Capítulo 7 #2
―Siempre has sabido que te he deseado y… amado, pese a no querer hacerlo. ―Liam decidió romper el silencio. Mantenía la mirada sobre las llamas, porque de otro modo no podría seguir esa conversación con ella.
―Sí.
―Hoy has podido sentir el alcance de lo que eres para mí.
―Me besaste una vez.
―No fue como en esta ocasión. ―Liam recordaba aquello. Fue durante una fiesta y lo hizo solo para disgustarla. El tiro le salió por la culata porque todo comenzó a torcerse a partir de ahí. Tal vez, incluso antes.
―No me hacía falta un beso como el de ahora para hacer ese descubrimiento que tú has confesado. Yo lo comprendí con el primero que compartimos aunque no quise creérmelo porque mi corazón estaba en otro lugar ―le dijo con humildad. Liam supo que no estaba alardeando de su poder sobre él.
―Si tu hijo no estuviese durmiendo, ajeno a esta conversación, te habría seducido cien veces como poco. Has respondido a mi caricia de un modo…
―Lo sé ―siguió ella, mientras se limpiaba las lágrimas de los ojos.
―Yo elegí proponerle un matrimonio de conveniencia a Evangeline porque no deseaba asumir lo que tú me provocabas. Me equivoqué ―reconoció―. Tú corriste hacia Ranfield porque estabas convencida de amarlo. ¿Te equivocaste? ―quiso saber.
Recordar el pasado era duro para él. También lo estaba siendo para Regina.
―¿Dónde quieres llegar? Nada bueno saldrá de esto. ―Ella se limpió las mejillas otra vez. Las lágrimas silenciosas corrían por esa parte de su rostro. No quería que él supiera que lloraba.
―No sé si me amas, pero sí he sentido que me deseas.
―Me has besado a traición, sin mi permiso. ―No quería haberse expuesto de ese modo.
―Eso he hecho, y tú has mostrado tus emociones. No has sido capaz de disfrazar lo que sientes por mí. Reconozco esa sensación primaria que irrumpe sin que puedas ser capaz de controlarla. Tú acabas de sentir eso conmigo, por mí ―se reafirmó con orgullo.
―Hace tiempo que un hombre no me toca como lo has hecho tú ―confesó sin darse cuenta de lo que hacía.
Cerró los ojos mortificada al saber lo que acababa de pronunciar.
Liam se dio la vuelta y se colocó frente a ella. Regina permanecía sentada, él de pie, mirándola con fijación.
―¿No compartes el lecho con tu esposo?
―Esto es…
―Responde, Regina ―le ordenó autoritario, al darse cuenta de que ella trataría de esquivar la cuestión.
La condesa abrió los ojos entonces. Lo miró desafiante.
―No me hagas hablarte de las intimidades de mi matrimonio, por favor. Conoces la respuesta a esa pregunta, no es necesario que me obligues a responder.
―¿Por qué no le permites disfrutar de tus atenciones?
―No es asunto tuyo.
―No pienso marcharme hasta que tenga todas las respuestas que he venido a reclamar. Cuanto antes avancemos, más pronto me perderás de vista.
Ella suspiró.
―No está en mi cama porque no lo merece. Estoy al corriente de sus hazañas en Londres. Es notorio porque desea que yo sepa que yace con cuantas mujeres le place. Es su forma de castigarme porque no le permito… No me importa lo que hace ―indicó con la cabeza en alto.
―¿Y yo, Regina?
―¿Qué, Banstorn? ¿Tú, qué? ―Usó el apellido en un vago intento de mantener las distancias. A él no le importó. Ese hecho le dio alas porque sabía que la dama estaba luchando para no sucumbir a él.
Lo veía en sus ojos empapados, en sus manos trémulas, en su respiración entrecortada. La afectaba muchísimo, aunque se resistiese a admitirlo a viva voz.
Liam colocó las manos en el respaldo de la silla y quedó atrapada, como si sus brazos fuesen una cárcel. El rostro de él estaba muy cerca del de ella. Sentían la respiración del uno sobre el otro.
―¿Sería digno de compartir el lugar en el que duermes? ¿De refugiarme entre tus muslos? ¿De probar tu sabor íntimo con mi lengua? ¿De hacerte gritar mientras sabes que el hombre al que cobijas está enamorado de ti?
Ella volvió a cerrar los ojos. Su corazón palpitaba con fuerza. Liam divisó el punto exacto en donde su pulso mostraba su excitación, su deseo, su nerviosismo. Le dieron ganas de llevar la lengua y lamer su cuello.
Regina despegó los párpados y él lamentó que volviese a llevar su máscara imperturbable. Por Dios que esa noche se la arrancaría, costase lo que costase.
―Lo serías si yo no estuviese casada con otro. ―No tenía caso seguir mintiendo sobre que no sentía nada por Liam.
―Tu lealtad hacia él está injustificada ―gruñó.
―Hice un juramento ante Dios.
―Él te ha traicionado. Yo mismo lo he visto, Regina. No le debes nada. ―Sintió que no la hería, dado que ella ya le había confesado lo que parecía ser un secreto a voces sobre Ranfield y sus conquistas.
―Es el padre de mi hijo.
―Te lo quitará si haces algo que lo disguste. ―Ella no respondió, dado que no era una pregunta, y él sabía que su suposición era verdad.
―Por favor… vete, Liam. ―Usó su nombre para ver si así conseguía enternecerlo y que se rindiese a su petición.
―¿Me amas, Regina? ―Ella se quedó callada―. Dime si me amas o calla para siempre. Porque saldré por esa puerta y te juro que esta vez no volveré a caer frente a ti. A mostrarme vulnerable y paciente ante una mujer que me pisoteó cuanto pudo y más.
―No hice nada como eso. Yo no te quería.
―En pasado… ―reaccionó raudo a las palabras de la dama.
―Estoy devastada, Liam. ¿No lo ves? Me dejé llevar por lo que creí que me convenía, por lo que deseaba: Ranfield ―susurró el nombre de su esposo―. Lo volvería a hacer una y otra vez.
―¿Por qué? ¿Por qué lo harías? Yo estoy aquí.
Ven conmigo. Viajemos. York no nos censura, lo has visto.
Tendremos su apoyo frente a quien sea que se nos oponga.
No preciso demasiado para vivir y aun así tengo una vasta fortuna.
Te prometo que sé lo que quiero y deseo, no te traicionaré como Ranfield.
Confía en mi palabra, en la promesa que te hago.
―No podemos hacer eso. Tú tienes obligaciones con el título de tu hermano. Yo tengo a Kyle. Ranfield nunca me dejará llevármelo.
―¿Vendrías conmigo si hubiera un modo?
Ella negó repetidamente.
―No lo hay, Liam. No lo hay. Es su hijo y no tengo nada que decir al respecto. Me has preguntado por qué haría las cosas como las hice en el pasado. La respuesta está tras de mí. Mi hijo. Lo elijo a él sobre todas las cosas. Con todo el dolor de mi corazón me privo de la felicidad que me ofreces.
―¿Me consideras tan canalla como para dejar a Kyle atrás, Regina?
―No lo comprendes. No lo entiendes, Liam. Me lo juró y sé que no mentía.
―¿Qué te dijo?
―Me encontrará allá donde vaya. No importa lo lejos que me esconda o cuánto corra, sé que lo hará. Debes confiar en mí. Solo sé que lo conseguirá. Además, no permitirá que su hijo esté lejos de él.
―¿Ranfield quiere al niño?
―Sí.
―No te creo.
―¿Por qué te mentiría? No tengo motivos para hacerlo después del modo en el que he respondido a tu beso y he admitido lo que me provocas.
―Me has apartado de tu lado, Regina. Me has negado el consuelo que necesito de ti cuando te he besado hace unos minutos ―le recordó―.
Tengo hambre, mujer. Un apetito tan voraz, que rujo por ti.
Llevo tanto tiempo soñando con tenerte desnuda en mi cama, llena de mí mientras me dices que me amas, que no me importa el mañana.
Dame de comer hoy, Regina ―le pidió con esperanza.
Ella subió su mano y le acarició la mejilla.
―Ya no puedo más, Liam. Seguir callando es un esfuerzo peor que un trabajo en las minas y no tengo derecho a hablar.
―Dilo ―la urgió.
―Por favor… no…
―Ahora, Regina. Dilo ―volvió a pedir.
―Me debato entre dos hombres, uno que no está a la altura y otro al que no tomé en consideración.
―¿Me quieres en tu cama?
―Liam… ―No quería seguir con el tema. Ella desvió su rostro y dejó de acariciarle la mejilla.
―¡Mírame! ―exclamó sin llegar a gritar. Ella le hizo caso―. He abierto mi corazón y quiero de regreso lo que acabo de ofrecerte. Sé sincera contigo misma, conmigo. ¡Selo de una vez!
La observó tragar saliva.
―Nada me gustaría más que dejarme llevar por tus palabras y por lo que me inspiras. No solo tú has estado luchando por ocultar lo que yo despertaba en ti. No me veo con fuerzas de seguir negando lo que despiertas… en mí.
Al fin. Por fin. Dulces palabras por las que había luchado desde hacía años. Estaba cansado de tener que soportar la soledad, la pena por no tenerla. Era suyo en cuerpo y alma y lo sería hasta el fin de los días, lo acababa de descubrir en ese momento y nunca fue tan feliz.
―Reginaaa ―su nombre salió de modo agónico, como si fuese a perder la vida si no lo atendía―, te necesito ahora ―le rogó. No le importaba pedirle atención, suplicarle sus caricias.
―Estoy casada, no me obligues a hacer algo que deseo, no lo niego, pero que querré borrar una vez que suceda. Mi hijo necesita a su madre. No soy libre y mi corazón sufre por tu pena y la mía. Por favor, Liam…
―Solo necesito besarte. Un beso y te desharás bajo mi toque. Te colmaré de atenciones que un hombre enamorado le da a su mujer…
―No. Seremos amantes. Es lo único que nos quedaría.
Tú no mereces eso. Me odiarás por mi negativa de ahora.
Me maldecirás por no sucumbir a tus peticiones, que también son las mías en estos momentos, pero debo mantenerme fuerte.
Por mí y por mi hijo, pero sobre todo por ti.
Un día llegará, Liam. Encontrarás a una mujer buena, paciente, que te merecerá y te hará tremendamente feliz.
―Eres tú. Ninguna otra me dará paz. ¿No lo ves? Soy tuyo. Siempre lo seré. No importa lo que suceda. Apiádate de mí.
―Olvidas una vez más a York, el título…
―¡Al diablo con los problemas de los demás! Solo tú, Kyle y yo. Nada más me importa.
―No dejaré que el título se pierda. York no merece sufrir por mis errores. Si seguimos adelante nuestra vida será un infierno. Ranfield es peligroso.
―¡Ah, maldita seas! Te presentas como la mártir que aceptó a Ranfield por encima de mí. Quieres asumir esa culpa tú sola. No. Te prefiero guerrera, rebelde y con la mirada altiva.
―Liam…