Capítulo 13 #3
―¡Oh, no! Os adoro a las dos. Sí. Tú me recuerdas mucho a ella, por tu determinación y el modo en el que siempre me has demostrado tu amor.
Cuando tu padre me dijo que serías para mi hijo…
―dijo con cierto pesar―. Ha sido una sorpresa del todo maravillosa volver a verte…
Cuando me llegó la carta de Jacob avisándome de que os había encontrado…
Mi corazón se llenó de alegría. ¡Mi pequeño Robin!
Le he echado un ojo, porque no podía postergar esta conversación contigo.
Luego lo buscaré y lo malcriaré con dulces, como solía hacer con tu hermano cuando tu padre no me veía.
Habéis vuelto a casa. Ah, pero yo sabía que mi muchacho lograría traer a Aquiles y, por supuesto, si tú estabas viva, también te encontraría.
En mi opinión, tu hermano ha hecho muy bien al desembarazarse de todo el servicio.
Yo en tu lugar hubiera pensado mal de los que me rodeaban.
Muchas muertes, sí… Lamentaré inmensamente perderte ahora que te he recuperado, querida niña, pero me debo a mi hijo.
Nuestra separación, cuando Jacob se marchó a Francia fue dura, insistí en acompañarlo, y no me lo permitió, puesto que temía por mi seguridad.
La mujer, que todavía seguía vistiendo de negro como cuando la conoció, tenía una belleza que parecía no apagarse nunca.
Incluso con un color tan oscuro se veía llena de luz, de serenidad, de ternura…
Mientras Alice le tendía la taza de té, Aura la examinaba con lástima.
Ella también la echaría de menos. Siempre había sido tan comprensiva, tan atenta, amable y cariñosa con ella…
Con todos. Había llevado la carga de toda la casa cuando su madre falleció.
Tía Alice se convirtió en un soporte imprescindible para su padre también, aunque su relación no llegó a pasar de un cariño genuino.
El anterior duque estaba demasiado enamorado de su esposa como para pensar en casarse de nuevo.
Los ojos grises de Alice la hacían sentir sosegada y segura. Su rostro afable y tranquilo le aseguraba que nada malo le sucedería. La madre de Jacob, al contrario que él, la llenaba de paz.
Siendo una jovencita de poco más de quince años, había estado encantada con su primo lejano. Jacob era muy parecido a su madre en muchos aspectos, pero a medida que se hizo mayor, su actitud cambió por completo, haciendo que ella se sintiese desconfiada cuando lo tenía cerca.
―Aquiles me ha comentado que Jacob y tú os marcháis a Escocia.
―Sí. Después de la boda… ―Alice chasqueó la lengua―. ¡Siento tanto cómo ha salido todo! Tu padre estaría tremendamente apenado. Ya sabes que su deseo era verte casada con Jacob, trayendo muchos hijos a esta casa.
―Recuerdo que esa era también tu ilusión. ―Aura le sonrió, terminó de beber su té, se levantó para dejar el plato y la taza sobre la mesa, luego regresó para sentarse al lado de su tía y agarrarle la mano en un apretón cariñoso.
―Nada ha salido como esperé. Tu hermano ha vuelto y pronto se casará.
Tú has traído a un hombre muy apuesto contigo y estoy segura de que te adora.
Mi Jacob lo hacía. No te puedes imaginar los días que pasó cuando creímos que habíais corrido la misma suerte que tu padre en el incendio…
Te ama, Atenea. Mi hijo te amaba entonces y sufre ahora al ver que lo relegas.
Habla con él, te lo suplico. Has tenido a Robin Aquiles a tu lado y sabes lo que es ser madre.
Mi corazón sangra por verlo así. Dime que lo harás, te lo suplico, mi niña.
―La mujer se limpió una lágrima con el pañuelo que sacó de su manga.
Aura se dio cuenta de que ella no estaba al corriente de las sospechas que tenía sobre Jacob, porque de otro modo no le hablaría de esa forma.
Se sentía culpable, pero… Había algo en Jacob que la hacía sentir insegura.
Él era un criminal, y si no podía demostrarlo, prefería tenerlo lejos. Apartado de Robin.
―Aprecio muchísimo a mi primo, tía Alice ―mintió por un bien mayor―, pero mi corazón ha hecho su elección. Dale una oportunidad a Thomas, él es bueno, es tan… y… ―Suspiró.
―Estás enamorada ―le dijo con una sonrisa.
―Por completo.
―Un vizconde… tan por debajo de lo que tu padre esperaba…
Hubiera deseado que te casases con un duque, lo decía a todas horas hasta que se dio cuenta de las atenciones de Jacob hacia ti.
Yo también, lo confieso, si no ibas a ser para mi hijo, al menos hubiera deseado verte en una posición envidiable.
Aura frunció el ceño.
―Nunca hemos sido tan esnobs, tía Alice. Tu hijo era un caballero y mi padre no se quejó de su falta de título. Jacob y yo fuimos muy buenos amigos en el pasado, pero las cosas cambian y el corazón… también.
Alice Donaldson miró a la joven con una sonrisa tierna.
―¡No hablemos del pasado! ―exclamó la viuda―.
Lo que importa es tu felicidad. Confío en que Jacob se recomponga y llegue a ser tan feliz como tú.
Termina tu té y ve a descansar, mi niña.
El viaje habrá sido largo y cansado. El ala sur todavía no está reconstruida por completo, así que estaremos todos en la parte norte.
Aura se levantó, bebió lo que le quedaba en la taza y luego se marchó de la salita.
Necesitaba un poco de paz para sosegarse, por lo que pensó que un paseo por el jardín le vendría bien.
Así que se dirigió a la puerta principal para salir.
Justo en ese momento, se tropezó con Jacob, que dejaba el despacho de su hermano.
―Atenea. ―La saludó con la cabeza.
Ella se puso nerviosa y miró a su alrededor para ver si había alguien cerca. Su primo se tensó al darse cuenta del gesto.
―Jacob ―le devolvió el saludo, preparada para huir.
―Saber lo que piensas de mí y verlo son dos cosas muy diferentes. Duele verlo ―confesó.
―No te tengo miedo. ―Trató de mostrarse más segura.
―Pruébalo ―la retó.
―No tengo que demostrarte nada.
―Qué lejos quedan nuestras confidencias y… ―Se acercó a ella para susurrarle a la oreja―: los besos.
―Tu observación está fuera de lugar.
―Tu mentira también.
―No miento ―se reafirmó.
―Entonces ven a dar un corto paseo conmigo.
―¿Por qué debería hacerlo? ―No le apetecía lo más mínimo.
―Porque soy muy consciente de los cargos que me achacas aunque tu hermano me los quiera ocultar, y otro en mi lugar hubiese montado en cólera, Atenea. Por lo que fuimos, por el vínculo que mediaba entre nosotros… Me lo debes.
Ella se quedó un momento dubitativa.
―Yo no creo que…
―No atentaré contra tu vida el primer día en el que regresas a casa, Atenea. Incluso un hombre estúpido sabría eso. Soy muchas cosas, pero no carezco de inteligencia. Hablemos ―le dijo con media sonrisa.
Le ofreció el brazo y después de sostenerlo unos segundos en alto, ella decidió demostrarle que en verdad no le tenía miedo. Además, la dama se lo había prometido a su madre y Aura siempre complacía a Alice en sus peticiones porque la adoraba.
―Un paseo corto.
―Así será ―le confirmó él.
Jacob puso rumbo al espléndido laberinto que había en el jardín. Ella se dio cuenta del lugar al que iban y comprendió que su exprometido no había optado por ir allí por mera casualidad.
―¿Esperas que revivir el pasado encienda una chispa, Jacob? ―le preguntó con cierta tirantez.
―¿Debería? ―respondió él con seriedad.
―Llevarme a la fuente no cambiará nada. Tal vez seas inocente y yo esté equivocada, pero Thomas es el hombre al que amo.
―Una vez me dijiste esas mismas palabras a mí ―le recordó.
―Tú cambiaste.
―Me convertí en un hombre, Atenea. Tuve que endurecerme para hacer lo que hago. ¿Consideras que Aquiles no es tanto o más fiero que yo? Solo porque sea tu hermano, no está libre de pecado. ―La vio fruncir el ceño―. Nos dedicamos a lo mismo. Sé que te lo ha contado.
Llegaron en pocos minutos hasta la fuente, donde la figura de la diosa Afrodita estaba esculpida, de sus senos salían dos chorros de agua. Esa era la fuente de la vida según el anterior duque de Darkworth. Se sentaron sobre la repisa, uno junto al otro.
―Me dijo que lo salvaste.
―Cuando te creí muerta, me dediqué a buscarlo sin tregua. Te lo debía a ti, dado que te juré cuando supimos que había desaparecido que lo traería a casa. Yo siempre cumplo mis promesas, Atenea. ―Sí. Eso se sintió como una recriminación y ella la aceptó.
―Primero mi madre pierde la vida a manos del fuego, luego la esposa de Aquiles cae enferma misteriosamente. Mi hermano desaparece y un nuevo incendio termina con la vida de mi padre. Un suceso en el que Robin y yo también debimos haber muerto.
―Las desgracias ocurren más frecuentemente de lo que crees. ¿Debo recordarte que perdí a mi padre y a mi hermana…?
―En un incendio ―terminó por él en tono acusador.
―Atenea, yo amaba a mi padre y a mi hermana ―se vio en la obligación de decirle.
Estaba dolido―. De igual modo, jamás te hubiese puesto a ti en peligro.
Eras muy consciente de cuánto te deseaba.
Fue aquí, en esta misma fuente, cuando te di tu primer beso y no frenaste las libertades que me tomaba.
No creí haber podido esperar tanto tiempo sin tocarte.
Saltaron chispas, eras el carbón que me encendió. ¿Lo recuerdas?
Ella lo recordaba bien, por eso cuando concluyó que él era el culpable de todo, la traición le dolió como la muerte misma que estaba dispuesta a evitar.
―He aprendido que el amor y el deseo no son la misma cosa.
―Él ha disfrutado ya de ti. ―No era una pregunta. Ella apartó la mirada de la de Jacob.
―Es un buen hombre.
―Debe serlo si has decidido que sea tu esposo.
―Jacob sostuvo su barbilla con dos dedos y la hizo volver a mirarlo―.
Yo soy un buen hombre, Atenea. Uno que te ama.
¿Cómo podría en nombre de Dios hacerte daño?
¿Cómo podría llevar a la tumba a los que amas?
Antes de ponerte en peligro me hubiese quitado la vida.