Capítulo 2 #2
―Sí, sí… ―restó importancia Phenton―. Decídselo a otro.
Poco me importa, a estas alturas, el amor.
Voy a cobrarme lo que se me debe, aunque tenga que poner en riesgo todo lo que tengo.
Esta vez no escapará ―dijo Lucien, más para sí mismo que para sus amigos, aunque tenía tantos problemas que no sabía por dónde comenzar a arreglar la situación―.
¿Debo suponer que estabais siendo un par de viejas chismosas a mi costa?
―los interrogó, con el entrecejo fruncido.
―No ―tomó la palabra York―. Estaba pidiendo la opinión de Portman sobre un asunto familiar ―improvisó Malcom.
―¿Cuál es ese? ―se interesó Phenton.
―Mi duquesa quiere reunir a la familia por Navidad ―señaló York.
―¡Oh, oh! ―exclamó Portman, sabiendo la dificultad que ello supondría.
―¿Cómo que «oh, oh»? ¿Qué problema habría en pasar las Navidades en familia? ―Phenton no lo entendía.
―Liam. ―York dejó caer el nombre de su hermano como si eso fuese toda la explicación necesaria.
―¿Sigue lamiéndose las heridas? ―preguntó asombrado Phenton.
―Que precisamente tú ―habló Portman― hagas esa observación con tanta incredulidad…
―¡Lo mío es diferente! ―se excusó Lucien.
―Sí, ya… ―dijo por lo bajo Portman.
―Te avisé de que no lo volvieses a fastidiar y no me hiciste caso ―le señaló York a Phenton. Esa historia era muy rocambolesca, parecía que jamás se solucionaría.
―Es completamente diferente ―se reafirmó el duque de Phenton―. De todos modos, estábamos tratando de aportar luz al problema de York, no comparando notas sobre la situación de Liam y la mía.
―Liam es mi hermano, mi heredero, la única familia de mi propia sangre ―apuntó York―, quiero que esté en casa con todos nosotros. Sé que nos necesita después de… ―Malcom dejó de hablar.
―De que Regina pisotease su orgullo, aplastase su corazón, le diese una patada en sus partes íntimas y se casase sin contemplaciones con el conde de Ranfield. ―Phenton consideró que resumir la situación les haría avanzar en la cuestión, así que no se dejó nada en el tintero.
York y Portman intercambiaron una mirada de complicidad. Para esos dos amigos era más que evidente que Phenton se sentía así con respecto a la dama con la que arrastraba problemas.
El vizconde decidió carraspear y prosiguió:
―Sé de buena fuente que lady Ranfield ―ese era el título actual de Regina― le pidió a Liam que rompiesen lazos, y él le prometió hacerlo.
Si los dos se… evitan, no creo que haya problema alguno cuando se reúnan bajo el mismo techo.
―Portman había tenido con el hermano de York una conversación en la que corrió el alcohol a raudales.
Liam se sinceró, por eso sabía que lo que acababa de decir era verdad.
―Supongo que tendremos que habituarnos todos, porque ese es el regalo que mi duquesa me ha pedido, e Isobel no dejará a Liam fuera de nuestra reunión ―sentenció Malcom―.
Así que habrá unas Navidades para los duques de York en York Park.
Solo espero que sean tranquilas y que mi esposa no sufra ninguna alteración, porque si alguien la molesta, no importará que sean sus hijastros o mi hermano, les daré su merecido de un modo u otro. ―Suspiró cuando terminó su exposición.
―Olvidas un asunto importante, York ―le señaló Phenton.
―¿Tú crees? ―inquirió con una sonrisa ladeada. York jamás relegaba nada.
―No creo que Liam acceda a tu petición ―consideró Lucien―. Un hombre rechazado no querrá estar cerca de la dama que sabe que jamás será suya.
―¿Lo dices por propia experiencia, Phenton? ―se atrevió a preguntarle Malcom.
―Desde luego que no ―apostilló, con una hermosa sonrisa―.
La mujer a la que me propuse tener años atrás, va a ser mía de un modo u otro.
Así que, conociendo a Liam como lo hago, yo en tu lugar, York, tendría los ojos bien abiertos.
Las apacibles fiestas que deseas para tu amada esposa… podrían convertirse en un infierno.
―¿Qué insinúas? ―Se metió en la conversación Portman, llevado por la curiosidad.
―Casada o libre, cuando un hombre decide que la dama le pertenece…
No hizo falta que Lucien terminara la frase. Portman y el duque de York entendieron perfectamente la insinuación.
No hubo tiempo para más conversaciones. Un empleado del club de caballeros se acercó a York y le entregó una misiva. El duque vio el lacre y se dio cuenta de que era de su esposa.
Algo lo hizo ponerse terriblemente juguetón al coger la carta. Seguramente Isobel no podía resistir la soledad en la que él la había sumido con su marcha. Desplegó el papel y leyó:
Lloro, mi amor. Ven a mí. La fatalidad nos ha alcanzado.
Tu duquesa, quien necesita que la sostengas.
York comenzó a alterarse. Algo había sucedido durante su ausencia y no parecía ser alentador. Se puso en pie.
Phenton y Portman se dieron cuenta de que el rostro de su amigo, incluso su actitud, había cambiado como la noche y el día. Malcom se veía ceniciento.
―¿Malas noticias? ―preguntó con suavidad el vizconde.
―Mi esposa me reclama y tengo la sensación de que no es por un buen motivo, tal y como había previsto al ver el lacre ―dijo con solemnidad.
―¿Podemos ayudar? ―se ofreció Phenton.
―Parto de inmediato a York Park. Si no nos vemos hasta que comiencen las sesiones parlamentarias…
Os deseo lo mejor a ambos. A ti, Portman, que tus nupcias te colmen de lo mismo que yo disfruto con Isobel ―se giró para mirar a Lucien―, y a ti, Phenton…
, trata de no acabar batiéndote en duelo con Albemarle.
―¿Insinúas que no le ganaría? ―se ofendió.
―Estás muerto, ganes o pierdas. ―Sorpresivamente, el que había hablado fue Portman, no York.
―¿Y eso por qué? ―preguntó medio riéndose Lucien.
―Porque si mueres se acabó todo, pero si ganas te enfrentarás uno a uno a los amigos que acompañaron a la guerra a Albemarle, porque me temo que el duque de Kensington y el conde de Exeter te retarían.
Entonces, en caso de que consiguieras salir indemne del segundo duelo tendrías un tercero. Así que…
―¡Eres absurdo, Portman, además de mojigato!
―saltó Phenton, empleando la fórmula que tanto le gustaba a York―.
No puedo matar al hermano de la dama, porque en caso de hacerlo, sería ella misma la que pondría fin a mi vida.
―Oh, sí, el duque de Phenton había descubierto unas cosas de lo más escalofriantes sobre Margaret que…
York olvidó por un momento la sensación de inquietud que inundaba su cuerpo y rompió a reír, al tiempo que se movía hacia la puerta de salida.
―¡Suerte a ambos, caballeros! ―les gritó, antes de abandonar White ’ s definitivamente.
La siguiente parada del duque fueron sus establos, no sin antes enviarle una misiva a Mason Wilson, su más fiel sirviente, para que se reuniese con él en su casa de campo.
Aunque había dejado a Liam al cuidado de Wilson, York sospechaba que iba a necesitar a su querido amigo para lidiar con lo que fuese que estuviese pasando.
Tenía un mal pálpito, así que, no se cambió la elegante ropa que llevaba, no pidió su carruaje, montó sobre su semental más veloz y se encaminó hacia York Park para averiguar lo que había impulsado a su esposa a demandarlo con tanta urgencia.
Se imaginó que alguna calamidad podría haberse cernido sobre Evangeline, Regina o Theodore.
¿Alguien habría muerto? ¿Alguien estaría enfermo?
Sabía que Liam no podía ser, dado que se encontraba en Londres y había escuchado que las hazañas de su hermano en el campo de la depravación estaban a punto de ser épicas.
¿Qué habría pasado? ¿Por qué su esposa no había sido más específica? ¡La incertidumbre lo estaba asfixiando! York no era un hombre que perdiese los estribos con facilidad, y deseaba gritar con todas sus fuerzas debido al nerviosismo que palpitaba en su fuero interno.