Capítulo 2
La fuerza de la amista d
El duque llevaba demasiado tiempo fuera de casa. La necesitaba como el aire para respirar. No la volvería a dejar atrás porque debían estar juntos. La separación era dolorosa y esperaba que Isobel estuviese padeciendo igual que él.
Después de llegar a la ciudad y reunirse con los banqueros y otros hombres de negocios, quienes le explicaron un proyecto empresarial en el que Malcom estaba muy interesado en participar, el duque tuvo tiempo también para visitar White ’ s, con la esperanza de encontrarse con Portman.
Hacía demasiados meses que Malcom y Thomas no se habían visto y era necesario saber cómo le iba a su buen amigo con la hija de un duque como esposa.
Mientras York tomaba asiento en uno de los sofás del club de caballeros más prestigioso de Londres, una sonrisa se dibujó en su rostro al darse cuenta de que su estimado amigo Thomas Foster volvería a ser feliz después de dejar a atrás la viudez.
Había conocido a la vizcondesa Portman antes de que se convirtiera en la esposa de uno de sus mejores amigos, y le dio muy buena espina saber que la dama no había huido despavorida después de conocer a los tahúres que Thomas tenía por hijos.
Eso decía mucho del formidable carácter de la mujer.
―¿A qué viene esa sonrisa, York? ―le preguntó el objeto de sus pensamientos.
―¡Portman! ―lo saludó con alegría. Se levantó y los dos se tendieron la mano―.
Lo creas o no, estaba regocijándome en tu alegría.
Ya sabes, no me gusta ser el único hombre felizmente casado que incita al resto de los disolutos a tomar la senda de la dicha conyugal.
Con tu ayuda, creo que podremos enderezarlos.
Eres consciente de que Liam debe casarse y traer al mundo a mi heredero, y que considero que Phenton debe hacer lo propio, aunque sé que su caso es más complejo debido a cierta dama que tú y yo sabemos.
En especial, después de los extraños accidentes que está sufriendo.
Sé bien lo que es tener una fina línea en la sucesión de todo un gran y magnífico patrimonio.
Yo dispongo de mi hermano, lo que por otro lado no me garantiza que siente la cabeza debido a su carácter, pero al menos es una esperanza, mientras que Phenton sí es el último de su estirpe.
Debe solucionar su vida y hacerlo de inmediato ―consideró con convicción.
Los dos hombres tomaron asiento, uno frente al otro en el elegante salón de White ’ s, dispuestos a ponerse al día.
―No negaré, amigo mío, que tienes razón en todo lo que has dicho.
―Siempre la tengo ―puntualizó con satisfacción York.
―Sí… esa vanidad que posees no podía quedarse rezagada unos minutos más, supongo.
―No seas absurdo, Portman, mi vanidad no tiene nada que ver con el hecho de que yo siempre tenga razón.
Thomas suspiró.
―Regresemos al asunto original. ―York vio la cara de preocupación que colocó su amigo.
―¿A Liam? ¿Qué ha hecho esta vez mi hermano? Dime que Regina no está involucrada.
Los dos nobles sabían que el hermano de York había bebido los vientos por Regina, la hijastra de Isobel, y que el corazón del joven seguía sanando la herida producida por el matrimonio de ella con el conde de Ranfield.
Su terco hermano no reconocía que la boda de esa preciosa morena de increíbles ojos azules le había hecho muchísimo daño.
―No, no. Por lo que tengo entendido, Liam sigue en una espiral de libertinaje que lo mantiene ocupado ―le informó el vizconde.
―Estoy preocupado por él.
―Está bien. Estuve ayer mismo con él y parece estar sobreponiéndose a la infelicidad que lo asola.
York alzó una ceja.
―¿Te confesó mi hermano eso mismo? ¿Con esas palabras?
―No estaba ebrio, así que no. Liam solo habla sobre el dolor del amor cuando está a punto de desmayarse a causa del whisky . Olvida a Liam, es más apremiante el problema que tenemos con Phenton.
―¿Phenton? ¿Te refieres a que todavía no ha sido capaz de dar con los que están detrás de los atentados contra su vida? ―York tenía algunas sospechas sobre los sucesos, pero no era nada concluyente, por lo que era preferible guardar silencio.
Desde hacía un par de años, Lucien Maldith, duodécimo duque de Phenton, había sido protagonista de dos apuñalamientos y varios accidentes que, a simple vista, podrían parecer casualidades. Alguien lo deseaba muerto y las pesquisas no avanzaban.
―Sí. Lo había olvidado, los villanos que lo acechan son un asunto a tener en cuenta.
―¿Habías olvidado que a nuestro amigo lo quieren muerto?
―No. ―Negó con la cabeza―. Porque lord Albemarle ha pasado a engrosar la lista de los enemigos de Phenton, y los problemas de Lucien se multiplican cada vez más.
―¿El conde de Albemarle? ¿Qué tiene que ver aquí? Creía que el asunto entre Phenton y la esposa de Albemarle estaba olvidado.
―¿Y el de la hermana?
―¿Aún está esa cuestión sin resolver? Ah, así que el muy bribón se ha dado cuenta de que la tierna hermana de Albemarle…
―Sí ―lo interrumpió―. Eso me temo y los que quieren a Phenton bajo tierra y en el infierno no tendrán que concluir el trabajo, porque Albemarle terminará retándolo a duelo un día de estos.
York suspiró. Hubo un minuto de silencio.
―¿Tan mal se encuentran las cuestiones entre Phenton y Albemarle que están dispuestos a llegar a las pistolas?
―¿Mal? Vivo atormentado, York. Soy un hombre recién casado que debería tener el privilegio de disfrutar de su amorosa esposa y de la paz que al fin le dan sus hijos, y no logro dejar de pensar en Phenton y Albemarle.
Sé que el día que menos lo espere recibiré la citación de uno u otro para que sea su padrino.
¿Cómo lo haré, si los dos son mis mejores amigos?
Por un lado entiendo la postura de Lucien, y por el otro, comprendo que Ryan ―ese era el nombre de pila del conde de Albemarle― debe proteger a su hermana.
―El matrimonio ha servido, desde tiempos inmemorables, para zanjar disputas mayores. ¿Por qué no optan a eso antes de que corra la sangre?
―Conoces la historia, del mismo modo que yo ―le señaló.
―Sí, es cierto, yo estaba allí, aunque son años turbulentos que no recuerdo con nitidez. Demasiado libertinaje… En fin, supongo sigue reticente y no está por la labor de…
―Por supuesto que no. ―La hermana de Albemarle y Phenton… Bien, los dos no estaban en buenos términos debido a lo que había ocurrido años atrás y que parecía ser un secreto a voces.
―¿Hay algo que podamos hacer? ―inquirió Malcom, sabiendo de antemano la respuesta a esa pregunta.
El vizconde Portman se pasó una mano por el pelo.
―¿Te consideras un hombre religioso? ¿Un ferviente creyente en Dios?
York agitó los hombros despreocupadamente.
―Creo más en mí mismo, la verdad.
―¡Cómo no…! ―musitó Portman.
―Todo lo que he conseguido lo he logrado por mis propios medios. Dudo mucho que quien llamó a mis padres a su lado tempranamente ―dijo en alusión al Altísimo― haya estado cuidando de mí.
―Bien. Entonces supongo que rezar a Dios para que todo se solucione, no está sobre la mesa… A no ser que consideres que es hora de canonizarte o convertirte en una deidad andante, y crees tu propio templo para que los simples mortales te veneren.
―Ah, otra vez estás siendo absurdo, Portman. La única persona de la que deseo obtener devoción incondicional y eterna es Isobel, y ella ya está rendida a mi culto. Pensemos el plan. ¿Otro secuestro?
―¿Crees que Phenton debería secuestrar a la hermana de Albemarle? Un momento, ¿cómo que otro?
―No es mala idea ―siguió York sin atender a Portman―, pero yo estaba pensando en que contratemos a una banda de malhechores y se encarguen de apresar a Phenton y a la muchacha… Bueno, ya es una mujer. ―Malcom chasqueó la lengua―. ¿Cuál era su nombre? No lo recuerdo en estos momentos.
―Margaret.
―Eso. Sería interesante pagar muy lucrativamente a un par de bandidos para que pusieran a ambos en una situación difícil. Podríamos ―siguió conjeturando― atar cabos, para que en esa coyuntura, Phenton terminase siendo un auténtico héroe, a fin de que ella caiga subyugada ante su gran salvador.
―La dama ha dejado muy claro que no desea ser la duquesa de Phenton en varias ocasiones. Tú mismo me contaste lo que sucedió aquella noche en la que apareció un vicario y ella dijo no. Dudo mucho que se replantee algo así.
York afirmó con la cabeza mientras su mente revivía aquello.
―Phenton es un duque ―dijo York como si eso lo explicase todo.
Portman suspiró.
―¿Qué tiene que ver su alto estatus aquí? Las damas no siempre se ponen de rodillas ante un hombre apuesto, rico y con título. De hecho, esta mujer en concreto no lo ha hecho en más de una ocasión ―señaló, aludiendo a la hermana del conde de Albemarle.
―Absurdo de nuevo, Portman ―lo regañó―. Sí lo hacen, si el amor está implicado. Donde hubo fuego, siempre quedan cenizas. ¿No dicen eso?
―¡Arrrg! ―exclamó alguien, al lado de York y de Portman―.
No hay nada peor que dos hombres, asquerosamente felices por su matrimonio, hablando de amor.
¿No existe en este mundo otro tema de conversación que no implique vomitar unicornios y defecar rosas rojas?
Creo que las espinas deben de doler cuando… ya sabéis.
Thomas y Malcom tenían ante ellos a Lucien Maldith, el ingente duque de Phenton, que los miraba con una brillante sonrisa.
―Cuando te cases… ―comenzó a decir Portman.
―No hablemos de bodas porque… ―lo interrumpió el aludido con un suspiro. Su vida estaba patas arriba y no tenía la menor idea de cómo lo solucionaría.
―… te darás cuenta de que no hay nada mejor que una devota esposa que te adore.