Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

―Suena perfecto. Sabía que podía contar con usted, mi querido señor Wilson. ¡Incluso le daría uno de esos abrazos ducales que tanto disfruta! ―ironizó.

―Los brazos de su esposa serán más tiernos y eficientes a ese respecto.

―No se lo refutaré, pues ha dicho usted una gran verdad. Por cierto, señor Wilson… ―le dijo antes de comenzar a salir por la puerta.

―¿Qué se le ofrece, excelencia? ―inquirió cuando el duque se quedó callado.

―Tengo su regalo de Navidad.

―¿Lo tiene? ―preguntó con cierta sorpresa―. No creo haber pedido nada.

―Soy un duque de lo más generoso ―apostilló, pagado de sí mismo.

―Por supuesto que lo es. ―Wilson lo sabía. No podía ridiculizarlo por ello.

―Puede llevarse a la cocinera con usted.

York se tragó una sonrisa al ver entrar en pánico a su querido tío. Su cara resultaba un poema de lo más gótico. Sabía que tenía un idilio con la señora Hart o que estaba próximo a lograr su cometido. York era muy intuitivo cuando debía serlo.

―¿Cómo dice?

―Soy consciente de que Liam necesita una nueva cocinera. Tómela prestada, señor Wilson. ―York le guiñó un ojo y su amigo no osó rebatir nada más. Mason se encontró a sí mismo sonriendo como un tonto en cuanto el duque desapareció de la escena.

A Mason le gustaba esa mujer y creía haberlo escondido mejor. Ciertamente, Malcom sí era un duque inteligente… Avispado más bien.

York salió a toda prisa del despacho y comenzó a arrancarse la ropa por las escaleras. No le importaba si alguien se le cruzaba… Se quedó con la chaqueta en la mano y la camisa ya estaba fuera de su lugar cuando…

―¡Maldición! ―gruñó.

La pequeña arpía estaba frente a él y lo miraba sonrojada, pero la muy bruja no le quitaba los ojos del torso. Bueno…

―Uhm… Esto… ―Estaba mortificada y cohibida.

Liberty sabía que debía darse la vuelta de inmediato. No podía. ¡Si él era demasiado mayor como para gustarle! Lo malo radicaba en que ese duque estaba muy bien hecho… El David de Miguel Ángel se quedaba muy rezagado en cuanto a torso esculpido se refería.

―¿No tienes nada mejor que hacer, señorita Pharma? ¿Un hermano al que encontrar o un conde al que atosigar?

―¿Y usted considera que es apropiado vagar en ese estado de desnudez, sabiendo que cuenta con una invitada cuya sensibilidad se debe proteger? ―lo regañó.

York levantó una ceja y la miró con suspicacia. Le daba en la nariz que esa muchacha se preocupaba de su reputación lo mismo que él porque la dispensa estuviera llena de alimentos.

¿No quedaban jóvenes que se desmayasen al ver a un hombre ligero de ropa?

Ella debería dar gracias a que no se hubiera desprendido de sus pantalones.

Pensar en Isobel desnuda sobre su cama… Estaba más que ansioso por volver a disfrutar de su bella duquesa.

Las prisas y ansias estaban a la orden del día.

―Es mi casa, pequeña arpía, aquí soy Dios. Y haz el favor de cerrar la boca. ―Ella se dio cuenta de que la tenía abierta y siguió su consejo―. Porque muy mayor… muy viejo y decrépito, pero bien que estás contemplándome con demasiado…

Liberty se dio la vuelta sofocada.

―¡No estaba haciendo nada de eso! ―se defendió.

―Sí… como sea. Tengo una adorable esposa a la que ver.

La dejó allí parada y se marchó. Por descontado que la vanidad del duque subió como la espuma de una buena pinta. Sin proponérselo le acababa de dar una lección de humildad a la pequeña arpía.

Cuando llegó a la habitación, escuchó a Isobel moverse en el cuarto contiguo, donde figuraba la bañera. Terminó de desvestirse con prisa y se presentó ante su duquesa desnudo.

―Ah, esta vez me has ganado ―dijo, cuando la vio sin una puntada de ropa sobre su perfecto cuerpo.

―Supuse que te gustaría… la sorpresa.

―Tanto que no sé si dejar que me bañes o llevarte a la cama y…

―Hueles muy mal, mi amor ―le recordó.

―De acuerdo. ―No peleó. Se metió dentro de la bañera, que olía a aceite de lavanda, tomó a su esposa por la cintura y la colocó encima de él.

―¡Malcom!

―Uhm… mi nombre. Así que te he sorprendido, pero no estás enfadada.

―¿Molesta con el hombre que ha traído a nuestra familia a casa? ¿Cómo podría? ―razonó.

Su esposa estaba tendida, colocada sobre su cuerpo y por descontado, su virilidad estaba más rebelde que nunca, reposando con satisfacción entre las dos medias lunas de Isobel.

―¿Me has echado de menos?

―Terriblemente ―confesó.

―¿Estabas preocupada por tu apuesto, rico, maravilloso, magnánimo e inteligente duque?

―Esa lista tuya cada día es más grande… ¿o solo me lo parece?

―La he hecho corta, amor mío. Soy capaz de recitar algo tan largo como la Biblia tan solo hablando de mis muchas virtudes y mis escasos defectos.

―Apuesto a que lo harías.

―Ten cuidado, Wilson una vez hizo una observación similar y lo mantuve una hora escuchando cómo recitaba mis propios salmos, donde yo era el protagonista de toda una obra.

Ahora dime lo mal que dormiste anoche sin mí a tu lado.

Cómo lloraste por si me ocurría algo malo.

Relátame lo apesadumbrada que estabas sin mí.

Isobel se rio.

―Sin ti no puedo vivir. ¿Eso resume bien la situación, o deseas algo más largo?

―Es una frase exacta y perfecta. Estoy satisfecho.

―¿Regina no quería venir? ¿Es por eso por lo que no regresaste anoche a casa?

―No. Tu hija tenía algunos problemas con una niñera que solucionaré en cuanto Ranfield venga a York Park, pero la causa de que tu precioso duque durmiese en un establo fue debido a un gran árbol bloqueando el camino.

―La historia era más larga, y como incluía el hecho de que Liam había invadido la habitación de Regina durante un tiempo, y que por eso no pudo acomodar allí a la pequeña arpía, decidió ser más ambiguo al respecto.

―¿Precioso? No es una cualidad que esperé escuchar de tus labios para calificarte.

―Te tengo encima, desnuda, y hace un mes que no te he hecho el amor. Dame un poco de aire, mujer. No estoy lúcido en estos momentos. ¿Grandioso te gusta más? Grandioso duque ―repitió para escuchar el efecto―. Sí, eso suena mucho mejor. Más varonil.

Ella se rio con ligereza.

―No es feliz, ¿verdad?

―¿Regina? ―se aventuró a preguntar.

―Sí. Ella no es la que era.

―Eso no es necesariamente malo.

―¿Por qué?

―Ha sido siempre una muchacha protegida. Con una vida fácil. Lo que le suceda la hará fuerte. Es la madre de un vizconde, futuro conde de Ranfield, debe enfrentarse a sus demonios y saber manejar su vida. Regina no es una mujer pusilánime.

―Pero tú planeas hablar con su esposo cuando venga y me atrevo a decir que no serás laxo.

―¿Tan evidente me he vuelto? ―dijo con humor.

―Te preocupas por todos.

―Y siempre lo haré. Sí. Pienso mantener una muy seria conversación con Ranfield.

―No quiero que Regina sufra. No sé qué hacer para arreglar la situación.

―Tu hija y el niño van a quedarse a vivir con nosotros una temporada.

Ella se movió, se quedó sentada frente a él y lo miró con fijación.

―Su esposo…

―Es cosa mía.

―No quiero ni pensar en lo que has planeado para cuando él venga.

―Wilson está haciendo los preparativos. No le devolveré a su familia hasta que sepa que ha aprendido la lección. Y Regina no tiene voz sobre mi decisión.

Había investigado a Ranfield desde el mismo momento en el que Regina dijo que estaba encinta y Liam había averiguado la identidad del desgraciado que la tuvo sin pasar antes por la vicaría.

Lawrence Trent era un tipo peligroso y York lo sabía.

Malcom estaba más loco que todos los dementes del universo.

Un hombre enamorado, y York lo estaba infinitamente, era peor que una plaga, porque se comportaría como un héroe cuando hiciese falta, pero también sería un villano cuando la ocasión lo exigiese.

Lord Ranfield iba a conocer al malvado que habitaba en su interior.

Isobel se echó a sus brazos y buscó su boca, sedienta, hambrienta. Su esposo le devolvió la caricia con un largo gemido.

―Te amo por lo que eres, por lo que haces. No sé expresarte con palabras lo que me inspiras en estos momentos, Malcom.

―Se me ocurren un par de cosas que… ―Él agitó los ojos un par de veces a ver si ella entendía lo que quería decir.

―¿En la bañera?

―Donde sea y como sea, Isobel.

Ella suspiró encantada al detectar la urgencia en su pedido pero…

―¿Vamos a…? ―Las palabras siguientes se le atragantaron y no consiguió decirlas.

―¿A hacer el amor aquí? ―la ayudó―. Nada me gustaría más.

―Me refiero a que…

―¿No te sientes segura todavía? Puedo esperarte el tiempo que haga falta.

―No, no es eso. Estoy más que lista para retomar las relaciones maritales. Me refiero a que no sé si… ¿Habrá embarazo? ¿Perderé al niño otra vez? Todo lo que no puedo controlar, y más sobre esa cuestión, sabes que me altera profundamente.

―¿Por qué no vemos hacia dónde nos lleva todo? No pensemos, solo… sintamos. Deja que tu glorioso y limpio duque te ame.

―No te he frotado la espalda.

―Puedes frotarme mi….

―¡York! ―lo frenó divertida.

―Ah, el título. Es hora de callar.

―Calla y hazme tuya, mi maravilloso duque.

―Encantado de servir, duquesa.

Su esposa ya sostenía su virilidad entre las manos y estaba preparada para dejarse caer sobre él para montarlo.

―¿Serás grácil, esposo?

―Tú tienes el mando, Isobel. Será como tú desees.

―¿Y qué necesitas de tu esposa? ―preguntó, mientras comenzaba a balancear sus caderas para sentirlo completamente en su interior.

―Lo que quieras darme. ―Se recostó en el borde de la bañera y le cedió todo el poder.

Isobel premió su sinceridad con movimientos más sugerentes. Se sentía perversa, con ganas de demostrarle lo buena amazona que podía ser incluso en el medio acuoso.

―Dios santo… esto es el paraíso.

―Lo sé ―dijo ella, vanidosa.

―Más fuerte, Isobel. Deja que me desahogue, busca tu placer, pero no te preocupes si no lo encuentras, porque pienso secarte, llevarte a la cama y volver a empezar.

Mi lengua estará en tu feminidad, dos de mis dedos explorarán tu calor, y confío en que pronto me demostrarás cuánto disfrutas con lo que te haré.

―Malcom… Malcom… Estoy cerca ―señaló entre gemidos y movimientos salvajes.

―No más que yo. Si vienes conmigo… ¡Ven ahora, duquesaaaaaaa! ―gritó su liberación, al tiempo que le cogía las posaderas para darle el recorrido y la intensidad necesaria para alcanzar la ola de placer con mayor ímpetu.

―Síííííí ―gritó, llena de júbilo cuando su esposo se abandonó a lo que ella había provocado.

Isobel se dejó caer sobre el pecho húmedo de su esposo. Había más agua fuera que dentro de la bañera, pero el estropicio había valido la pena.

York suspiró satisfecho.

―No me importa si los niños no llegan, mi amor. Siempre que tú estés a mi lado… nada más importa ―reiteró.

Ella se incorporó y le besó los labios con ternura.

A continuación, él la ayudó a levantarse, se puso de pie, procedió a secarla, después a sí mismo y la alzó en brazos para llevarla a la cama para volver a empezar.

Se necesitaban el uno al otro y se tendrían como era menester.