Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

―A buscar a tu hijo. Si creías que no hablaba en serio, tal vez en verdad no me conozcas.

La condesa de Ranfield comenzó a ir tras él.

―Detente, las cosas son más difíciles de lo que parece. No puedo ir.

El duque se dio de frente, nada más llegar al primer piso, con una mujer de aspecto huraño, ataviada con un vestido gris oscuro que llevaba a un precioso bebé cuyos ojos azules, de la misma intensidad que los de su madre, le dijeron que estaba ante el vizconde Wythe, el hijo de Regina.

―Usted debe de ser la niñera.

―Así es, milord.

―Excelencia ―la corrigió con respecto al uso de su título.

A York no le gustaba el modo en el que la empleada de la hija de Isobel se aferraba al pequeño.

―Disculpe, excelencia ―habló una vez más la niñera.

―Prepare sus cosas y las del niño. Partimos todos de inmediato.

Se giró para decirle a Regina que no tardase y la encontró apartada, cerca de la barandilla mirando la escena desde un segundo plano, distante.

―Condesa, será mejor que… ―comenzó a decir Malcom.

―Lo lamento, excelencia ―tomó la palabra la niñera―, pero tengo órdenes.

York dejó su instrucción sin terminar y volvió a observar a la mujer.

―Órdenes… ―repitió con suavidad. La mujer huraña asintió con energía―. ¿Puedo preguntar cuáles son?

―Lord Wythe no debe abandonar la seguridad de su casa mientras el conde no esté. ―La severidad de las palabras lo dejó perplejo. En especial porque Regina no intervenía y eso lo enervó.

York supo enseguida lo que ocurría. Ranfield usaba al niño para controlar a Regina. Sonrió de lado. Conocía bien a la hija más joven de Isobel. Ella era un torbellino ingobernable y su esposo había dado con la manera de tenerla atada en corto.

―¿Ve usted aquí a lord Ranfield, señora…? ―le dio pie a que se identificase.

―¡Pars! ―exclamó con la cabeza alta.

―¿Lo ve aquí presente?

―No, por eso le he dicho, excelencia, que el niño no puede salir de la seguridad de su hogar ―le repitió.

―Comprendo… ―York se giró hacia Regina, quien seguía examinando la situación con cautela ―. ¿ Lady Ranfield? ―Usó la formalidad porque ameritaba para la ocasión.

―¿Sí, excelencia? ―respondió ella con otra pregunta.

―¿El niño que lleva la señora Pars es su hijo?

―Sí, excelencia.

―Muy bien, tómelo en sus brazos.

―De acuerdo.

York observó a la mujer retraerse con el pequeño Kyle. Gruñó. Hacía una eternidad que el duque de York no gruñía. Le resultó reconfortante saber que con un pequeño gesto todavía podía dejar a las mujeres quietas, dado que la niñera se quedó parada al instante.

La condesa de Ranfield se acercó con cuidado a la señora Pars. No era la primera vez que tenían una desavenencia, y solía ser comedida, porque esa mujer contaba con el apoyo de su esposo y Regina no deseaba forcejear con ella por si el bebé sufría algún daño.

York observó a la hija de Isobel extender los brazos, por lo que el niño de inmediato buscó el contacto de la madre. La señora Pars mantenía sujeto al niño y no lo liberaba.

―Señora, no soy un hombre violento, especialmente cuando de mujeres se trata, me suele bastar una sonrisa para que mis deseos se vean cumplidos, pero como no permita que la madre cobije a su hijo, tal y como le ordeno, creo que conocerá la furia de un duque.

Le aseguro que no será agradable… para usted.

―Oh, sí, él tenía ganas de hacer algo muy poco caballeroso, y muy cuestionable, con esa mujer que se atrevía a desafiar a Regina.

A regañadientes, la niñera dejó ir al niño.

―Puede retirarse, señora Pars. Desde aquí, la condesa de Ranfield y yo nos haremos cargo de nuestros asuntos.

―El vizconde está a mi cuidado, excelencia. Tengo órdenes muy claras de su padre.

―Sí, la escuché la primera vez. Ahora ha recibido indicaciones del duque de York. No me gusta repetir dos veces las cosas, señora Pars. Dígale eso a su patrón cuando tenga la ocasión de hacerlo.

La vio fruncir los labios antes de darse la vuelta airada.

York, Regina y el niño se quedaron solos en el primer piso.

―Le mandará una carta a Ranfield de inmediato ―dijo la condesa.

―Sí, bueno, esa no es mi prioridad en este momento.

York se giró dispuesto a bajar por donde había subido. Al ver que ella no se movía de su lugar, ladeó la cabeza para buscar los ojos de la condesa.

―Mi esposo está en Francia y alguien debe velar por la casa. Tengo obligaciones ―explicó de nuevo.

―Si vuelves a mentirme una vez más, Regina. Te prometo que… ―Se quedó mudo. No sabía con qué podría amenazarla―. No sé lo que haré contigo, pero te aseguro que no será agradable. Ahora ven a casa conmigo.

―Mi esposo…

―Me ocuparé de él a su debido tiempo.

―La ley está de su parte. Soy suya, Kyle es suyo. ―Ella no tenía mayor derecho que una vieja silla que fuese propiedad de Ranfield.

―Lo comprendo. Vámonos, ahora, Regina. La señora Pars está ideando algún plan para retenerte aquí. No me obligues a maltratar a una mujer, porque si vuelve a olvidar su lugar ante ti o ante mí, no respondo de mis actos ―la avisó.

Ella asintió y dio medio paso, pero de inmediato se paró.

―¿Banstorn está en York Park?

Ah. York al fin se dio cuenta de cuál era la preocupación de la muchacha. Intuyó, además, que esa debía ser también la inquietud de lord Ranfield para mantenerla en casa, pues era muy común que Liam protegiese a Regina sin medir las consecuencias.

Se tomó un segundo para responder.

―No. ―No era mentira. Liam estaba en su carruaje.

Ella comenzó a caminar. Entendían que no había tiempo para coger las cosas para el viaje. York sospechaba que la señora Pars era un ogro y Regina tenía la certeza de que así era. Comprarían lo que necesitasen en el pueblo más cercano a York Park.

―No le tengo miedo a Ranfield ―aseveró cuando cruzaron el umbral de la casa.

―Lo sé. Temes por tu hijo ―observó York.

―Sobre lo que has visto ahí dentro…

―Hablaremos más adelante, Regina.

Ella no añadió más. No hacía falta. Supo que York no dejaría ir las cosas y que tendría que explicarle la situación muy pronto.

Regina había estado enamorada, desde muy temprana edad, de Lawrence Trent, conde de Ranfield.

Sabía que era un joven con problemas, pero confiaba en que su amor lo salvase.

Cuando años después se reencontraron y él estuvo a su alcance…

No se lo pensó. Lo amaba, lo deseaba… Las cosas no siempre salían bien.

Su matrimonio era complicado, especialmente para una mujer que no tenía ni una gota de docilidad en su sangre.

Con la llegada de Kyle, a lord Ranfield le resultó más fácil controlarla, y Dios sabía que ella había puesto todo lo que tenía para que las cosas funcionasen. Él tensaba tanto la cuerda que…

Cuando llegaron al lugar en el que los aguardaba el carruaje, el duque sostuvo en su regazo al niño, abrió la puerta, entró y lo dejó en brazos de Liam. Ella no supo qué estaba haciendo York, hasta que estuvo dentro del carruaje y se topó, cara a cara, con lord Liam Banstorn.

Se sintió como una colegiala acabada de salir del internado. Lo cual era imposible, dado que Regina recibió su educación en casa, especialmente, de la mano de Isobel.

Tomó asiento frente al hermano de Malcom sin saludarlo. Los dos hombres iban en el sentido de la marcha. El niño seguía con Liam.

―No mentí. Esto no es York Park ―sentenció el duque, cuando ella lo miró con reprobación.

―Ya… ―señaló Regina con resignación. Si Ranfield se enteraba de que había estado con Banstorn… Cruzaría ese puente cuando llegase el caso.

―¡Dios santo! Este niño es tuyo y solo tuyo. ¿A que sí, Kyle? Eres igualito que tu mamá… ―dijo Liam con entusiasmo, en cuanto comenzó a hacerle mimos para que riese.

Banstorn no estaba pendiente de las miradas o la conversación entre su hermano y Regina.

Lo tenían fascinado los rasgos del bebé.

Era una copia de Regina. Pelo negro, corto, ojos tan azules y vibrantes que era como estar observando a lady Ranfield.

Una sonrisa limpia, como las que ella le había dado cuando no se peleaban por tonterías años atrás.

Liam sentía el pasado tan lejano… Sabía que ella lo miraba atenta.

Creía que tendría miedo por si le hacía daño a su hijo.

No. Imposible. Hubiera sentido aprensión si el bebé se pareciera a su maldito padre, o tal vez no.

Lo cierto era que lo encontraba adorable y que sintió un vínculo demasiado firme con el pequeño.

Era el hijo de Regina. La criatura que había llevado en su interior durante largos meses. Solo por eso, Liam Banstorn supo que estaba perdido cuando su tonto hermano se lo dio para que lo sostuviera mientras él ayudaba a Regina a entrar en el vehículo.

El hermano de York lo tenía sentado en el regazo y estaba entretenido con el bebé. Regina no se lo reclamó porque observaba a su niño complacido al ser el centro del universo.

De inmediato, un gesto de York captó su atención. Veía la mano del duque tendida hacia ella portando un pañuelo de hilo blanco.

―¿Qué…? ―No había entendido el gesto hasta que se le escapó un sollozo―. Lo sientooooo ―se disculpó con otro lamento que no pudo controlar y acabó en sollozo.

Liam no se lo pensó dos veces. Le entregó a York el niño, pasó al asiento de enfrente y encerró a Regina en un abrazo cálido y seguro.

La joven se sorprendió por la rapidez del acto del hermano de Malcom, pero cuando él la abrazó con suavidad sin olvidar cierta firmeza, para indicarle que no estaba dispuesto a soltarla, ella se acomodó y cerró los ojos.

Regina se dio cuenta de que él le besaba el pelo, y luego la acarició en esa parte con una ternura inmaculada. Se sintió tan conmovida por el gesto que suspiró profundamente. No se atrevió a moverse. Se relajó y disfrutó del consuelo ofertado.