Capítulo 3 #3
―Verá, excelencia. Los progresos de la medicina son alentadores, cada día se descubre algo nuevo, pero…
¿sabe lo que jamás dejará de asombrarnos a mis colegas y a mí?
―preguntó retóricamente. El duque negó con la cabeza―.
El cuerpo humano. Su naturaleza es compleja y difícil de entender o prever.
La vida se abre paso de pronto sin que exista una explicación plausible. Y lo mismo sucede a la inversa.
―¿Puede volver a quedarse embarazada?
El médico suspiró y se tomó su tiempo para elegir bien sus palabras. Estaba al corriente de la situación de la duquesa, puesto que la había tratado a medida que los meses pasaban y no se apreciaba ningún niño en su vientre.
―Usted es un duque.
―Uno formidable ―le recordó―, como lo es mi duquesa.
―Lo sé ―le concedió el médico―. Entiendo lo que demanda oír de mis labios, no solo como hombre común que desea inmiscuirse en las bondades de la paternidad, sino como un noble del que se espera que deje en el mundo a su sucesor.
Aunque nada me haría más feliz que decirle que en poco tiempo tendrá a un batallón de herederos correteando por el jardín, me es, lamentablemente, imposible hacer tal vaticinio.
―Y sin embargo, Isobel acaba de perder a mi hijo ―le señaló con suavidad, obviando el dolor punzante que sentía en el pecho.
―Así ha sido. Por lo que me inclino a aconsejarle que no pierda la esperanza, pero tampoco se haga demasiadas ilusiones.
―No habla claro, doctor, y en estos instantes no tengo paciencia. ―Una amenaza encubierta que el médico decidió pasar por alto debido a que sabía que el duque no estaba en su mejor momento.
La prueba más palpable era la forma en la que lo había recibido en su despacho.
El señor Sea conocía a Malcom W. Banstorn desde que era un cachorro arrogante y jamás había descuidado su perfecto aspecto.
Verlo con una sencilla bata de dormir dejaba de manifiesto que a York le traían sin cuidado las normas o su propio código de apariencia impoluta a causa de lo sucedido.
―Lo comprendo. Verá, excelencia, su esposa ha sido capaz de llevar a cabo la concepción, aunque su cuerpo no ha logrado terminar el proceso, es decir, que el bebé naciese al final.
Considero que es muy posible que ella pueda volver a quedarse en estado de buena esperanza, pero…
¿cómo saber si de nuevo sufrirá una pérdida?
Eso solo Dios lo puede aventurar. No está en mis manos ser más concreto, y debe creerme cuando le digo que lo siento profundamente.
―Lo sé, señor Sea, disculpe mi anterior comentario… Ha sido un día extraño y todavía no ha acabado. ¿Qué debo hacer con mi esposa?
―Ser paciente con ella, sostener su mano y calmar sus temores. Ella se culpa por la pérdida y por el hecho de no hacerle a usted feliz.
―¿Perdón? ―York estaba fuera de sí ante lo que le había espetado el médico. Él moriría por su esposa. Jamás la haría responsable de nada.
―Entre sollozos, cuando estaba inconsciente y yo la trataba, solo repetía lo decepcionado que su duque estaría con ella.
―Oh, Isobel, si no necesitases de mis tiernos cuidados, podría colorear tu trasero hasta que aprendieses la lección ―señaló en alto con enfado.
El médico se llevó los dedos al cuello para aflojar su corbata ante las perspicaces palabras de Malcom.
―Solo debe estar a su lado y sosegar su congoja.
Eso a corto plazo. En cuanto a la reanudación de sus…
relaciones íntimas ―dijo con suavidad y midiendo bien sus palabras―, no sería conveniente hacerlo hasta dentro de un par de semanas como poco.
He visto esto muchas veces, excelencia. Su esposa lo buscará a usted cuando esté preparada y sepa que su cuerpo…
lo necesita, por decirlo de alguna manera.
―Lo entiendo, doctor. Lo que no me queda claro es si debo usar los métodos que hay a disposición de un hombre que no quiere engendrar o si no debo hacerlo.
―No es una pregunta fácil ―razonó el médico―.
Su duquesa no es una dama joven, pero no es tampoco una anciana.
Treinta años… No es demasiado mayor como para ser madre.
Yo mismo soy el décimo de mi familia, y mi madre tenía cuarenta y cinco años cuando me dio a luz.
Como le he dicho, la naturaleza es caprichosa, mi difunta madre ya era abuela de una docena de niños cuando llegué al mundo.
―¿Insinúa que debería intentar…?
―Es una decisión que solo les compete a usted y a su esposa, pero como médico le diré que he visto ganarse batallas con menos probabilidades de éxito. Es la primera desilusión que los dos padecen a este respecto. Tal vez si ambos se toman las cosas con tranquilidad…
―Tranquilidad ―repitió no estando seguro.
―Verá, no he conocido todavía a ninguna mujer que sepa tranquilizarse por sus propios medios. Son todas similares en cuanto a sus deberes. Son más exigentes consigo mismas que los demás con ellas. La duquesa tiene un fuerte carácter y…
―En efecto ―coincidió con el médico.
―Solo déjense llevar. Veamos a qué nos conduce esto. No aventuremos las cosas.
―Mi esposa no lo verá así.
―Lo sé. Me jacto de haberla llegado a conocer bien. Cuando la vi por primera vez supe que usted, excelencia, estaba en sus manos.
―Así es.
―Ahora ella deberá estar en las suyas.
―¿Y eso qué significa? ―preguntó Malcom, sin saber a qué atenerse.
―Debe conducirla por el sendero adecuado, lo quiera ella o no.
―No está siendo de ayuda, señor Sea ―lo regañó sin demasiada sutilidad con su tono de voz mordaz.
―Ah, el matrimonio es así. Dulce en muchas ocasiones, amargo en otras, e imprevisible la mayor parte del tiempo.
Le toca a usted encontrar la mejor manera de servirle a su duquesa y que ella se tranquilice y no se vuelva a ofuscar con el asunto de los niños.
Siga esas recomendaciones y todo irá bien ―le dijo con la intención de animarlo.
―¿Quiere también que descubra una cura para la apoplejía, mi querido doctor? Porque eso sería más fácil que lo que me indica.
―Suerte, excelencia. ―Hizo un aspaviento para restar importancia a las palabras de York―.
Avíseme si me requiere. Su esposa estará como nueva en un par de días.
Trate de animarla y no deje que esté en cama demasiado tiempo, sáquela a rastras si es necesario.
Si se envuelve en un capullo de autocompasión la cosa se complicará más.
―Así que no hay ningún brebaje milagroso o un tónico que la cure.
―No. Su esposo, un duque capaz, deberá hacer el trabajo en esta ocasión.
Confío en que sepa cómo llevarlo a cabo.
Aunque… por lo que he visto hace unos instantes en sus aposentos, cuando ha entrado exigiéndole a su mujer que abriese los ojos y confiase en usted, creo que lo hará de maravilla.
La ha sabido cuidar con suavidad y firmeza, estoy seguro de que no hay medicina mejor que la que será usted mismo para la dama. Tenga fe.
El médico se levantó, le tendió la mano a Malcom y se marchó de allí después de despedirse también del señor Wilson, quien acababa de cerrar la puerta y estaba junto al decantador de licor, sirviendo dos copas.
Se acercó hasta la mesa, le tendió un vaso y procedió a beber. El duque hizo lo mismo. Los dos dejaron sendas copas sin líquido.
―¿Qué opina, señor Wilson? ―le dijo, con la etiqueta primando en sus palabras.
―Que lo primero para todos nosotros debe ser la salud de la duquesa, excelencia.
Los dos se trataron de nuevo con formalidad y York lo respetaría.
Si su tío se hubiese mostrado cercano, Malcom lo hubiera agradecido, aunque sospechaba que Mason necesitaba también mantenerse firme para no derrumbarse, del mismo modo que lo estaba haciendo él mismo.
Mason tenía especial predilección por Isobel.
La adoraba y la defendía frente a quien fuese.
―Coincido en ello, pero la conoce, así que no será una tarea sencilla. No dejará que esto se olvide con facilidad. Se culpará y pondrá a prueba mi paciencia una vez más.
―Es obstinada ―reconoció Mason―. Querrá intentarlo todas las veces que haga falta.
―Sé que lo hará. ―Malcom la conocía bien―. No dejaré que se ponga en peligro.
―¿Y qué hará, excelencia? ¿Huir del lecho cada vez que ella lo tiente? ―No era una labor fácil la que York tenía por delante.
―¡Maldición! Mil veces maldición. Habíamos aceptado que no tendríamos hijos. Esto no me agrada. No quiero que ella sufra, no quiero tener este… ―Se pasó la mano por el pecho―. Me duele.
―A mí también ―confesó su tío, pues lo había entendido a la perfección.
―Ella estará imposible estos días y si la escucho una vez más echarse la culpa por la situación… Dios sabe que podría ahogarla con mis besos ―señaló, para después suspirar con fuerza.
―¿Va a compartir la situación con el resto de la familia?
York se quedó pensativo. Descansó la espalda sobre el respaldo mullido de terciopelo que figuraba en el centro de la silla y suspiró.
―Sé que lo dice por Liam. No quiero que nadie se haga ilusiones. Esto puede no llegar a nada y sé que mi hermano está deseando escapar del yugo que le coloqué sobre el cuello.
―¿Será un secreto entonces?
―Será lo que Isobel quiera que sea, como siempre ella decidirá y yo no tendré más remedio que asentir y sonreír. Solo haré valer mi ley cuando vea que ella no entra en razón.
―Creo que debemos poner su atención en otros asuntos. ¿Redecorar la casa?
―Ya lo hizo el año pasado.
―¿Preparar una grandiosa fiesta de Navidad?
―La familia.
―¿Qué? ―Mason no entendió lo que sugirió el duque.
―Mi esposa me pidió que trajese a casa a todo el mundo.
―Es una buena idea. Rodearse de la familia le puede hacer comprender que no precisa más de lo que tiene para seguir siendo feliz ―razonó Wilson.
―Eso había pensado. Sería beneficioso dejar que se recomponga y asimile lo sucedido, para después darle trabajo y que prepare la estancia de todos los que vendrán a York Park por Navidad.
―Entonces tenemos un plan.
―Sí, pero qué haré cuando ella quiera… ―No terminó su explicación.