Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 1
46%

Capítulo 1

Todo tiene un principi o

Era un disoluto, con la salvedad de que su corazón al fin latía con fuerza. Solo por ella y con ella.

El duque de York, Malcom W. Banstorn, se había levantado de la cama con las primeras luces de la mañana.

Era imperativo que se marchase a Londres para atender unos asuntos urgentes.

Aprovecharía el viaje para sociabilizar, por lo que esperaba reunirse con el vizconde Portman y le daría en persona las oportunas felicitaciones por sus recientes nupcias.

A Malcom le gustaría creer que su fugaz intervención en la vida de su amigo Thomas Foster había tenido algo que ver para que la felicidad al fin reinase en su vida.

Le gustaba la nueva lady Portman, de nombre Aura…

¿o era Atenea? Como fuese, la dama parecía tener un espíritu impetuoso que le iría bien al mojigato de Thomas.

Malcom se encontraba en el vestidor para terminar de adecentarse, y se había colocado sus finas ropas sin la ayuda de ningún sirviente.

Le dio un estirón a su impecable chaqueta de seda azul oscuro, al tiempo que sonreía por el hecho de estar pensando en su anterior ayuda de cámara, el señor Mason Wilson.

Si su exempleado, quien en la actualidad residía con su hermano lord Liam, supiera que no precisaba de nadie para colocarse unos pantalones…

El señor Wilson tal vez lo felicitaría, y le daría todo el mérito a su esposa, estaba seguro de ello.

Ah, Isobel, su duquesa, lo había convertido en otro hombre: mejor, más capaz, más comedido y sensato.

Escuchó un suspiro profundo llegado desde su ducal lecho.

Se asomó por la pared revestida de madera y vio un bulto moverse entre las sábanas.

Maldijo con fuerza en cuanto su virilidad se removió con inquietud.

Su esposa tenía un poder sobre él que lo dejaba fascinado.

En sus años mozos, y también en los de juventud, había disfrutado de la atención de tantas mujeres, que en algún punto perdió una cuenta que se suponía que un hombre no debería llevar sobre sus conquistas.

Malcom se había movido por la cama con sumo cuidado para salir y no despertar a Isobel al levantarse. Los juegos que mantenían por la noche dejaban a su duquesa cansada y saciada en exceso. Él era un amante exigente y ella, casi, lo dejaba igualmente extenuado.

Los duques de York hablaron la noche anterior sobre el viaje que él necesitaba hacer a la ciudad.

Isobel no tenía ganas de dejar York Park, pues le agradaba estar en el campo.

Así que decidieron que él atendería las obligaciones en la ciudad y regresaría lo más pronto posible.

Esa era la razón por la que no la había querido despertar, pues no soportaba estar sin ella y si su preciosa mujer abría sus eclipsantes ojos chocolate, haría todo lo posible para convencerla y que lo acompañase a Londres.

Dos años de matrimonio con su duquesa y el pecho se le oprimía cuando estaba separado de ella.

No era lo habitual que estuviesen el uno sin el otro, por supuesto, pero había ocasiones en las que ella no quería viajar, por diversas cuestiones, y a Malcom no le parecía adecuado exigirle su compañía, más cuando se trataba de unos pocos días en los que estarían alejados.

Volvió a pensar en su anterior ayuda de cámara, quien había sido mucho más que un sirviente.

Si el señor Wilson lo descubriese en esa tesitura le sonreiría y le daría gracias al cielo por verlo tan sometido y dependiente de su esposa.

Dios sabía que Mason Wilson llevaba más de una década insistiéndole en el matrimonio.

Después de heredar el ducado, siendo Malcom solo un muchacho, creyó que el matrimonio con una vieja amiga con la que prácticamente había crecido sería una solución factible.

Pero cuando lady Angela, así se llamaba la joven, lo abandonó por otro hombre, él comenzó a discurrir por la senda del libertinaje más depravado.

Aquello supuso tener que enfrentarse día y noche con Mason Wilson, el hombre que lo custodió como si de su propio hijo se tratase, puesto que a su subordinado no le temblaba la voz cada vez que se veía obligado a reprenderlo por no ser lo que debería aspirar un duque importante como lo era York.

Hasta que Isobel llegó a su vida y derrumbó todos los muros que él había construido cuidadosamente.

Ella no tuvo piedad del duque de York, lo embrujó y lo subyugó de un modo cruel, y Malcom, como un cordero, se ofreció en sacrificio para que la dama hiciera lo que quisiera.

Le había entregado su corazón, su cuerpo y su alma y, de entre todos los mortales, solo su esposa tenía la capacidad de convertirlo en el hombre más feliz de la faz de la Tierra o destruirlo, reduciéndolo a las cenizas.

Ese era el poder que Malcom le cedió a Isobel cuando se casó con ella en Gretna Green dos años atrás.

Al recordar el pasado, York se vio suspirando, como si de un colegial se tratase.

Se acercó a la cama donde su amada descansaba plácidamente.

La observó al detalle. Sus labios entreabiertos y el hecho de saber que ella seguía desnuda en un lecho que había vibrado durante largas horas aquella noche, le llenaron la mente de dulces perversidades que se moría por repetir.

Debería retroceder sobre sus pasos, abrir la puerta de sus aposentos, cerrarla con sumo cuidado y dejarla descansar.

York volvió a suspirar. ¿Qué clase de esposo sería si no le hiciese el amor a su mujer y la dejase anhelante, y aguardando por más, hasta que él regresase?

Revisó su vestimenta. Su vanidad exigía que mostrase su mejor cara a quienes tenían el placer de cruzarse con él, pues no en vano, el duque de York, a sus treinta años, seguía siendo un adonis de profundos ojos azules, espeso y frondoso cabello negro, anchos hombros y un cuerpo de lo más firme y musculoso.

Su ropa quedaría arruinada si hacía lo que su mente le estaba gritando. No debía hacerlo, Isobel tenía que descansar, él partir, porque los banqueros lo esperaban para una reunión matutina muy importante. Además, era un hombre capaz de someter sus bajos instintos…

Se dio cuenta de que jamás dejaría de ser un disoluto, un pícaro y libertino, pero sería esas tres cosas con la mujer que acababa de abrir los ojos y extendía los brazos hacia él. Ah, era tan delicioso cuando la lujuria acompañaba a un sentimiento tan noble como la devoción…

―Te necesito, Malcom ―susurró Isobel, con una tímida sonrisa en los labios.

Ahí supo que estaba perdido. Se sacó de encima la impoluta chaqueta ―que se había puesto con sumo esmero para no arrugarla en demasía―, sin ceremonias, para echarla directamente sobre el suelo de mármol.

Se bajó los pantalones ―que tan cuidadosamente se había colocado― por debajo de las pantorrillas y se acomodó sobre el delicado y delicioso cuerpo de su esposa, quien ya había retirado la colcha y las sábanas para incitarlo por completo.

―Tu palabra es la ley, duquesa ―le señaló, como el más dócil de los siervos.

Se dio cuenta de que no solo él estaba ansioso por iniciar el improvisado encuentro. Isobel se retorcía anhelante bajo su cuerpo. Ella llevaba unas semanas fuera de sí, demandándole unas atenciones constantes que él, encantado, le prodigaba hasta dejarla satisfecha.

York, tumbado como estaba sobre ella, apoyado sobre su codo izquierdo en el lecho para no dejar caer todo el peso de su cuerpo sobre Isobel, buscó con la otra mano su duro eje y se dispuso a conquistar la tierra prometida.

Necesitaba profanarla de inmediato, entrar en ella para hacerla gritar de pura locura.

―Sé delicado, Malcom ―le pidió, en cuanto ella se dio cuenta de lo que su esposo tramaba.

Él levantó la mirada y le sonrió. Una petición que se había repetido en las últimas semanas sin parar.

―Ah, de nuevo me necesitas tierno, paciente y amoroso. ¿Dónde ha quedado, mi amor, esa urgencia tuya en la que me instabas a no hacerte esperar, a que te mostrase mi lado más oscuro?

―¿Acaso te quejas, duque, porque tu esposa te necesite atento y cuidadoso? ―dijo, sonriéndole todavía más.

―¡Jamás! ―exclamó de inmediato―. Siempre y cuando me necesites dentro de ti nada será cuestionado.

―¿Has terminado de hablar? Porque mis piernas te abrazan y sigo en mi interior más vacía que una mujer sin amor. ¡Profáneme, lord Conquistador! ―lo urgió con picardía, para que la llenase con su carne.

Su cuerpo lloraba la falta del de su esposo.

―Uhm… un bonito y corto poema ―observó, mientras se adentraba en el interior de Isobel con suavidad y delicadeza.

Se hundió hasta la empuñadura y ella gimió de placer―.

¿Es tu devoto duque el que te inspira a componer sonetos breves con un deje de la travesura más mundana?

Hay quien censuraría tal muestra de… libertinaje en su esposa.

York exhaló profundamente, cuando las contorneadas piernas de Isobel lo rodearon para terminar posadas en sus glúteos con más firmeza. Ella acababa de hacer un movimiento de cadera tan preciso y perfecto que le hizo rozar el cielo con la punta de los dedos.

―¿Qué puedo alegar en mi defensa? ―preguntó la dama, al tiempo que hincaba las uñas sobre la fina camisa de batista del duque…

¿o era su chaleco? Él llevaba demasiada ropa, pero la urgencia era de tal magnitud que no le rogaría que se desnudase.

Poco importaba que ella no llevase ni una puntada de hilo para cubrir su desnudez, y que él tuviese descubierta la única parte que la duquesa necesitaba para llenarla.