estaba oyendo las estupideces de su hermano.

―Sí, y luego dijiste que su boca también tenía cierto parecido a la de Liberty. ¿Entiendes lo perturbador que sería saber que retozas con una mujer que te recuerda a mi hermana?

―No tocaría a la señorita Pharma ni con un palo, Bruce.

Eso fue definitivamente peor. Su amigo cruzó los brazos sobre su pecho y lo miró con ira. Si decía una cosa malo, si decía otra… peor.

―¿Por qué no?

―¡Porque es tu hermana! ―le gritó.

―¿Juras que no te interesa Liberty?

―¡Por supuesto que no me gusta! Está loca, tiene una lengua afilada, es insufrible, es demasiado baja para mi gusto y antes me cortaría una mano que pensar en ella de un modo indecoroso.

¡No la encuentro bonita! ―Enumeró sus motivos tan deprisa y con tanta vehemencia, que Bruce creyó que acabaría sin aire en los pulmones y caería desmayado.

―Debería darte un puñetazo. Es mi hermana a la que has descalificado de modo tan contundente.