Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 7 #3
50%

Capítulo 7 #3

Apoyó su frente contra la de ella y trató de darle un beso. Regina se retrajo y su orgullo no quiso insistir. No suplicaría más. Él supo que era una despedida. Se enfureció.

―Y una vez más me despachas sin que yo pueda tener derecho a opinar sobre nuestro futuro.

Esta vez sí será tu culpa, porque te he desnudado mi corazón, a diferencia de la primera vez cuando te oculté lo que me hacías sentir.

Por ti he estado dispuesto a olvidar lo que se espera de mí.

Has tenido la ocasión de ver cómo un hombre, yo, te ponía por delante de todo lo que era honorable, razonable y sensato.

Te habría colmado de un amor que él jamás sabrá darte, del cariño, la devoción y la pasión que mereces.

Hubiera querido a tu hijo como si fuese mi propia sangre.

Vive con tu decisión, espero que tu lealtad hacia él sirva para darte paz cuando seas plenamente consciente del infierno en el que has elegido vivir. Me condenas y a ti misma.

Liam le colocó las manos a ambos lados del rostro y la sostuvo con firmeza, sin hacerle daño. Luego suspiró con fuerza, levantó la cabeza y le dio un largo beso en la frente.

Ella no se atrevió a moverse. Tampoco a hablar. Seguía llorando en silencio. Y seguiría haciéndolo buena parte de la noche, dado que en el momento en el que Liam la soltó para salir de la habitación, ella se tapó la boca para amortiguar el alarido de dolor que salió de su interior.

Tanto tiempo negándose a reconocer que el bufón de Liam Banstorn era mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir, para acabar cayendo de rodillas y estar a un suspiro de que la tomase en la maldita silla y olvidasen el futuro.

La muerte le parecía un castigo dulce que podría aplacar su roto corazón. Solo Kyle la había mantenido cuerda, mientras él le confesaba todo lo que nunca hubiese querido escuchar. Su amor por el bufón parecía estar a punto de desbordarla.

Se levantó y corrió hacia la puerta. Agarró el pomo dispuesta a ir tras él, a pedirle… ¿Qué? No tenían futuro, más allá de una noche llena de promesas de lo que jamás podría ser y que nunca olvidarían. Eso los sumiría en un averno peor que en el que estaban.

Apoyó la frente sobre la madera y pasó el cerrojo.

―Lo siento, mi amor. Te amo y por eso te dejo libre de mi yugo. En otro momento, con otras circunstancias, lucharía sin tregua por nosotros ―musitó a modo de despedida: el adiós definitivo.

Ranfield era demasiado peligroso como para no tomarlo en serio sobre lo que le haría a Liam.

***

El duque de York se dio la vuelta discretamente desde su posición. Se mantenía cerca del fuego. Era una chimenea muy grande y él estaba helado. La joven que no le había quitado la mirada de encima desde que había entrado al comedor seguía examinándolo.

Él decidió reparar en ella con el mismo descaro que lo hacía la muchacha.

Tenía el pelo oscuro y los ojos verdes, del color de una oliva.

Su piel se veía delicada, muy blanca, sin ninguna peca, señal de que usaba su sombrilla o un sombrero cuando salía a pasear.

Iba muy bien vestida, lo cual indicaba que provenía de una familia con altos recursos, pero la desconocida no parecía estar con nadie, ningún tutor, una doncella, una madre o un padre. Algo le resultaba extraño.

Era cierto que su vanidad no necesitaba mecha para prenderse, y el hecho de que una muchacha de poco más de veinte años, tal vez alguno más o alguno menos, lo estuviese mirando de esa forma…

Sonrió satisfecho al saber que seguía manteniendo su atractivo.

Y comenzó a maldecir a medida que veía a la joven acercarse a él.

Ah, otra mujer a la que tendría que partirle el corazón cuando la rechazase. Había habido unas cuantas que habían tratado de tentarlo desde que se casó con Isobel. No. Estaba perdidamente enamorado y las aventuras acabaron en cuanto descubrió el poder del amor.

―Estoy casado.

―Lo celebro ―le dijo la joven con seriedad.

―No me interesa lo que ofrezcas, muchacha ―le habló prescindiendo de la formalidad.

―No vendo nada ―respondió en tono mordaz.

―¿Qué quieres? ―le preguntó de mala gana.

―¿Es usted el duque de York?

―Depende.

―No creo que esa sea una respuesta coherente. O lo es, o no lo es ―resolvió ella.

―¿No eres demasiado joven para tener una lengua tan ágil?

―¿Y usted no es demasiado mayor para considerar que una muchacha como yo deseaba algo ilícito? ―respondió rauda.

―Sí, bueno… No soy un anciano. ―Se tragó la ofensa que ella le acababa de hacer.

¡Jamás lo habían llamado decrépito! Sí, la joven dejó entrever esa palabra entre líneas.

Él estaba seguro―. Me considero un hombre de lo más apuesto y jovial.

Cuando una mujer me mira, me admira y me examina, sé lo que desea de mí.

―No es tan sublime como se cree. Los he conocido mucho más tentadores ―le dijo con mucha seguridad.

Él no le agradaba en absoluto. Sí, de acuerdo. Era guapo, pero no lo suficiente para ella. Seguro que en su juventud habría hecho que las damas se desmayasen a su paso pero… Probablemente ya no lo conseguía.

―¿Te han dicho alguna vez que no es conveniente enfadar a un duque, muchacha?

―Así que sí es el duque de York.

―Te he dicho que eso dependía de varias cuestiones.

―Y le vuelvo a repetir que no es posible ser o no ser alguien dependiendo de la conveniencia. Está siendo ridículo.

York comenzó a reírse. La última frase de la joven molesta le había recordado mucho a Isobel.

―Soy el duque de York. ¿Qué puedo hacer por ti?

―¿Así de fácil? ¿Qué le ha hecho cambiar su actitud, excelencia?

―Confórmate con que siga hablando contigo. No eres una joven agradable.

―Podría decirle lo mismo, excelencia. De hecho… se lo diré. No es usted un hombre agradable. Mayor sí, pero agradable no ―lo punzó, sabiendo que él se había molestado cuando insinuó que era algo así como un anciano anticuado.

York inspiró tratando de buscar la poca paciencia que le quedaba.

―Ha sido un día largo, absurdo y desastroso. ¿Qué quieres? Dilo antes de que me dé media vuelta y no quiera saberlo ―le recomendó.

―Necesito ir con usted a su casa.

―¿Disculpa? ―Seguro que no la había oído bien.

―Mi hermano Bruce pasará las fiestas en su casa y debo reunirme con él.

―¿Quién eres? ¿Quién es tu hermano, y cómo sabes que estará en mi casa?

―Disculpe por mi falta de modales, debí haberme presentado hace rato.

―Tus modales son atroces, muchacha.

―Sí… los suyos tampoco han sido excelentes.

York volvió a reírse. Esto parecía una broma horrible para terminar un día nefasto.

―Bien. Haremos una cosa. Volveremos a empezar. Sí, seré magnánimo. Además de ser un duque apuesto, rico, inteligente e indulgente, seré paciente contigo y te daré otra oportunidad. Espero que no la desaproveches.

La observó hacerle una perfecta reverencia, sonreírle y batir sus pestañas varias veces.

―Excelencia, lamento importunarle, soy la señorita Liberty Pharma, hija del abogado Leopold Pharma y hermana de Bruce Pharma. ―Repetir tanto los apellidos resultaba ridículo. La formalidad era ridícula―. Sé que mi hermano está con lord Snow en su casa de campo y necesito llegar hasta él.

Ah, uno de los amigos de Theodore… Los hijos de Isobel siempre traían algún que otro dolor de cabeza.

La prueba más evidente era la joven que lo miraba como si le estuviese perdonando la vida.

¿Es que no se les enseñaba nada a las muchachas en estos nuevos tiempos?

¿Qué tal un poco de moderación y respeto por sus superiores? York resopló.

―¿Has robado algo?

―¡No! ―dijo ofendida.

―¿Has asesinado a alguien?

―Desde luego que no ―refutó más molesta todavía.

―¿Te han deshonrado?

―Es usted un duque poco caballeroso, excelencia. Tenía entendido que los nobles eran muy educados y correctos, en especial los de su categoría. Esa es una pregunta, o una insinuación humillante, que no se le debe hacer a ninguna joven respetable.

―Ah, pero tú estás, adivino, sola en una posada. Una joven respetable, como tú has dicho, no se metería en esa tesitura. ¿Qué delito has cometido? Sé que escondes algo.

―Le concederé que es usted inteligente, pero no resulta magnánimo.

―Confiesa, pequeña arpía ―la urgió a declarar frente a él.

Ella suspiró. Valoró sus opciones. Necesitaba llegar hasta su hermano y el hombre que la miraba acusador era su billete para lograr su cometido de modo seguro, eficiente y rápido.

―Me he escapado de la escuela para señoritas La dama paciente.

Él la miró con suspicacia.

―¿Seguro que no te han echado de allí?

―¡Está bien! ―exclamó exasperada―. Sí. Me han sugerido que estaría mejor en otro lado y no quiero enfrentarme a mi padre sin el escudo protector de mi hermano. ¿Está satisfecho?

―La verdad es que no. Has insinuado que soy un hombre mayor.

―Es usted mayor.

―Y sigues haciéndolo… ―observó con los dientes apretados.

―Tengo veinte años, usted podría ser mi padre, excelencia ―le dijo con severidad.

―Eres absurda y resultas tediosa, señorita Pharma. Solo tengo diez años más que tú. Por lo que la sociedad marca, podrías acabar casada con un hombre que me doblase la edad.

Ella agitó los hombros.

―¿Cree que no huiría de esa situación, excelencia? Acabo de confesarle que me han invitado a marcharme de un lugar muy caro…

―Lo que dices es un eufemismo para lo que intuyo que ha sucedido.

―¿Qué conjetura tiene?

―Le quemaste el pelo a una profesora.

―No soy tan horrible ―le dijo con cierta diversión.

―Te pescaron con algún libro inadecuado oculto bajo la cama.

―Todo el mundo debería leer a Mary Shelley. Sus ideas son innovadoras.

―Misterio resuelto ―señaló Malcom.

―No me expulsaron por eso.

―¿No? ―inquirió con el monóculo en alto para observarla con atención.

―No solo por eso. Lo que trataba de explicarle era que he llegado yo sola hasta aquí, soy una mujer capaz que se vale de sí misma para huir. En caso de que mi padre me… vendiese como una yegua de cría, yo no…

―Eres demasiado osada… descarada, para ser tan joven.

―Lo sé ―reconoció con una preciosa sonrisa.