Capítulo 14 #2
Él también la sostuvo entre sus brazos.
―¿Entonces puedo confiar en que no contradecirás mis planes para hoy?
―En absoluto. Es imperativo que el vicario Garlick nos case de inmediato.
―¿Aunque tu tía Alice comience a decir que sería imprudente?
―No dirá eso.
―¿Aunque asegure que la comida no estará a la altura de la hija de un duque?
―Como si sirven un mendrugo de pan con agua en el almuerzo de nupcias.
―Te tomo la palabra, Aura, porque en caso de necesitarlo te sacaré en brazos de esta casa ahora mismo.
―Sobre eso… Me siento estúpida, Thomas.
―¿Por qué?
―Aquiles confía en Jacob con su propia vida, el servicio ha sido renovado en su totalidad… Creo que no hay motivos para desconfiar. Incluso me siento abominable por forzar a tía Alice a marcharse a Escocia…
―Has advertido a tu hermano sobre tus suposiciones.
Él debe decidir si tomarlas en consideración o no.
Nos quedaremos aquí tanto como desees ―aunque no le apetecía lo haría por ella― y Darkworth nos lo permita, pero en algún momento nos deberemos ir.
Y a ese respecto, sería necesario comentarlo con el duque y organizarnos mejor.
Los chicos necesitan un tutor y cierta normalidad.
―¿Harías eso por mí? ―preguntó mientras se aferraba más a él.
―Estaré donde tú estés, corazón mío.
―Soy muy afortunada por haberte encontrado.
Después de esa conversación, el vizconde se propuso hacer todo lo que había asegurado. Dos horas después se presentó el galeno del pueblo, quien les dio buenas noticias a él y a Aura, con la mayor discreción, por supuesto. Serían padres previsiblemente en poco más de siete meses.
A la visita del buen doctor, le sucedió la del vicario, quien ofició una ceremonia muy íntima, en la que la novia llevó un precioso vestido de muselina azul celeste. Todos los invitados lloraron, a excepción de Basil, quien era más reacio a mostrar sus sentimientos en público.
El almuerzo fue angosto, pero resultó delicioso. Una sopa de cebolla, seguida de ternera y de una tarta que la propia Aura improvisó en un santiamén.
La familia estaba sentada a la mesa terminando su pastel de limón.
Alabaron las dotes de Aura y ella le explicó a su tía Alice que estuvo trabajando en una panadería durante años.
Por supuesto, la mujer se escandalizó al punto ante la revelación, dado que la hija de un duque no debería trabajar.
También se opuso cuando vio a su sobrina ingresar en la cocina dispuesta a hacerse cargo del pastel que festejaría su enlace, pero Aura la convenció y Alice terminó ayudándola.
―Ahí viene la dama del té ―le susurró Thomas a Basil en cuanto vio a la viuda acercarse a la familia con la tetera en la mano―. No creí que pudiese acabar odiando el té, hijo mío, pero cuando me marche dudo que vuelva a tomar una sola taza más.
Basil se rio ante la ocurrencia de su padre, quien ya regresaba a su asiento después de haberse levantado para servirse un poco más de pastel.
Basil se quedó de pie, sosteniendo el plato en el que iba a colocar un nuevo pedazo del delicioso dulce de limón.
Se fijó en la viuda. Era en verdad una mujer muy apacible y buena.
Ofreció la bebida que a Aura tanto le gustaba a Aquiles, después de servirle primero a su hermana e hizo lo mismo con su padre.
El joven frunció el ceño. Regresó a la mesa para hablar con su hermano.
Se sentó a su lado de nuevo. Robin estaba al otro lado de Flavian.
―¿Tú has visto en alguna ocasión beber té a la señora Donaldson, Flavian?
―¿Qué? ―Su hermano había escuchado la pregunta, pero no entendía a qué venía esa banalidad.
―¿La has visto beber té?
―¿Qué tiene que ver eso con nada?
―¿Recuerdas por qué vinimos aquí, hermano?
―¿A que padre se casase? ―interrogó.
―Sí, eso también. Pero estamos aquí porque Aura salió huyendo de esta casa, convencida de que alguien trataba de atentar contra su vida.
―¿Y qué tiene que ver eso con el té?
―Siempre he pensado que las personas que menos creemos, en las que más confiamos, son las que suelen tramar las mayores traiciones.
―Ya estás otra vez con Julio César… Conozco bien ese credo tuyo, pero no veo la conexión con respecto al té.
―¿Antes de llegar aquí habías visto a Aura enferma? ―interrogó Basil.
―Escuchamos a hurtadillas el motivo por el que Aura estaba indispuesta ―le tuvo que recordar Flavian. Ellos habían estado tras la puerta con la oreja pegada. Poco elegante, pero efectivo.
―Sí… supongo que eso podría explicarlo todo. Pero lo del té es extraño.
―¿Una anfitriona que sirve té? Según tus conjeturas, todas las damas de Londres serían envenenadoras, porque sospecho que crees que el té tiene algo que no debería. Además de anís, menta y miel, no hay nada.
―¿Cómo puedes saberlo?
―Porque lo he bebido y estoy bien.
―¿Bebes té? ―preguntó asombrado.
Flavian agitó los hombros despreocupadamente.
―Está bueno. Me gusta cómo lo prepara Aura.
―No sé cómo puede gustarte el té. Es una bebida de mujeres.
―Padre lo toma ―le recordó a modo de defensa―. Además, la ratafía sí estaba mala… ¿Recuerdas cuando vaciamos el resto de una botella en el helecho para deshacernos de las pruebas y en dos días la planta se malogró? Eso sí era veneno. Un té con anís, menta y miel es delicioso.
―Ah… El helecho… sí. Lo recuerdo.
Dicho lo cual, Basil se levantó, aprovechando un momento de distracción en el que todos estaban enfrascados en una conversación con los recién casados ―donde Aquiles les brindaba su hospitalidad―, cogió la tetera que estaba sobre una mesa al otro lado de donde figuraba la familia y se encaminó hacia afuera.
Flavian lo siguió de cerca, en compañía de Robin.
―¿Qué hacemos? ―preguntó el más pequeño de los tres.
―Regar las plantas con té ―le susurró el hijo mayor de Portman.
―¿Qué? ―Flavian se había perdido algo.
―He leído en alguna parte que es bueno destilar el té usado para fomentar el crecimiento de las plantas ―razonó Basil.
―¿No recuerdas dónde leíste eso? Tú no olvidas nada jamás. ¿Qué te propones? ―No mentía. La memoria de su hermano era grandiosa, casi parecía un milagro divino.
―Supongo que vamos a hacer un experimento. Veamos cómo le va a la planta dentro de dos días.
―¡Es té, por amor de Dios, Basil!
―Si solo es té, nada malo sucederá… ¿No te parece, hermano?
―No entiendo, ¿qué ocurre? ―les preguntó con curiosidad Robin. Era algo evidente que Basil empezaba a ser toda una influencia para el pequeño.
***
Mientras tres chicos armaban un complot para llevar a cabo sus experimentos, un nuevo hombre casado se comía con los ojos a su esposa.
―Eres demasiado evidente, querido ―musitó Aura, solo para los oídos de su esposo.
―¿A qué te refieres?
―A que si yo me doy cuenta de que preferirías comer… algo más sustancioso que otro pedazo de mi pastel, los demás también pueden verlo.
Aquiles estaba hablando con Alice sobre algún asunto que a Portman le daba exactamente igual, así que tenían unos minutos de intimidad.
―Deberías felicitarme por el nivel de contención que estoy mostrando.
―Ah, contención… ¿Debo suponer que estás haciendo un esfuerzo hercúleo por no forzarme sobre la mesa, esposo?
―Ah ―repitió la misma fórmula que ella―, lady Portman, ¿debería suponer yo que está extendiendo una invitación para que sea perverso? ―preguntó en tono formal, lo cual no hizo que la cuestión sonase más civilizada.
―Será nuestra noche de bodas… ―trató de apaciguarlo.
―¿Qué tal un día de bodas con una gran cama de por medio?
―Tía Alice se ha tomado muchas molestias para…
―Sí… ¿Cuándo se marchará a Escocia con su amado hijo?
―No seas cruel, Thomas ―lo regañó.
―No osaría serlo, pero ha estado lamentando durante toda la ceremonia que tu primo no estuviese aquí.
―Es su madre. Es natural que se preocupe por su hijo, del mismo modo que tú lo haces por los tuyos.
―Supongo que debería estarle agradecido, dado que me preparé para una gran tormenta de razones por las que la boda debería aplazarse… ―dijo exasperado.
―Después de la visita del médico, mi hermano y ella sospechan lo que me sucede.
―¿Te lo han preguntado? Porque juro que no he dicho una palabra sobre la verdad.
―No hacía falta que lo hicieran. Mi hermano no se atrevería, y Alice es la persona más discreta que conozco. Un bebé es una excelente noticia, porque no sé cuándo estaré preparada para desprenderme de Robin.
―Sobre eso… Verás, tu hermano me ha comentado que hay una pequeña propiedad al oeste de aquí que está en venta.
―¿Insinúas que…? ―Se quedó sin habla ante lo que le pasaba por la mente.
―Será tu regalo de bodas. Vendremos de visita cuando quieras, me pareció más sensato que imponernos a tu hermano.
―Aquiles no nos daría la espalda nunca.
―Lo imagino, pero si esta fuese mi casa, podría echarlos a todos a la calle, subir contigo a nuestra cama y adorarte como deseo hacerlo.
―¿A tus hijos también? ―le reprobó.
―No hubiese hecho falta. Basil y Flavian son tan inteligentes que se han marchado con Robin. ―Él movió un par de veces las cejas de modo pícaro.
―Eres imposible, Thomas. Supongo que estoy un poco cansada… Una siesta me vendría muy bien ―le dijo, con media sonrisa dibujada en el rostro.
―Me vale.
Thomas se levantó, agarró la mano de su esposa y la obligó a hacer lo mismo.
―Espera un poco más ―siseó con cierta discreción.
―Mi esposa ha tenido un día muy ajetreado, es mi obligación cuidar de ella más que nunca.
Así que, por favor, debéis disculparnos.
Me aseguraré de que… descanse. ―Eso sería después de amarla con paciencia, con tranquilidad…
Esa parte no la dijo en alto. Tampoco hizo falta, dado que Aquiles se levantó, alegando que tenía mucho trabajo pendiente, y la tía Alice se disculpó explicando que debía atender asuntos en la cocina.
Portman la cargó en sus brazos y se dispuso a llevarla al fin a la cama.
―Estás muy delgada ―observó, cuando la sintió muy ligera. Su vizcondesa había perdido peso.