Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 8
51%

Capítulo 8

Al fin en cas a

Todo había valido la pena. Ver a Isobel abrazar a Regina, la sonrisa de su esposa mientras miraba a su hija…

York se sintió como un titán. Soberbio e invencible.

Casi tanto como cuando Liam y él ayudaron a un grupo de hombres a despejar el camino para al fin llegar a casa.

Y eso que el árbol que los dejó varados en la posada era enorme.

―No me digas que Evangeline y Sullivan han escapado y que tendré que ir a perseguirlos ―le dijo York a su esposa, al ver que la otra hermana no estaba a la vista.

Liam también había saludado efusivamente a la duquesa, pero había desaparecido rumbo a la cocina para ver qué podía probar.

Olía a dulces y deseaba quitarse el amargo sabor de boca que Regina le había dejado.

Por supuesto que en el viaje fueron cordiales.

Como si nada hubiera pasado entre Banstorn y la condesa.

Solo serían conocidos que habían aceptado una decisión.

―No te preocupes. Están en el jardín oeste con el niño. La temperatura no es muy fría y están aprovechando el poco calor del sol ―le explicó su esposa al duque.

―Muy bien.

―York… ―llamó a su esposo con suavidad.

―El título de nuevo… ¿De qué se me acusa, mi amor?

―Hay una joven tras de ti ―le dijo la duquesa, refiriéndose a la señorita Pharma, quien había estado en un segundo plano desde que entraron por la puerta.

¡Gracias a Dios por ella!, porque en el viaje habló tanto, y de cosas tan interesantes, que la tensión que Regina y Liam creían no tener se sobrellevó para el resto.

―Soy la señorita Liberty Pharma, excelencia. ―La pequeña arpía le hizo una reverencia muy cuidada y se mostraba dócil y encantadora. ¿No pudo haber hecho eso cuando se acercó a él la noche anterior?

Mujer y juventud… mala combinación.

―Encantada de conocerla, señorita Pharma. ―Isobel le hizo también una breve reverencia para mostrarle igual cortesía, pese a que no debía hacerla, debido a su rango superior.

―¿Tu hijo está en casa? ―interrumpió el saludo York.

―Sí. Theodore ha llegado con un amigo.

―Pues aquí he traído un regalo para dicha amistad.

―En cuanto he escuchado el apellido he supuesto que eran familia… ―dijo la duquesa.

―Hermanos. Bruce es mi hermano ―aclaró Liberty.

―Los muchachos han salido a cabalgar bien temprano. No tardarán demasiado en regresar ―observó Isobel―. Las damas subiremos y os mostraré vuestras habitaciones ―indicó también para Regina.

―Gracias ―señaló con humildad Liberty. El duque estaba estupefacto al ver el comportamiento tan atento y elegante de la joven.

Las tres mujeres, junto con el pequeño Kyle, que Regina llevaba al brazo, comenzaron a subir la escalera.

―¡Isobel! ―la llamó para que se acercase.

La duquesa abandonó la compañía de las chicas, las mandó ir subiendo sin ella y se acercó a su esposo.

―¿Qué puedo hacer por usted, excelencia? ―le dijo en tono jocoso.

―Ah, mi eficiente esposa conoce a su duque mejor que él mismo.

―Quiero pensar que es así.

―Entonces pruébalo ―sugirió.

―¿Un baño caliente?

―Sí. ¿Qué más?

―He encontrado a Liam agitado, así que deduzco que Regina y él han estado…

―No podrías calificarlo, aunque lo quisieses. No lo intentes, mi amor. Deja el asunto a un lado.

―¿Debo preocuparme?

―En absoluto.

―Mientes muy mal. ¿Por qué el esposo de mi hija no os acompaña? ―se interesó, todavía en medio del recibidor principal de la casa.

―Está en Londres atendiendo asuntos importantes. Llegará en un par de días. Tal vez lo haga hoy mismo.

―¿Y vendrá en son de paz o armará un escándalo?

York sonrió de lado.

―Tu pregunta me ofende.

―¿Por qué?

―Porque todo el mundo sabe que soy invencible.

―¿Lo eres?

―Por supuesto ―dijo con seriedad―. Así que Ranfield vendrá más manso que un cordero recién nacido. ―Lo haría si sabía lo que le convenía. Malcom mismo en caso de ser el conde llegaría muy dócil.

―No discutiré contigo. Confiaré en tu palabra.

―No esperaba otra cosa.

―Te pediré un baño y te llevaré una copa de brandy para que te relajes, y no pienses en lo que supongo que ha sido un viaje…

―No necesito una copa y no califiques el desplazamiento. Ni yo mismo sé cómo hacerlo ―reiteró una vez más.

―De acuerdo. Pero me preocupa Regina.

―Lo tengo todo bajo control.

―Volveré a confiar en tu palabra.

―Y harás bien, soy infalible. Ve y arregla los detalles de mi merecido descanso.

―Lo haré de inmediato… También ordenaré otro para Liam. ¿Por qué oléis ambos como a… cuadra? ―preguntó alzando la nariz un par de veces.

―Porque hemos dormido en los establos de una posada. Así que acomoda a tu hija, a tu nieto y a nuestra invitada. En diez minutos o menos subiré a nuestra habitación. Me quitaré la ropa y disfrutaré del baño que me dará mi esposa.

―¿Debo bañarte? ―preguntó entre risas.

―Lo merezco.

―Entonces lo haré encantada.

―Y luego nos acostaremos a disfrutar de una siesta.

―¿Por la mañana? ―inquirió con una sonrisa pícara, que él premió con otra.

―Espero que estés lista, mi amor, porque te necesito en mi lecho.

―Subiré a disponerlo todo ―dijo con suavidad, al tiempo que se giraba y comenzaba a caminar contoneando las caderas.

―Haces que mi sangre bulla. Eres malvada.

―No tardes, Malcom. Yo te necesito más ―sentenció, antes de comenzar a subir por la escalera.

El duque sintió removerse su virilidad. Ah, la pequeña arpía lo había ofendido al insinuar que él era un viejo decrépito.

Estaba hecho un muchacho capaz de retozar durante dos días seguidos si se lo proponía…

Y sin necesidad de grandes descansos. Tal vez se lo demostrase a su esposa cuando la casa estuviera más despejada.

Por lo pronto, comenzaría esa mañana dándole una muestra a Isobel de cuánto la había… añorado mientras se recuperaba.

Se dio la vuelta y se topó con Wilson apostado en la entrada. El siempre eficiente sirviente en la sombra les había dejado intimidad, aunque estaba aguardando un pedido que sabía que llegaría por su parte. York se maravillaba cada vez que se daba cuenta de lo bien que lo conocía su querido tío.

―He supuesto que necesitaría…

―Sí ―lo frenó―. Necesito hablar un momento con usted, mi querido amigo. Y será rápido, se lo juro. Mi esposa me aguarda impaciente, porque después de la batalla, los héroes deben ser ungidos y ella está ansiosa por…

―Excelencia, no hace falta que sea tan explícito ―le recordó.

―¿Es sonrojo eso que veo en sus mejillas? ―se burló del hombre. Wilson lo miró sin abrir la boca, con una ceja alzada―. A veces, cuando me mira así, no sé si echarme a temblar, cederle mi título y ponerme a su servicio. Entremos en el despacho, necesito que me ayude.

―No irá a abrazarme… ¿verdad? ―cuestionó con cautela. Wilson no era muy partidario de las muestras de afecto.

―Ah, mi querido amigo, no sea absurdo, si quisiera un abrazo de usted, lo habría tomado sin pedir permiso.

―Sí… supongo que eso hacen los duques tiránicos.

―¿De qué me serviría el título si no?

Entraron y el duque se movió hasta la ventana. Mason aguardó paciente cerca de la mesa del escritorio. York se giró y examinó al detalle la disposición de su lugar de trabajo. Mason lo observó cabecear un par de veces y luego procedió a hablar, como si hubiese tomado una decisión importante.

―Señor Wilson, quiero todas las armas que haya en casa expuestas en mi despacho.

―¿Disculpe?

―Espero la visita de alguien… será pronto y cuando llegue quiero que se sienta…

―¿Va a venir Napoleón? ―preguntó con la seriedad que caracterizaba a su tío.

―No sea absurdo, mi querido amigo. Si viniese El Corso, solo necesitaría una pistola con una bala.

―Presuntuoso ―dijo por lo bajo.

―Le he oído, señor Wilson.

―¿Puedo saber a qué se debe este… interés por los decorados bélicos, excelencia?

―Ranfield no creo que tarde en llegar.

Hubo un momento de silencio.

―¿Es grave?

―Es hora de que alguien lo ponga en su sitio. Liam lo ha intentado, pero no ha dado sus frutos.

―¿A eso se debe el ojo morado de lord Liam, excelencia?

―No se le escapa ni un detalle. Y tiene mérito puesto que el rostro de mi hermano se ha curado muy bien.

―Me puso usted al servicio de su heredero, mi deber es estar pendiente de él.

―Entonces, ¿dispondrá de todo lo que le he pedido?

―Por supuesto. ―Wilson sabía que Ranfield no tardaría en aparecer y que el duque lo llamaría al orden por… por lo que fuese que hubiese hecho con su esposa. A Wilson no le pasó desapercibido el detalle de que Regina no brillaba como cuando la conoció la primera vez.

―Cuando termine con la… decoración, si no la considera exagerada y altamente intimidatoria, compre más pistolas, espadas o incluso un cañón si es necesario. ¡Fíjese! Un cañón en un despacho. ¡Cómprelo! Seguro que ningún duque tiene algo como eso junto a su escritorio.

―Excelencia, fíese de mi criterio. No será necesario ningún arma de esa magnitud ―lo frenó.

―¿No? Yo creo que sí. No me quite las esperanzas. Quiero exhibir algo… algo que no deje lugar a dudas sobre mi punto de vista. Quisiera no tener ni que abrir la boca cuando Ranfield se presentase ante mí. Ya sabe… es tedioso explicarle a un marido que acabará muriendo si no se porta mejor.

―Hay una ballesta de su tatarabuelo en algún lugar de la casa.

―Ah, siempre satisfaciendo las excentricidades de su patrón. Me conformaré con su sugerencia… por ahora. Deje a Liam y regrese a mi servicio, mi querido amigo. No creo poder seguir viviendo lejos de su…

―Ahora usted está siendo…

―¡No lo diga! Absurdo, lo sé ―lo interrumpió―. Me doy perfectamente cuenta de ello. ¿Dónde colocará la ballesta, las pistolas, las espadas…? ¿Cuchillos también?

―Deje que yo me ocupe de todo, excelencia. ―A York le pareció casi una súplica dicha petición, pues Malcom solía extralimitarse en todo cuanto emprendía.

―De acuerdo. Iré a… ser ungido.

―Vaya, excelencia… Yo prepararé la sala de torturas que desea que Ranfield se encuentre cuando llegue.