Capítulo 15 #2
―No es mi vida la que está en peligro. Se trata de la suya y la de su hijo, puesto que soy capaz de llorar, brincar, patalear e incluso amenazar a mi padre con una pistola, si no saca de inmediato de esta casa a mi madre.
El duque se cuadró. No era un niño, tampoco un joven, parecía más mayor que él mismo en esos momentos. Era consciente de que Robin confiaba muchísimo en los hijos de Portman, en especial en el mayor. Los había observado juntos demasiadas veces como para pasarlo por alto.
―Tu hijo es interesante, Portman ―le dijo el duque a Thomas, aunque no le quitaba los ojos de encima al muchacho―.
Uno no sabe si darle un bofetón o premiar su sinceridad con una guinea.
Búscame cuando cumplas los veintiún años si te cansas de tu vida anodina y si tu padre te lo permite.
La Corona hará buen uso de tu insolencia, tu atrevimiento y… tu valor ―añadió con reconocimiento.
No esperó respuesta, ni del padre ni del hijo, se dio la vuelta para apaciguar a Jacob y establecer la mejor manera de mantener una entrevista con la tía Alice.
―¿Crees que esa mujer es la que ha estado detrás de todo, hijo mío?
El joven se dio la vuelta.
―¿Tú no? ¿Quién más podría ser si no es el hijo? Darkworth despidió a todo el servicio. Me dijiste que aquel investigador que contrataste era excepcional y no encontró nada sospechoso. El helecho está muerto. Las evidencias hablan por sí solas.
―No sé si me alegraré de que tengas razón o de que no. En ambos casos perdemos, Basil.
―Mejor tener a un duque como enemigo que ver morir a Aura, padre. Iré a buscar al jardín a mi hermano y a Robin.
Basil se marchó de allí como habían hecho antes que él Jacob y Aquiles.
El vizconde se quedó contemplando el helecho.
La mente de su hijo era prodigiosa, su aplomo incalculable.
Lo siguiente que hizo Thomas fue subir a la habitación a buscar a su esposa para explicarle que el té con menta, anís y un poco de miel debía ser desterrado de inmediato.
Y cuando ella preguntase el motivo, le diría que debía hacerle caso si confiaba en Basil, cosa que Thomas suponía que Aura haría…
Aunque su tía Alice parecía más una madre para ella que otra cosa…
No importaba, su mujer no volvería a tomar nada que no fuese agua clara mientras se quedasen en Darkworth Park, una situación que esperaba que se resolviese pronto, dado que el vizconde, al igual que sus hijos, deseaba volver a casa lo antes posible.
Se encaminó hacia el recibidor para subir las escaleras, cuando Basil y Flavian entraron en tromba, su hijo mayor portaba a Robin en brazos, mientras el pequeño sollozaba.
―¿Qué ha pasado? ―preguntó el vizconde, quien se acercaba a toda prisa hacia el trío.
―Robin ha tropezado y se ha hecho sangre en la rodilla ―explicó Flavian.
―Oh, una herida de guerra… ―examinó el daño y decidió que solo era un rasguño―. Vayamos a por un poco de agua a la cocina y limpiemos el estropicio.
Thomas cogió en brazos al pequeño, relevando así a Basil.
―¿Has hablado con Aura? ―se interesó su hijo mayor.
―No me ha dado tiempo. Iba a hacerlo cuando habéis entrado. Sube y dile que solo tiene permiso para beber agua.
―¿Le explico la situación?
Portman pensaba hacerlo, pero…
―No. No la angustiemos sin motivo… todavía. Si pregunta, mejor dile que el médico ha estado aquí y que recomienda que se destierren todas las bebidas salvo el agua. Asegúrate de que no quiera beber otra cosa mientras estemos en esta casa.
―De acuerdo ―concordó Basil con su padre.
―¿Qué pasa con el té? ―le preguntó Flavian a Basil―. ¿Tenías razón?
―Te lo contaré todo luego ―le respondió a su hermano, mientras subía por las escaleras en busca de Aura.
Flavian no necesitó más explicación, puesto que supo que Basil, una vez más, había tenido razón en sus suposiciones.
***
Aquiles se paseaba por delante de la habitación de tía Alice.
Sabía que su primo estaba dentro porque escuchaba su voz.
Lamentaba tener que hacerlos enfadar. El mocoso de Portman tenía razón.
Debía llegar hasta el final del asunto. Llamó a la puerta y entró sin esperar respuesta.
De pronto tuvo a Jacob frente a él, en una postura del todo amenazante.
―Mi madre sabe que nos marchamos de inmediato ―lo avisó, para que no osase decir ninguna palabra más.
Una cosa era que las sospechas recayesen sobre él y otra muy diferente que acusasen de infamias a su progenitora.
Jacob adoraba a su madre, sabía que ella no haría nada malo. Su paciencia se había acabado.
―Pero no entiendo por qué tenemos que adelantar el viaje ―dijo Alice―. No quiero separarme de Aura, ni de Robin, y por supuesto tampoco de Aquiles. Sois toda la familia que me queda. Marcharme ahora que os he recuperado es… ―Su voz se apagó.
―Tu hijo soy yo, madre ―señaló con sequedad, sin apartar la mirada de la del duque de Darkworth.
Aquiles se dio cuenta de que lo que iba a hacer era lo más duro que alguna vez un hombre se vería forzado a llevar a cabo. Rodeó a su primo y se colocó frente a Alice, quien estaba sentada en una silla y se mostraba muy apenada.
―Creía que podría marcharme a Escocia, pero no puedo…
Le he suplicado a Jacob que nos quedemos una temporada más.
Es cruel apartarme de los que quiero justo cuando os acabo de tener de vuelta en mi vida.
Haz que entre en razón, Aquiles, te lo suplico.
―Las lágrimas que vio en los ojos de la que consideraba su tía lo conmovieron.
Alice era una mujer buena, tierna, que siempre se había portado bien con ellos. El duque tragó saliva. Se acuclilló delante de la mujer y sostuvo las manos de ella entre las suyas.
―Tía Alice… tengo que saberlo… ¿Mi familia ha hecho algo para disgustarte? ―preguntó con suavidad.
―Cuidado, primo ―terció Jacob.
―¿Qué es lo que sucede? ―Alice se dio cuenta de la tensión que emanaban los dos hombres. Además, no entendía la pregunta de su sobrino.
―Nada, madre. Nos marchamos de esta casa de inmediato. Es mi última palabra. También la que dirá Aquiles delante de mí, si sabe lo que le conviene. ―Oh, sí, la amenaza era muy real para el duque.
Aquiles se levantó de su posición y miró a Alice, después a su hijo.
No podía hacerlo. Era incapaz de preguntarle a la madre del hombre que lo salvó en Francia si ella había conspirado para sembrar el caos y el dolor en su familia.
Alice era una de las mejores mujeres que conocía.
Jamás en su vida había cometido una falta.
No la concebía siendo malvada, pero el hijo de Basil había sembrado una duda más que razonable en su cabeza.
―No preguntaré nada más, Jacob. Te lo debo. Mantendré la boca cerrada por lo que hiciste por mí en el pasado.
―¡Maldita sea! ¿Qué sucede? ¡Exijo que me contéis lo que sea de inmediato! ―Se levantó Alice, mostrándose exigente y autoritaria. Aquiles se sorprendió al verla en esa tesitura. Tía Alice no perdía los nervios jamás.
En honor a la verdad, Jacob también se quedó asombrado por el cambio de actitud de su madre.
La mirada del duque pasó a la de su primo, quien estaba examinando con fijación a Alice.
A Aquiles le pareció ver que la mirada de su primo era diferente a la que solía emplear para contemplar a la mujer que lo trajo al mundo.
―Curioso ―musitó Darkworth. Su primo lo escuchó.
―Te he asegurado que nos marchamos y no regresaremos jamás. ¿Qué más quieres, Aquiles?
―Está todo dicho. La confianza entre ambos se ha quebrado, Jacob. Es mejor que nos separemos sin levantar un polvorín.
―Eres un necio si te dejas manipular de ese modo, duque. He soportado las acusaciones que pesaban sobre mí, lo siguiente que ha llegado no lo toleraré ni un instante. El daño ya está hecho y nada volverá a ser igual entre ambos.
―Os deseo lo mejor, Jacob ―se giró para mirar a la madre de su primo―, tía Alice ―dijo a modo de despedida.
Tanto si era culpable como si no, no alzaría acusaciones sobre una mujer que era lo más querido por su primo. Le daría esa salida, puesto que la sentencia sobre tía Alice no era firme, se basaba en las suposiciones de un joven que había regado una planta con un té.
Se aferraría a la esperanza de no conocer la verdad, porque Aquiles había pasado por muchos infiernos.
Saber a ciencia cierta que esa mujer fuese la responsable de todo…
Hacer que la juzgasen y que acabase en la horca…
Jacob no se repondría de esa escena. Se lo debía y ahí quedaba saldada la deuda que tenía con él.
Condenar a tía Alice, en caso de que fuese culpable, no traería de regreso a su esposa, a su padre o a su madre.
Aura había salido con vida, dos veces se salvó de un incendio y había protegido a su hijo.
―¡Fuego, fuego, todo el mundo fuera! ―Escucharon los tres en la habitación los gritos de histeria.
Jacob y Aquiles salieron sin mayor dilación de la estancia para ver qué ocurría. Tía Alice tardó un poco más en reaccionar.
El duque corría a la velocidad de su corcel más raudo. Aura y Robin estaban en sus pensamientos. Si algo malo le sucedía a su hermana o a su hijo, él no podría seguir adelante. Perderlos dos veces… Rezó a Dios para que fuese algo sin importancia o una falsa alarma.