Capítulo 4 #2
―Isobel no se ha sentido bien últimamente. ―No era una mentira―. Mi duquesa deseaba reunir a toda la familia por Navidad y dado que el médico le ha prescrito tranquilidad, decidí robarte a Wilson momentáneamente para que la ayude. Supuse que me agradecerías el gesto.
―Reconoces que es molesto. ―No era una pregunta.
―Admito que es formidable cuando quiere salirse con la suya ―terció el duque.
―¿Es grave? ―inquirió Liam con suavidad.
―¿El qué? ―York estaba un poco disperso esa mañana.
―Tu esposa. Has dicho que no estaba demasiado bien.
―Isobel es fuerte. Nada ni nadie puede detenerla.
Liam lo observó con fijación. York le mantuvo la mirada impasible.
―¿No me ocultas nada? Te veo… Te siento… No sé cómo explicarlo, eres tú, pero… no pareces tú.
―Eres absurdo, Liam, y estás resultando ahora mismo tedioso. ¿Crees que otra persona sería capaz de suplantar mi figura, mi aspecto radiante, mis elegantes maneras, mi voz de barítono…?
―Ah, vuelves a ser tú ―lo interrumpió―. Supongo que me he equivocado. Dado que todo está bien, presentaré mis respetos a tu duquesa y volveré derecho a Londres. He dejado en mi cama a tres preciosas pelirrojas que seguro que me estarán esperando cuando llegue.
―Creí que tu… perdición eran las morenas.
―Demasiado imprevisibles. ―Liam sabía bien que su hermano se refería a Regina. El pelo de esa mujer era tan negro que a veces se veía azul, como sus preciosos ojos turquesa―. Además de frías y sin corazón.
―Ya… ―No se creía nada.
Liam se levantó.
―Me despido. Si necesitas algo, manda una nota.
―Isobel está descansando, no ha pasado buena noche ―le dijo cuando lo vio enfilar hacia la puerta―. Le diré que has venido y que le mandas tus mejores deseos de recuperación.
Liam se giró y miró con intensidad a su hermano.
―¿Está todo bien, York?
Había algo en el comportamiento de Malcom que le causaba desconfianza. Demasiado serio, con los ojos ojerosos… Se veía… triste, cansado. York jamás se veía así.
―Perfectamente.
―¿Os habéis peleado? ―indagó.
―No serviría de nada, ella siempre gana. He aprendido a no perder el tiempo.
―Es cierto. ―Su hermano Liam le sonrió―. Entonces regreso a la ciudad más tranquilo a disfrutar de la paz momentánea. Te lo suplico, retén a Wilson todo el tiempo que desees, incluso el resto de su vida. Mi paz depende de ello.
―Necesitas la guía de Wilson. Eres mi heredero.
Liam exhaló con profundidad.
―Bueno, lo he intentado. Trata de quedártelo al menos hasta después de las fiestas.
―Eso me recuerda que deberás estar aquí para Navidad. Toda la familia vendrá. Tú incluido. No creas que no me he dado cuenta de que te has escabullido cuando lo he mencionado antes.
―Ahí está de regreso el duque tirano que cree que su hermano es uno más de sus lacayos. ¿Entiendes que es muy irritante el hecho de que decretes como si fueses un antiguo tribunal español inquisitorio?
―Podrás hacerlo tú mismo cuando seas el duque, verás que resulta gratificante estar por encima del resto y que todos deben cumplir tu palabra.
Aunque no tengas todo mi atractivo te adorarán.
Yo te enseñaré a suplir el hecho de no ser yo por completo.
Aunque admito que eres una versión muy parecida a tu hermano mayor y eso deberá servir.
―El tedioso ahora mismo eres tú, hermano.
―Sí y como soy un duque estarás aquí con tu familia. Lo decreto. ―Malcom no se arriesgaría a que no se comprometiese a acudir.
Observó a su hermano negar con la cabeza varias veces.
―York, no vendré.
―Sí, lo harás.
―No. Sabes bien el motivo por el que no puedo cumplir tu mandato.
―Creo que no lo has entendido, Liam. Mi duquesa quiere aquí a toda la familia.
―A sus hijos ―objetó.
―No. Para Isobel tú no tienes distinción, eres como de su propia sangre, además eres mi hermano. Mi esposa quiere aquí a toda la familia y, por Dios, que cada uno de vosotros estará presente, aunque tenga que ir personalmente a buscaros y traeros de las orejas.
―No es buena idea, York ―trató de razonar―. Me honran tus palabras en cuanto a la relación que, tanto tú como tu esposa, tenéis hacia mí, pero los dos sabemos que Ranfield ―ese era el título del esposo de Regina― y yo no podemos estar juntos en la misma habitación sin que algo malo suceda.
―Encontraréis el modo.
―No pongas sobre mis hombros esa carga.
―¿La amas todavía?
―No ―respondió de inmediato.
―Entonces no veo mayor problema. Esta Navidad seremos todos un dechado de virtudes. Sonreiremos, nos abrazaremos, nos haremos regalos y disfrutaremos del calor de un hogar feliz, pese a que después de las fiestas nos matemos los unos a los otros.
―York…
―No contradigas a un duque, más si es tu hermano y nunca has ganado una batalla contra él.
―Maldito seas, York ―dijo con los dientes apretados―. Espero que ciertamente Isobel siempre te desarme y tengas que estar sobre tus rodillas veintitrés de las veinticuatro horas que tiene el día.
―Puedes irte ya. Esta discusión está terminada, Liam ―lo despachó―. Te espero para la víspera de Navidad.
―No voy a venir.
―Sí, sí…
―Lo digo en serio ―se reafirmó Liam.
―Vete, hermano, tengo trabajo pendiente. Si quiero dejarte un ducado próspero, debo atender mis obligaciones.
Liam no se molestó en refutar nada más. Sencillamente no se presentaría para las fiestas. Aunque se tuviera que ir a Rusia, su hermano no lo obligaría a verla, ni a ella ni al conducho de Ranfield.
***
No fue hasta la mañana siguiente, cuando Isobel se vio más animada y decidió salir a dar un paseo por los vastos jardines de la propiedad. York le había dado su espacio alejándose como le pidió. Se habían acostado juntos, abrazados, pero ella no deseaba hablar con nadie y él no la forzó a hacerlo.
Se encontraba bien, sin molestias, así que no tenía sentido quedarse en la cama compadeciéndose de sí misma.
Ella había aprendido a lidiar con las pérdidas de su vida, primero con su padre y hermano que fallecieron en la guerra, luego su madre, quien se quitó la vida.
También el conde de Snow, su anterior esposo, quien se fue a los pocos días después del matrimonio y la dejó sola para marcharse y fallecer lejos de casa.
Isobel era capaz de revestirse de mármol cuando la ocasión lo merecía. Escuchó unas pisadas y al volverse vio una figura masculina relativamente cerca, pero no lo suficiente como para importunarla. Así que la vigilaban desde la distancia. Se le calentó el corazón.
―¿Le envía él? ―preguntó en alto.
El señor Wilson avanzó con presteza hasta la posición de la duquesa.
―No, si el duque supiera que usted pasea, él mismo estaría a su espalda y no yo.
―Es verdad, Malcom es muy protector. Imagino que lo debió aprender de usted.
―Espero haber contribuido a fomentar algunas de las excelentes y múltiples cualidades que él mismo recuerda que posee en cada conversación, excelencia, y no solo su enorme vanidad. ―Mason le sonrió. Ella se rio con la explicación.
―Le ha dicho lo que ha pasado, ¿me equivoco?
Wilson suspiró.
―Sé lo que usted diga que debo saber, excelencia, ni más ni menos.
Y ella supo que sí estaba al corriente de lo sucedido. York había hablado con el servicio y no existían sirvientes más honrados y callados que los de York Park o los de su casa en Londres.
―No reprenderé a mi esposo por confiar en un amigo tan leal y fiel como usted. Me alegra muchísimo que recurra al infalible señor Wilson cuando su esposa no puede darle ánimo.
―Encomiables palabras, excelencia.
―Venga a dar un paseo conmigo, Wilson, su compañía me reconforta. Es como si estuviera en presencia de Malcom. ¿No le parece extraño? Son los dos tan parecidos… ―le dijo la dama, al tiempo que le agarraba el brazo para comenzar a caminar juntos.
Wilson la miró con fijación y ella se percató de que había hablado más de la cuenta, y que no fue por error. Quería sacar a la luz ese secreto en concreto.
―¿Cuándo se lo dijo? Y no me diga que no sabe de lo que estoy hablando, duquesa ―la avisó con tenacidad. Ella no se lo tomó a mal. Entendía que estaba metiéndose en un terreno pantanoso.
―No solo se parecen, señor Wilson, sino que emplean el mismo tono según en qué ocasión. No lo riña tampoco por hacerme partícipe de un hecho que yo misma habría acabado descubriendo, se lo suplico.
―Imagino que estamos a la par, aunque no lo hubiera deseado. ―No quería que nadie se enterase del vínculo que compartía con York.
―Lo imagino.
―Usted conoce un secreto mío y yo uno suyo.
―¿Cree que hago mal por no decir nada a nadie? ―interpeló con el ceño fruncido la duquesa.
―¿Quiere comentarlo con el resto de la familia?
―No. ―Ahí obtuvo su respuesta.
―Me lo he imaginado porque no quiere dar esperanzas y que finalmente no ocurra nada. Conozco bien a York y a lord Liam. Usted tiene una intuición fantástica. ―Se quedó un momento en silencio y luego añadió―: Lo supe en cuanto la vi, excelencia.
―¿Qué supo? ―preguntó, curiosa.
Los dos iban andando amigablemente, el día estaba frío y nublado, pero quedaban algunos rayos de sol todavía para aprovechar con un paseo.
―Que el duque de York la necesitaba. Como le decía, excelencia, usted intuye que si el hermano de su esposo descubre que hay posibilidades de huir del título, se aferrará a ello con fuerza y desandaremos los pasos dados hasta el momento.
―¿Ha mejorado? Liam, digo.
―Sí. Creo que lo hace para no escuchar mis quejas, pero se comporta más dignamente. Acude a las fiestas que le aconsejo ir para conocer a las damas que pueden ser una elección acertada.
―¿Sigue con sus… ―ella carraspeó― vicios?
―Sigue siendo un hombre soltero. Tiene derecho a hacerlo, aunque no lo apruebo ―puntualizó con rectitud.
―¿Qué hay de Regina? ―se interesó la duquesa.
―Nada, que yo sepa.
―Miente usted muy mal, como el duque. Arruga ligeramente su nariz. Tienen los ojos tan parecidos que me enfadé mucho conmigo misma por no haberme dado cuenta de que había ahí un parentesco.
―Los míos, si me lo permite, duquesa, son más bonitos. ―Wilson le sonrió y ella le devolvió el gesto.