Capítulo 6 #3
Malcom colocó de modo cómodo a Kyle en su regazo y luego pasó a mirar por la ventana.
No iba a comentar nada al respecto sobre lo que sus ojos habían visto.
Tampoco censuraría a la muchacha, cuando segundos más tarde se dejó colocar sobre las rodillas de Liam, lugar en el que él la volvió a abrazar para sujetarla.
No tardó más que unos pocos instantes en quedarse plácidamente dormida. La respiración pausada de la dama así lo indicaba.
―¿Me reprochas mi actuación? ―preguntó Liam en voz baja, en cuanto supo que Regina no los escuchaba.
―No soy quién para hacerlo.
―Y pese a ello veo que me observas con recelo. ―El niño también se había quedado dormido en los brazos de York mientras charlaban.
―No quiero que sufras.
―Creo que es tarde para eso ―afirmó con una sonrisa triste, para después contemplar a la mujer que poseía su corazón.
―No negaré que la he visto muy necesitada de tu afecto.
―Sé que no debería estar en esta posición. Es una mujer casada que no es mía, pero aun así…
―Ella necesitaba ánimos. Yo mismo hubiera ido a abrazarla, si tú no te hubieses adelantado. La familia está para ofrecer apoyo.
―Sabes que lo que siento por ella no es fraternal, York ―le recordó.
―Cuando los hermanos Banstorn deseamos a una mujer, cuando entregamos nuestro amor, no hay nada fraternal en lo que la dama nos inspira, hermano. Sé exactamente que tu sangre está hirviendo por el mero hecho de que ella esté entre tus brazos.
―Si lo que te preocupa es que la posea aquí mismo, delante de ti y del niño, puedes estar seguro de que…
―No somos tan depravados… ―El duque agitó los hombros cuando su hermano levantó una ceja para corregirlo―.
No entre nosotros. Nunca hemos compartido a una mujer y hemos tenido cuidado de no asistir a las mismas orgías, y cuando ha sido inevitable nos hemos quedado alejados el uno del otro.
Hay cosas que no se deben sobrepasar. Ver a mi hermano pequeño fornicando no es algo que quiera mantener en mi retina.
―York… creo que no deberíamos hablar de orgías delante de un niño y una dama.
―Por un momento me has recordado a Portman con tu mojigatería, Liam. Ten cuidado o pensaré que estás perdiendo facultades. Además, nuestros compañeros de viaje duermen sin conocer el rumbo de la conversación.
―¿Te arrepientes de haber llevado una vida tan disoluta? ―se interesó Banstorn.
―Disfruté de cuantos placeres quise y llegado el momento, cuando Isobel hizo su aparición, después de estar seguro de que el amor no era más que una ilusión inventada para quienes no podían obtener toda la lujuria que yo saboreaba, pude apreciarla en todo cuanto ella valía.
No. No me avergüenza haberme divertido. Soy lo que soy por la vida que decidí vivir.
¿Por qué no habría un hombre apuesto y rico de tener una segunda oportunidad si la mujer está dispuesta a salvarlo?
Ella me ama pese a mi pasado y por eso confío en Isobel con mi propia vida.
―A mí sí me gustaría cambiar lo que he sido.
―¿Por qué? ―interrogó con muchísima curiosidad York.
―Porque ella ―dijo mirando a la condesa con nostalgia― solo ha visto al pícaro desalmado que le hice creer que era…
o tal vez sí lo sea en verdad y no haya más en mí que perversión y placer.
No lo sé. Regina me apartó en cuanto me conoció y la odié por ello.
Mi vanidad creyó que ella me rechazaba porque sabía que jamás me tendría y estaba loca por mí.
El matrimonio no era para mí, hasta que me encomendaste dar al ducado un heredero, y antes de ese anuncio tuyo, ella era una dama virginal, de la familia, estaba bajo tu protección… Puedes imaginarte el resto.
―Nuestra vanidad siempre será un punto débil, yo aprendí a usarla en mi propio provecho. Podrías practicar ―le recomendó―. Y en cuanto al resto… sí, me imagino que luchaste contra lo que ella te inspiraba, convenciéndote de que solo deseabas llevarla a tu cama y nada más.
―Desharía los pasos que di, hermano. ¿Puedes creerte que le dije que en un cuento de hadas ella sería el sapo verde y viscoso al que nadie querría besar?
―Supongo que fue una excelente táctica para que la dama te prestase toda su atención.
―En otra ocasión le aseguré que sería la bruja malvada del mismo cuento.
―Lo siento, no puedo seguir arreglando tus estropicios. Hiciste un papel nefasto con Regina. ―Se le habían acabado las excusas para defender la conducta de Liam con ella en el pasado.
―Si ella pudiese comprender que… ―No se atrevió a seguir con su conjetura.
―¿Que la amabas con todo tu corazón y que tú mismo no eras consciente de ello?
―Patético, lo sé. Si todo el mundo supiera esto… Me convertiría en el hazmerreír de la buena sociedad. ¿Dónde se ha visto que un disoluto sin corazón esté de rodillas por una mujer a la que jamás podrá tener? Eso sin contar que me desprecia, no me aprueba y me odia.
―Y, sin embargo, el lugar donde la dama ha encontrado paz ha sido en tus brazos. ¿No te dice nada eso? ―le preguntó con suavidad.
―Que no sueñe despierto ―respondió, sabiendo que no debería dejarse llevar por la ilusión de lo que jamás podría ser.
El silencio se hizo patente. La mirada de York bajó hasta Kyle, al ver que el niño exhalaba profundamente un pensamiento le vino a la mente.
―Los niños son criatura tan frágiles… Los adultos no deberían usarlos como arma arrojadiza.
―¿Qué ha pasado dentro para que no se haya cargado ni un solo baúl en tu carruaje, y ella haya salido en semejante estado de nerviosismo? ―preguntó Liam, para cambiar el rumbo de la conversación.
Ya había hecho demasiadas confesiones del todo vergonzosas. Suerte que su hermano se había convertido en un ser que creía en los duendes, los unicornios y los corazones alados, y toda esa sarta de cuestiones amorosas en las que caía un hombre arrollado por la devoción.
―Debo hablar con Regina y averiguar los pormenores.
―Tonterías ―dijo ante el intento de eludirlo―. Sé que ya te has formado una opinión exacta sobre lo que en esa casa sucede. Dímelo. Te he confesado cosas que negaré y trataré de olvidar mientras viva. Ten la cortesía de ser sincero.
―Es mejor que estés al margen ―sugirió―. Las peleas que mantienes con Ranfield deben cesar.
―No me obligues a blasfemar o a recitarte mis mejores palabras malsonantes, hermano. Sé algunas que te harían explotar la cabeza. Un duque refinado como tú podría…
―Ranfield la somete a través del niño.
―¿Disculpa?
―He tenido que lidiar frente a una niñera que te haría temblar.
―Estás exagerando, seguro. ―Liam trató de quitarle hierro al asunto.
―Me temo que no. Esa mujer parecía la madre del muchacho y Regina había quedado relegada a la servidumbre ante ella.
―¿Regina… mansa? Debes de estar bromeando.
―No. Cuando la seguridad de un bebé está en juego, imagino que una madre tolera lo que jamás pensó que consentiría. Lo acabo de ver.
―Ranfield no estaba, ¿verdad?
―Afortunadamente para él.
―¿Afortunadamente? ¿Por qué? ―se interesó Liam.
―Porque sé que anda metido en asuntos turbios, tiene fama de ser imprevisible y estoy al corriente de que se sospecha que está tras un par de atentados contra algunos nobles, y pese a ello, hubiera desenfundado las dos pistolas que Wilson colocó en mis pertenencias sin titubear.
Liam se quedó un momento asumiendo la información que acababa de ofrecerle su hermano. No sabía sobre qué preguntar primero.
―La cosa pinta muy mal.
―Tiene solución ―dijo como si fuese un arreglo fácil.
―¿Es así? ―Liam lo veía todo negro.
―Sí.
―¿Puedes ilustrarme?
―Ya te lo he dicho. Un duelo.
―¡No puedes matar a un conde así como así! ¿No crees que ya lo hubiese hecho yo?
―¿Estabas al corriente de la precaria situación de Regina y no me lo dijiste, Liam?
―No ―negó de inmediato―. Solo sabía que él la traicionaba con cuantas mujeres se le cruzaban por delante.
―Hermano… Míralo por el lado bueno.
―¿Hay un lado bueno? ―Él lo dudaba mucho.
―Una vez más, tu hermano mayor arreglará las cosas por ti.
―Eso ha sonado condescendiente, terriblemente condescendiente, he de añadir, puesto que no has tenido que enmendar ni uno solo de los errores que haya podido cometer a lo largo de mi vida.
―De acuerdo, entonces este arreglo valdrá por todas las veces que te dejé solo lidiando con tus propios asuntos.
―¿Qué tratas de decirme?
―Que haré de Regina una preciosa y joven viuda ―señaló, como si dijese que el día estaba soleado.
―Ella lo ama ―observó Liam, dándose cuenta de que poco arreglaría el hecho de deshacerse de Ranfield.
―Lo dudo mucho.
―Entonces no conoces a la condesa. Regina le será fiel hasta el fin de sus días. Tal vez no lo ame como al principio. Yo la conozco. Te aseguro que si matas al bastardo, ella no te dará las gracias, te culpará.
―Es posible. No es que me importe demasiado… ―confesó.
―No puedes retar a duelo a Ranfield.
―¿Ah, no? ―preguntó burlón. Un duque podía hacer lo que le viniese en gana. York estaba acostumbrado a ello.
―Si esa posibilidad estuviese en la mesa, la habría ejecutado yo mismo tiempo atrás. Tú no acabarás con Ranfield.
―La última vez que te vi disparar, eras bueno. El urogallo dio excelente cuenta de tu habilidad en la última caza en la que participamos, pero no eres el mejor de los tiradores, Liam.
―No vamos a matar a Ranfield.
―¿Y qué propones? ―se interesó Malcom.
―No lo sé. Maldita sea, no lo sé ―repitió con enfado―, pero la muerte no está sobre la mesa.
―Ya veremos… ―dijo el duque, no estando muy seguro del modo en el que procedería cuando el esposo enfurecido se presentase en su puerta reclamando a su esposa y a su hijo.
El carruaje se paró. York miró por la ventana y se dio cuenta de que no habían llegado a York Park. Ni tan siquiera estaban cerca.
Su cochero se acercó hasta él y el duque bajó la ventanilla del carruaje.
―¿Qué sucede?
―Es un árbol enorme, excelencia. ―Malcom supo que el camino estaba dificultado por un árbol caído.
―¿Entre los cuatro podremos quitarlo? ―Incluyó en la pregunta a Liam y al lacayo que iba en el pescante.
―No, excelencia. Necesitaremos muchas manos más.
―¡Infierno! ―Sabía lo que ese contratiempo implicaba… Un retraso inmenso.
La noche pronto caería sobre ellos.
―Hay una posada cerca, puedo tratar de dar la vuelta y…
―Sí ―le dijo el duque―. Iremos allí a por ayuda y nos resguardaremos en ese lugar.
Cuando se giró para observar a Liam, se dio cuenta de que Regina estaba sentada al lado de su hermano, visiblemente avergonzada.
Los ojos de York se desplazaron de inmediato hasta los de Liam.
Su hermano estaba situado a su lado ya, no frente a él como hacía unos instantes, y lo miró con resignación, consciente de que la dama que había sostenido en sus brazos se arrepentía de haber aceptado su consuelo.
El hermano del duque deseó zarandearla y gritarle un par de cosas. Se contuvo.
―Me parece una buena opción ―tomó la palabra Liam ante la sugerencia del cochero―. Pasaremos la noche allí y por la mañana reclutaremos a unos cuantos hombres a los que pagaremos generosamente por su ayuda. No podemos hacer más.
―No tenemos otra posibilidad ―señaló Malcom.