Capítulo 14 #3
―Recuerda que el médico dijo que era natural que el bebé se apoderase de mi estómago durante un tiempo. ―Las arcadas y vómitos eran cada vez peores durante las mañanas.
Así fue como llegaron a la habitación de ella, que comenzarían a compartir como marido y mujer. Robin se había acostumbrado a dormir solo, por lo que no tendrían interferencias.
―A partir de ahora me ocuparé personalmente de ti. Espero que esos estupendos pechos tuyos no hayan disminuido o pagarás caro el atrevimiento, corazón mío.
Aura emitió una larga carcajada.
―No tengo el control sobre eso, querido.
―Sí bueno, comprobaremos el alcance de los daños en cuanto te desnude, te acaricie y te lama… por todas partes.
―Uhm… Tendrás que cumplir tu palabra, lord Portman. ―Usó su título de modo seductor.
―Por supuesto, milady .
Dicho y hecho. Con la promesa de amarse al fin con las bendiciones del Altísimo, la pareja se desnudó con tranquilidad, para disfrutar de la expectación.
Portman la contempló con glotonería. Ambos estaban de pie el uno frente al otro.
―Me gusta el modo en el que me devoras con la mirada. Me haces sentir una mujer deseada.
―¿Me cansaré alguna vez de mirarte? Lo dudo mucho. Eres como la luna, brillante, llena de luz en medio de la oscuridad, y eso hace que me sienta como el sol, poderoso, caliente, ansioso por contemplarte.
Ella se acercó a su esposo con el iris completamente oscuro. Aura estaba llena, a rebosar, de deseo. Enlazó las manos en su nuca y lo besó con ternura. Pasados unos pocos minutos se separó de él un poco, pero sin abandonar del todo sus labios.
―La ofrenda que te hago es la de que nunca dejaré de amarte.
Es una promesa simple, sencilla y correcta.
No seré una esposa común, Thomas. Llevo tiempo sola y estoy acostumbrada a salirme con la mía.
Has demostrado ser paciente y yo pondré de mi parte todo lo que tengo.
Me haces feliz. Has llenado el vacío de mi corazón y no creí que alguien pudiera hacerlo.
Me rescataste cuando creí que no necesitaba a nadie.
Te amo tal y como eres, no cambies nunca.
Lucharemos las batallas que se nos presenten juntos. Ahora y siempre.
―Ahora y siempre, corazón mío ―repitió él a punto de explotar de amor.
Entre besos, abrazos y caricias, la pareja llegó hasta la cama. Aura se quedó recostada sobre su espalda, sin embargo, Thomas la instó a darse la vuelta y a colocarse sobre sus manos y rodillas, justo cerca del borde del lecho.
―¿Thomas? ―preguntó, al quedarse en esa postura tan expuesta y decadente.
―Es nuestra… mañana de bodas. No quiero que jamás olvides esto. Tiene que ser especial, diferente a lo que hemos compartido hasta el momento.
Acto seguido Thomas colocó un par de cojines en el suelo y se colocó de rodillas.
―Esto resulta… ―comenzó a decir temerosa.
―Encantador ―terminó por ella―. Eres como un festín que espera a ser devorado. Puedo ver tu humedad desde mi posición, huelo el delicioso aroma de tu deseo… Me vuelves loco, esposa, y es mi obligación demostrarte cuánto.
Acto seguido, su marido la agarró de las caderas mientras su boca buscaba su premio.
Al sentirlo, lady Portman percibió la excitación recorrer todo su cuerpo como si de un rayo se tratase.
La impresión por tener apoyada su nariz en una parte de su anatomía del todo impúdica, le hizo perder el equilibrio y cedió hasta tener los senos sobre la cama, de tal modo que su delicioso trasero se quedó algo más elevado.
Y eso posibilitó que Thomas pudiese explorarla a placer.
Ella estaba resbaladiza y más que preparada para ser poseída. No todavía. Necesitaba sentir el sabor de su liberación bajando por su garganta. Dejó de lamer su sexo un momento para hablar:
―Aura, voy a ayudar a mi lengua con dos dedos, serás una buena esposa y me alimentarás de ti, y además lo harás pronto, porque es urgente estar en tu interior.
―Thomaaaas… ―Su nombre salió como una súplica. Las cosas que le decía la encendían.
La mano derecha del vizconde dejó de sostener su cadera, y su boca regresó a adorar el culto que merecía atención, al tiempo que sus dedos índice y corazón se preparaban para llegar a su interior.
―¡Aaaaaah! ―gimió en cuanto se sintió llena.
La malvada lengua de su esposo la tenía al límite. Los dedos de Thomas la volvían loca, pero no era eso lo que precisaba. Aura sabía que le faltaba algo. Necesitaba sus envites, sentirlo dentro para poder alcanzar el éxtasis.
―Corazón mío… Déjalo ir… ―le rogó, lleno de ansiedad.
Los días pasados en los que no había disfrutado de su cuerpo tentador le estaban pasando factura. Su miembro estaba a punto de explotar. Contenerse para no llevar una mano y acariciarse era peor que un trabajo en las minas.
―No puedo… Te deseo dentro… de mí… Lléname… Querido, ven conmigo. Por favor, por favor… ―rogaba para que la poseyera al instante.
La petición tan cruda y natural de su esposa hizo que la cabeza de su virilidad se humedeciera al instante. Thomas sintió el torrente de la pasión casi desbordándose en su interior.
―No te negaré nunca nada ―prometió.
Dejó atrás los cojines mullidos sobre los que había apoyado sus rodillas, la volvió a sostener de las caderas para acercarla y colocó su falo en su entrada.
Estaba más que lista. Si él entrase en ella como deseaba hacerlo, posiblemente sentiría la tentación de abandonarse por completo al placer.
Reprimió las ansias. Era preciso disfrutar del momento, sentirla deshacerse todavía más.
Entró con delicadeza, paso a paso, como un conquistador que pretendía tomar una fortaleza de modo seguro, sin prisa, con determinación y deleite.
Aura se sentía impaciente. Él estaba jugando con ella, lo sabía. Así que cuando ya no pudo resistirse más, empujó hacia atrás su cuerpo para darle cobijo.
―Aaaaah, cora…zón mío ―gimió, lleno de gozo con la acción.
Las posaderas de su esposa se quedaron pegadas a su piel.
Imposible profundizar más en el cuerpo de su mujer―.
Te muestras ansiosa y exigente hoy. Asumes muy bien tu papel de vizcondesa reclamando a tu hombre que te dé lo que precisas.
Eso está muy mal, puesto que no has tenido en cuenta los deseos de tu sol, mi luna.
Levantó la mano y le dio un azote en la nalga derecha.
―¡Aaaah! ―El dulce castigo le supo a gloria.
―Mereces cinco azotes que disfrutarás mientras te monto y los tomarás con placer.
―¡Síííí! ―exclamó, cuando la palma de él volvió a picarle en el mismo lugar que la vez anterior.
Delicioso. Perverso. Nuevo. Las caderas de su esposo, que habían comenzado a mecerse con consideración, pronto olvidaron la preocupación y los embates se hicieron más urgentes, más violentos.
Las nalgadas la hacían sentir una mezcla de placer combinado con un pequeño dolor que…
Divino. No sabía que su vizconde pudiese ser tan…
No sabía cómo calificarlo, pero ella estaba muy cerca de algo que…
Y cuando esa mano, que había castigado su atrevimiento por imponerse a los deseos de su esposo, dejó de sonrojar su nalga y se posó en su sexo… Creyó que moriría de placer. Sentir a Thomas recostado sobre su espalda, mientras la penetraba con firmeza y la acariciaba…
―Ven conmigo… Ven, Aura… ¡Yaaaaaaa! ―le exigió, al tiempo que dejaba salir su semilla en su interior.
―¡Amoooooor! ―exclamó ella, cuando la pasión la embargó para desbordarla por completo.
―Santo cielo, Aura. Te juro que había previsto una sesión delicada, tierna, que nos llevase horas…
Thomas salió de ella con cuidado. La vizcondesa se acomodó mejor sobre la cama y dos segundos después lo tuvo abrazado a su cuerpo.
―No esperes ninguna reclamación por mi parte, esposo. Estoy tremendamente satisfecha ―le aseguró.
―La lujuria me pudo. Dame unos minutos para recuperarme y volveremos a empezar. Ha sido demasiado rápido y demencial, necesito más…
La vizcondesa se rio.
―Tal vez yo necesite un poco más de tiempo que tú, querido.
―¿Te he hecho daño? ¿Te sientes bien? ―se preocupó.
―En absoluto, estoy perfectamente bien, pero llevo días con grandes cambios y todavía debo aclimatarme a mi nueva situación. Los últimos meses han sido abrumadores y las últimas semanas todavía más ―precisó.
―Descansemos un rato. No hay mejor manera de estar que en la que nos encontramos, el uno en brazos del otro, corazón mío.
―Desde luego, no se me ocurre un lugar mejor en que quisiera permanecer.
―Y después te haré el amor lento, pausado…
―Prometedor… ―musitó ella, antes de cerrar los ojos.
Desnudos como estaban, sobre la cama, solo necesitaban las llamas de la chimenea y el calor de sus cuerpos para mantenerse calientes y… felices. Del todo dichosos, saciados y satisfechos.