Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

―Deben de estar en el jardín ―señaló Portman―. Los dejé con la cocinera antes de subir corriendo cuando se dio la voz de alarma, y le ordené que no entrase con los chicos.

―Los encontraré ―le dijo a su padre.

Portman dio unos pasos hasta su hijo.

―¿Estás bien?

―Perfectamente. ―Su mano solo tenía una rojez―.

Desde que Flavian y yo causamos un estropicio en la cocina de casa aquella vez…

Digamos que ese incendio me hizo preocuparme lo suficiente para determinar la mejor actuación en caso de que ocurriese otra fatalidad similar.

La tranquilidad es fundamental. La clave de todos los misterios está en los libros.

Leyendo se aprende… ―Basil se quedó pensativo en ese instante.

―¿Por qué siento que me he perdido una gran aventura, hijo mío, y que si mi mujer sigue con vida es debido a tu intervención?

―Parece ser que me equivoqué, padre. La dama de compañía de la señora Donaldson es la responsable.

―¿Cómo dices? ―saltó tía Alice.

―En cuanto Aura se encuentre un poco mejor, se lo explicará todo, señora ―puntualizó Basil, antes de girar sobre sus talones y marcharse a toda prisa.

―Oh, tía Alice ―comenzó a decirle Aura, quien mantenía los sollozos bajo control al fin―, ha sido horrible… Esa mujer… Melania es la culpable. Ella ha estado vertiendo algo en el té y provocó los incendios anteriores, lo sé…

―¡Es imposible, mi niña! ―dijo compungida la madre de Jacob.

―Lo es. Lo he visto con mis propios ojos.

Mi Basil, mi hijo ―precisó―, la ha descubierto ante mí ―señaló Aura, todavía entre los brazos de tía Alice―.

Ha lanzado las acusaciones y Melania ha reaccionado como una rata cuando se la acorrala.

¡Ha vuelto a tratar de provocar otro incendio!

―estalló. La vizcondesa se concentró en su esposo para decirle―: Basil es…

Debes estar orgulloso, Thomas. No lo has visto en acción, pero ha sido…

no tengo palabras para calificarlo. Cómo la ha enfrentado, cómo ha actuado con sosiego y ha apagado el fuego…

¡Es formidable, Thomas, te lo juro! Sabía que era grandioso, pero Basil es mucho más de lo que creemos.

―Aura solo sentía admiración por su hijo.

¡La había salvado! Una vez más había demostrado su carácter protector. ¡Qué muchacho!

Portman se hizo una buena idea de lo que había sucedido en la habitación. ¡Dios!, que Basil fuese su heredero no sería suficiente recompensa para colmar a su hijo con su gratitud.

―Melania… es imposible ―dijo sorprendida Alice, una vez más.

―Señora Donaldson, ¿por qué no bajamos todos al salón y esperamos a que vengan su hijo y el duque para conocer los detalles?

―Sí, prepararé un té de inmediato. Nos vendrá bien a todos.

―Sí, vaya ―le dijo Thomas para librarse de ella.

La mujer soltó, sin ganas, a Aura y se dispuso a salir de allí.

Portman llegó hasta donde estaba su esposa y la sostuvo entre los brazos. Le dio un beso ligero en los labios.

―Creí que no te soltaría. ¿Estás bien, corazón mío? ―le preguntó sin dejar de abrazarla.

―Sí, el aire no está viciado y puedo respirar al fin. He tenido tanto miedo, Thomas.

―Ya ha pasado todo. Bajemos también nosotros. ―Se puso de pie y la levantó en sus brazos y ella se aferró a él―. No bebas ni una gota de nada que no sea agua ―la avisó.

―No creo que pueda volver a beber otra cosa en toda mi vida ―confesó Aura.

Portman llegó con su esposa al salón principal y la dejó sentada sobre una silla. La dama del té ya tenía un juego dispuesto. Portman rodó los ojos cuando se acercó a Aura sosteniendo una taza.

―Bebe, esto te calmará, mi querida niña ―le recomendó.

―No puedo comer nada, menos beber en estos momentos, tía Alice.

―Sí, tienes razón. Dejemos el té apartado ―dijo la mujer, que se sentó a su lado y le agarró la otra mano―.

Aguardemos a que regresen tu hermano y mi muchacho para que nos expliquen qué sucede con Melania.

Dudo que ella haya sido capaz de prender fuego de modo deliberado. Seguro que fue un accidente.

―Tía Alice, tú nunca piensas mal de nadie ―señaló Aura―. Sé lo que he visto. Ha sido a propósito. La he acusado y ella ha cogido el atizador y con él ha dirigido las brasas en llamas hasta la cortina.

―La puerta estaba trabada cuando hemos llegado el duque, su hijo y yo ―añadió Portman.

―¡Cielos! No puedo creerlo. ¿Por qué haría Melania algo como eso? Es una muchacha magnífica. Tan cariñosa, servicial…

―Eso, señora Donaldson, lo averiguaremos en cuanto el duque y su hijo la encuentren y la traigan.

―Sí, supongo que sí ―indicó la aludida.

El vizconde volvió a tomar en brazos a su esposa, dispuesto a llevársela al sofá más cercano.

―¡Thomas! ―exclamó, dado que no se esperaba una acción así. La mano de Aura dejó repentinamente la de su tía.

―Quiero que estés cómoda, que descanses hasta que recibamos noticias. Es mi deber cuidarte y protegerte, aunque mi hijo mayor haya demostrado que puede hacerlo igual o tanto mejor que yo ―dijo con seriedad.

Lady Portman no osó contradecirlo. Thomas se veía sublime cuando tomaba una decisión y no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer.

Los tres se quedaron en silencio. Alice permaneció en la mesa mientras la pareja seguía en el sofá. Aura estaba reclinada sobre su esposo, con los pies en alto, encima de la tela tapizada del mueble. No importaba el decoro en esa ocasión.

Aquiles y Jacob regresaron después de un tiempo y entraron en el comedor.

―¿Dónde está Melania? ―preguntó Alice.

―En la mazmorra, encerrada hasta que llegue el magistrado. Zachary ha ido a buscarlo ―señaló el duque en alusión a su mozo de cuadras―. No pensé que llegásemos a usar un lugar así nunca ―añadió Aquiles.

Encontrarla fue fácil para dos hombres acostumbrados a seguir huellas y trabajar como espías.

―¿Ha confesado? ―preguntó Aura desde su posición. Estaba sentada, no recostada, al lado de su esposo, quien no la soltaba.

―No. No ha dicho ni una sola palabra ―intervino Jacob―. Pero tampoco hace falta. Tu esposo, Aquiles y yo mismo vimos la silla trabando la puerta. Es culpable, como poco, de haber intentado matarte, a ti y al hijo de lord Portman.

Al vizconde no le pasó desapercibida la soberbia con la que ofreció sus aclaraciones. Portman lo podía entender. Habían sospechado de su madre y le habían lanzado las acusaciones a la cara sin nada de cortesía. Bueno. Basil destacaba en muchas cosas, pero la diplomacia no era una de sus cualidades.

―Así que es verdad… ―dijo devastada Alice―. Traeré té caliente. Este está frío. ―Señaló la bandeja que tenía a su lado. La viuda se puso de pie y salió de allí. Todos la vieron descompuesta y comprendieron que necesitase unos momentos a solas.

Ninguno habló, aunque Jacob esperó unos minutos prudenciales para hacerlo, a fin de que su madre no pudiese escucharlos.

―¿Quién va a ofrecerme primero la disculpa que merezco? ―preguntó Jacob con arrogancia.

―Nadie. ―En ese punto llegaron Basil, Flavian y Robin. El que acababa de hablar había sido Flavian.

―Tu hermano comenzará el primero, le seguirá Aquiles y por último lo hará tu padre ―sentenció Jacob, haciendo caso omiso a lo que había dicho el recién llegado.

―¿Por qué deben disculparse? ―se interesó lady Portman.

―Porque aseguraron que mi madre había asesinado a tu familia ―dejó caer con rabia.

Aquiles se había sentado frente a su hermana. Jacob permanecía en pie y los chicos estaban frente al señor Donaldson, los tres en tropel.

―¿Qué? ―Aura debió haberlo escuchado mal.

―Era Melania. Ha sido todo el tiempo Melania.

Mi madre era inocente de una serie de cargos que se lanzaron…

No debería sorprenderme cuando tú misma ―le dijo a Aura, sin apartar la vista de ella―, consideraste que yo era un asesino.

Así que tu esposo y su descendencia envenenaron la mente de tu hermano, asegurando que mi madre, una mujer que se ha dejado la piel por todos nosotros, era la responsable de la muerte de tu familia.

Decidme, Aura y Aquiles, ¿quién debe ir a la horca?

¿Mi madre o yo? ―preguntó con un gesto de desafío.

―¿Sabe qué le dijo Julio César a Brutus mientras le clavaba un puñal? ―Basil le lanzó la pregunta a Jacob.

―¿Y tú también, Brutus? ―respondió con la frase exacta el interpelado.

―Sí. Su madre es culpable, señor Donaldson ―dijo Flavian.

―Culpable ―rubricó Robin.

―¡Esto tiene que ser una broma! Una a la que pondré fin de una vez por todas. ¿Os han azotado alguna vez, chicos? ―los interrogó Jacob con sumo enfado. Estaba a punto de perder la paciencia una vez más.

―Esto ha llegado demasiado lejos ―sentenció Aquiles―. La evidencia de la culpable es clara.

―¿Aura? ―Basil usó el nombre de ella para pedir permiso.

―Has estado conmigo todo el tiempo, Basil. Melania es la causante.

―Brutus estaba implicado en una conspiración, al servicio de otros.

―¡Ya basta de clases de historia, chico! ―gritó el primo del duque.

―Deja que Basil hable, Jacob ―terció Aura. Confiaba en ese muchacho con su propia vida.

―Padre ―dijo Basil―, creo que sería un buen momento para que alguien fuese a las mazmorras.

Me temo que la señora Donaldson ha ido a liberar a su cómplice mientras hablamos.

Luego subirá entre sollozos, alegando que bajó para hablar con su estimada dama de compañía porque no la creía capaz de semejantes cargos y que en un descuido se escapó.

―¿Ahora eres clarividente, muchacho? ―preguntó con mofa Jacob. La situación era tan descabellada que optó por reírse de él, porque de lo contrario acabaría en la horca…

―Aquiles ―tomó la palabra Aura―, ve con mi esposo y haz lo que ha dicho Basil. Coged un arma.

―¡No puedes estar hablando en serio! Mi madre te curó las quemaduras la primera vez. Se quedó junto a tu cama mientras lloraba por ti ―explotó Jacob.

―No se desanime, señor Donaldson, mi hermano está convencido de su inocencia. Aunque Robin y yo… no del todo. ―precisó Flavian.

―Así es ―indicó con orgullo el hijo del duque.