Capítulo 14
Un delirio de inconsciencia
Thomas se había levantado esa mañana hecho un basilisco. El celibato no le sentaba bien. Y si combinaba esa situación con el hecho de estar celoso… Mal asunto.
Habían transcurrido poco más de dos semanas desde que llegaron a una casa en la que aborrecía estar, y salvo la primera noche, en la que Aura lo premió con el calor de su cuerpo e hicieron el amor hasta casi el amanecer, no había podido volver a disfrutar de ella. ¡La echaba terriblemente de menos!
Deseaba cargársela al hombro y salir de aquel lugar tan lúgubre.
Todavía no se habían podido casar y estaba furibundo por ello.
El estado de ánimo de su prometida había cambiado muchísimo, tanto que no sabía a qué atenerse.
Parecía estar siempre cansada, triste, ojerosa, su vitalidad estaba decreciendo, de ahí que todos planteasen aplazar la boda, ella incluida, inducida por otros.
Su tía Alice tenía demasiado poder sobre su futura vizcondesa y eso no le agradaba en absoluto.
Sin embargo, no deseaba mostrarse como un déspota desafiando a una dulce viuda que no hacía más que desvivirse y preocuparse por Aura.
Tampoco podía decir mucho sobre Jacob, pues él se comportaba de modo cortés y correcto con sus hijos, con su prometida y con él mismo.
Eso y que se había marchado a Londres unos días para atender algunos asuntos y había pedido que le concediesen un retraso en la marcha a Escocia.
Y pese a que no estaba en la casa, no desaparecía su esencia dado que la tía Alice no dejaba de alabar a su hijo todo el tiempo, especialmente delante de su prometida. ¡Un fastidio!
El runner que contrató para buscar información le acababa de enviar una carta en la que no le daba buenas noticias.
Ningún sospechoso entre el antiguo servicio de Darkworth Park.
Tampoco nada malo sobre el hombre que todavía seguía enamorado de su prometida.
A ese paso no se resolvería el misterio… si había alguno.
―Padre ―lo llamó Basil al entrar en la biblioteca donde le habían dejado tener un escritorio propio para atender sus asuntos―, creo que deberíamos marcharnos lo antes posible de aquí.
Ah, su heredero solo había repetido en alto lo que Thomas tantas veces se dijo por lo bajo. Y Aura era tan testaruda que él deseaba gritarle a todo el mundo a todas horas.
Un toque en el marco de la puerta que estaba abierta, dejó la conversación entre el vizconde y su hijo sin avanzar.
―Señora Donaldson, buenos días ―la saludó Thomas―. ¿Cómo ha amanecido Aura esta mañana? ―El día anterior ella se había quejado de su estómago y prefirió quedarse en la cama. Él no había subido a verla todavía, dado que prefería dejarla descansar hasta más avanzado el día.
―Atenea se encuentra muchísimo mejor, está leyendo en la cama ―le dijo Alice―.
Le he subido un libro y le he recomendado que se tome las cosas con calma.
Ha hecho un frío excesivo estos días pasados y una debe cuidarse.
Hay una boda que festejar en cuanto su salud se lo permita, por supuesto ―le indicó con una sonrisa cálida.
Mientras ella era Aura para él y para sus hijos, para el resto era Atenea. Otra diferenciación más entre la mujer que fue antaño y la que era en esos momentos. Thomas suspiró.
―Sí, por supuesto ―dijo él, sabiendo que Aura no se negaba a ninguna sugerencia de tía Alice y era frustrante.
―He traído una bebida caliente que agradecerá en este día helado. Le he llevado uno a mi sobrino al despacho y he pensado que le vendría bien otro a usted. No hay nada como un poco de té inglés para afrontar los problemas con ánimo. Mi madre lo decía y tenía gran razón.
La mujer sirvió la taza y al ver que se quedaba mirándolo, Thomas se obligó a tomar la bebida.
―Es usted muy amable. No hacía falta que se molestase ―le agradeció Portman.
―Es nuestro invitado y debemos atenderlo como se merece. Les dejo a su hijo y a usted ahora. Subiré a llevarle una taza a Aura. La bebida caliente le hará bien.
Él cabeceó afirmativamente y la mujer se marchó de allí.
―Es una mujer muy amable ―señaló Basil.
―Muchísimo.
―Tienes ganas de perderla de vista, ¿no? ―razonó su hijo.
―Tanto que me marcharía ahora mismo si Aura nos permitiese a todos irnos a casa. ¿Has estado pendiente de Robin? ―se interesó.
―Yo no veo nada extraño en esta casa, padre. Salvo los excesivos cuidados de la señora Donaldson, quien se preocupa mucho por toda la familia y resulta agobiante.
―Lo sé. Es cargante verla a cada rato con comida y bebida en las manos.
Es una anfitriona ejemplar, no lo negaré.
Por cierto, con respecto a vuestro futuro tutor, tengo varias entrevistas pendientes en las que espero que estéis presentes.
No volveré a cometer el error de pensar que debo actuar por vosotros.
Basil sonrió satisfecho ante la propuesta.
―¿Cuándo nos iremos a casa? A este paso no saldremos de aquí nunca.
―¿Qué es lo que no te gusta de este lugar?
―Me siento vigilado. Como si las paredes tuviesen ojos ―confesó Basil.
―No digas tonterías, hijo mío. Solo se trata de una casa muy vieja. Contribuye también a ese sentimiento el hecho de que no se hayan terminado las reparaciones del último incendio.
No era agorero, pero si se paraba a pensar en una casa tan grande, donde habían muerto tantas personas, presumiblemente de forma violenta… Lo incomodaban esas corrientes de aire frío que sentía a veces mientras transitaba por los corredores. No deseaba transmitirle ese sentimiento a su hijo.
―No lo sé. No me gusta estar aquí.
―Ya somos dos ―tuvo que admitir.
―Tres si contamos a Flavian, y a Robin tampoco le apasiona quedarse a vivir aquí.
―Eso es porque es consciente de que os va a echar muchísimo de menos.
―Y nosotros a él también ―razonó Basil―. Padre… ―Se quedó pensativo.
―¿Qué te ronda la cabeza, hijo?
―¿No vinimos aquí para oficiar una boda? ―le recordó.
―Así es, pero cuando la cocinera no se encuentra en disposición de hacer un almuerzo decente de bodas, el vicario está enterrando a un viejo vecino, o Aura necesita un poco de descanso…
―Thomas suspiró con cansancio, al tiempo que se pasaba las manos por el rostro al recordar los impedimentos que día a día surgían.
―Deberías hablarle claro a Aura ―sugirió Basil.
―¿Qué quieres decir?
―Mejor no le hables, trae a un ministro de Dios y oficia la boda. Cada día que pasa, parece que ella está más lejos de nosotros y más cerca de su familia, de su casa, de… ―No quiso decir el nombre de Jacob. Thomas lo entendió a la perfección.
―La boda de una mujer es un asunto muy serio. Ya tuve mis dudas por plantear un enlace íntimo, si la fuerzo a casarse sin un mínimo de preparativos…
―Está bien. Hazlo a tu modo, cuando llevemos aquí viviendo cinco años…
―Solo han pasado unos pocos días.
―Semanas ―lo corrigió―, que se sienten como décadas ―se quejó su hijo.
A Basil no le gustaba sentirse un invitado en otra casa.
Estaba habituado a residir en Roseclouds o en Londres, donde podía hacer y deshacer las cosas a su antojo.
Desde que Aura llegó y las cosas cambiaron en su hogar, tanto él como Flavian echaban de menos cierta intimidad.
―Subiré de inmediato a hablar con Aura ―le prometió.
―Gracias. Iré al jardín a reunirme con mi hermano y con Robin. Te deseo suerte, padre.
Basil se levantó y se marchó. Thomas recogió sus papeles y procedió a ir a hablar con Aura, sin saber muy bien lo que le diría. ¿Y si, simplemente, le ordenaba casarse con él?
Bueno, intentaría agotar la vía diplomática y luego ya pasaría a las amenazas. ¿Qué podía perder? La mejor cualidad de su prometida era la razonabilidad…
Llamó a la puerta de la habitación de ella, y al ver que no respondía, se adentró sin esperar invitación. Encontró a Aura sumergida con la cabeza en el orinal, tratando de vaciar el contenido de su estómago.
―¡Cielo santo! ―exclamó él, al verla tan agotada debido al esfuerzo.
―¿No podías dejarme algo de privacidad, Thomas? ―Estaba mortificada por el estado en el que su prometido la había encontrado.
―No. De ninguna manera. ―Se acercó hasta la mesa más cercana y sirvió una taza de té, cogió un paño de lino y se aproximó a ella con el fin de ayudarla―. ¿Necesitas la bacinilla o has terminado ya? ―le cuestionó a fin de dejar el utensilio que sostenía en las manos a un lado.
―No lo sé, no te la lleves lejos. Bajo la cama. Sí, déjala ahí. ―Tomó el té entre sus manos y se dispuso a dar un pequeño trago para ver si su estómago se asentaba.
―¿Desde cuándo estás así, Aura? ―le preguntó con ternura.
―La verdad es que ayer comencé a sentir unas grandes arcadas que no podía contener.
Portman se sentó en la cama, muy cerca de ella.
―Bien. Llamaré al médico de inmediato y me da igual que se oponga tu tía, o ya puestos tú misma, y en cuanto te visite, el vicario, que vendrá tras él, nos casará hoy mismo.
―¿Disculpa? ¡No estoy en condiciones de casarme! ¿Quieres que deje los restos del desayuno sobre tu elegante chaqueta mientras recito mis votos?
―Poco me importará. Vinimos aquí con una misión.
―Una que no consigo esclarecer.
―No. Esa es la segunda. La primera era la de casarnos y es lo que vamos a hacer de inmediato ―sentenció como un estupendo tirano.
―Oh, Thomas, pero la cocinera sigue…
―No me importan los detalles y voy a mostrarme inflexible en esta cuestión. He sido paciente, Aura, y es hora de que hagamos lo que debemos por el bien de tu reputación.
Ella se rio con ligereza.
―¿No es algo tarde para pensar en ese asunto, querido?
―No. Pues sospecho que llevas a mi hijo en tu interior y cuanto antes demos el paso, mejor nos irá a todos.
―¿Qué? ―Ella se tocó el vientre―. ¿Crees que…?
―¿Qué otra cosa puede ser? No eres tan ingenua como para pensar en que nuestros actos no tendrían consecuencias.
Ella se abrazó a Thomas con fuerza. Casi lo tiró al suelo debido a la acción tan efusiva que llevó a cabo.
―No hay nada que me haría más feliz que darte un hijo.