Capítulo 4
Días oscuros, noches iluminada s
Isobel había estado despierta la noche anterior cuando su esposo se deslizó con sumo cuidado en el lecho.
Se había dejado abrazar y le produjo gran placer el beso que sintió en su pelo.
No osó moverse durante la vigilia, el brazo protector que tenía cruzado por su pecho, junto con la roca sólida que sentía a su espalda, le servían como un ancla en medio de la deriva.
Cuando las luces del alba comenzaron a asomar por la ventana, Isobel se dio la vuelta y se quedó cara a cara frente a su esposo.
Lo examinó. Cuando Malcom dormía era muy similar a un querubín inmaculado.
Si él mismo pudiera examinar su aspecto mientras descansaba, seguramente haría que le pintasen un cuadro para colocarlo en su despacho o algo así.
Había imaginado que el niño ―porque lo había idealizado como un varón― tendría la belleza de su apuesto padre y la entereza de ella. En su mente, los tres vivirían llenos de amor y dedicación durante largos años.
Los ojos de la duquesa comenzaron a lagrimar.
Lo había perdido. Su ilusión y esperanza habían muerto una vez más sin que pudiera haber hecho nada para impedirlo.
En su egoísmo no le había hablado de sus sospechas sobre su embarazo, y su esposo no pudo disfrutar de la breve dicha de la noticia.
York se había tenido que enfrentar a la decepción y la pérdida porque ella quiso esperar y darle una sorpresa. No debió haberlo hecho.
―Incluso durmiendo me idolatras. Ah, qué afortunado soy, pues sin abrir los ojos sé que te felicitas por el honor de ser la esposa de un hombre tan excepcional como yo ―dijo el duque, con los ojos todavía cerrados.
―Tienes que perdonarme, Malcom ―le pidió con media sonrisa triste por las palabras que le había dicho su marido.
Escuchó que él respiraba con fuerza.
―Isobel, quiero que medites bien tus palabras antes de continuar, porque los dos hemos vivido una experiencia del todo desagradable, tú más que yo, estoy seguro, y no quiero buscar culpables ni imponer castigos.
―Pero es lo que siento. Yo…
―No ―la frenó. Abrió los ojos en ese momento y le acarició la mejilla―. Lo sucedido no es culpa de nadie.
―No te lo dije.
―Confieso que me hubiese gustado saberlo, pues en tal caso no me habría separado de tu lado. Así que entiendo que no lo hicieses… ¡Ah!, hubiera sido un fastidio tenerme pegado a ti a cada paso, pendiente de tus comidas, de tus respiraciones, incluso de tus alivios comunes…
Ella se sonrió. Comprendía que deseaba entretenerla.
―No me hagas reír, amor mío. La pena que albergo parece querer estallar dentro de mí y no sé cómo seré capaz de sobreponerme a lo que nos ha pasado. Creí estar viviendo un milagro, y el sueño se tornó de pronto y sin aviso en una pesadilla infame.
York le besó la punta de la nariz y luego le dijo:
―Estaremos bien, Isobel. Juntos nos enfrentaremos al infierno más tormentoso y saldremos más fuertes.
Solo necesito que no te derrumbes. Si caes te sostendré, eso es seguro, pero prefiero que andes con paso firme a mi lado, de mi mano si es preciso, porque eres una mujer fuerte, capaz de plantarle cara incluso al duque más pomposo y engreído de la humanidad.
¿Qué no harás después de haber aceptado el reto de casarte con él?
Nada te queda más complicado a lo que enfrentarse… ¿no crees, mi amor?
―Doy gracias al cielo cada día por haberte encontrado aquel día en la zanja del camino, y que me persiguieras sin tregua ―le dijo con gran vanidad.
―Ah, ya veo que mi duquesa está aprendiendo a estar a la altura de su esposo en cuanto a engreimiento se refiere. ¡Qué regalo tan fascinante en las vísperas de Navidad para otorgarme! Siempre quise que mi duquesa me superase en vanidad.
Isobel volvió a reírse.
―Solo tú lograrías hacerme sentir ligera y disminuir el peso que me aplasta el pecho.
Te amo por darme luz en un momento de tinieblas, Malcom, pero necesito un poco de tiempo para sobreponerme.
Prométeme que si te pido soledad, me la concederás.
He perdido lo que creí que jamás se me concedería y necesito llorar, enfadarme, sentir culpa y esperar consuelo.
―Como siempre, duquesa mía, tendrás lo que precises de tu más leal caballero.
No me apartes demasiado, pues el que no desea perderse en la oscuridad soy yo.
Ah, soy egoísta hasta el final, lo sé. Y ridículo, lo piensas, lo veo en tu mirada, pero no miento.
No me importa comportarme como un niño de no más de cuatro años que patalea si el amor de su vida no está cerca.
Así que si me amas te pondrás bien pronto, solo para que tu duque de treinta años no sea sorprendido por el señor Wilson en medio de las escaleras rabiando y llorando sin consuelo por el simple hecho de que su mujer no le hace caso.
―Dime que no has hecho venir al señor Wilson, York.
―Ah, el título, buen presagio de que mejoras a pasos agigantados.
―No debiste reclamarlo ―siguió ella―. Liam lo precisa más que tú. Especialmente después de que yo… perdiese a nuestro hijo.
―¡Hora de levantarse! ―Él se puso de pie para que ella no siguiese por ese camino―.
Sí, me iré y pediré tu desayuno. Hoy te dejaré hacer lo que desees, sin imponerme.
Ya ves que me enfada que de nuevo te eches la culpa de lo que ha sucedido, y no te haré recriminación alguna.
No me olvides mientras te recompones. Llámame cuando me desees a tu lado y vendré corriendo para darte lo que precises.
¿Te place mi apaño, mi amor? ―le preguntó.
―Sí. Pero…
―Ah… un pero. Espero que no venga seguido de algo que disguste a tu apuesto, inteligente, rico y amoroso esposo.
Ella le sonrió y se acomodó en medio de la cama. Suspiró.
―No te vayas lejos. Tu amada esposa necesitará tus tiernos cuidados dentro de muy poco.
Él se sentó en la cama. Desnudo como estaba, porque no le gustaba dormir con ropa, le acarició el cabello con suavidad.
―Ayer pensé lo peor. Creí que te perdía, Isobel. No vuelvas a darme semejante susto, te lo suplico. Todo lo demás puede irse al infierno, tú no. Solo preciso de ti para poder seguir viviendo.
―Eso es muy…
―Egoísta, lo sé ―la interrumpió.
―No era esa la palabra en la que estaba pensando… ¡Responsabilidad! Sí, lo que dices es mucha responsabilidad para mí, Malcom.
―Solo mantente viva, feliz y contenta y todo irá bien ―le dijo, antes de levantarse y desaparecer por el vestidor.
―Claro… porque todo eso depende de mí ―musitó, antes de cerrar los ojos y quedarse dormida.
El dolor seguía ahí, pero por la mañana y en compañía de su duque todo se veía un poco menos gris.
***
Malcom W. Banstorn se encontraba en su despacho, atendiendo la correspondencia y poniendo el orden los libros mayores, cuando escuchó que un carruaje llegaba a la finca.
Se incorporó, dejó atrás la silla y se asomó a la ventana que daba a la parte frontal para ver quién se presentaba en su casa sin ser debidamente invitado.
Esperó en el lugar hasta que el conductor del carruaje paró, y entonces vio descender a otro que no era un duque, pero que sí estaba resultando ser muy vanidoso. Su hermano Liam acababa de llegar y solo Dios sabía el motivo de su visita.
Regresó a su mesa y tomó asiento sobre la silla de madera tras su escritorio. Unos pocos minutos después, Liam W. Banstorn entró por la puerta, sin ser anunciado, sin tan siquiera llamar.
―Oh, no creí al lacayo cuando me informó de que estabas en tu despacho ―señaló asombrado al verlo ahí.
―Buenos días a ti también, hermano, pasa, por favor… No tengas reparos en ser cortés aunque esta no sea tu casa ―ironizó.
―¿Por qué estás aquí…? ¿Trabajando? ¿Los duques hacen eso? Trabajar, digo. ―Se acercó y se sentó en la silla frente a la de York.
―El ducado necesita, aunque no lo creas, que se le atienda. Es más exigente que una amante. ¿Qué haces aquí?
―Venir a verte, ¿qué si no?
―Ah, al fin te has dado cuenta de cuánto valoras a tu hermano mayor, y has decidido privarte de la diversión y la perversión que te ofrece Londres para interesarte por mí… No, no lo creo.
―Eres un desagradecido, York ―le dijo molesto―. He venido esperando encontrarte moribundo en tu cama.
―Enfermo… ―conjeturó―. ¿Debo suponer, entonces, que al fin ―repitió la fórmula que había gastado anteriormente― te has dado cuenta de lo beneficioso y lucrativo que sería convertirte en el duque de York, y vienes para ver si parto al otro mundo?
Liam lo miró con una sonrisa torcida.
―Me dan ganas de darte un puñetazo por tu desconfianza y arrogancia, hermano.
―¿Te has quedado sin dinero?
―Te noto irritante hoy, más de lo normal. Debería marcharme al punto, pues he comprobado que gozas de una salud excelente y estás… muy desagradable con tu querido hermano.
―Eres el único que tengo.
―Por eso me adoras. ―Le sonrió y le mostró sus perfectos dientes blancos.
―¿Por qué iba a estar enfermo, Liam? ―se interesó.
―Porque has hecho que mi… niñera me abandone a mi suerte. Los dos sabemos que alejar al guardián de mi lado, solo implicaba que lo necesitabas muchísimo.
York soltó una gran carcajada.
―Así que consideras al señor Wilson tu niñera… Interesante.
―Antes que la mía, fue la tuya. No deberías sorprenderte, hermano.
―Por eso resulta interesante. Yo aprendí unas cuantas cosas de él, harías bien en estar atento al hombre que te custodia. Estoy seguro de que le sacarías mucho provecho a su compañía si le dedicases un poco de tu tiempo.
―No me aprueba y jamás lo hará. Haga lo que haga, tu querido señor Wilson no considerará que esté a tu misma altura. No pienso perder el tiempo e intentar impresionarlo. Mi vida de perdición es mucho más… agradable, por así decirlo. Ahora, dime qué ha pasado.
―¿A qué te refieres exactamente?
―Mason Wilson está aquí. No es que me importe mucho. La paz reina en mi apacible casa de soltero, pero sé que algo malo sucede si el gran duque de York lo ha convocado.
Liam lo miró suspicaz. Malcom suspiró.