Capítulo 1 #2
―Cúlpame de ese mal en concreto del que adoleces, duquesa ―le dijo, mientras comenzaba a balancear las caderas con la exactitud de un excelente amante que se proponía impacientar a su compañera de cama―.
Juré, cuando te vi por primera vez, que no descansaría en paz hasta convertirte en una acólita del goce que te procuro.
Prometí por mi vida que arderías cada vez que mis manos vagasen por la seductora tentación que es tu cuerpo.
Me propuse que gritases sin contención cuando el éxtasis explotase en tu interior.
No importa cuánto viva o me cueste, porque cumpliré cada una de las cosas que a mí mismo me exigí en su momento.
Soy el mayor depravado del reino y tú, mi amor, eres una aprendiz que pronto me superará.
Oh, sí. Ella era gloriosa en sus respuestas a las encerronas que le preparaba en las cuadras, en la cocina o en la biblioteca…
La duquesa buscó los labios de su marido y lo besó con fuerza, con posesión. Era sencillamente una mujer reclamando de nuevo lo que le pertenecía. Malcom era suyo. Lo sujetó brevemente por el cabello, sin hacerle daño, y fundió su mirada con la de él.
―Estoy gratamente corrompida por el rey de los disolutos y me vanaglorio de que así sea. Ahora, esposo, sé tierno en tus atenciones, pero también firme. ―La estaba volviendo loca con la extrema suavidad con la que la trataba en sus envites―. Deja de hablar y hazme suspirar.
―Una tirana. Siempre supe que lo eras y me postro a tus pies una vez más.
Ella le sonrió. Él no dijo nada más. Se acomodó en el hueco del cuello femenino y succionó un trozo de carne. Isobel gimió, llena de júbilo, al sentir que él deseaba marcarla. Tan primitivo, tan arrogante… La desquiciaba, y lo amaba por ello.
Cuando la presión de la virilidad de su esposo comenzó a topar con ese punto tan interesante…
―¡Oh, Dios mío! ―susurró, al tiempo que buscaba mayor roce.
―Lo sé ―respondió él, en un tono igual de bajo que su dama.
―Malcom… Malcom… ―repetía su nombre como si de una plegaria divina se tratase.
―Ven a mí, Isobel. Ven a mí, ven, ven… ―le exigía, seguro de que su esposa estaba a punto de estallar en mil llamas.
Las acometidas masculinas tenían un ritmo inigualable, la necesidad de alcanzar la cota máxima de placer estaba naciendo a una velocidad de vértigo.
Los amantes se apresuraban en sus besos, en sus caricias, en los agarres, en la danza de sus caderas.
Era preciso lograr lo prometido al inicio del juego del delirio carnal.
―¡Oooooooooh! ―gritó Isobel, en el momento exacto en el que su cuerpo se desprendió del lastre de la insatisfacción, y alcanzó el éxtasis de la liberación más exquisita.
―¡Diooooooooos! ―gimió él, mientras regaba el interior de su maravillosa y amada Isobel.
Los coletazos del placer fueron remitiendo pasados unos minutos. Tiempo que el duque empleó para besar los párpados, las mejillas y la frente de su increíble esposa.
Se quedaron uno frente al otro, observándose como si fuese la primera vez que se veían.
Isobel estaba tan enamorada, que creía que residía en un sueño continuo junto al mejor de los hombres. Antes de convertirse en duquesa, había sido la condesa de Snow, un matrimonio blanco que acabó con su esposo muerto mientras viajaba y se divertía por el mundo.
El difunto Snow la había premiado con tres hijastros a los que consideraba propios, como si fuesen de su misma sangre.
Evangeline y Regina, así se llamaban las chicas, se habían casado hacía relativamente poco, y ya eran orgullosas madres de sendos preciosos bebés que crecían sanos y felices, según las dos jóvenes le relataban en las frecuentes cartas que compartían.
Otra historia sería Theodore, el actual conde de Snow ―título que heredó a la muerte de su padre―, dado que parecía querer seguir los pasos pecaminosos de Malcom, lo cual no sería una doliente preocupación si Theodore finalmente se encontrase con el amor llamando a su puerta.
Así que, entretenerse y disfrutar del amor que Malcom le dispensaba le parecía un excelente pasatiempo mientras el conde de Snow se decidía a tomar esposa. Era joven, pues el muchacho no había llegado a la veintena de edad, pero… No era instante para pensar en los problemas de Theodore.
Le sonrió a su esposo de nuevo, besó su ducal nariz y le dijo:
―Eres excepcional incluso cuando me dedicas unos pocos minutos para saciarme.
―¿Es una recriminación sobre la brevedad de nuestro genial apareamiento? Porque estaré encantado de despojarme de la ropa y empezar de nuevo. Aunque no asumiré la culpa si después opto por mantenerte en mi lecho una semana completa.
Isobel se rio con ligereza y chasqueó la lengua.
―Aunque suene prometedor, debes irte y atender los asuntos del ducado ―le recordó.
―¿Es decepción eso que acabo de percibir en tus palabras? ―siguió interrogando―. No me importaría mandarlo todo al infierno y disfrutar del calor de mi esposa en estos días fríos de otoño.
―Eres…
―Ridículo, lo sé ―la cortó―. Y debo hacer hincapié en que decir que algo o alguien es absurdo es más contundente, más digno de una duquesa.
Isobel puso los ojos en blanco, levantó la mano derecha y pasó a acariciarle el pelo.
―Te amo.
―Yo te amo más.
―Entonces seremos invencibles, ¿verdad?
―Eso espero.
Isobel sintió su cuerpo estremecerse por el frío.
―¿Estás bien? ―Él se había dado cuenta de la breve sacudida de su esposa.
―Sí. Es cierto que los días se vuelven más helados y cortos. Me agrada. La Navidad se acerca y me gustaría mucho que nevase. ¿Crees que lo hará?
―Si no nieva, yo mismo soplaré a las nubes y haré descender la temperatura para que tengas lo que deseas.
Ella volvió a premiarlo con su mejor sonrisa.
―Lo dices y creo que serías capaz de hacerlo.
―Ah, duquesa, tus dudas me ofenden. Lo haría aunque no supiera cómo. Si quieres nieve en Navidad, eso será lo que tendrás.
―Oh, eres absurdo ahora.
―Mucho mejor así. Absurdo amerita más. Te sientes como una gran duquesa poniendo en su lugar a su apuesto, rico, inteligente y tirano duque.
―Malcom, tu vanidad jamás te abandonará, ¿no es cierto? ―Se volvió a reír en alto, llena de júbilo, ante las palabras de él.
―Espero que no. Hay muchos duques y no me gustaría ser uno más de la lista.
¿Qué quedaría de mí si dejo a un lado mi gran orgullo, mi excesiva vanidad, mi belleza angelical, mi inteligencia colosal y mi gran riqueza?
¡Oh, qué horror, si llegan a despojarme de todo lo que soy! ―exclamó, falsamente irritado.
Ella lo miró con diversión.
―Sé un buen chico, sal de mi interior, adecéntate de nuevo y ve a hacer tu trabajo. ―Le recordó que tenía un viaje que emprender.
―Ah, yo te prometo imposibles y tú solo planeas la mejor forma de desprenderte de tu devoto duque. Debería castigarte, Isobel, pero en lugar de eso, y aprovechando mi viaje a la ciudad, te preguntaré qué deseas que te regale por Navidad. ¿Unos diamantes puros que simbolicen mi amor?
―Demasiado extravagante y poco original, más después de prometer que harías nevar aunque el tiempo presente un sol cálido.
Malcom dejó que su virilidad saliese del mejor lugar del mundo y se incorporó.
Debía de estar ridículo, con la camisa y el chaleco torcidos, los pantalones por las rodillas…
Si Mason Wilson lo viese con esa pinta… Lo felicitaría, pero solo después de recriminar su comportamiento, dado que la ropa había quedado inservible.
Una vez de pie, cubrió a su esposa con las mantas de nuevo.
―Solo pide lo que desees y lo conseguirás. Me he propuesto ser, además de todo lo que soy, un esposo complaciente, no solo en el lecho, y así tendrás lo mejor. Pídeme lo que desees como regalo.
Ella se quedó pensativa por unos pocos instantes. Él sabía que estaba valorando sus opciones.
―Quiero a la familia reunida en casa.
―Uhm, poco reto para un duque que ha jurado traer la nieve para ti o que está dispuesto a obsequiarte con un carísimo juego completo de diamantes.
―¿No vas a preguntar qué te daré yo por Navidad? ―inquirió, obviando la reflexión de su duque.
―Toda tú eres un hermoso regalo que desenvuelvo cada día… y noche.
―Eres un adulador.
―Solo me limito a decir la verdad ―respondió, falsamente ofendido.
Se sonrió. York era muy cuidadoso con su aspecto, con su ropa, y le gustaba saber que solo ella importaba para él. Se sentía amada, querida, dichosa y muy feliz. Tremendamente feliz por la gran sorpresa que esa Navidad le daría a su duque.
Ella lo miró de arriba abajo y se dio cuenta de la imagen tan encantadoramente decadente que él le ofrecía.
―Ni las botas te has quitado para hacerme el amor ―le recriminó.
―No, porque en caso de haberlo hecho, retozaríamos todo el día, una semana entera te dije hace unos instantes, y es muy necesario que acuda a la ciudad, como bien me has recordado. ¿Podrías darme un premio por mi corta, aunque muy brillante actuación?
―¿Qué brillante actuación, esposo? ―preguntó, jugando al despiste, repitiendo sus propias palabras.
―Ah, así que no recibiré el reconocimiento que merezco por haberte hecho gritar de placer. Esperaba que me irguieras un monumento, nada ostentoso, solo una escultura en los jardines. Conozco a un par de artistas que…
―Ve a arreglarte de nuevo, York ―lo refrenó entre risas.
―Ah, el uso del título. ―Ella tenía prohibido llamarlo de otro modo que no fuese por su nombre de pila y cuando lo hacía era para reprenderlo―.
Recibirás tu castigo cuando regrese de la ciudad, y te aseguro que lo disfrutarás tú mucho más que yo.
―Ella supo que era una promesa. El duque se subió los pantalones y la miró con una ceja alzada―.
Comenzarás tu penitencia ahora mismo, pues no te dejaré contemplar por más tiempo esa parte de mi cuerpo que tanto veneras.
―Eres excepcional en todo tu esplendor y lo sabes. Hubiera sido un pecado tener ante la vista semejante maravilla y no contemplarla con glotonería ―dijo ella, guiñándole un ojo.
―Es cierto ―aseveró, sacando pecho.
―Ahora que tus oídos han sido una vez más regados con halagos, ve a arreglarte y no te demores más, o la que te promete que no saldrás de York Park hoy seré yo.
―Tirana hasta el final ―musitó, antes de darse la vuelta y marcharse de la habitación.
Isobel se quedó mirando al techo con una brillante sonrisa.
Pronto, muy pronto, le diría a su esposo que el milagro de la concepción se había producido. Después de dos años en los que la pareja había aceptado, con mayor o menor medida, la desilusión, Dios al fin los había premiado con la futura llegada de un niño.
Todo sería fantástico, porque el díscolo hermano de su esposo, Liam W. Banstorn, no deseaba asumir las obligaciones del ducado como heredero.
―Te daré el mejor regalo que una esposa le puede hacer a su marido ―murmuró, antes de quedarse apaciblemente dormida, manteniendo una gran sonrisa en los labios.