Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 6
49%

Capítulo 6

Tormenta familia r

El traqueteo del carruaje era casi hipnótico, relajante.

El duque de York no estaba de humor y el hombre que lo acompañaba, todavía menos.

Malcom había creído que llegaría a Londres y encontraría a su hermano rodeado de un harén de mujeres, con el licor fluyendo y la comida emanando sin cesar.

Una digna bacanal de los antiguos romanos, o incluso algo más pintoresco y depravado.

No. Fue todo lo contrario a lo que previó, y York casi quiso que Liam hubiera protagonizado una escena perversa, pues lo que se encontró resultaba perturbador y desolador.

Su heredero había estado sentado en un sillón, frente a la chimenea.

Solo. Con la única compañía de una copa en la mano.

Tan triste lo percibió que no le causó sorpresa el momento exacto en el que los ojos de Liam se iluminaron al ver que su hermano mayor había cumplido su promesa de llevarlo a casa por Navidad.

York Park era el hogar en el que habían crecido ambos y siempre sería un refugio para su hermano pequeño.

No había tenido que discutir con Liam casi ni un instante. Preparó un pequeño baúl y se montó en el carruaje sin objetar, solo se quejó lo justo para hacer su interpretación de hermano díscolo obligado a cumplir la voluntad de un duque…

―¿Vas a explicarme qué te ha pasado en el rostro? ―le preguntó Malcom, cansado del silencio que los cernía.

―No. ―Liam sabía que tenía los restos de un morado en el ojo derecho. La magulladura estaba ya mucho mejor que hacía un par de días.

―Tampoco es que haga mucha falta. Apuesto a que ha sido una mujer decepcionada por tus…

―Me cantan grandes poemas por mis proezas, hermano. Las damas no son el problema aquí. ―York se rio brevemente. Liam era muy parecido a él, quisiese o no admitirlo el otro.

―¿Un esposo celoso?

―Dejemos el tema en paz.

―Ah, he tocado un asunto sensible.

―¿Dónde vamos? Tu casa no es está en esta dirección. He observado que hemos salido por el sur de Londres y por ahí no se va a York Park. ¿Qué te propones?

―No eres el único que me ha desobedecido.

―Debe de ser muy doloroso para ti encontrar oposición. Sé que no estás acostumbrado.

―Debemos hacer una parada rápida y recoger a Regina.

―Infierno. Doble infierno sangriento ―masculló por lo bajo―.

Confío en que los condes de Ranfield dispongan de su propio carruaje para hacer el camino.

No es buena idea que nos reunamos todos, aunque sean fechas entrañables llenas de buenos propósitos, pero todavía sería peor si nos metes a los tres en el mismo vehículo.

―El esposo de Regina está de viaje. Francia.

Vio a Liam desviar la mirada del exterior, para abandonar la observación del paisaje y centrar toda su atención en su hermano.

―¿Francia, dices?

―Eso dijo Sullivan.

―Lo he visto en un club hace un par de días.

―Sé más específico.

―Uno todavía más infame que El placer del infierno.

―Dilo. ―York intuía que Liam no iba a darle buenas noticias.

―No sería apropiado.

―Cuéntamelo de inmediato.

Liam suspiró y se pasó las dos manos por el cabello, su molestia era evidente. Se lamentaba por no haber cerrado el pico cuando debió.

―Dos preciosas rubias lo acompañaron hasta una de las habitaciones que, sospecho, tiene allí como miembro del club.

―No entraré a preguntar qué hacías en un lugar como imagino que es ese del que hablas, pues eres un hombre soltero y yo he hecho cosas más reprochables que tú. Ahora tengo que idear la mejor manera de asesinar a un conde y salir indemne.

―Esa noche Ranfield no hizo nada con las dos muchachas con las que pretendía divertirse ―le desveló.

―¿Por qué estás tan seguro?

Liam se tocó el morado del rostro. York entendió lo que su hermano le acababa de explicar sin usar una sola palabra.

―¿Puedo confiar en que él esté más magullado que tú?

―No tuve ocasión de comprobar el alcance de los daños, pero cuando miré mis puños, estaban ensangrentados. La sangre no era mía.

―Isobel no debe enterarse de esto ―opinó York.

―Regina tampoco ―le recordó su hermano.

―Tu lealtad no deja de sorprenderme, Liam ―reconoció con orgullo.

―¿Qué puedo decir? Sentenciado a yacer y disfrutar de todas y cada una de las mujeres que encuentro apetecibles o se echan a mis brazos… Condenado a no poder tener lo que am… ―Se dio cuenta de que estaba hablando de más y decidió callar.

Ya era muy humillante estar enamorado de una mujer que no sentía ni simpatía por él, así que, haber estado a punto de reconocerlo a viva voz… No.

―¿Sería diferente si no fueses mi heredero? ―preguntó York.

La cuestión le causó sorpresa a Liam.

―No es algo de lo que pueda escapar. Creo recordar que ya debatimos este asunto cuando Regina todavía era soltera.

―Dímelo, hermano ―insistió―. Si no tuvieras el peso del ducado que yo he puesto sobre tus hombros, ¿tratarías de llevártela?

―No ―respondió sin pensarlo.

―¿No la seducirías y le harías ver que su esposo no la merece? ―York no había esperado esa negativa.

―Es algo imposible, así que no me lo planteo. La realidad es la que es y no hay más que añadir.

York se giró para mirar por la ventana. En esos instantes el que estaba interesado en el exterior del carruaje era él.

―A veces siento que me casé con la mujer que estaba destinada a mí, pero que al hacerlo marqué tu vida para siempre ―se sinceró su hermano.

―No le des más vueltas. Las cosas han venido así.

―Las cosas serían diferentes si hubiese podido tener un hijo. Tú tendrías la libertad que precisas. La hubieses tenido en aquel momento y habrías podido separar a Regina de Ranfield, pues sé que haber criado a su bastardo no te habría importado.

El pensamiento de Liam se fue a aquel día, cuando descubrió que la hermana de Eve estaba embarazada del maldito conde y que Ranfield no le había hecho ninguna proposición.

Habría querido al hijo de Regina como si fuese su sangre, porque era de ella.

Tantos años negándose a aceptar que la amaba y deseaba…

Todo se había perdido.

―No importa ―le dijo Liam. Pero York sabía que sí importaba.

―Yo lo sé, Liam. Sé que si pudiera tener a mi heredero tú la habrías secuestrado sin miramientos, incluso en contra de su voluntad. Le habrías hecho comprender que eres infinitas veces mejor que el hombre que eligió por esposo.

―Tú lo acabas de dejar claro, hermano. Ella lo eligió.

Padre siempre decía que debemos ser consecuentes con nuestras decisiones.

No, York. No puedo permitirme pensar en ella más.

Regina me lo pidió y estoy dispuesto a cumplir la promesa que le hice.

Alejado. Por ti, por Isobel, estaré en tu casa y seré todo sonrisas y amabilidad, pero no dejaré que lady Ranfield ―usó el título de la dama― siga metiéndose bajo mi piel, porque acabará corroyéndome.

Imagino que Wilson te ha puesto al corriente, pero de todas formas te lo diré yo.

Estoy buscando a la dama adecuada para desposarme y te juro que no tardaré demasiado en hacerlo.

―Lo siento, Liam. Lo siento por todo ―se vio en la obligación de decir. Sentía el sufrimiento impreso en la voz de su hermano y por primera vez, ser un duque, uno formidable, no le servía para aliviar la pena que sabía que inundaba a Liam.

―Sí, bueno… Al menos le di fuerte ―le dijo, con una sonrisa, al recordar lo que fue arremeter contra Ranfield en el club y privarlo de la diversión.

Regina no merecía eso y Liam no sabía cómo arreglar la situación. ¡Maldita fuese ella, maldito fuese Ranfield!

***

Cuando llegaron a casa de lord y lady Ranfield, Liam consideró oportuno quedarse en el carruaje, pues intuía que si ella lo veía se negaría a ir hacia donde York pretendía conducirla.

Entró en el edificio cuando un lacayo le abrió la puerta, y lo siguiente que supo era que alguien estaba corriendo hacia él para lanzarse a sus brazos.

―¡York! ―exclamó Regina, en cuanto la tuvo sujeta y pegada a su cuerpo.

―Ah, esta bienvenida me ahorrará mucho trabajo. Lo creas o no, he venido con las pistolas de duelo en el equipaje por si no aceptabas mis órdenes.

El duque esperó a que Regina lo liberase de su abrazo. Eso no parecía que acabase ocurriendo.

―He visto tu carruaje desde la ventana. ¿No traes a mi madre contigo? ―le preguntó, todavía aferrada a él.

―Isobel está en York Park atendiendo a Evangeline y a su familia. Tu hermano, a estas horas, estará ya de camino hacia la finca. Así que solo me quedaba venir a por tu hijo y a por ti.

―No puedo ir.

Llegados a ese punto, Malcom la tomó por los brazos y la separó de su torso para observarla. Las lágrimas ya surcaban sus mejillas.

―¿Por qué no habría una hija y hermana pasar las fiestas con su añorada familia? ―preguntó sin dejar de mirarla.

―Ranfield no está y tengo obligaciones aquí.

―No. Tu deber es ser una buena hija y acudir a la llamada de tu madre ―le dijo con severidad.

―No puedo ―musitó en voz muy baja.

―Ah, finalmente tendré que regresar a mi carruaje y desenfundar las pistolas.

―Oh, York. ―Le sonrió ante lo que supuso que sería una broma… Aunque no lo era para él.

―¿Dónde está el pequeño Kyle? ―se interesó.

―Con la niñera.

―Ve a decirle a tu empleada que prepare tus cosas, también las del niño. Dispón de lo que tú misma necesites y hazlo rápido. Nos vamos en cuanto estés lista.

―De verdad, no puedo ir.

―Regina, llevo todo el día viajando ―la avisó―.

Mi esposa te quiere a su lado en Navidad, me conoces bien.

Así que te lo preguntaré una sola vez antes de levantarte en brazos y meterte en el carruaje.

Tengo la suficiente fuerza para llevarte a un lado y cargar a tu hijo en el otro.

¿Vas a venir a York Park conmigo sin darme problemas?

―Eres un tirano. Soy una mujer casada y…

York la dejó a un lado y comenzó a subir las escaleras. No tenía la menor idea de hacia dónde iba porque no había estado en esa casa antes, pero lograría encontrar su objetivo más pronto que tarde. No en vano era un duque formidable.

―¿Adónde vas? ―quiso averiguar Regina.