Capítulo 3 #2
Isobel no hablaba, él tampoco. En esos instantes de dolor, lo más eficaz eran las acciones. El manto protector de su amor haría que Isobel comprendiese lo que tenía que hacer: ser fuerte y seguir a su lado para luchar por ellos mismos.
Malcom la atendió con ternura, lleno de amor.
Controló el dolor que nacía en su interior por la pérdida que sentía su mujer.
El matrimonio no estaba compuesto solo de momentos agradables.
Poco importaba que la Navidad estuviese a la vuelta de la esquina y que fuese la época más feliz del año.
Era tiempo de estar a la altura de las circunstancias, de ser enérgico por ella y solo por ella.
Isobel era lo único que importaba. Solo su duquesa, solo su esposa.
Cuando terminaron de bañarse, la vistió y la dejó tumbada y caliente en la cama. Se quedó a su lado, otorgándole sus caricias, hasta que la respiración uniforme de su dama lo avisó de que estaba dormida.
York abandonó a regañadientes su lecho, se colocó un batín de seda rojo sobre su desnudez y bajó para ir a hablar con quienes le pudiesen ofrecer más datos.
Llegó hasta el recibidor, cuando justo entraba por la puerta el señor Mason Wilson. Sintió ganas de echarse a sus brazos para que lo consolase. Por supuesto no haría eso. Wilson no se lo consentiría jamás. El correcto, sensato y práctico señor Wilson no vería esa muestra de afecto apropiada.
―Un desastre, excelencia. Le dejo solo para ir a domesticar a la bestia de su hermano ―dijo en alusión a Liam―, y lo encuentro vestido en paños menores. Confío en que su duquesa lo reprenda como merece.
Mason Wilson veía andar hacia él al duque con cara seria.
Parecía aligerar el paso demasiado y pensó que tal vez, al fin, se había extralimitado hasta el punto de que su superior no lo tolerase.
Comenzó a hilar una contundente disculpa.
No fue dicha. Los brazos de Malcom lo estaban envolviendo y lo sujetaban.
Sobrecogido por la acción, el señor Wilson hizo lo que dictaba el estado de ánimo de su patrón: le devolvió el abrazo y suspiró.
Sobra decir que el temor que sentía en el duque de York lo contagió de inmediato. El señor Wilson no se atrevió a hablar durante unos instantes.
―No está muerta ―le dijo York, adivinando los pensamientos de su empleado.
El vínculo de Mason y el de Malcom era un secreto que tan solo conocían ellos dos e Isobel.
El que había sido su guardián desde una temprana edad, y estuvo a su lado como mentor, ayuda de cámara, secretario, administrador…
incluso como niñera, tal y como a veces al señor Wilson le gustaba recordarle con la única finalidad de explicarle que él había sido un niño consentido en más de una ocasión a pesar de ser un adulto, era en verdad su tío, hijo ilegítimo del padre del anterior duque de York, el abuelo de Malcom.
―Lo he sabido porque tú todavía estabas aquí. ―Wilson abandonó la formalidad porque el momento lo requería. Eso, su tío, no lo hacía nunca.
York se sonrió y comenzó a separarse de Mason.
―¿Recuerdas el juramento que le hice a mi mujer? ―El duque decidió ser también informal.
―La encontrarás allá donde vaya, no importa si es en esta vida o en la otra. No lo aprobé, aunque lo respeto ―apostilló.
―Lo sé.
―¿Qué ha pasado para que me mandes llamar, te presentes ante mí con ese aspecto y me abraces como si…? ―Su voz se apagó, dado que Mason no sabía cómo continuar la frase.
York le palmeó la espalda.
―¿Para que te abrace como a un padre? ―terminó la pregunta por Mason. Su tío cabeceó afirmativamente.
―Tu hermano aprovechará mi ausencia para hacer alguna fiesta infernal en su casa.
Llevo tiempo tratando de hacer de él un heredero digno de ti.
Todo mi trabajo podría acabar por tierra si mi ausencia se prolonga.
Me arriesgaré a que eso suceda, porque sospecho que mi presencia es importante aquí.
Dime qué ha pasado, Malcom. ―Su tío rara vez usaba el nombre de pila del duque o prescindía de la formalidad más exigente en su trato.
Malcom se sintió satisfecho ante la cercanía mostrada, y sin embargo estaba muuuy incrédulo también.
Pese a que el esposo de Isobel no había pretendido usar los brazos de su tío como bálsamo, no pudo evitar hacerlo y no se arrepentía.
Mason Wilson era su familia, aunque su testarudo familiar se empeñase en ocultarlo al mundo entero.
―Mi duquesa ha perdido a mi hijo ―dijo, sin más dilación.
―¿Un hijo? ―preguntó asombrado su tío.
Los más cercanos conocían los problemas de concepción que la pareja arrastraba.
De hecho, York lo había enviado a vivir con Liam para prepararlo en la sucesión del título, y para ayudarlo a que lograse encontrar a una dama adecuada para casarse y engendrar al siguiente en la línea de sangre del ducado.
―Así es. No conozco los detalles exactos. He dejado a mi esposa descansando en la cama y me dispongo a hablar con el galeno y su doncella para que me informen de un hecho del que yo no estaba al corriente.
―¿No lo sabías? ¿Qué quieres decir?
―Se suponía que su maternidad iba a ser una especie de regalo navideño para mí. No sé más.
―Bien, bien… Hablemos con los implicados y veamos qué ha sucedido ―propuso.
York inició el camino hasta su despacho, con Wilson detrás, sin embargo, antes de ir hacia el lugar, le pidió al lacayo que avisase a Marcia Bree y al señor Sea para la entrevista.
Cuando los dos hombres entraron en el despacho, el duque se sirvió una copa y le ofreció otra su tío. Malcom se dio cuenta de que Mason Wilson se había vuelto a colocar su máscara y que ambos regresaban a sus papeles, a ser un duque y su empleado.
―No sería correcto, excelencia ―le respondió cuando alzó una copa hacia Wilson.
―Ah, volvemos a la normalidad. Debería darme por satisfecho, al menos ha sostenido a su sobrino cuando más lo ha necesitado ―le señaló con humildad.
―Nacido para servirle, excelencia. Criado para no olvidar mi lugar, salvo cuando la necesidad así lo exija ―le respondió el hombre, al tiempo que se colocaba en un segundo plano, en el momento en el que ingresaron en la estancia el médico y la señorita Bree.
El duque tomó asiento en la silla de madera tras su mesa de escritorio y le dio un largo trago a su copa de brandy . Se la bebió entera. Necesitaba algo fuerte para enfrentarse a lo que se avecinaba.
Wilson se quedó apartado, junto a la puerta como si fuese un lacayo aguardando instrucciones. Malcom se lo permitió, pese a que deseaba tenerlo cerca. Conocía el honor de su tío y no deseaba ponerlo en un compromiso.
―Entiendo que mi esposa estaba embarazada. ―York abrió la intervención.
―Así era, excelencia. Tenía previsto revisarla esta misma tarde, pero la duquesa comenzó a sentirse mal y cuando llegué poco se pudo hacer para remediar el terrible suceso. Lo lamento ―se excusó el señor Sea.
―¿Cuánto hace que lo sabías? ―le preguntó Malcom a la doncella de Isobel.
―Hacía dos semanas que no tenía su ciclo. Su excelencia siempre ha sido muy regular.
Malcom maldijo por lo bajo. Debió haberse dado cuenta él mismo de ese hecho. Desde que sospecharon que los niños no llegarían, él se había olvidado por completo del asunto, y eso incluía no prestar atención a las cuestiones íntimas femeninas de Isobel.
De los dos, su mujer fue la que peor llevó el hecho de no poder engendrar a su heredero y él no quería seguir debatiendo sobre el asunto.
Liam había sido elegido como su sucesor en el título y sobre las capaces manos de su hermano recaía todo el peso de la obligación, pese a que él todavía no se había tomado en serio sus deberes como el siguiente en la línea de sucesión del ducado.
―¿Ha sufrido alguna caída? ¿Un desmayo que haya posibilitado la pérdida del… ―carraspeó― bebé? ―La conversación era más complicada de lo que previó.
Su hijo. Su esposa había sido capaz de albergar vida en su interior. Isobel estaba devastada por la pérdida y él no sabía cómo lograría aliviarla, pero por Dios, por Lucifer, por Zeus, o por quien fuera que la haría olvidar el mal trago vivido.
―No. Ha sido de pronto ―siguió la doncella―.
Estábamos en el jardín cuando comenzó a llover y la duquesa…
no se sintió bien. Logré llevarla hasta el interior de la casa, pero perdió el conocimiento en cuanto tuvimos el techo sobre nuestras cabezas.
Luego… un charco de sangre me dio a entender que su excelencia había…
―No logró terminar la frase. Marcia adoraba a Isobel y sabía lo importante que era ser madre para ella.
Se limpió las lágrimas con la manga del vestido con cierta discreción.
―Puedes irte, señorita Bree. Vela el sueño de mi duquesa hasta que yo regrese a su lado, te lo ruego ―le pidió, sabiendo que Marcia quería mucho a Isobel.
Todos la adoraban porque era una mujer buena y caritativa que se preocupaba por quienes tenía a su lado.
York se sintió conmovido al darse cuenta de cuánto amaba el servicio a su esposa.
Su orgullo creció todavía más. No pudo haber hecho una mejor elección que la que hizo con la antigua señorita Isobel Baltimore, la anterior condesa de Snow y al fin duquesa de York.
―De inmediato, excelencia. ―La mujer casi corrió hasta la puerta para cumplir el pedido del duque.
Malcom suspiró. Miró la copa y sintió ganas de levantarse y servirse otro trago. Desechó la idea.
―¿Qué debo hacer para preservar la buena salud de la duquesa, doctor Sea?
―Es una mujer fuerte, se recuperará bien. Solo se precisa paciencia, el tiempo todo lo sana. No ha sufrido daños severos.
―Llevábamos dos años sin que mi semilla arraigase en la duquesa. ¿Por qué ahora? ¿Por qué ha perdido a la criatura, señor Bree?