Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 15
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Capítulo 15

Unas conjeturas arriesgadas

Basil estaba paseando por delante de la biblioteca donde su padre trabajaba, unos días después de la boda, mientras pensaba la mejor forma de exponer los hechos. Poca duda quedaba a esas alturas sobre las implicaciones de sus hallazgos.

No llegó a llamar a la puerta, pues su padre salió de allí y se lo encontró con la mano en alto a punto de tocar la madera maciza.

―Basil… ¿qué ocurre?

―Es el té ―soltó de sopetón.

―¿Qué?

―Ven conmigo, padre. Te lo mostraré.

Portman, pese a no entender nada, siguió la estela de su muchacho.

Al fijarse en su heredero, se dio cuenta de que no solo tenía una mente superior a su edad, sino que su altura era muy pronunciada y sus hombros comenzaban a ensancharse.

El vizconde no recordaba haber sido ni la mitad de inteligente, o ya puestos, voluminoso que sus dos muchachos. Sintió de pronto un gran orgullo.

Los dos se pararon frente a una planta en el salón principal. Observaba a Basil mirar ese pequeño árbol, o lo que fuese, con atención, al tiempo que suspiraba.

―¿Qué estamos viendo, hijo?

―Llevo varios días regando esta planta con el té que ofrece a cada momento la señora Donaldson.

―El helecho está muerto ―dijo Portman.

―Precisamente. ¿Qué contendrá esa substancia, para causar ese estrago en una sana planta que hace tan solo dos días estaba fresca y verde? ―preguntó irónicamente―. Ricina, arsénico o cianuro… Venenos fáciles de obtener y difíciles de localizar.

―¡Dios santo, Basil! ¿Cómo te ha dado por estudiar semejante temática? ―interrogó escandalizado.

―Y de nuevo todos olvidáis que vinimos aquí para localizar a un asesino ―sermoneó a su padre.

―¿Y una planta moribunda es una prueba fehaciente para acusar a una dulce mujer a la que mi esposa ama con todo su ser?

―¿Estás dispuesto a apostar la vida de todos nosotros?

―lo retó―. Aura no se ha encontrado bien desde que llegamos.

Flavian, Robin, tú y yo no tenemos mucho de qué preocuparnos, dado que el té no nos agrada en exceso.

Darkworth ha empezado a sentirse mal esta misma mañana.

Curioso que la dulce tía Alice le lleve a su despacho la bebida con más frecuencia que cuando su hijo está en casa.

¿Quieres que siga, padre, o hacemos algo al respecto?

―Murieron en incendios, no envenenados ―se vio en la obligación de recordarle a su hijo. Los familiares de Aura perecieron en las llamas.

―No todos ―lo corrigió el joven―. La esposa del duque comenzó a sentirse mal y los médicos no dieron con la causa de la dolencia. Murió, y apuesto tu fortuna a que fue por el dichoso té.

―Basil… Es una acusación muy delicada.

―Aura estaba convencida de que se trataba de su primo, quien deseaba usurpar lo que le correspondía a su familia…

¿Y si fuese la madre la que pretendía recoger los frutos para su muchacho, tal y como lo llama?

¿Quién sospecharía de un dechado de virtudes, al que se le llena la boca de amor por sus sobrinos? ¿Es descabellado, padre?

―Aura confía en ella con su vida ―dijo pensativo.

―Y el duque lo hace con el hijo. Estamos hablando de la vida de Robin, de su padre, de tu esposa, y si nos quedamos mucho más, de la nuestra. El helecho se ha muerto, padre. Jacob ha estado fuera.

―Regresó de la ciudad anoche. Se marchan mañana con las primeras luces. Aura me ha informado de ello.

―Entonces, hay más riesgo. La dosis que vierta en los adorables y bienintencionados tés que sirva hoy podrían ser decisivos. Lo justo para que ese viaje se retrase o para poner fin a los impedimentos que separan a su hijo del título.

―No puedes estar seguro de lo que dices.

―Es lo que yo haría ―confesó.

Hubo unos minutos de silencio. Portman pensó en las conjeturas de su hijo. Volvió a mirar el aspecto deprimente de la planta seca y sin apenas vida.

―¿Qué dolencia tenía el duque, Basil?

―Vómitos, como tu esposa.

―Aura… ella… ―comenzó a titubear. Basil entendió lo que su padre no se atrevía a relatar.

―Sabemos que está embarazada.

―¿Hay algo que no se te escape? ―Su heredero siempre lo sorprendería.

El muchacho mostró media sonrisa socarrona.

―No, cuando pongo todo mi empeño en proteger a mi familia.

Su padre le palmeó la espalda, reconociéndole el mérito de su respuesta.

―¿Darkworth está en la cama?

―No lo estoy. ¿Qué es tan fascinante para que estéis en un rincón? ―Escucharon que decía Aquiles detrás de ellos.

El duque se acercó hasta su posición y se interesó para ver lo que estaban admirando.

―Una planta muerta ―respondió con atrevimiento Basil.

―Le diré al jardinero que la reponga de inmediato ―dijo el hermano de la vizcondesa.

―Puestos a deshacerse de lastres muertos, le recomiendo que empaquete a la señora Donaldson y la envíe lo más lejos que pueda y sin posibilidad de retorno.

―¡Basil! ―amonestó Thomas a su hijo ante su impertinencia.

El duque cuadró los hombros.

―Deberías medir mejor tus palabras, muchacho, porque he retado a duelo a hombres que me han insultado menos. ―La advertencia provino de boca de Jacob Donaldson.

Los tres se giraron para observarlo. Basil, lejos de cohibirse, dio un paso al frente. Su padre tuvo que sujetarlo por el hombro derecho para frenarlo.

―El té de su madre es mortal, señor Donaldson.

La prueba de mis palabras es la planta que hay detrás de nosotros.

Rociada durante dos días con lo que sea que contenga la bebida.

Ella es la responsable de los males de esta familia y me atrevo a pronosticar que es usted a quien quiere premiar con un ducado.

―Basil no titubeó ni por un instante al hacer las acusaciones.

Darkworth, al ver que su primo apretaba los puños y daba medio paso hacia el hijo de Portman, se interpuso entre ambos. El vizconde trató de colocar a su hijo a su espalda, pero no logró su cometido.

―Más calumnias, ahora sobre mi madre… ¿Crees su acusación? ―le preguntó directamente Jacob a su primo.

―Lo que crea no es importante ―sentenció con diplomacia el duque.

―¡Está hablando de mi madre! ―gritó Jacob con cansancio.

―Averiguaremos lo que ha ocurrido con esa planta y el té. No sacaremos conclusiones anticipadas. ―Darkworth echó una mirada a Basil, quien se mantenía impasible a su espalda, y regresó la vista a su primo―. Lo mejor es tener todos los detalles antes de juzgar y condenar a nadie ―le sugirió.

―¡Mi madre ama más a Atenea que yo mismo!

―ladró Jacob. Se dio cuenta de las palabras que acababa de decir.

Comenzó a negar con la cabeza―. No me quedaré a escuchar ofensas contra la mujer que se ha desvivido por esta familia.

Ella siempre ha considerado que tenía tres hijos a su cargo, cuatro contando a Robin.

Alice Marie Anne Donaldson es culpable de haberle dado a esta familia lo mejor que tenía.

Informaré a mi madre de que partimos de inmediato a Escocia. Esta desfachatez ha durado demasiado.

Jacob no esperó respuesta, giró sobre sus talones y se alejó para buscar a su progenitora y disponerlo todo para marcharse.

Se quedaron solos Thomas, Basil y Aquiles.

―No debería dejar que la señora Donaldson se fuese sin preguntarle ―se atrevió a decirle Basil al duque.

El hermano de Aura se colocó delante del hijo del vizconde.

―Tienes agallas, muchacho, te concederé eso, pero te aseguro que tía Alice sería incapaz de dañar a mi hermana. Antes se quitaría la vida.

―El helecho no miente. Aura ya no está soltera…

El té es lo que le ha hecho a usted sentirse mal.

¿Cuántas tazas le ha llevado a su despacho desde que estamos aquí?

Mi acusación solo busca proteger a la esposa de mi padre.

La nueva vizcondesa Portman era parte de mi familia incluso antes de casarse con él.

No me quedaré callado y atenderé las normas de cortesía, cuando hay alguien que quiere hacerle daño a Aura y a Robin.

Serán su hermana y su hijo, excelencia ―usó el título con solemnidad―, pero para mí, son mi madre y mi hermano pequeño.

Aura me hizo prometerle que lo protegería y es lo que hago.

Debería agradecerme que lo haya incluido a usted en el paquete…

No pudo contradecir ni una sola de las palabras que el futuro vizconde Portman enumeró, aunque querría borrarle su soberbia, su superioridad y condescendencia de un plumazo.

Aquiles en su situación hubiese movido cielo y tierra en caso de tener razón.

Observó al padre que estaba tras el hijo.

El esposo de Aura Atenea parecía estar dispuesto a que su heredero lidiase solo con la situación.

Era más, veía a Portman con la cabeza bien alta, como si mostrase un orgullo desmedido.

Aquiles inspiró una gran bocanada de aire.

―¿Desde cuándo has estado vertiendo ese té en la planta? Y lo más importante… ¿qué te ha llevado a sospechar de tía Alice?

―Las mayores traiciones llegan de la mano de los que menos esperamos. Julio César podría explicar un par de cosas sobre esa cuestión, excelencia ―sentenció Basil.

―¿Lees textos de la antigua Roma? ―se interesó Aquiles. A su edad, él odiaba los libros, en especial los que se suponía que debería aprenderse.

―Leo lo que me sirve para ver más allá de lo que tengo delante de las narices ―respondió.

―Basil ―tomó la palabra su padre―, estás rayando la insolencia.

―Lo que está en juego me impide contenerme ―le respondió a su progenitor, sin darse la vuelta para mirarlo.

Hubo unos minutos de un silencio tenso, cortante.

―Interrogaré a la tía Alice, aunque eso suponga el fin de mi relación con el hombre que me salvó la vida. ¿Te satisface mi pretensión? ―preguntó enfadado.

Basil se sintió insultado y no estaba dispuesto a quedarse callado. A fin de cuentas, él había estado observando y analizando todas las situaciones, y sabía de lo que hablaba.