Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 3 #4
48%

Capítulo 3 #4

―Cruce ese puente cuando sea momento. Vayamos paso a paso.

―Sí, porque Liam también será un invitado y Regina otra. Tendré que hablar con todos y explicarles que no toleraré ninguna trifulca en mi casa.

Mason entendió el problema. Él mismo había sido testigo de las miradas que el hermano del duque le daba a la joven antes de que ella se casase, a pesar de querer convencerse de que no la amaba.

Eso y que desde que residía con lord Liam lo había escuchado hablar cuando estaba ebrio, y todo eran lamentaciones por lo que había perdido.

Liam W. Banstorn tenía el corazón hecho pedazos y necesitaba sanarlo.

Las Navidades no se presentaban muy agradables, más después de la pérdida de la duquesa, pero había que buscar esperanza.

―Entonces, excelencia… ¿planea desvelar la dolencia que ha sufrido su esposa para mantenerlos a todos a raya?

―No, si puedo evitarlo. Será ella quien decida comentar la situación. De mí no saldrá una palabra. Es más, rezaré para que Liam no se entere.

―Comprendo. Pues su hermano mejora a paso de caracol, pero lo hace.

―Quiere casarse.

―Loable.

―No está listo.

―No creo que lo esté nunca ―dijo Mason―. Supongo que eso viene de familia ―trató de bromear con el duque.

―Lo hice. Me casé al fin.

―Sí, bueno… A los veintiocho años…

―A Liam le restan dos años para llegar a esa edad.

―Más vale que lo haga antes, porque de lo contrario, creo que acabaré colgándome de los establos de la casa de su hermano, excelencia.

York sonrió.

―No hay establos en casa de Liam, así que debo suponer que es más difícil de lo que yo fui.

―Oh, no. Eso es casi imposible de superar, aunque he visto que el lecho de su hermano es capaz de soportar el peso de seis ocupantes.

―¿Seis? ―inquirió con los ojos bien abiertos.

―No al mismo tiempo, pero ese número en una sola noche. Una hazaña que merece un elogio, debo reconocerlo, pero no digna de mérito. ―Terminó por censurarlo―. Usted al fin comprende que una única mujer, la adecuada, vale por mil.

―Es así ―le dio la razón en lo último―. Estará usted devastado, señor Wilson. No solo tuvo que tratar con el hermano mayor, sino que ahora se ve obligado a tener que soportar la depravación del hermano menor.

―Por supuesto, algo malo debí haber hecho en la otra vida.

York se carcajeó. Wilson resopló. Su tío no resoplaba jamás. Le agradaba el nuevo Wilson.

―Orientaré a mi hermano sobre la conveniencia de conocer a un par de damas de la alta sociedad que podrían ser de su agrado.

―¿Se refiere a mi criterio o al de lord Liam, excelencia?

―preguntó con una ceja alzada el señor Wilson al más puro estilo de los Banstorn.

York se dio cuenta de que él hubiera sido un duque impresionante también en caso de haber estado en el lado adecuado de la cama.

La falta de legitimidad lo privó de todo.

―Al suyo, por supuesto, señor Wilson. No olvido que fue usted quien me azuzó en dirección a Isobel y siempre se lo agradeceré.

―Si su duquesa tuviese una hermana le pediría las señas y yo mismo la traería de inmediato, excelencia.

―Sí, pero ambos sabemos que lo que Liam desea con fervor no es a la inexistente hermana de Isobel, sino a una de sus hijastras.

―Bueno… a veces lo imposible puede suceder.

York se acercó hasta el borde de la mesa y apoyó allí su pecho.

―¿Qué insinúa, señor Wilson?

―Que la fe nunca debe extinguirse, excelencia.

York respiró aliviado, casi creyó que…

―Por un momento pensé que planearía la muerte de cierto conde ―señaló en alusión al esposo de Regina.

―Está siendo desagradable, excelencia ―lo llamó al orden―. Jamás se me pasaría por la cabeza desear que se apagase la vida de un hombre ―le dijo ofendido.

―Ya… ¿ni aunque eso supusiera librarse de sus atribuciones como niñera de lord Liam?

―Por supuesto que no, por muy tentador que resultase ―le dijo con la mayor de las seriedades―. Es momento de que suba y haga su trabajo, excelencia.

―Lo sé. Tan formidable como me considero, tan seguro que estoy de mí mismo, de mi inteligencia, de mi aspecto, de mi riqueza…

Y me descubro ahora mismo como un niño asustado que no sabe cómo comportarse cuando la mujer a la que venera, sufre y llora a nuestro hijo nonato.

Dejaría que las verrugas cubriesen mi rostro, que los bandidos me desvalijasen y me dejasen en la ruina, o que mi título se extinguiese, con tal de hacer que mi amada Isobel se recompusiese y obtuviese al fin lo que desea.

El destino es cruel. Me otorga a la dama de mis sueños y luego me priva de poder darle un vástago.

¿Estoy recibiendo acaso un castigo por mis actos? ―le preguntó al señor Wilson.

―No, excelencia. Con esa mujer que duerme en su cama usted recibió un premio. Solo cuídelo y viva feliz con la recompensa.

―Ah, señor Wilson, esta noche será difícil de olvidar. Ni una sola vez me sacó los colores con reprimendas. Debería tener cuidado o querré abrazarlo a cada ocasión que lo tenga delante ―le dijo con una sonrisa.

―Supongo que a partir de ahora deberé mirar por las esquinas cada vez que transite por la casa. No se sorprenda si me ve escondido tras una puerta, bajo una mesa o subido sobre una de sus espectaculares lámparas de araña, tratando de evitarle.

―Me parte el corazón, mi querido amigo. Así que debo suponer que no me otorgará más abrazos. Me ofende el desinterés en su patrón.

Wilson le sonrió tímidamente. Al menos eso le pareció a York.

―Su esposa es la que debe cumplir esa misión, no yo, excelencia.

―Sí, eso sería lo correcto. Lo que necesito también ―confesó.

―Entonces vaya a buscar los cálidos brazos de su bella mujer y descansen los dos. Mañana será un nuevo día, y usted deberá demostrarle a su duquesa por qué es el formidable duque de York.

―Una excelente recomendación. Y una aseveración por la que podría darle un abrazo.

Mason levantó una ceja.

―¿Quiere que salga huyendo como si no fuese más que una dama asustada que ha visto a un ratón?

York se carcajeó. Los dos hombres se levantaron de sus respectivos asientos.

―Me reconforta tenerle aquí, mi querido Wilson.

―Todo irá bien ―le dijo, antes de que ambos saliesen por la puerta.

―Gracias por venir. Sé que la tormenta también lo debió sorprender.

―No le daré abrazos a un hombre de treinta años, pero sí me presentaré ante él cada vez que me necesite, excelencia.

York cabeceó afirmativamente, le palmeó la espalda un par de veces antes de subir por la escalera principal y reunirse con Isobel en el lecho.

Las próximas semanas serían duras, pero juntos lo superarían todo. Más cuando la familia llegase, e Isobel se diese cuenta de la suerte que tenía de estar rodeada de amor, lealtad y cariño sincero.