Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 16
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Capítulo 16

Unas disculpas necesarias

Basil, después de dejar a su padre abajo para que se ocupase de Robin, entró en la habitación que compartían Aura y su padre.

Justo a tiempo. Salvo que no esperaba encontrarse con una doncella joven, con el pelo negro y vibrantes ojos del mismo tono, sosteniendo la bandeja del servicio de té.

No. Esa mujer que tendría algún año más que la esposa de su padre, no era la dama del té habitual.

―¿Dónde está la tía Alice? ―se interesó Basil.

―No la he visto todavía ―dijo Aura, quien estaba sentada en el escritorio de su habitación, cerca de la gran ventana lateral que había junto a su cama.

―La señora me ha pedido que prepare el té para lady Atenea… lady Portman ―se corrigió la doncella―, puesto que su hijo deseaba hablar con ella de un asunto urgente.

―¿Sabe cómo prepararlo? Me refiero al modo exacto como le gusta tomarlo a lady Portman ―interrogó con curiosidad Basil.

―Por supuesto. La receta es mía ―señaló con satisfacción la interpelada.

Basil buscó la mirada de Aura.

―Creí que era la tía Alice quien se ocupaba siempre de estas cuestiones. ―Tanto su hermano como su padre y él mismo habían bautizado a la señora Donaldson como la dama del té.

―Así es ―tomó la palabra Aura―, Melania le dio la receta años atrás y mi tía me enseñó a mí. Creo que todas las mujeres de esta familia conocían la receta de Melania. Mi madre y la esposa de Aquiles también sabían elaborarlo ―le explicó a Basil.

―¿Quién prepara habitualmente el té en esta casa, Aura?

―Algunas veces tía Alice y otras Melania.

―¿Es usted nueva, Melania? ―preguntó el hijo del vizconde.

―¿A qué viene tanto interés, Basil? Pareces un magistrado interrogando sobre el té. ―Aura no entendía nada.

―Soy la dama de compañía de la señora Donaldson ―respondió con suavidad―. Llevo muchos años al servicio de mi patrona.

Basil frunció el ceño. Miró de nuevo a la vizcondesa.

―Tu hermano dijo que todo el servicio fue expulsado de la casa ―explicó con molestia al comprender que había cometido un error de cálculo.

―Así es. Aquiles lo hizo, tal y como le recomendé ―señaló lady Portman.

―Ella ―el muchacho señaló a la mujer que estaba parada atendiendo la conversación― sigue aquí. ¿Por qué no fue despedida como el resto?

―¿No es usted demasiado joven para mostrar tanta impertinencia? ―se atrevió a intervenir la dama de compañía de tía Alice.

―¿Y usted no se ve demasiado dulce para ser una asesina, Melania? Las apariencias engañan.

―¡Basil! ―Aura usó su nombre sin poder creer lo que estaba escuchando. Gimió ante su osadía.

El joven no dejaba de mirar a la denominada Melania.

―Aura, te lo dije una vez ―volvió a hablar Basil con suma tranquilidad―. Las personas que menos creemos, en las que más confiamos, son las que suelen tramar las mayores traiciones. No sé los motivos que tiene Melania para tratar de asesinar a toda tu familia, pero ella es a quien buscabas.

―¡Qué desfachatez! ―exclamó la aludida, sumamente alterada por la acusación tan serena que se acababa de verter sobre ella.

Aura frunció el ceño y observó con atención a Basil.

Luego llevó la mirada a la dama de compañía de su tía.

Siempre callada, atenta. Melania solo contaba con la compañía de Alice.

No se mezclaba con nadie más. Pasaba tan desapercibida que ni ella misma la había tenido en consideración cada vez que pasaban por su cabeza las acusaciones contra Jacob.

Era como una extensión de su tía. No era parte del servicio, tampoco de la familia, pero sí tenía una posición privilegiada junto a la madre de Jacob.

Aura trataba de componer el rompecabezas.

Basil había sido claro sobre sus apreciaciones.

El hijo de Portman no acusaba, ni actuaba contra alguien si no estaba seguro de conocer los detalles.

Estaba desconcertada. Tanto que tuvo que sentarse.

―Aquiles no despidió a Melania porque no podía hacerlo, puesto que ella está al servicio de mi tía, no de mi hermano ―musitó Aura mientras su cabeza seguía pensando.

El té. Basil había nombrado el té. Ella comenzó a sentirse mal cuando llegó a Darkworth Park, pero no fue tan malo como cuando comenzó a devolver cada mañana.

Un embarazo parecía la causa más lógica a su dolencia, aunque…

Recordaba a la esposa de Aquiles en el pasado, siempre tomando el té, cansada, abatida.

Encamada porque no podía moverse. El médico no encontró un motivo poderoso para que la salud de la esposa de su adorado hermano comenzase a resentirse de la noche a la mañana.

―Se lo diré a mi patrona. La señora Donaldson pondrá orden aquí. ¡Este insulto no será olvidado! ―apuntó enfadada y con las mejillas rojas por el disgusto.

―¿Dónde cree que va, Melania? ―preguntó Basil, cuando vio a la mujer dar un par de pasos hacia la puerta de salida.

Aura se levantó entonces y avanzó hasta la mujer de confianza de la viuda Donaldson.

―Llegaste a su casa siendo muy joven, antes de venir a vivir aquí.

Ella repite muchas veces esa historia, pero no puntualiza los detalles.

La conmoviste con un relato, pero nunca dice de qué se trataba.

Te tiene como si fueses su propia hija, tanto te adora que muchas veces yo sentía celos de ti.

Cuando mi tía te menciona siento que lo hace como si te debiera algo…

¿Qué te une a tía Alice, Melania? ―la desafió.

―Gratitud. Y las acusaciones que están siendo vertidas aquí son del todo injustificadas.

―Bébase el té, Melania. Toda la tetera ―saltó Basil.

―¿Por qué debería hacerlo cuando ya he tomado una taza antes, en compañía de mi patrona?

―Siéntese y haga lo que le digo ―reiteró con decisión Basil―.

Si es inocente hará lo que le pido. Todo, sin dejar una sola gota.

Si se niega, lo que verá es al magistrado de la zona interrogándola sobre las muertes de toda la familia.

El doctor analizará el contenido de la tetera, que yo sé que tiene más que menta, anís y miel, y usted dará con sus huesos en la prisión… Luego la colgarán.

―¡No toleraré las órdenes de alguien que es poco más que un niño impertinente! ―La dama de compañía se recogió la falda y trató de volver a encaminarse hacia la salida.

―El duque está informando a la señora Donaldson sobre su implicación en los asesinatos…

―le dijo Basil―. Supongo que el té iba lento para su gusto o no implicaba que sus víctimas agonizasen como merecían y optó por incendiar la casa…

dos veces, Melania. ―Basil no estaba muy seguro de su última acusación, sin embargo, le pareció oportuno marcarse semejante farol.

Entonces Aura y el joven vieron a la dama de compañía coger el atizador de la chimenea que estaba a su alcance, a la derecha. Basil se puso delante de Aura para protegerla de una posible agresión.

La mujer metió el atizador entre las llamas que estaban muy vivas, las levantó y las tiró sobre la cortina más próxima. Lo siguiente que vieron fue cómo huía de la estancia. Basil se apresuró a correr tras ella, pero la mujer colocó una silla para trabar la puerta.

―¡Fuego, fuego, todo el mundo fuera! ―comenzó a gritar Melania para crear una distracción y huir.

Basil se giró y miró a Aura, quien estaba sujetando la colcha de la cama, lista para aplacar las llamas.

―Ya sabemos cómo incendió tu casa dos veces ―sentenció Basil, mientras llegaba hasta la posición de la vizcondesa dispuesto a ayudarla.

―¡Coge la jofaina y echa el agua aquí! No dejaré que un nuevo incendio arrase con Darkworth Park otra vez ―le ordenó. Comenzó a toser debido al humo que se formaba.

El muchacho, antes de hacer lo que ella le había pedido, se dispuso a darle un fuerte tirón a la cortina, para que cayese al suelo y no pudiesen pasar las llamas a ningún otro lugar.

Sintió el calor en la palma de su mano derecha.

Se tragó el dolor. Su ropa comenzó a prenderse, se quitó de inmediato la chaqueta y comenzó a pisotear con fuerza para apagarla.

Tuvo éxito, así que mientras Aura seguía golpeando el fuego con la colcha, él se rasgó un trozo de tela de la camisa y se lo colocó sobre la boca y la nariz, para evitar que el humo actuase con mayor rapidez sobre su persona.

Entonces buscó el agua, cogió la jofaina y llegó hasta Aura, le quitó la ropa de cama de las manos, le dio un fuerte empujón a su nueva madre que la llevó sobre la cama, sumergió una parte de la colcha y luego prosiguió del mismo modo que había estado haciendo la vizcondesa.

Las llamas estaban muy bajas cuando la puerta se abrió con violencia.

Jacob, Aquiles y Thomas entraron con rapidez.

Lo primero que hizo el vizconde fue coger una silla y lanzarla por la ventana a fin de abrir una corriente que trajese aire puro.

Su esposa estaba tosiendo, y su hijo, que había logrado controlar las llamas, no se quedaba atrás en cuanto a la dificultad de respirar.

Aquiles y Jacob ayudaron a contener el poco fuego que quedaba pisoteando los restos con sus propias botas. La tía Alice llegó tras ellos, hecha un mar de lágrimas.

―¡Mi niña, otra vez no! ―La viuda entró sin pedir permiso y se fue directa hacia Aura, a quien abrazó mientras sollozaba.

―¿Dónde está Melania? ―preguntó Jacob hecho una furia.

Sabía que su madre la había enviado a llevarle el té a Atenea, puesto que antes de iniciar la conversación con Alice, había escuchado perfectamente cómo su progenitora la mandaba.

Además, los gritos que se escucharon alertando del fuego, Jacob los había identificado.

Conocía muy bien la voz de Melania Forsty.

―Ha salido corriendo. No puede estar muy lejos ―le explicó Basil.

―Te dije que te equivocabas en tus suposiciones ―le recriminó al muchacho, antes de salir en compañía de Aquiles en busca de la dama de compañía de su madre.

―Sí, bueno, no es culpa mía que el duque no despidiese a todo el personal… ―musitó, mirando a su padre, quien estaba frente a Aura―. Iré a buscar a mi hermano y a Robin.