Capítulo 4 #3
―No olvidemos la vanidad. Eso también es un rasgo inequívoco de Malcom, de Liam y… de usted, señor Wilson.
―La mía es más grande, aunque debido a mi posición debo esconderla a buen recaudo ―bromeó con ella. Aunque Isobel creía que él no había contado ninguna mentira.
―Le debo mucho, señor Wilson.
―No ―la frenó―. No haga eso, excelencia.
―¿Mostrarle mi gratitud? ―inquirió, sorprendida por el cambio tan brusco de Mason.
―No me debe nada. Yo se lo debo todo a usted.
―No he hecho gran cosa ―razonó con humildad.
―Todo. Lo ha hecho todo. Llegó cuando creí que no habría esperanza para mi querido muchacho ―dijo en alusión a Malcom―. No pensé que viviría lo bastante como para verlo asentado, tan feliz y fascinantemente enamorado de una buena mujer.
Ella apreció el sincero cumplido, sin embargo no pudo dejar de sentirse culpable.
―Pero tengo una tara muy inconveniente para un noble de alto rango. Hubo ocasiones en que no sabía si nuestro amor resistiría la dura prueba que el destino nos puso ―le confesó.
―No. Ninguna falta, excelencia. Nunca.
―Es muy amable, señor Wilson, aunque debe reconocer que no soy una esposa adecuada para un duque que necesita un heredero.
―Voy a decir una cosa de la que luego, en la soledad de mi habitación, me arrepentiré.
―Dígala ―lo retó. Isobel se preparó para lo peor.
―El ducado siempre ha de ser lo primero.
Se lo decía una y otra vez a York. Su deber era tener un heredero y no dilapidar la fortuna.
Dios sabe todas las veces que le he repetido a lo largo de su vida ese deber.
Así que: ¡al diablo con el título! ―exclamó, mitad comedido, mitad entusiasta―.
Eso es lo que opino de la situación que ahora nos ocupa.
York tiene lo que merece, más de lo que merece ―se vio en la obligación de puntualizar―.
Y Liam necesitaba un reto para tomar la vida en sus manos y convertirse en alguien mejor.
Usted estaba destinada a convertirse en la duquesa de York.
Ella suspiró con satisfacción por las dulces y amables palabras espetadas con tanta convicción.
―Bien. Le concederé que Dios no nos envía más de lo que podemos soportar. Dígame cómo está Liam con respecto a Regina. Sé que el hermano del duque tenía fijación con mi hija pese a que, seguramente, no se lo habrá confesado ni a sí mismo.
Wilson cabeceó. No tenía escapatoria. Isobel recordaba muy bien el día en el que Liam Banstorn le pidió matrimonio a Evangeline y usó por equivocación, o por instinto, el nombre de Regina para exigir que York le concediese permiso para celebrar sus nupcias.
El joven no logró ni a la hermana mayor ni a la menor.
Eso debió de ser muy… difícil de asumir, en especial para un hombre que era una copia igual de formidable que su esposo.
―Él sabe que la dama está casada y que poco se puede hacer.
―Resignación, sé bien lo que es tener que aprender a vivir con ello, mi querido Wilson. Por más que lo deseemos, no podemos tener lo que no nos ha sido concedido. Y lo peor de todo resulta que, pese a saber que no tenemos derecho a reclamar más, lo hacemos con todas nuestras fuerzas.
―Lo hacemos. Yo mismo me tuve que conformar con mis derechos, o mis nulos derechos creo que es más acertado decir, de nacimiento. Aprendemos a vivir con lo que tenemos. York y Liam son como…
―Sus hijos ―terminó ella por él. Isobel le sonrió de nuevo.
―No tengo derecho a decir eso de los dos hermanos, porque tuvieron un padre que era uno de los mejores hombres que conocí y una madre primorosa. Aun así es lo que siento.
―No se avergüence. Mi esposo lo siente igual a usted.
―Creo que me ve más como una niñera que se ha pasado la mayor parte de la vida regañando, cuestionando y criticándolo sin descanso.
―Lo estima como a un padre, señor Wilson.
Lo llamó a usted cuando supo que yo tenía problemas.
Malcom le ama como si fuese su mismísimo padre, y yo también lo hago.
Usted lo ha hecho bien con mi esposo, se preocupa por mí, por todos nosotros de hecho, así que yo también le considero alguien fundamental para esta familia, Mason.
―Usó su nombre de pila porque la ocasión así lo exigía.
―Entonces, excelencia, no puedo más que estar agradecido por considerarla como la hija que jamás tendré.
Isobel se paró, se colocó delante del señor Wilson y los dos se dieron un cálido abrazo.
―Ah, lo supe. Siempre lo sospeché. ―Se escuchó la voz de Malcom a la espalda de ambos―.
Tarde o temprano mi querido señor Wilson trataría de robarme a mi esposa.
Estoy perdido, lo sé. ―York se puso una mano sobre el corazón de modo teatral―.
Ninguna opción tengo contra un rival tan excepcional.
Así que… ¿espadas o pistolas, señor mío?
Su muerte me dará una victoria que no lograré por ningún otro medio.
Wilson e Isobel se separaron y lo buscaron con la mirada.
―Oh, Malcom… ―comenzó a decir la duquesa.
―Ridículo, lo sé ―apostilló, intuyendo lo que ella iba a decir.
―En esta ocasión, excelencia ―tomó la palabra Mason―, resulta ridículo y absurdo. Doblemente, de hecho.
―Ah, por su insolencia le haré una muesca en su inmaculado rostro antes de atravesarlo con mi espada, señor Wilson.
―Y de nuevo doblemente ridículo y absurdo, excelencia, pues los aquí presentes sabemos que mi encanto es superior al suyo y sería muy capaz de conquistar a tan magnífica mujer, si me lo propusiera, por supuesto.
―Isobel se rio―. Y desde luego, en caso de enfrentarnos a duelo, el duque de York no tendría la más mínima oportunidad contra un ducho espadachín y experto tirador como yo.
Seríamos su esposa y un servidor quienes acabaríamos llorando su muerte.
―Está muy seguro de su triunfo. Resulta usted tedioso y eso no me agrada.
―No perdería. Se lo aseguro. Así que dé gracias a que le permita seguir disfrutando de su duquesa y no quiera aceptar su duelo, excelencia ―le recomendó con la seriedad más regia.
York lo miró con intensidad.
―De acuerdo, no oso discutirle ninguna de las dos cosas que ha dicho.
No por cuestión de temor, sino porque estoy disfrutando de que por primera vez se enfrente a mí sin sutilidades y me ponga en mi lugar.
Me ha costado más de dos décadas que el imperturbable Mason Wilson olvidase las normas, así que estoy feliz por lo que he escuchado y por lo que he visto.
Las dos personas que componen buena parte de mi mundo están aquí, mostrando abiertamente su afecto…
¿Aceptaría, usted, un abrazo a tres bandas, mi querido amigo?
La respuesta de su tío fue levantar una ceja.
―Le dije que comenzaría a esconderme si trataba de nuevo de darme un abrazo. No lo intente, excelencia, o no verá mi viejo rostro durante otras dos décadas.
―¿Tanto piensa vivir, señor Wilson? ―preguntó asombrado.
―Hasta que deje de necesitarme, excelencia, así que Matusalén me tendrá envidia, pues siempre será un niño que precise de mi atención.
―Ah, un niño, nunca me agradará la comparación que siempre suele hacerme, la encuentro…
No me hace sentir joven y divertido, sino patán y llorica.
Me agrada además que sea un estudioso de la Biblia…
y que sepa cómo dar un par de golpes bajos con astucia.
Y pese a todo debería estar enfadado por hacer todas esas cosas frente a mi duquesa.
Mucha ofensa para un duque de mi talla, pero soy benévolo, así que lo perdonaré si nos abrazamos los tres.
Cuando terminó de hablar, observó que su esposa seguía divertida y sonriendo. Se giró a mirar a Wilson y lo vio serio, como siempre, aunque levantaba el labio superior izquierdo una pizca.
―Buenos días, duquesa ―le dijo, haciéndole una reverencia a Isobel―. Excelencia… ―miró a Malcom en esos momentos―, me iré antes de que me vea obligado a bajarle sus pantalones y darle la buena zurra que merecería un niño malcriado que molesta a sus mayores.
York comenzó a reírse por lo bajo. Estaba incrédulo con las respuestas de Wilson. Antes de casarse, su tío no hubiera permitido tantas familiaridades. Lo observó marcharse a grandes zancadas del lugar y luego giró el rostro para ver a su esposa, quien contenía la risa con dificultad.
―Ah, te hemos hecho reír. Imagino que en tu mente recreas el castigo que el buen Wilson amenazó con darme… Te mueres por admirar mis hermosas posaderas y consentiré que lo haga si con ello veo esa preciosa sonrisa día y noche.
―Eres taaaaan ridículo, Malcom.
―¿Tanto que me amas?
―Tanto que te amo. ―Isobel se echó a sus brazos. Los dos estuvieron así, juntos, en perfecta sintonía, sin separarse un buen rato.
Isobel comenzó a llorar y él la separó para observarla. Le limpió las lágrimas con los pulgares.
―Me matas cada vez que te veo derramar tristeza, Isobel.
―No quiero que estés lejos de mí, Malcom.
―No lo estaré mientras no lo desees.
―Soy feliz.
―¿Lo eres?
―Estoy rota, tú bien lo sabes. Pero dentro de ese dolor que me envuelve, tengo el consuelo de la gente que me ama. No estoy sola.
―Jamás lo estarás.
―Trae a todos a casa, Malcom. Celebremos las Navidades y demos gracias por lo que tenemos, por lo que somos.
Quiero a Mason Wilson sentado en mi mesa.
A las chicas, a sus esposos e hijos, a Theodore, a tu hermano.
Es hora de que esta familia recuerde lo fuerte que es cuando estamos juntos. Empezando por mí misma.
―Ah, mi duquesa, no dejas de sorprenderme nunca. Había estado cosechando paciencia para una eternidad. En un par de días me demuestras lo fuerte que eres. ¿Qué otra esposa más adecuada y magnífica hubiera podido pedir este humilde duque?
Isobel alzó una ceja inquisitiva.
―No me serviría de nada quedarme llorando, sola y lamiendo mis heridas. No. Y en cuanto a ser… ¿humilde? ¿Tú eres eso, mi amor?
Él agitó los hombros en un gesto de indiferencia.
―En ocasiones lo soy, pocas, pero alguna hay. Digo que la habrá si la buscamos bien… ―se defendió del ataque.
―¿Ahora lo estás siendo?
―No, pues me siento pletórico y quiero gritarle al mundo lo orgulloso que estoy de ti.
―Puedes hacerlo cuando quieras.
―¡Amo a mi esposa! ―gritó. Ella comenzó a reírse―. La amo porque aunque no es vanidosa, sí es hermosa, inteligente, fuerte, serena, excepcional…
―Basta, York, o conseguirás que mi ego sea más grande que el tuyo.
―Oh, ahí el título una vez más. No seguiré, pero sí te puntualizaré que jamás podrás tener tanta vanidad como yo. He estado cultivándola desde que tengo uso de razón. Te llevo muchos años de ventaja. ―Le guiñó un ojo.
Isobel lo besó. No un beso casto. Uno que le vino a explicar, sin duda alguna, lo que ella sentía por él. Sin contención ni reserva. Se separaron y York la albergó una vez más en sus brazos.
―No quiero que nadie lo sepa.
Él supo que se refería a la pérdida del niño.
―Entonces será nuestro secreto. Tuyo, de Wilson y mío.
―Sabe que estoy al corriente de que es tu tío.
―Me lo he imaginado cuando os he visto abrazados. Mason Wilson no hubiera trasgredido esa norma sin un buen motivo. ¿Está muy enfadado conmigo?
―No lo creo.
―Pronto lo sabré. Ese hombre es todavía más incapaz de cerrar la boca que yo cuando algo me disgusta.
Ella apoyó la barbilla en el pecho de su esposo y lo miró desde esa posición.
―Vayamos a casa. Tengo frío. ¿Crees que nevará en Navidad? Deseo ver la nieve ―le dijo.
York la mantenía en su abrazo y la ayudaba a caminar hacia el edificio. La pareja iba uno al lado del otro, pero sin soltarse, por el camino de regreso.
―Tendrás nieve, Isobel. Te lo prometo.
―No prometas lo que no seas capaz de cumplir, esposo.
―Jamás ―se reiteró.
La escuchó suspirar y se dio cuenta de que su mujer había creído su palabra con respecto a ese hecho.