Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 13
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Capítulo 13

Un nuevo comienzo

Thomas Foster no consiguió dormir demasiado.

Los acontecimientos podrían llegar a abrumarlo si él hubiera sido un hombre diferente.

Aura Atenea Darkworth era soltera, no tenía ningún hijo a su cargo y, sin lugar a dudas ya, había sido el primero en poseerla en el lecho, en acariciarla.

El hombre primitivo que llevaba en su interior quería gritar lleno de orgullo por esto último.

No le sorprendía que su prometida hubiese guardado silencio sobre su pasado. ¿Le molestaba que se lo hubiera ocultado? Muchísimo.

Hija de un duque y él tratando de explicarle cómo comportarse en sociedad, y angustiado por si no sabía bailar el vals… Absurdo, como diría su buen amigo el duque de York.

Admiraba su determinación, su fortaleza.

Su futura vizcondesa había dejado atrás una vida de lujo sin pestañear.

Una mujer sola en un mundo de hombres, y para mayor dificultad se llevó al hijo de su hermano a cuestas para escapar.

La creía a pies juntillas. Si ella tenía el presentimiento de que alguien estaba cebándose con los miembros de su familia, Thomas la respaldaba.

Lamentablemente, para descubrir quién andaba tras Robin y Aura, debían investigar.

Se negaba a quedarse de brazos cruzados hasta que la situación se resolviese.

Antes de acostarse, Portman había redactado una nota para que fuese entregada a uno de los runners más importantes de Bow Street, el señor Max Answer, que venía recomendado por el propio Phenton, quien por fortuna se recuperaba a la carrera.

Le solicitaba a Answer que tratase de averiguar lo que pudiera sobre el exprometido de Aura, así como que investigase a los miembros del servicio, por si hubiese algún familiar ilegítimo del que nadie tuviese conocimiento.

El tiempo iba en contra de todos, por lo que le rogaba celeridad en la investigación.

Pensar que ella había sido víctima de dos incendios…

Su corazón sangraba al darse cuenta del peligro que había corrido.

Las imperfecciones de la mujer que amaba eran bendiciones para él.

Un recordatorio de que había logrado salir con vida de dos situaciones complejas que pudieron acabar en tragedia.

¿Qué hubiera sido de su vida si Aura Atenea Darkworth no hubiese llegado hasta él?

Un fastidio vacío, carente de amor, de esperanza.

Ella había sido fundamental para que Thomas recordase sus deberes como padre, para que descubriese que tenía unos mellizos maravillosos que lo necesitaban.

Dos hijos brillantes, en especial Basil, al que se dio cuenta de que en verdad no conocía en absoluto.

Su determinación, su inteligencia, su sentido de la protección lo había sorprendido gratamente.

Su heredero llegaría a ser grande. En cuanto a Flavian ―con su calidez, con su afán de aplacar situaciones límite, quien además tenía una mente muy lúcida y despierta―, se podría decir que su futuro sería igual de maravilloso que el de su hermano.

Basil y Flavian se complementaban, habían unido fuerzas para mantenerse a salvo mientras él, el padre que debía protegerlos, se regocijaba en su mala fortuna y se quejaba por la mala suerte que había corrido con su primera esposa.

Llamó a la puerta de la habitación de Aura y, cuando le dieron permiso, accedió. Ella estaba abrazada a Robin, veía brillar sus mejillas, producto de las lágrimas derramadas, muy posiblemente al darse cuenta de que iba a tener que renunciar al niño tarde o temprano en favor de dejárselo a su padre.

―¿Interrumpo? ―preguntó con suavidad. Vio a Aura soltar al niño.

―En absoluto, Robin iba a buscar a su padre para desayunar con él ―le informó.

El pequeño pasó por su lado a la carrera. Parecía muy satisfecho con la noticia de que su padre estaba vivo y de que además era un duque poderoso.

Thomas cerró la puerta con llave. Necesitaba hablar unos instantes con ella.

―¿Estás bien, corazón mío? ―le preguntó, al tiempo que se acercaba a la cama y se sentaba a su lado.

―¿Estás enfadado?

―No negaré que has resultado ser una caja de sorpresas del todo inesperada, pero no, no estoy enfadado.

―El hecho de haber callado no solo era para mantener protegido a Robin, también porque no sabía cómo explicarte mi situación y… tenía miedo de cómo reaccionases.

―No me gustó ver a un desconocido, que no sabía que era tu hermano, abrazado a ti después de que te pidiese matrimonio.

―Lo siento. ―No sabía qué más podría decir―. ¿Has hablado con Basil y Flavian?

―Nada más me he levantado. Están al corriente de todo, incluidas tus sospechas sobre un asesino. ―Sus hijos, aunque jóvenes, eran capaces de enfrentarse a situaciones de este calibre sin miedo. Le gustaba contar con dos muchachos a los que pedir consejo en caso de necesidad.

―Aquiles quiere llevarse a Robin con él.

―Es lógico.

―Me acabo de dar cuenta de que voy a perderlo… ―Una lágrima se deslizó por la mejilla. Portman se apresuró a secársela.

―No lo harás. Lo verás siempre que lo desees, te lo prometo. Convenceré a tu hermano para que pase las vacaciones de verano aquí, con su tía, la que lo salvó de una calamidad.

Ella se echó a sus brazos y él la colocó sobre su regazo para ofrecerle afecto.

―Quiero ir a Darkworth Park con Aquiles y con Robin. Mi hermano no acaba de creer mis suposiciones y debo terminar con esto.

―No quiero que te pongas en peligro.

―Le he pedido que deje a Robin aquí contigo.

―No.

Ella se separó de su abrazo.

―¿Te niegas a darle cobijo a mi pequeño?

―Desde luego que no. Los tres chicos se quedarán aquí, en cuanto encontremos a alguien que se haga cargo de ellos. Pienso ir contigo al fin del mundo si hace falta. No te dejaré sola ni para luchar contra tus demonios, corazón mío.

―¡No vamos a quedarnos al margen! ―Se escuchó un grito tras la puerta.

Thomas se levantó de la cama con ella, la sostuvo entre sus brazos y la besó. Luego se acercó a su oreja para susurrarle:

―Es una suerte que no haya comenzado a hacerte el amor. Voy a tener que hablar con los chicos para que comprendan que deben respetar los límites…

Aura le sonrió.

―Ábreles, Thomas. Ellos son parte de esta familia y los escucharemos.

―Bajemos al despacho para tener una reunión familiar. ¿Te parece bien, corazón mío?

―Sí, vayamos.

Le cogió la mano y al abrir la puerta, Basil y Flavian estaban al otro lado preparados para discutir sobre su abandono. Los convencieron para ir al estudio del vizconde y allí, los cuatro comenzaron a debatir sobre sus opciones.

―Es evidente que nos necesitas ―le dijo Basil sin vacilar.

―Es evidente ―usó sus propias palabras― que nos enfrentamos a alguien que ha ido quitando de en medio a buena parte de mi familia ―lo corrigió ella.

―Y por eso, un par de niños sobresalientes, a los que todo el mundo tiende a subestimar, van a ser de gran ayuda.

―No. ―Se negó ella―. Os quedaréis aquí con Robin para protegerlo. Aquiles y yo nos ocuparemos.

―De ninguna manera ―saltó Portman.

La familia estaba sentada en dos sofás, unos frente a los otros mientras hablaban. Parecía que había dos bandos, los adultos contra los más jóvenes. Portman estaba al lado de Aura y los mellizos en el otro mueble.

―No puedo perder a nadie más ―señaló ella.

―¿Y nosotros sí? ―intervino esta vez Flavian.

―Llevo años en silencio, rezando para que algún día mi hermano me localizase ―empezó a explicar Aura―. Solo me motivaban las ansias de encontrar al culpable. Aquiles y yo nos bastamos para poner orden.

―No ―habló Basil―. Lo que yo veo es al duque de Darkworth emocionado por haberse reencontrado con su hijo y con su hermana recién prometida a mi padre. Tan agradecido que oficiará una boda sencilla en su casa, lo que nos dará la opción de investigar a todos.

―Eres demasiado joven como para hacer ese tipo de conjeturas, hijo mío, y ya puestos para ponerte en peligro. ―Portman seguía asombrado con las elucubraciones de su heredero.

―Sea como sea, Basil y yo iremos con vosotros, por las buenas o… por las malas ―avisó Flavian.

En ese momento llamaron a la puerta. Aquiles entró con Robin aupado en brazos en cuanto le dieron acceso.

―¿Reunión familiar? ―se interesó.

―Parece ser que vamos a celebrar una boda en Darkworth Park ―dijo el vizconde.

―¿Pronto? ―preguntó el duque, sin saber bien a qué se referían.

―Lo antes posible. ―Portman sujetó la mano de Aura entre las suyas.

―Es una locura ir allí con los tres chicos ―indicó ella―. Es peligroso.

―Mi abogado ha despedido a todo el servicio, les ha dado una buena gratificación y está encargándose de la contratación de nuevos criados, hermana.

―Me alegra que me hicieras caso en esa sugerencia, pero todo esto tiene que ver con quien tú sabes.

―Y él estará allí para celebrar tu boda. Tú misma te convencerás de su inocencia, azucarillo ―insistió su hermano.

―¿Así que crees que estoy loca y que todo es una invención mía? ―preguntó exasperada.

―No tengo derecho a cuestionarte, hermana. Vayamos a casa y veamos qué opinas. Somos muchos para observar y determinar si hay en verdad un peligro que deba ser erradicado.

―Sigo pensando que los chicos no deberían acompañarnos ―objetó Aura.

―Eso no está en tu mano decidirlo ―dijo con convicción Basil.

Aura Atenea Darkworth se dio cuenta de que el resto de su vida iba a estar en clara desventaja frente a tantos hombres. Suerte que ella no se diese por vencida nunca.

***

Una semana, en la que Aquiles se había quedado en casa de Portman, cerca de su hijo para que ambos se conociesen mejor, fue lo que tardaron en poner rumbo al hogar ancestral de los Darkworth.

La mansión, un edificio grandioso que todavía tenía estragos por el último incendio, se alzaba sobre una colina en medio de frondosos árboles.

Aura Atenea había llorado en cuanto la divisó desde la ventana del carruaje.

Echaba muchísimo de menos su hogar. Allí fue feliz, y no se había dado cuenta de lo que significaba para ella hasta que regresó.