Capítulo 13 #2
Frente a la puerta principal, sobre los escalones y rodeados por cuatro columnas dóricas de gran volumen, les esperaban Jacob y su madre, la tía Alice.
Cuando puso el pie sobre el suelo, Aura sintió un escalofrío recorrer su cuerpo.
El sencillo vestido de viaje, de fondo blanco con pequeñas campanillas doradas, que estrenaba ese día, parecía asfixiarla.
La vista de ella se posó de inmediato en la de Jacob.
La expresión de los ojos de él era dura, tanto como el color negro de su iris.
No estaba preparada para enfrentarse a él.
Tan fuerte como ella se sentía y su determinación estaba menguando.
―No dejaré que te ocurra nada malo ―le dijo Thomas, quien la llevaba del brazo, franqueada por Flavian y Basil.
Aquiles iba al otro lado con Robin en los brazos.
―Te quiero, Thomas.
―Yo también. Muchísimo.
Cuando llegó frente a sus dos familiares, Aura se echó en brazos de tía Alice. Las dos comenzaron a llorar.
―Mi pequeña niña, cuánto te he echado de menos. ¡Un milagro! Tenerte aquí ahora es obra del Altísimo…
―Tía Alice, no creí volver a verte. ¡Soy tan feliz!
―Entremos dentro, cuéntame todo lo que has hecho. Los hombres sabrán perdonar a dos mujeres que llevan mucho tiempo aguardando este momento y nos permitirán huir sin ceremonias. Hemos estado muy solos… Jacob estaba devastado.
La mujer no esperó a que le presentasen al resto de los recién llegados o le otorgasen permiso para marcharse. Tomó a Aura del brazo y se la llevó consigo mientras parloteaba.
Aquiles tuvo que mediar en la situación.
―Primo, como te expliqué, este es lord Portman, y aquí están sus hijos, Basil y Flavian.
―El prometido de tu hermana ―puntualizó él con voz de barítono.
―Así es ―dijo en tono seco el vizconde.
La tensión entre ambos era bastante cortante.
―Es un placer conocerle, milord. A sus hijos también, por supuesto. ―Jacob Donaldson inclinó la cabeza para acompañar sus palabras. Thomas hizo lo propio también.
―Y este de aquí es mi hijo Robin Aquiles. ―El duque le presentó al pequeño y Jacob le sonrió.
―Milord ―habló con el pequeño, al tiempo que le tendía una mano, que el niño tomaba―, es un privilegio conocer al actual conde de Orford ―ese era el título de cortesía del sobrino de Aura―, y futuro duque de Darkworth. ―Terminó su exposición con una gran sonrisa.
Le tendió los brazos y Robin se dejó caer hacia él. Jacob lo sostuvo en un abrazo.
―Parece que has hecho un amigo, primo ―señaló el duque con tranquilidad.
Era evidente que Aquiles no compartía las inquietudes de su hermana.
El señor Donaldson se dio cuenta de que el vizconde y sus hijos lo examinaban con fijación.
―Mi madre y yo partiremos de Darkworth Park en cuanto se oficie la boda. No hace falta estar en guardia, lord Portman ―dijo mirando directamente a los ojos de Thomas―. Sé reconocer cuando una batalla está perdida.
―No hay urgencia ―habló Aquiles. Su primo le devolvió al niño a los brazos.
―Has despedido a todo el servicio. Tu hermana ha regresado de entre los muertos con tu hijo. No es necesario ser demasiado inteligente para saber lo que la hizo huir. Atenea me teme ―desveló Jacob. No tenía caso ocultar lo que sabía que todos allí pensaban.
Jacob Donaldson era un hombre silencioso, previsor.
Su trabajo para la Corona le había enseñado un par de cosas.
Cuando aquella noche en la casa de los duques de York la encontró…
No podía negar que la vio impresionante enfundada en un traje de fiesta como los que solía usar cuando bailaban y ella no tenía ojos para otro.
Podía recordar sus besos como si los hubiese saboreado hacía unos pocos días.
Estaba preciosa, se veía más madura, más bonita que nunca.
Ella hubiese sido una esposa increíble, una madre fabulosa…
Resignarse no resultó fácil y conjeturar lo que ella pensaba sobre él fue como sentir un cuchillo blandido sobre su pecho.
Su primo Aquiles le había informado de sus planes para desprenderse de todos los que conformaban Darkworth Park.
Saber que Atenea no estaba muerta, sino que se había marchado con su sobrino para desaparecer y estar a salvo del mal que atenazaba a su familia…
Eso le dio la idea clara de lo que en verdad ocurría, así que habló con su madre sobre la conveniencia de marcharse y ambos decidieron que lo mejor sería dejar la casa que habían estado custodiando para sus legítimos dueños.
Su progenitora estuvo muy triste por la decisión, dado que, después de tantos años sentía esa finca como su verdadero hogar.
Jacob lamentaba haberle permitido a Atenea postergar la boda que debían haber llevado a cabo años atrás.
Aludía a la frágil salud de su padre, al luto de Aquiles, siempre había una excusa…
Él también le dio prioridad a sus asuntos para la Corona, y no se dio cuenta de que la estaba perdiendo. ¡Necio!
―Mi hermana no cree que tantas muertes sean fruto de accidentes. Yo confío en ti, Jacob, con mi vida, y ella comprenderá, tarde o temprano, que tú no eres una amenaza.
―No me opongo a sus deseos ―volvió a tomar la palabra el señor Donaldson―. Me bastará con que el hombre que ella ha elegido sepa protegerla y valorarla en la medida que vale. ―La mirada de Jacob estaba fija en la del vizconde.
―Puede apostar su vida a que así será ―afirmó con rotundidad el aludido.
Jacob asintió con la cabeza, dando conformidad a la aseveración de Thomas.
La comitiva entró en la casa un poco más relajada, aunque la incomodidad no desaparecería.
Los nuevos lacayos los acompañaron a sus habitaciones, mientras que Aquiles y Jacob entraban en el despacho para hablar sobre el futuro del último y su madre.
El duque de Darkworth era el cabeza de familia y de él dependía ocuparse de todos los que estaban bajo su protección.
―Siento toda esta situación, primo. Mi hermana está empeñada en que… ―No se atrevió a seguir la frase.
―No te disculpes. Atenea siempre ha tenido buen ojo. Yo en tu situación hubiese actuado igual. No es fácil negarle nada, por muy descabellado que sea ―apostilló Jacob.
El señor Donaldson estaba sirviendo un par de bebidas para ambos. El duque se había sentado tras su escritorio y él procedía a hacer lo mismo frente a su primo.
―Como te dije, he tratado de que comprenda que me salvaste, pero…
―Es lógico que piense que voy tras el título. Hasta que di contigo, se especulaba en todo Londres que yo sería duque ―razonó Jacob―. ¿Me crees culpable?
―Los hechos me demuestran que no puedes serlo. ¿Para qué me sacarías del cautiverio si querías lo que era mío? ¿La amabas? ―preguntó con suavidad en referencia a su hermana.
―Poco importa a estas alturas, ¿no crees? Atenea huyó de mí en vez de compartir sus inquietudes o enfrentarme. Creí que tenía más confianza en mí. Ha regresado con la idea de casarse con otro hombre.
―¿Te conformarás?
―No causaré un solo problema. En lo que a mí se refiere, el contrato que estipuló tu padre está anulado. No he forzado jamás a una mujer a aceptarme y no comenzaré por una a la que tengo en gran estima.
Si algo aprendió Jacob de la joven hija de Darkworth, fue a apreciar su determinación.
―Tus acciones te honran. No sé si en tu caso estaría tan tranquilo.
―¿Qué esperas que haga? ¿Que rete a duelo al hombre que tu hermana ha elegido? ¿Qué lograría con ello? Lo convertiría en un mártir y ella me odiaría todavía más.
―Has estado de luto por ella tres años, Jacob. No trates de engañarme y me digas que lo que sientes es indiferencia, porque los dos sabemos que has tenido a tiro a damas excepcionales y las declinaste sin pestañear.
―Una cosa es divertirse y otra aceptar el matrimonio. Ninguna me convencía ―señaló, antes de acabar el contenido del vaso que tenía en la mano.
―Tu madre…
―Lo ha aceptado ―lo interrumpió―. Irá donde yo vaya. Debimos habernos ido hace mucho tiempo, Aquiles. Mi finca en Escocia será un buen lugar en el que lamerme las heridas.
―Entonces… supongo que nuestros caminos se separan por el momento.
―Así es, primo ―dijo con pesar Jacob.
Aquiles consideró que si su familiar era el monstruo que Atenea aseguraba, era un mentiroso de primera, porque todas las reacciones de él le parecieron naturales y auténticas.
Mientras dos hombres debatían sobre sus asuntos, dos mujeres, que se querían como una madre y una hija, se ponían al día sobre acontecimientos pasados.
La doncella había traído el té y su tía se había levantado para llegar hasta la mesa que estaba en el lateral de los sillones a fin de servirlo.
―Tía Alice, todavía sé cómo preparar el té. De hecho, todos estos años lo he tomado como tú lo preparabas, con anís y menta, aunque no siempre tenía miel a mano. Deberías sentarte y dejar que yo lo haga por ti ―se ofreció Aura.
―De ninguna manera, pequeña niña. Servirte es lo menos que puedo hacer. Este té es una receta muy especial ―le dijo con una sonrisa.
―Lo sé. Recuerdo muy bien cuando me enseñaste a prepararlo. Menta fresca y un poco de anís, con una gota de miel ―añadió, cómplice―. Nunca te pregunté de dónde sacaste la receta o si era tuya. Si era tuya debería darte las gracias y más porque conquisté a muchos con esa delicia.
La viuda sonrió ante la narración de Atenea.
―Mi estimada Melania me enseñó a hacerlo, fue una receta secreta de su madre ―siguió rememorando el pasado―.
Una jovencita de poco más de quince años se presentó en mi puerta, llena de barro.
Pobrecita mía. Me conmovió tanto que la contraté al punto, y la primera vez que me sirvió el té, decidí que tenía que ser mi dama de compañía. Tan buena, paciente y atenta…
―Recuerdo esa historia, tía Alice. Confieso que sentía celos cuando te veía con ella.