Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 5
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Capítulo 5

Complacer a una duques a

Los días pasaron poco a poco. Las semanas se hacían lentas. York era un punto de apoyo fantástico. El señor Wilson no se quedaba atrás. Isobel estaba cada vez más fuerte, volvía a tener seguridad en sí misma.

El embarazo tenía que tomarlo como una señal de esperanza.

No sabía cómo o cuándo abordaría el asunto con su esposo, pero Isobel deseaba volver a intentarlo.

No se sentía lo suficientemente preparada para volver a usar el lecho para algo más que abrazos y besos inocentes.

No deseaba apresurar las cosas y Malcom parecía estar en sintonía con ella, pues tampoco sacaba el tema y no la instaba a ir más lejos de lo que compartían por la noche.

Esa mañana, Isobel se había levantado dispuesta a ayudar a la cocinera a hornear galletas de jengibre, dulces de limón y una gran variedad de delicias que pudiesen tentar a los invitados que pronto llegarían al campo.

La duquesa había terminado con los detalles decorativos. Las ramas de muérdago seco imperaban en buena parte de la casa. Olía a Navidad, y la ilusión por ver a toda la familia, junto con el resto de los preparativos, la mantenían ocupada.

La cocinera, la señora Hart, se había ausentado un momento y la duquesa estaba sentada en la mesa de la cocina, frente a un chocolate caliente.

―Si quieres unirte a nosotros, puedes hacerlo. El señor Wilson y yo agradeceremos algunos vítores y otras muestras de ánimo.

Los ojos de la duquesa se movieron por la estancia hasta dar con su esposo.

Junto a él se encontraba su tío, y ambos portaban un par de afiladas hachas.

York la cobijaba sobre su hombro, por lo que su aspecto, incluso vestido con la elegancia que le imponían una excelente camisa blanca y los pantalones oscuros, resultaba el de un bárbaro del norte extraviado en el tiempo.

El señor Wilson era comedido y la sostenía en la mano, mucho más discretamente que Malcom.

―¿Qué os proponéis? ―preguntó con curiosidad Isobel.

―¿No es evidente? ―respondió el duque con otra pregunta.

―Contigo nunca algo es evidente.

York le hizo una pequeña reverencia con la cabeza para indicarle que aceptaba el cumplido. Isobel se sonrió ante el hecho, porque a York no le agradaba ser semejante al resto.

―Busco impresionar a mi esposa. Aunque creo que hubiera resultado más elocuente si hubiese aparecido solo portando unos finos y estrechos pantalones. Ya sabes, con el torso al descubierto y el pelo al viento…

―Tú no tienes el pelo largo ―le refutó.

―No importa, en lo único que te habrías fijado sería en esto. ―Él movió las manos para señalar todo su espectacular cuerpo.

―Supongo que nunca lo sabremos, esposo, dado que no vienes a pecho descubierto.

―Ah, denoto tristeza en tus palabras. Todavía puedo quitarme la camisa.

Sé que estás imaginando cómo me vería con el aspecto que te he relatado y estás apenada.

No lo niegues ―le dijo, en cuanto la vio abrir la boca―.

Aunque sí que tienes razón, nunca lo sabremos con certeza…

El señor Wilson no me ha permitido pasearme por mi casa de ese modo.

Creo que hubiera ofendido su sensibilidad…

Es un poco mojigato ―musitó, en tono de confidencia, aunque Mason lo escuchó.

Se oyó al aludido ofrecer un largo bufido.

―Gracias por refrenar a mi esposo ―le señaló Isobel a Wilson. El tío de Malcom movió la cabeza en un gesto firme, dando su conformidad a las palabras de la duquesa.

―Traidora, me ofendes ―le siseó con humor.

―Esposo, es por el bien común. Debo darle las gracias a nuestro querido señor Wilson, dado que se hubiera armado un motín si el apuesto, hermoso, rico…

―Inteligente, no olvides esa parte, Isobel.

Ella rodó los ojos.

―… inteligente duque de York se hubiese paseado tan falto de ropa, las doncellas se habrían desmayado a tu paso, o peor, se habrían arrojado a tus pies pidiendo misericordia.

Wilson se tragó una carcajada. Hizo un poco de ruido con el gesto y se ganó una mirada severa de York.

―Sí… es un buen punto. Había olvidado que pese a solo querer tus atenciones, las otras féminas pueden sentirse…

―¿Qué vais a hacer con las hachas? ―regresó al asunto inicial, interrumpiéndolo.

―Talar nuestro propio árbol para poner unos hermosos troncos en la chimenea el día de Navidad. Tal vez también lo hagamos la noche de antes. ¿Cuántos talaremos, señor Wilson?

―Usted no lo sé. Yo ninguno. Solo lo acompañaré para evitar que muera antes de tiempo.

―No sea absurdo, mi querido amigo. Las Parcas me hablaron hace años, y sé que moriré plácidamente en mi lecho, con mi esposa sosteniendo mi mano, mientras también parte conmigo al otro mundo.

―Así que debo morir en el momento exacto en el que tú lo hagas ―sostuvo Isobel.

―Es lo justo ―razonó él con serenidad―. Los faraones del antiguo Egipto se llevaban a sus esposas a las criptas.

―Las encerraban en las pirámides con ellos para que muriesen allí.

―Tú estarás en la cama y pienso hacer que salgas de este mundo mientras te hago el amor, entre suspiros deliciosos. Será una muerte plácida para los dos, no te preocupes.

―Yooork ―lo regañó.

―Ah, el título… Tu sonrojo denota que me he excedido al expresar mis pensamientos. No te preocupes, el señor Wilson olvidará esa parte. ¿No es cierto? ―le preguntó al mencionado.

―Vivo para servir, excelencia ―le dijo con seriedad.

―Ah, leales sirvientes y una esposa que se pasará lo que resta del día ansiando llegar al dormitorio para desnudarme y ver qué aspecto tengo portando únicamente un hacha sobre mi hombro.

Te complaceré, duquesa, me llevaré el arma al dormitorio para satisfacer tus deseos.

Solo tú me verás, así el resto de las mujeres de la casa podrán seguir con su habitual existencia sin saber lo magnífico que es tu esposo sin ropa.

―Si la traes corres el riesgo de que devane tu vanidad ―le dijo sintiendo sus mejillas arder. Debería estar acostumbrada a las salidas de tono de Malcom. Al duque poco le importaba quién estuviese delante cuando hablaba, pero…

York agitó los hombros.

―Mientras solo sea mi vanidad y no mi preciosa viri…

―¿No tienes un árbol que talar, York? ―lo interrumpió su esposa mortificada.

―Sí ―tomó la palabra el señor Wilson―. Será mejor que nos vayamos, antes de que esto se ponga más incómodo.

―¿Más? ―inquirió Isobel.

―Lo conozco muy bien y es posible ―señaló Mason.

―Sí, no hay que subestimarlo.

―Estoy aquí de cuerpo presente ―les recordó el duque.

―Señor Wilson ―habló esta vez Isobel―, trate de que no acabe herido. Ni muerto, ni herido ―precisó.

―Ah… vayámonos ―suspiró York―, cuando los sirvientes se unen a las esposas para sublevarse, un hombre está perdido.

Isobel se rio mientras su marido y su tío abandonaban la cocina. Terminó su delicioso chocolate caliente, y cuando la cocinera regresó siguieron elaborando más dulces.

Por supuesto, York y Wilson regresaron con varios troncos seleccionados para que ardiesen especialmente con motivo de las fiestas navideñas, como era la costumbre de la época. El duque no sufrió ni un solo rasguño y Mason Wilson lo tuvo que ayudar con la tala.

***

La primera pareja que llegó a York Park, con el frío más indolente tras su estela, fue la de los señores Sullivan.

Evangeline arribó con su hijo Niall en brazos e Isobel descubrió que no tenía pesar ante la felicidad de la señora Sullivan.

Sostuvo al pequeño Niall bajo la atenta mirada de York y disfrutó del contacto del bebé.

El niño todavía no andaba, pues acababa de cumplir poco más de un año.

―¡Santo cielo! Es un muchacho precioso, tan grande como su padre ―exclamó Isobel, al tiempo que le lanzaba una mirada a Avery Sullivan.

A la duquesa le encantaba ver la pareja tan fantástica que hacía Evangeline con Avery.

Él no se había portado demasiado bien con su hija, pero sospechaba ―por alguna conversación que había escuchado y que no quería rememorar― que la joven lo había puesto en su sitio cuando decidió conquistarlo por segunda vez.

Una historia fascinante la de Eve ―como la llamaban todos en la familia― y la del dueño de El placer del infierno, un club para damas y caballeros de lo más infame.

―Y tiene un temperamento tan fiero como Avery, madre ―señaló Eve entre risas.

Los duques y los señores Sullivan se encontraban en la salita azul departiendo, frente a un par de tés. Por descontado, los caballeros no bebían nada. La bebida caliente con sabor a limón no era de su agrado.

―¿Cómo van los negocios? ―se interesó York.

―El señor Cook está al mando. Simplemente me limito a recoger mi parte y a tener calma y sosiego en el campo. La costa de Dover es fantástica. Por cierto, Portman os manda recuerdos ―dijo Avery Sullivan. Este matrimonio era vecino de los vizcondes Portman y se frecuentaban con asiduidad.

―Uhm. ¿Sigue amorosamente casado con su dama? ―preguntó el duque con cierta burla.

―Lo mismo que tú y yo ―respondió Avery, quien miró con una sonrisa tierna a Evangeline.

Su esposa se ruborizó. Le encantaba verla en ese estado, parecía tan virginal y…

Esa noche haría con su mujer lo que no había podido llevar a cabo en el carruaje, puesto que su pequeño y su niñera viajaban con ambos y él no tuvo oportunidad de cometer… perversidades.

―¿Cuándo te ha dicho tu hermana que llegará? ―se interesó Isobel―. Le mandamos la invitación, pero no hemos recibido respuesta.

La duquesa seguía haciendo arrumacos y caricias al pequeño Niall y este se reía con ella.

York sí vio a Evangeline desviar la mirada hacia la ventana.

―No he sabido nada. ―El duque supo que ella estaba mintiendo.

―Si no os importa ―tomó la palabra Sullivan―, os dejaremos disfrutar del niño y haceros confidencias mientras los hombres fumamos un cigarro puro y os damos intimidad. Por favor, esposa ―le solicitó mirando a Eve―, no me dejes en mal lugar en mi ausencia.

―No podría hacerlo. No tengo ninguna queja de ti. ―Le ofreció una sonrisa que él correspondió.