Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 3
47%

Capítulo 3

Una ilusión trepidant e

Aquella mañana, la duquesa de York se había levantado de un humor excelente. Pese a que su marido llevaba fuera dos días, Isobel se sentía maravillosa, exultante y llena de vitalidad.

Se había colocado un viejo vestido, con un delantal, y se encontraba disfrutando del sol templado en el jardín sur de la propiedad. Ahí tenía plantadas varias flores que necesitaban atención. El frío estaba llegando y era menester disfrutar de lo que suponía que eran los últimos días cálidos.

―Marcia, ¿puedes sujetar las tijeras un momento? ―le preguntó Isobel a su doncella.

Marcia Bree era una mujer cariñosa, de aspecto sencillo, un poco gruesa, a la que la duquesa había cogido mucho cariño.

―Debería estar dentro.

―Haciendo, ¿qué? ―le respondió Isobel, al tiempo que se quitaba uno de los guantes que usaba para la jardinería.

―Descansando. No creo que sea necesario que le recuerde lo que su excelencia alberga en su interior.

La esposa de Malcom se rio.

―No, no es menester porque yo todavía no me lo creo. Soy una mujer que al fin lo tiene todo.

―¿Se lo ha contado ya al duque?

―Pretendía hacerlo, pero me lo he callado… Quiero darle la noticia en Navidad.

―Falta un mes completo todavía.

―Lo sé, por eso me costará muchísimo tener la boca cerrada, pero lo intentaré. Jamás podré darle un regalo de esa envergadura y es necesario que esto quede para nuestros recuerdos más dulces.

―Dígame al menos que el galeno la visitará pronto ―le pidió con tal de que calmase sus nervios. Su ama no había llamado al médico todavía, pese a que hacía dos semanas que sus días de mujer no habían llegado.

―Sí ―le dijo para tranquilizarla―, vendrá esta tarde.

No quería que el duque preguntase y tuve que esperar a que se marchase, y asegurarme de que no regresaba, para hacer venir al doctor, pero sé que estoy encinta.

―Isobel suspiró, mientras se ponía una mano en el vientre―.

Siento la vida creciendo dentro. Sé que es así ―repitió con los ojos empañados en lágrimas.

―No está bien que un hombre no sepa que va a ser padre ―la regañó, porque tenía mucha confianza con la duquesa.

―Ridículo. Será el mejor regalo navideño de todos los tiempos. Valdrá la pena la espera.

De súbito, el cielo comenzó a ponerse negro. La duquesa levantó la frente y una gota le cayó en el centro.

―Será mejor que nos marchemos, excelencia. No debe resfriarse y se avecina tormenta.

―Entremos. Dejemos a un lado los trabajos con las flores y pongámonos a tejer.

Mi hijo necesitará ropa. ¡Eso es! ―exclamó con los ojos completamente abiertos―.

Haremos ropita para el bebé, cuando esté terminada la envolveré, y eso le daré como regalo para que imagine lo que ha conseguido arraigar en mi interior.

La doncella le tomó el brazo y la instó a caminar hacia la seguridad del hogar. Un rayo surcó el cielo, el sonido cruel de un trueno resonó y un aguacero comenzó a caer sin contención del cielo más oscuro.

Al llegar a las escaleras que daban acceso a la puerta principal, un dolor agudo hizo que Isobel se encorvase. Gritó con fuerza. Su doncella la sujetó por la cintura y la ayudó a entrar.

No logró ir más allá de la puerta, Isobel se desmayó y cayó, sin que Marcia pudiese evitarlo, aunque sí que amortiguó lo que pudo haber sido un golpe duro contra el suelo. Su sirvienta gritó para pedir auxilio y lo que sucedió a continuación fue del todo confuso para la duquesa de York.

El galeno, el señor Sea, llegó poco después para atenderla y ella, en medio del dolor y la semiinconsciencia, pidió papel para escribirle una nota a su esposo.

Isobel era consecuente con lo que su cuerpo estaba experimentando, por lo que necesitaba al pilar que sostenía su mundo junto a ella.

Incluso con la tormenta cerniéndose con más virulencia sobre York Park, el más leal sirviente de la duquesa, Carlo, se ofreció para salir raudo y entregar la misiva a su receptor.

***

York llegó a su casa sucio, fatigado, mojado, ansioso y con una mala sensación cruzando todo su ser. La lluvia lo había sorprendido a mitad camino y decidió seguir. Algo le decía que tenía que continuar.

Era de noche, bien entrada la madrugada. Nada más accedió al edificio, en la parte derecha, divisó a varias doncellas, que se solían ocupar de fregar los suelos, llorando. La congoja lo anegó. Comenzó a correr hacia la escalera principal.

―¡Isobeeeeel! ―gritó su nombre con desesperación.

Eso sirvió para que el galeno saliese de una de las salitas donde lo habían acomodado a fin de que descansase un poco. Interceptó al duque y este no se quedó para escuchar lo que el médico pretendía decirle. Subió los escalones de tres en tres.

―¡Isobeeeel! ―tronó una vez más.

Abrió la puerta de la habitación de la duquesa, quien había estado echada en la cama y tranquila, gracias al láudano que le habían dispensado.

El corazón de York latía frenético y ansioso. La respiración agitada estaba a punto de producirle una apoplejía. Su esposa se encontraba en el centro de la cama, quieta.

―No, no, no… ―comenzó a negar Malcom, pensando en que lo peor acababa de suceder.

―Lo siento mucho, excelencia. ―La voz del señor Sea llegó desde la parte de atrás.

Los peores temores se confirmaron. Mil puñales atravesaban su corazón. Se acercó a la cama con pasos cortos. No quería pensar en que… ¡No podía ser! No. No. No.

―Duquesa, será mejor que abras los ojos, porque tu duque te seguirá allá donde vayas, me importa poco que tenga que usar una pistola sobre mí mismo ―le dijo con vehemencia―.

Lucifer me reclamará mientras que el Creador lo hará contigo, me enfrentaré a todos los demonios del averno, pero te encontraré y te pediré cuentas.

¡Isobel, no puedes hacerme esto! Despierta ―levantó la voz en un gesto involuntario.

La veía pálida, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre su pecho. Los ojos del duque estaban llenos de lágrimas. Su mejillas estaban húmedas y no solo por la lluvia constante que le impidió hacer el camino a una marcha más rápida.

―Malcom… ―susurró su esposa, al tiempo que se movía en la cama.

―Santo Dios ―musitó él, a la vez que le agarraba la mano derecha para estrechársela.

―Su esposa… ―comenzó a decir el galeno a su lado.

―No ―lo frenó. Tenía cosas más importantes que hacer que escuchar al señor Sea―.

Isobel, abre los ojos y dime qué ha pasado.

Como un vasallo lleno de lealtad, he desafiado las inclemencias del tiempo, he luchado contra el barro que amenazaba con hacer que me cayese del caballo y me rompiese el cuello.

Me has llamado y aquí estoy. Así que te obligo a mirarme y a explicarme qué te ocurre, mi amor.

La observó removerse una vez más y, en unos pocos segundos, los ojos de su esposa se abrieron levemente para observarlo.

―Tu voz… Te oigo, Malcom, pero estoy muy cansada…

―Dime qué te aflige y lo arreglaré. Tengo suficiente poder para hacer lo que me plazca. Sea lo que sea, te juro que lo arreglaré. Dime, mi amada esposa, contra qué dragón debo luchar para que regreses a mi lado llena de vida y me mires con tus precisos ojos sonrientes.

―Vanidosoooo ―bromeó ella, al tiempo que suspiraba.

―Siempre. Ahora cuéntamelo.

York vio que los orbes de su esposa comenzaban a llenarse de lágrimas. Isobel no tardó en llorar en silencio. Él tuvo paciencia para no apresurar la explicación.

El señor Sea, quien se había colocado cerca de la ventana para darles privacidad, aguardaba hasta que el duque lo llamase para una entrevista.

―Lo he perdido, Malcom. He perdido tu regalo de Navidad. Pretendía darte lo que más querías. Ya no está.

―Sea lo que sea, lo encontraré. Lo único que me importa en esta vida es tu bienestar. Eres mi regalo, mi más preciado tesoro, ya lo sabes ―trató de tranquilizarla.

Ella gimió en alto y lloró con más intensidad. Trató de levantarse para abrazar a su esposo y él la ayudó a colocarse entre sus brazos. No importaba que estuviese calado.

―He sido mala, Malcom. Una esposa malvada que te ha ocultado una noticia maravillosa y ahora lo he perdido.

―Tranquilízate, mi amor. Lo arreglaré, sea lo que sea lo enmendaré ―le reiteró.

―Esta vez no, esposo. Nuestro hijo ya no existe, ya no está ―precisó―.

Y por mi mala cabeza no pudiste disfrutar ni dos semanas de la buena nueva y esperanza.

La ilusión ha huido y de nuevo me siento un fracaso.

Te prometo que luché, que en mi mente visualicé su nacimiento, pensé que así alejaría mis malos pensamientos.

No. Dios me ha castigado por no hacerte partícipe de mi estado y ahora no tendrás a tu heredero.

York la apretó con firmeza contra sí mismo. Se la colocó sobre su regazo y se dio cuenta de que ella tenía restos de sangre oscura en su blanco camisón.

Entendía lo que su esposa le decía, pero no lograba comprender el motivo por el que la culpa la envolvía.

―Señor Sea ―se dirigió al médico sin mirarlo―, ¿mi esposa corre peligro? ―preguntó con seriedad.

―No lo creo. El descanso y la tranquilidad son sus mejores aliados ―respondió el médico con sinceridad.

―Bien. Usted y yo hablaremos más tarde. Por favor, diga al servicio que prepare un baño caliente para nosotros. Que nadie nos moleste, yo atenderé a mi duquesa.

―No es conveniente que ella se altere ―le recomendó el galeno.

―Y no lo hará. Mi duquesa me llamó para que la sostuviera y mis brazos le darán la paz que necesita.

Mis cuidados sanarán su cuerpo y mis palabras alejarán los malos pensamientos que la consumen.

Haga lo que le he dicho. ―Nadie mejor que un hombre que conocía a su esposa mucho más que a sí mismo, sabría lo que ella necesitaba.

Los preparativos para el baño se hicieron de inmediato. York la desvistió primero a ella y luego él hizo lo propio. La chimenea estaba en su máximo apogeo.