Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

Jacob se dio cuenta, justo en el momento en el que Basil le dio una pistola a su padre, quien ya se había puesto de pie e iba en compañía del duque para ir a las mazmorras, de que los mellizos estaban armados.

―La disculpa que me ofreceréis cuando esto termine será larga y sentida.

Y cuando use mi cinturón sobre vosotros, tu padre y mi prima callarán ―dijo Jacob, incluyendo en la sentencia a Robin.

El hombre decidió tomar asiento, dado que Flavian levantó la pistola que portaba en cuanto lo vio dirigirse hacia el trío de muchachos.

―Jacob, debes saber algo de Basil… ―comenzó a decir lady Portman cuando su hermano y Thomas se marcharon.

―¿Que ha llegado a esta casa para sembrar la discordia? ―ironizó.

―Es un muchacho superior a cualquiera.

―Sí… ―ironizó una vez más―. Su especialidad es lanzar acusaciones sin fundamento, una tras otra.

―No te has fijado en lo que sostiene entre sus manos, Jacob ―señaló Aura con suavidad.

―Las pistolas no me impresionan demasiado y si consiento en que este despropósito continúe, es solo porque no quiero convertirme en verdad en un asesino. No estaría bien ahogar con mis propias manos a los hijos de tu recién estrenado esposo ―le explicó, sentado frente a ella.

―Dile lo que traes contigo, Basil, ¿por qué llevas un cuaderno en tus manos? Me temo que mi primo solo se ha fijado en las pistolas.

―Mi hermano y yo ―comenzó a señalar el heredero de Portman― no estamos habituados a seguir las normas, se podría decir que antes de que nuestra recién estrenada madre ―usó la fórmula que Jacob había empleado anteriormente―, llegase a nosotros, cometíamos todo tipo de crímenes, y eso incluía sustraer pertenencias estimadas a quienes nos enfadaban.

Hemos estado en la habitación de su madre.

Robin es un buen aprendiz ―dijo con una sonrisa Basil, al tiempo que miraba al hijo de Aquiles.

―Lo soy ―señaló el niño con orgullo.

―Levantamos el colchón de plumas y Robin lo encontró. Debería decirle a su madre que dejar el diario bajo el lecho… Mala idea. ―Basil sostuvo en el aire el pequeño cuaderno mientras decía en alto su recomendación.

―Oh, por favor… ¡Salvo la vida de tu hermano y mi recompensa es esta! ¡Acusaciones, intrigas y más acusaciones sobre mí y sobre mi madre! ―gritó Jacob.

No hubo tiempo para más. Aquiles y Portman llegaron con la señora Donaldson al salón. La llevaban sujeta, cada uno, de un brazo. Jacob se puso de pie enseguida.

―¡O la soltáis de inmediato o juro por lo más sagrado que os mataré aquí mismo! ―chilló más que antes, mientras iba a por su madre. Los dos hombres se separaron al momento de ella.

―¿Qué sucede? ―preguntó alterada Alice. Sus captores no le habían dirigido la palabra cuando la sorprendieron en los calabozos. No entendía nada.

―¿Ha podido abrir la puerta de la mazmorra? ―se interesó Basil.

―Sosteniendo las llaves estaba cuando hemos aparecido ―dijo Portman. Aquiles era incapaz de hablar. Todo tenía mala pinta y apestaba a traición.

―¿Madre? ―cuestionó incrédulo Jacob―. ¿No ibas a preparar té? ―preguntó con suavidad.

―Tenía que hablar con la pobre Melania. Me ha suplicado que la sacase de allí.

Está oscuro, ella teme la oscuridad, hace frío.

No he visto motivos para tenerla encerrada en un lugar infame como en el que está.

Ella es buena. Es incapaz de dañar a una mosca.

Tiene que ser un terrible error. ―La mujer comenzó a sollozar, mientras se abrazaba a su hijo en busca de consuelo.

―Dame el libreto ―le dijo Jacob a Basil, sin soltar a su progenitora. El joven se lo tendió en la mano.

La mujer, al ver lo que su hijo sostenía, se lo arrebató.

―¿Qué derecho tiene ese mocoso a hurgar entre mis cosas como si fuese un vulgar ladrón? ―preguntó con ira.

―Dame el libro, madre ―la instó.

―¿Te pido yo que me cuentes lo que haces con las mujerzuelas con las que te encamas? Hay cosas privadas que solo son de uno, hijo mío ―señaló la señora Donaldson, quien había pasado del llanto a la rabia en un pestañeo.

―Tengo facilidad para leer más rápido que cualquiera, también retengo la información como si fuese un cuadro plasmado en mi mente.

Así que haré un pequeño resumen para todos…

―indicó el heredero de Thomas, quien buscó con la mirada a Jacob para añadir―: Solo espero que no haga como Julio César y ordene matar al mensajero que porta malas noticias.

―Habla ―lo urgió.

―He ido a las páginas donde se hablaba de Aura Atenea. El diario es bastante corto y preciso, debo añadir. Su madre odiaba a su padre, pues este llevó a casa a una niña bastarda y obligó a su madre a hacerla pasar por su hermana.

―¡Mientes! ―dijo Jacob, con los puños apretados. Su difunta hermana no podía ser hija solo de su padre…

―La prueba la tiene su madre entre sus manos.

Yo le contaré lo que he leído, pero si no se apresura a quitárselo, estoy seguro de que irá a la chimenea más cercana y le prenderá fuego.

Aunque a la que le gustan mucho las llamas es a Melania…

―No mentía. Es lo que él haría si estuviera en la posición de la adorable tía Alice.

El padre de Basil era el que estaba más cerca de la mujer, así que se apresuró a quitarle el diario de las manos. La viuda forcejeó con él, pero logró su cometido. Se lo pasó por los aires a Jacob, quien lo atrapó al vuelo.

―Sigue, hijo ―lo conminó Aura. El dolor del cuchillo que se hundía en su corazón era infernal.

―Melania se salvó de un incendio en su casa antes de ponerse al servicio de su patrona, uno que, presupongo, al igual que lo hace la señora Donaldson, causó ella misma.

Melania mató a su propio padre, seguramente era culpable de alguna maldad.

―Basil buscó la mirada de Alice―. Coincido con usted en que posiblemente hubiera sido violada o torturada por el hombre que debía protegerla y merecía lo que le sucedió.

―Basil miró entonces a Jacob―. Es una mujer muy hábil, su madre digo, señor Donaldson.

La manipulación es su fuerte. Su progenitora ha sufrido muchísimo a manos de su esposo, su padre.

Al menos, es lo que escribe en su diario.

No precisa los hechos concretos, pero sí incide en que solo la muerte de él y «su pequeña bastarda», he citado textualmente el modo en el que se refería a su medio hermana, la harían libre.

Se marchó de viaje oportunamente con usted mientras le encomendó a su dama de compañía la misión de hacer arder su casa en Escocia, un hogar que creo que usted, señor Donaldson, ha reconstruido.

―¡Está diciendo sandeces, Jacob! Soy tu madre… Ese diario es de Melania.

―Sí, bueno, la letra es fácil de comprobar, señora Donaldson. Si va a buscar excusas, use una que la salve de las acusaciones ―le recomendó Basil.

―¿Qué hay de mi familia? ―intervino Aura.

―Tu tía Alice estaba prometida a tu padre, Aura ―siguió explicando Basil―.

Son familiares lejanos, pero tu madre desbarató los planes, así que cuando sucedió lo del incendio en Escocia, ella se presentó en Darkworth Park con su hijo y pidió clemencia al anterior duque, porque ―desvió la mirada hacia Aquiles― se lo debía por haberla abandonado tiempo atrás.

Las deudas no siempre se deberían saldar, excelencia.

Hay algunas que deberían ignorarse. No haberle hecho caso a su hermana, pudo ser fatal para usted y Robin, puesto que el afecto que la madre de Jacob siente por Aura es muy real…

al menos hasta que se casó con mi padre.

La ama, o tal vez en pasado, como a su propia hija y deseaba casarla con su hijo… que pronto se convertiría en duque.

―¡Infamias! ―soltó Alice.

―Ah, sabe que la última aseveración no la pone en su diario, señora ―continuó Basil―. Pero sí la que habla de cómo le sugirió a Melania lo oportuno que sería provocar un pequeño incendio para deshacerse de la esposa del padre de sus sobrinos.

Ella suspiró. Se acercó a la mesa principal y tomó asiento.

Se sirvió un té, que seguramente estaba frío.

Basil frunció el ceño. Bueno. Tal vez ese no estuviese envenenado, puesto que no había sido preparado por su dama de compañía.

La vio sorber una taza sin respiro. Todos esperaban a que ella dijese algo.

―Atenea no debía estar en la habitación de su madre aquella noche. Tampoco su padre ―desveló al fin la viuda, sabiendo que la habían acorralado.

Su hijo tuvo que buscar la silla más próxima para sentarse. Aquiles cerró los ojos con fuerza, rogando para estar soñando. Aura se tapó el rostro con las manos y ahogó un sollozo.

―¿Por qué, madre? ―Jacob no se lo podía creer.

―Quería recuperar lo que se me debía. Casarme con Darkworth era lo que merecía.

Cuando su esposa falleció y él anunció que no volvería a desposarse…

Traté de seducirlo. Era impasible. Creo que perdió más en aquel primer incendio de lo que todos suponíamos, salvó a su hija, pero a costa de su…

virilidad. Escuché al médico decir que nunca sería igual…

Sufrió un golpe fatal ahí . Cuando comprendí que mis planes no darían su fruto y después de enfrentarlo para que asegurase mi posición en su casa, él se comprometió a casar a su hija con mi amado Jacob, dado que vio, al igual que todos, que os enamorasteis.

―Le sonrió a su hijo―. Entonces llegó Aquiles con aquella tonta que se convertiría en duquesa.

Era simple, absurda de hecho. Arruinaría el título, así que le di mi té.

La menta disimula cualquier sabor extra de veneno.

―¡Dios santo! ―exclamó desolado Aquiles.

―Y tu primo se marchó a Francia, llegaron noticias de su desaparición y eso me dio la idea, ¿por qué conformarte solo con su hija, si lo único que te separaba del título era un pobre viejo y su nieto?

Llegados a ese punto, ella se tomó otra taza de golpe. Basil cerró los ojos.

―¿Es cicuta, cianuro u otro veneno, señora Donaldson? ―preguntó el hijo del vizconde.

―¿Qué importa mientras cumpla su cometido? ―cuestionó con media sonrisa.