Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 7
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Capítulo 7

Descubrimientos interesante s

En la posada La rosa de los vientos, York consiguió rentar las últimas dos habitaciones que quedaban disponibles. Regina y el pequeño compartirían una y él y su hermano la otra.

Los cuatro habían cenado en el comedor común. Regina ni lo miraba. Liam se sentía despreciado una vez más.

York estaba nervioso. El duque jamás se alteraba, pero la relación entre Liam y Regina era más tensa que las cuerdas de un arpa. Todo resultaba de lo más incómodo, especialmente el hecho de dormir lejos de su duquesa. ¡Tedioso!

Cuando terminaron de cenar, Regina se mostró ansiosa por huir. Se puso de pie, con el niño en brazos, dado que aunque Kyle caminaba ya, ella no deseaba perderlo de vista, se dispuso a despedirse para ir a su habitación. Liam se incorporó también.

―Te acompañaré ―le dijo, al ver la expresión del rostro de la dama al observarlo frente a ella.

―No es necesa…

―Insisto ―la cortó él.

Liam no le dio opción. Se colocó a su lado y le agarró el codo para llevarla hasta la estancia.

York los vio marcharse y al fin encontró un poco de paz. Nunca una cena había resultado tan desagradable. Pidió un vaso de whisky y se acercó a la chimenea, por lo que a él respectaba, Liam era lo suficientemente mayor como para meterse, o no, en líos.

Liam y Regina caminaban hacia la habitación uno al lado del otro.

―No hace ni dos horas que me has permitido sostenerte cuando te has derrumbado, y ahora me niegas a cada ocasión ―le señaló, en cuanto salieron del comedor.

―No me he derrumbado ―negó, sabiendo que mentía.

―Los años pasan y no cambias. ¿Le demuestras algo de terquedad a tu esposo, condesa? ―le preguntó con furia.

―No es asunto tuyo lo que suceda con Ranfield.

―Maldita sea, Regina. No sé lo que haré si sigues mostrándote fría y continúas ignorándome. ―Ella detectó un tono peligroso en su voz.

―Aunque no lo creas, actúo siempre pensando en tu bien. ―Su esposo odiaba a Liam con todas sus fuerzas y Regina no deseaba poner en peligro al hermano de York ni con su amistad, por eso tiempo atrás le pidió que se ignorasen, pero el destino parecía tener otros planes para la pareja.

―¿Qué demonios quiere decir eso?

―Soy una mujer casada.

―¡Como si no lo supiera! ―ironizó de mala gana.

―Ranfield no se caracteriza por ser calmado o tener una actitud cordial hacia los demás. ―No quería confesarle que solo trataba de protegerlo, pero se veía en la obligación de darle una pista.

―¿Te ha puesto la mano encima? ¿A ti o al niño? ―preguntó erguido y con los puños apretados.

―No. Jamás lo haría.

―Entonces, ¿qué me estás diciendo, Regina?

―¡No quiero que te haga daño, Banstorn! ―gritó más alto de lo que pretendió. No pudo contenerse, no deseaba que la viese como una villana.

Varios residentes de la posada, que transitaban a su alrededor, los miraron de inmediato. Liam abrió la puerta de la habitación de ella y los tres, los dos adultos y el niño, se metieron dentro.

―¿Te das cuenta de lo que te haría mi esposo si supiera que estás encerrado aquí conmigo y con su hijo?

―Nada que no haya tratado de hacerme ya.

―¿Qué quieres decir?

―Olvida lo que he dicho.

Ella lo miró con fijación y Liam desvió los ojos para evitar el escrutinio.

―¿Quién te ha puesto el ojo morado? ―Desde que lo había visto en el carruaje, la dama estuvo preocupada por ese hematoma. Tenía la sensación de que…

―Un esposo celoso.

―¿El mío? ―No pudo resistirse a decirlo.

―Otro diferente.

―No te creo.

―Olvidas que soy un libertino impenitente. Logro esquivar a los maridos de las mujeres que me reclaman para atenderlas, pero no siempre lo consigo. ―Liam sabía que Regina lo había pescado varias veces en encuentros tórridos y… Le gustaría tanto cambiar el pasado…

―Liam… ―No se creía nada. Un pálpito le decía que se había vuelto a pelear con Ranfield.

―Ah, mi nombre… No Banstorn ni otra cosa más ofensiva. ―Ella no usaba su nombre de pila, nunca.

Regina suspiró.

―Es tarde. Debo acostar a Kyle.

―Hazlo.

―¿Qué? ―preguntó, al ver que se movía por la habitación buscando algo.

Lo vio coger una silla y sentarse.

―Te esperaré aquí junto al fuego. Tenemos mucho de qué hablar.

―No.

―Sí.

―No, Banstorn ―se negó de nuevo.

―Ah, el apellido… Ya sé lo que debe de sentir York cuando Isobel usa su título como un aviso. En cierto modo es divertido, lo admito.

―No hagas las cosas más difíciles de lo que ya son, te lo ruego.

―¿Más complejas dices? ―preguntó con incredulidad.

―Sí.

―Eso es imposible, Regina.

―Por favor, vete.

―No. Duerme al niño y hablemos. Aguardaré aquí.

―Lo despertaremos.

―Hablaremos bajo. No habrá discusión por mi parte, así que no gritaré.

―Dudo que sea hablar en lo que piensas cuando invades la habitación de una dama ―señaló mordaz. Ella se sentía extrañamente inquieta. Y era una sensación nueva, diferente. Y todo porque Liam Banstorn, al que había considerado años atrás un bufón, estaba metido en su habitación privada.

―No quieres saber lo que desearía hacer contigo, Regina. Duerme al niño ―le aconsejó, luchando contra los impulsos que había sentido de besarla en cuanto la vio subir al carruaje.

―Esto es… es peligroso. Por favor… ―le suplicó con voz tenue.

―¿De qué tienes tanto miedo? ―preguntó sin creerse su reacción, en el momento en el que se dio cuenta del verdadero temor que percibía en su voz.

La esperanza saltó como si fuesen cien campanadas de una iglesia.

Ella lo había desafiado antaño de un modo…

sin piedad. La mujer que tenía enfrente le tenía miedo, y él distinguía ese tipo de temor que ella trataba de ocultar porque lo conocía muy bien. ¡Anticipación! ¿Sería posible que…?

―Acostaré al niño ―dijo resignada, no queriendo responder a lo que se sintió como una acusación.

―Cobarde ―siseó él, sabiendo que lo había escuchado.

Regina decidió no hacerle caso.

Observó a Liam levantarse a azuzar las llamas. La condesa suspiró.

Le quitó la ropa menos cómoda al niño y usó unos pañales que le había dado la posadera. Una suerte que una de las trabajadoras del lugar también fuese madre.

Se metió con él en la cama y comenzó a cantarle una nana para ayudarlo a conciliar el sueño. Kyle todavía no hablaba, era muy calmado, un niño muy fácil de querer y llevar.

Maravillado. Estaba maravillado. Liam colocó un nuevo tronco en la lumbre y regresó a su silla. Se quitó la chaqueta, se arremangó las mangas de la camisa y se sentó, con los ojos cerrados, disfrutando de la preciosa voz de una madre que le cantaba con el corazón a su hijo.

La había observado muy atentamente comportándose con su hijo. Liam estaba seguro de que adoraba y amaba a Kyle sobre todas las cosas. No estuvo contento cuando sintió celos del pequeño. Aunque también estaba orgulloso y enternecido porque era una madre sublime.

La canción hablaba de tiempos mejores, del amor incondicional a un niño admirable… La voz de Regina lo tenía subyugado. Debía ir con cuidado si no deseaba caer en los brazos de Morfeo como estaba seguro de que haría el pequeño en breve.

Cuando la habitación se quedó en silencio, Liam despegó los párpados y se giró para ver el lecho. Regina seguía vestida, pues la vislumbró tumbada sobre la cama, al lado del pequeño Kyle, quien estaba cubierto por las sábanas y la colcha.

Se levantó para ir a buscarla. Ella no iba a escapar de él simulando que estaba dormida. La conocía bien.

Llegó a su lado y bajó la cabeza. Al ver que ella seguía con el engaño decidió ser más… creativo, por así decirlo.

―Una vez no te traté como la princesa que sabía que eras. Hoy lo haré. ―Descendió hacia los labios femeninos y supo, tras decir las palabras, el momento exacto en el que ella adivinó sus intenciones, pues Regina había abierto los ojos y lo miró con pavor.

No importó. Al fin tuvo lo que tanto había soñado y no se había atrevido a reclamar. Un beso de una mujer a la que deseaba someter, a la que amaba y quería deslumbrar. Ansiaba que ella lo amase del mismo modo que él… Aunque sintiese dolor al pensar en que no podían estar juntos de manera natural.

La besó, primero tiernamente, luego con más firmeza. La estaba reclamando. Oh, sí. Regina se ajustaba a él a la perfección. La mano de él se movió para buscar su pecho. Lo palpó. Lo tenía lleno, hermoso, con los pezones picándole la palma de la mano.

Ella gimió y suspiró, rendida a su beso.

Sin embargo, el sueño terminó igual de rápido que como empezó.

Regina le sujetó la mano que deseaba seguir disfrutando del contacto de ese seno ardiente para frenarlo, le colocó la suya en su torso y ladeó el rostro para evitar sus besos.

Los labios de Liam impactaron sobre su mejilla.

Él maldijo por lo bajo al darse cuenta de lo que había estado a punto de hacer con la condesa.

El niño dormía allí, sus ojos lo estaban viendo.

No se había despertado. Desvió la mirada hacia la derecha y divisó otro mueble interesante.

La silla le llamó la atención. ¿Aguantaría el peso de los dos?

No molestarían a Kyle si eran silenciosos. ¡Dios, cómo la deseaba!

Se odió al momento por estar pensando en tomarla. Se maldijo por el poder que la condesa tenía sobre él.

Se separó de ella y Regina se colocó de pie. Él se acercó a la chimenea de nuevo y se quedó allí, incorporado.

―Siéntate ―le dijo más duro de lo que pretendió. Estaba al límite y necesitaba sosegarse.

―Por favor…

―¿Qué, Regina? ¿Por favor, no pares y dame lo que necesito?

―No. Por favor… vete ―le pidió, al tiempo que se sentaba, sabiendo que no se iría.

La condesa trató de controlar sus manos temblorosas.

Cuando Liam se giró para verla, se dio cuenta de que ella estaba tan nerviosa como él mismo.

Al fin estaba aceptando que no solo él era el que la deseaba.

No desaprovecharía la ocasión. No era ningún necio.

El destino lo había traído hasta ahí por algún motivo.